Capítulo 44 La entrega
María llevaba toda la noche dando vueltas en la cama. No podía dormir. No porque tuviera miedo, sino porque el cuerpo le pedía algo que todavía no sabía nombrar. Una inquietud que no era nervios, sino deseo. Un deseo que llevaba años esperando, años guardado, años sin saber a quién entregar.
Se levantó sin hacer ruido. Cruzó el pasillo descalza. La madera crujió bajo sus pies, pero no le importó. Llamó a la puerta de Aine con los nudillos. Dos golpes suaves.
—¿Aine?
—Pasa.
Abrió la puerta. La habitación estaba a oscuras, pero la luz de la luna entraba por la ventana y dibujaba un rectángulo plateado sobre la cama.
Aine estaba sentada en el borde, con las piernas colgando y los pies descalzos.
Llevaba una camiseta vieja de algodón, demasiado grande, que le llegaba a medio muslo.
El pelo suelto, cayéndole sobre los hombros.
María se quedó un momento en el umbral, mirándola.
Y supo que no necesitaba decir nada. Porque Aine la miraba con la misma pregunta en los ojos.
—No puedo dormir —dijo, con voz baja.
Aine no respondió. Solo alargó la mano. María se acercó y se sentó a su lado. No muy cerca. Solo lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo. Estuvieron un momento en silencio, escuchando el mar fuera, sintiendo que el tiempo se detenía.
—Llevo toda la noche pensando —dijo, con la voz todavía más baja—. Que quiero que seas tú. La primera. La única.
Aine la miró. En sus ojos no había sorpresa. Solo una pregunta que no se atrevía a hacer.
—¿Estás segura?
María asintió. No apartó la mirada.
—Nunca he estado más segura de nada.
Aine bajó la cabeza un momento. Cuando la levantó, sus ojos estaban húmedos. No de tristeza. De algo más profundo.
—Hace dieciocho años que nadie me toca y que no toco a nadie —dijo, con una voz que apenas era un hilo—. Y tengo miedo. Miedo a defraudarte. Miedo de que mi cuerpo no sea el que tú esperas.
María levantó la mano y le tocó la mejilla. Con la yema de los dedos, despacio, como si estuviera aprendiendo a reconocer su piel.
—No me importa tu cuerpo, Aine. Me importas tú. Y quiero tocarte y que me toques.
Aine cerró los ojos. Y en ese gesto, en ese pequeño acto de rendición, María entendió que ya no había vuelta atrás.
—Entonces quédate —dijo Aine.
María no respondió con palabras. Se inclinó hacia ella y la besó. Fue un beso suave, casi tímido, como si estuvieran aprendiendo a conocerse de nuevo. Pero cuando Aine respondió, cuando su mano encontró la nuca de María y la acercó un poco más, el beso se volvió más profundo.
Aine la guió hacia la cama con una lentitud que parecía deliberada. No había prisa. No había urgencia. Solo la certeza de que aquel momento era importante y merecía ser vivido con calma.
Se tumbaron una frente a la otra. Aine pasó los dedos por el brazo de María, por su hombro, por el borde de su camiseta.
—¿Puedo? —preguntó.
María asintió. No podía hablar. Tenía la voz atrapada en algún lugar entre la garganta y el pecho.
Aine le levantó la camiseta con una lentitud que parecía eterna.
La dejó a un lado. Después, con la misma lentitud, pasó los dedos por la piel de María, por el borde de sus pechos, por el hueco de su cintura.
No era una caricia posesiva. Era una caricia de asombro.
Como si estuviera tocando algo que no esperaba encontrar.
—Eres tan joven —susurró Aine—. Y no sabes lo que significa para mí que me hayas elegido. Que tu primera vez sea conmigo.
Le cogió la mano y se la llevó a los labios. La besó. Después la colocó sobre su pecho, donde el corazón le latía con fuerza.
—Te amo. Y yo quiero que sea contigo. No quiero que sea perfecto. Quiero que sea real. Contigo.
Aine la miró. Y en sus ojos había algo más que deseo. Había un pudor profundo. Un pudor que venía de años de no mirarse al espejo, de no dejarse mirar. Pero también había algo nuevo: la certeza de que María no iba a juzgarla. Que María la miraba con amor, no con expectativas.
—Entonces déjame verte —susurró Aine.
María no dudó. Con una lentitud que era una ofrenda, se desnudó del todo.
Sin prisa. Sin miedo. Dejó que Aine la mirara.
Y Aine la miró con una mezcla de ternura y asombro que hizo que el corazón de María diera un vuelco.
No era una mirada de deseo posesivo. Era una mirada de reconocimiento.
Como si estuviera viendo algo que llevaba mucho tiempo esperando.
—Eres tan hermosa —dijo Aine—. Y no sabes lo que significa para mí que me hayas elegido.
Y entonces Aine lo vio.
Justo debajo del pecho izquierdo de María, un lunar pequeño. En forma de media luna.
Aine se quedó completamente inmóvil. El aire se le escapó de los pulmones como si alguien le hubiera dado un golpe en el pecho.
Recordaba aquel lunar. Lo había visto cientos de veces. En la piel de Elena. En el mismo lugar exacto. Una vez, hacía años, Elena se había reído y le había dicho: "Parece una luna menguante. Como si llevara el cielo en la piel."
