Donde empieza el horizonte Capítulo 43 El peso que se suelta
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Capítulo 43 El peso que se suelta

No volvieron a hablar de lo ocurrido durante el resto de la tarde. No porque quisieran evitarlo, sino porque ninguna de las dos necesitaba decir nada más.

Aine cerró el portátil y María se quedó un rato en el despacho. Después bajaron a la cocina y prepararon la cena juntas. Hablaron del tiempo, del jardín y de que el pan se había quedado un poco duro.

No era necesario hablar de nada más.

Cuando llegó la noche, María estaba en el salón con un libro abierto sobre el regazo, aunque llevaba varios minutos sin leer. Aine entró y se sentó a su lado.

—María.

Ella cerró el libro y lo dejó sobre la mesa.

—¿Sí?

Aine apoyó las manos sobre las rodillas y permaneció unos segundos en silencio.

—Hay algo que nunca te he contado de Elena.

—Cuando Elena murió —dijo Aine—, no supe qué hacer conmigo. No lloré. No me derrumbé. Me quedé aquí, pasando los días sin saber si estaba esperando que algo cambiara o si simplemente había olvidado cómo seguir viviendo.

Hizo una pausa. Sus dedos se movieron ligeramente sobre las rodillas.

—Después empecé a pensar que seguir adelante era una forma de traicionarla. Que cada día que pasaba sin llorarla era un día en que la estaba dejando atrás. Que reírme, disfrutar de algo o sentir cualquier cosa que no fuera dolor significaba que empezaba a olvidarla.

Miró hacia la ventana.

—Y no podía soportarlo. Tenía miedo de que, si yo volvía a vivir, Elena dejara de formar parte de mi vida.

María no se movió. No la interrumpió. Solo escuchó.

—Y entonces me encerré aquí. No fue una decisión consciente. Simplemente dejé de contestar el teléfono, de abrir la puerta, de salir. Con el tiempo, la gente dejó de llamar y de venir, y yo dejé de esperar que alguien lo hiciera.

Aine bajó la mirada.

—Pensé que estar sola era lo que necesitaba. Que, si no dejaba entrar a nadie, no volvería a perder a nadie.

Levantó los ojos hacia María.

—Pero no funcionó. El dolor siguió ahí. Lo único que cambió fue que aprendí a vivir con él. Llegué a pensar que aquella era mi vida y que no necesitaba nada más.

Hizo una pausa.

—Hasta que llegaste tú.

María sintió un nudo en la garganta, pero no dijo nada.

—Y no fue fácil —continuó Aine—. Llevaba tantos años sin dejar que nadie se acercara que ya no sabía cómo hacerlo. Cuando apareciste tú, tuve que enfrentarme a algo que llevaba mucho tiempo evitando.

María alargó la mano y la apoyó sobre la de Aine.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes?

Aine soltó una pequeña risa.

—Porque tenía miedo.

—¿De mí?

—De lo que podía pasar si dejaba de tener miedo.

María la miró.

Aine bajó los ojos hacia sus manos.

—También tenía miedo de la diferencia de edad. De que un día miraras atrás y pensaras que habías dejado pasar algo por quedarte conmigo. Y, sobre todo, tenía miedo de volver a querer a alguien tanto como para poder perderlo.

María apretó suavemente su mano.

—Pero no me has perdido.

—Yo no soy demasiado nada para ti —dijo María, con una firmeza que la sorprendió incluso a ella.

Aine la miró.

—Y también tengo miedo de que un día descubras que no soy quien creías —continuó—. De que me veas como soy de verdad. Una mujer mayor, con un pasado que todavía pesa y que no siempre sabe cómo querer sin tener miedo de perder.

María se acercó un poco más hasta quedar junto a ella.

—Escúchame —dijo—. Yo no te quiero por los libros que has escrito.

Ni porque seas Marina Valer. Te quiero por ti.

Por cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta.

Por el café que me preparas. Por el pan que pones en mi plato.

Por todas esas cosas que haces sin pensar y que para mí significan mucho.

Aine bajó la mirada.

—No necesito que seas otra persona, Aine. No necesito que tengas menos años, ni menos pasado, ni menos miedo. Solo necesito que no decidas por mí lo que puedo sentir.

Aine cerró los ojos un instante.

—Eso es precisamente lo que más miedo me da.

—¿Que decida por mí misma?

—Que lo hagas y que me elijas.

Aine la miró. Y esta vez, sus ojos sí se humedecieron. No era un llanto. Era la grieta que se abría, la pared que por fin se dejaba caer.

—Llevo dieciocho años sin dejar que nadie me sostenga —susurró Aine.

María la abrazó.

Aine tardó unos segundos en responder, pero finalmente apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.

—Pues ahora te sostengo yo —dijo María.

Aine respiró hondo. Poco a poco, sus hombros fueron perdiendo la tensión que habían mantenido durante toda la conversación.

Permanecieron así un rato.

—¿Cómo era tu vida antes? —preguntó María.

Aine tardó en responder.

—Muy parecida todos los días. Me levantaba a la misma hora, preparaba café, leía, paseaba por el jardín, comía. Después volvía a leer. Por las noches me sentaba frente al mar hasta que me entraba sueño.

Hizo una pausa.

—No esperaba nada. Tampoco quería nada en particular. Simplemente estaba aquí.

María la escuchó sin interrumpir.

—Y entonces llegaste tú —continuó Aine—. De repente quería saber si habías dormido bien, si te gustaba el café, qué estabas estudiando, qué ibas a hacer al día siguiente. Empecé a esperar tus pasos por el pasillo. Y eso me asustó porque llevaba muchos años sin esperar nada de nadie.

María apretó un poco más el abrazo.

—¿Y ahora que ya no tienes que esconderlo? —preguntó.

Aine levantó la cabeza y la miró.

—Quiero intentarlo. Contigo.

María sonrió.

—Yo también.

Aine dejó escapar el aire lentamente.

—No sé si sé hacer esto.

—No tienes que saberlo todo.

—Tengo miedo de volver a perder.

—Yo también tengo miedo —admitió María—. Pero no quiero que el miedo decida por nosotras.

Aine la miró durante unos segundos y asintió.

—Entonces quédate.

—No pienso irme.

Se abrazaron de nuevo. Esta vez Aine no intentó contenerse ni apartarse. Simplemente se dejó estar.

El teléfono de María vibró en el bolsillo.

Lo sacó sin deshacer el abrazo y miró la pantalla.

Eva.

—¿Puedo contestar? —preguntó, con la voz suave.

Aine asintió. Se apartó apenas, lo justo para darle espacio, pero sin soltarla del todo. María deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono al oído.

—Hola.

—Por fin —dijo la voz de Eva—. Llevo tres días esperando que me llamaras.

María se rio. Una risa pequeña, pero sincera.

—Lo siento. Han sido días intensos.

—¿Intensos cómo? —Eva hizo una pausa—. ¿Estás bien, María?

María miró a Aine, que seguía a su lado, con los ojos fijos en ella. Y supo que la respuesta era sí.

—Estoy bien, Eva. De verdad. Hay cosas que contarte. Y en cuanto pueda, te las cuento todas.

Eva se quedó en silencio un momento.

—Vale. Te espero. Pero no tardes mucho.

—Te llamo mañana. Te lo prometo.

Colgaron. María guardó el teléfono y volvió a mirar a Aine. Aine la miró. Y en ese instante, sin que ninguna de las dos dijera nada, María supo que podía tener ambas cosas: a Eva, que era su pasado y su presente, y a Aine, que era su futuro. El mar sonó fuera, constante, como siempre.