Capítulo 42 La confesión
María llevaba tres días pensando en lo que había pasado. En el beso. En lo que Aine le había dicho. En lo que ella misma había sentido al escucharla decir que la quería.
No había dejado de pensar en ello desde aquella noche, pero ahora ya sabía que no quería seguir guardándoselo.
Quería hablar con Aine.
Aquella tarde, después de comer, subió al primer piso con su cuaderno de tapas blancas bajo el brazo. No era el que había encontrado en la caja del armario y que ya había devuelto a su sitio. Era el suyo, el que utilizaba para escribir.
Lo llevaba porque no sabía qué hacer con las manos.
Se detuvo frente a la puerta del despacho. Respiró hondo. Llamó. Dos golpes suaves.
—¿Aine?
—Pasa.
Abrió la puerta con cuidado y entró. El despacho olía a papel y a café. Aine estaba sentada frente al ordenador, con las gafas puestas y el pelo recogido en un moño bajo del que se escapaban algunos mechones. No escribía. Miraba la pantalla en blanco, con las manos quietas sobre el teclado.
María cerró la puerta tras de sí. No se sentó en la silla. Se acomodó en el borde de la mesa, frente a Aine, con las piernas colgando y el cuaderno sobre el regazo.
Aine levantó la vista. La miró y algo en su rostro cambió.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz tranquila.
María no respondió de inmediato. Se quedó un momento en silencio, eligiendo las palabras.
—Llevo días queriendo preguntarte algo —dijo al fin—. Y no sabía cómo hacerlo sin que pareciera que te estoy interrogando.
Aine la miró. Esperó.
—No quiero que te defiendas —continuó María—. No necesito pruebas. Solo quiero que me lo digas tú. Con tu voz.
Aine no se movió. Pero algo en su rostro cambió.
—¿El qué? —preguntó, con voz baja.
María sostuvo su mirada.
—Que tú eres Marina Valer.
Aine bajó la mirada hacia sus manos, apoyadas sobre el teclado. Durante unos segundos no dijo nada.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó al fin.
—La letra —respondió María—. La reconocí en los márgenes de los libros que me prestaste, en las notas que dejabas en la biblioteca y en el cuaderno que encontré en la caja del armario.
Aine levantó la mirada.
—La dedicatoria a Elena —añadió María—. También estaba ahí.
Aine cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había algo nuevo en ellos. No era tristeza. Era una especie de alivio cansado.
—Llevo veinticinco años escribiendo —dijo Aine—.
Y nunca supe cómo decirle a nadie que Marina Valer era yo.
Siempre tuve miedo de que, si alguien lo sabía, dejara de verme como Aine y empezara a verme como la escritora.
Miedo a perder mi intimidad. A que la gente esperara de mí algo que yo no pudiera darles.
Hizo una pausa.
—Cuando Elena murió, ese miedo se hizo todavía mayor. Ya no tenía a nadie que me conociera de verdad, al margen de los libros. Así que dejé de escribir y guardé todo lo relacionado con Marina Valer.
Miró a María.
—Hasta que llegaste tú.
María no se movió.
—¿Y por qué la sacaste? —preguntó en voz baja.
Aine levantó la mirada.
—Porque tú me recordaste que no soy solo Marina Valer. Que también soy la mujer que prepara café, corta lavanda y se preocupa por si has comido. Que puedo estar contigo sin tener que convertirlo todo en palabras.
María dejó el cuaderno a un lado y se inclinó un poco hacia ella.
—Yo no veo a la escritora —dijo—. Veo a la mujer que me dejó una manta en el sofá sin decir nada. A la que me enseñó que no hace falta hablar para saber que alguien está ahí. A la que tiene miedo de quererme y, aun así, se queda.
Aine la miró. Y por un momento, sus ojos brillaron.
—¿Quieres leer lo que estoy escribiendo? —preguntó Aine.
María asintió.
Aine giró el portátil hacia ella. En la pantalla había un documento abierto. María miró las primeras líneas y reconoció su nombre.
«María».
—¿Puedo leerlo en voz alta?
Aine tardó un instante en responder.
—Si quieres.
María carraspeó y comenzó a leer.
«Llegó sin avisar. No sabía cuánto tiempo iba a quedarse, ni ella misma lo sabía. Al principio intenté no acostumbrarme a tenerla en casa. Pensé que sería más fácil así.
Pero empezó a formar parte de mis días sin que me diera cuenta. Primero fueron sus cosas en la mesa, los libros, el portátil. Después fueron sus pasos por el pasillo, la taza que dejaba junto al fregadero y esa costumbre de sentarse a estudiar en la biblioteca.»
María hizo una pausa.
Aine permanecía quieta, mirando hacia la ventana.
Continuó.
«Un día me di cuenta de que esperaba escucharla bajar las escaleras por la mañana. De que me fijaba en si había comido, en si estaba cansada, en si había tenido un buen día. Empecé a preocuparme por cosas que antes no me importaban.
Y entonces entendí que ya no estaba intentando acostumbrarme a que María estuviera aquí. Estaba intentando imaginar cómo sería la casa si algún día se marchaba.»
La voz de María tembló ligeramente.
Levantó la mirada hacia Aine.
—Aine...
—Sigue —dijo ella.
María volvió a la pantalla.
«No sé cuándo empecé a quererla. Quizá fue mucho antes de que pudiera admitirlo. Solo sé que, cuando intenté apartarme, descubrí que ya era demasiado tarde.
Porque María ya estaba dentro de mi vida.»
María dejó de leer.
Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada.
Aine bajó la mirada.
—No sabía cómo decírtelo.
—No sabía que me veías así —dijo María, en voz baja.
Aine se encogió de hombros.
—No es que te vea así. Es que eres así.
María la miró unos segundos.
—¿Cuánto tiempo llevas escribiendo sobre mí?
Aine tardó un instante en responder.
—Desde que te vi en la playa. Desde aquella noche en que te saqué del agua y entendí que no podía limitarme a dejarte allí.
María bajó la mirada.
—Yo también he escrito sobre ti.
Aine la miró.
—¿Qué has escrito?
—Cosas que quizá algún día te enseñe.
Aine sonrió.
—Yo ya he leído una parte.
María levantó la cabeza.
—¿Qué?
Aine respiró hondo.
—Una noche vi tu portátil abierto en el salón. No quería mirar, pero vi el título. «Donde empieza el horizonte». Leí una página. Solo una.
María permaneció quieta.
—No debí hacerlo —continuó Aine—. Lo sé. Y lo siento. No volví a mirar.
—¿Y qué decía?
Aine la miró.
—Lo suficiente.
María sonrió a pesar suyo.
—Eso no es una respuesta.
—Decías que te estabas enamorando de mí.
María se quedó callada.
Aine bajó la mirada.
—Y no supe qué hacer con eso.
María alargó la mano y rozó la suya.
—Ahora ya lo sabes.
Aine entrelazó los dedos con los de ella.
—Ahora sí.
María sonrió.
—Entonces estamos igual.
Aine la miró.
—Sí.
Permanecieron unos segundos sin decir nada.
—¿Y ahora qué? —preguntó Aine.
María la miró directamente.
—Ahora me quedo.
Aine sonrió.
—Entonces quédate.
María no respondió. Solo apretó un poco más su mano.