Y ahora estaba ahí. En el cuerpo de María. En el mismo sitio.
Aine no podía respirar. No era una coincidencia. No podía serlo.
Sus dedos rozaron el lunar con una suavidad que era casi una oración.
—¿Qué pasa? —preguntó María, con la voz aún temblorosa por el deseo.
Aine tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro, roto, lleno de una certeza que llevaba años esperando.
—Ese lunar... lo tenía Elena. En el mismo sitio.
María sintió que el mundo se detenía. Las palabras de Aine le atravesaron el pecho como un eco que llevaba años esperando ser escuchado.
—¿Y qué significa eso? —preguntó, con la voz apenas un hilo.
Aine la miró. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba. Había algo en ellos que María no había visto antes. Algo que se parecía al fin de una larga espera.
—No lo sé —respondió Aine—. Solo sé que no es una coincidencia. Y que llevaba dieciocho años convencida de que nunca volvería a sentir esto.
María la miró. No hizo más preguntas. No necesitaba respuestas. Solo necesitaba estar allí. Con ella. En ese momento.
Aine la besó entonces, y el beso fue distinto. Ya no era tímido. Ya no era una pregunta. Era una certeza.
María la miró entonces. Y supo que era el momento.
—Ahora te toca a ti.
Aine dudó. Un segundo. Solo un segundo. Luego asintió.
Y fue entonces cuando María se incorporó, con una lentitud que era una promesa.
No esperó a que Aine se quitara la camiseta sola.
María se acercó y, con la misma ternura con la que Aine la había desnudado, empezó a desabrochar los botones. Uno a uno. Sin prisa. Sin urgencia.
Aine cerró los ojos. María separó la tela con cuidado, con una lentitud que parecía detener el tiempo.
Y vio. Vio sus pechos, la piel que el tiempo había vuelto más suave, menos firme.
Vio las pequeñas marcas de la vida, del paso de los años, de los momentos en que su cuerpo había cambiado sin que nadie lo mirara.
Vio las estrías, la celulitis, la forma en que la gravedad había hecho su trabajo.
Vio las arrugas en su vientre, las pecas dispersas en sus hombros, las cicatrices diminutas que contaban historias que María no conocía pero que quería aprender.
Y no sintió decepción. No sintió comparación.
Sintió una ternura tan profunda que le dolió en el pecho.
Porque aquel cuerpo no era un cuerpo perfecto.
Era un cuerpo real. Un cuerpo que había vivido, que había amado, que había llorado.
Un cuerpo que llevaba dieciocho años esperando a que alguien lo mirara con amor.
—Eres tan hermosa —dijo María, y esta vez fue ella quien lo dijo, con la misma ternura con la que Aine se lo había dicho a ella.
Aine abrió los ojos. Vio la mirada de María. Y en esa mirada, no encontró juicio. No encontró comparación. Encontró algo que no esperaba: deseo. Un deseo puro, sin condiciones, que la miraba como si fuera la única mujer en el mundo.
—No me mires así —susurró Aine, con una voz que temblaba.
—¿Así cómo?
—Como si fuera algo sagrado.
María sonrió. Y se inclinó. Apoyó los labios en su hombro. Después en su clavícula. Después en el hueco entre sus pechos. Sintió la piel de Aine bajo sus labios, su calor, su temblor. Y supo que aquello era un acto de fe.
—Porque lo eres —dijo, con la voz baja, pero firme.
Y entonces, sin que ninguna de las dos lo hubiera planeado, sus cuerpos se encontraron. No fue un encuentro de urgencia. Fue un encuentro de entrega. María sintió el peso de Aine sobre ella, el calor de su piel, el temblor de sus manos. Y supo que aquello era lo que había estado esperando.
Aine la besó en el cuello, despacio, sintiendo el latido de María bajo sus labios. Sus manos recorrieron su espalda, sus caderas, la curva de sus muslos. Y María se dejó hacer. Se dejó sentir. Cada caricia era una pregunta, y ella respondía con un suspiro, con un gemido, con el arqueo de su cuerpo.
Aine bajó la boca hasta sus pechos y los besó despacio. Sus labios se detuvieron un instante sobre el izquierdo, y María sintió que todo su cuerpo respondía a aquel contacto, atravesado por un deseo que ya no intentaba contener.
—Así —susurró María, con la voz entrecortada—. Así, por favor.
Aine no respondió. Continuó con la misma calma, mientras sus manos recorrían el cuerpo de María y ella se movía buscando acercarse más.
—Dios, Aine... no pares.
María cerró los ojos. Todo lo que estaba sintiendo era nuevo para ella, pero no quiso apartarse ni un solo instante.
—Quiero tocarte —dijo María, con la voz entrecortada—. Quiero sentirte.
Aine sonrió y le apartó un mechón de la cara.
—Ahora relájate —susurró—. No tienes que hacer nada. Déjame cuidarte un rato.
María sintió que su cuerpo entero vibraba. Aine descendió despacio, besando su vientre, el borde de su ombligo, el hueso de su cadera. Y cuando sus labios llegaron al centro de María, esta sintió que el mundo se detenía.
—¿Puedo? —preguntó Aine, con la voz baja, casi un susurro.