Donde empieza el horizonte Capítulo 41 Porque te quiero
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Capítulo 41 Porque te quiero

La tarde había empezado tranquila. El sol entraba por la cristalera del salón y María estaba en la biblioteca, intentando concentrarse en los apuntes. Llevaba varios minutos leyendo la misma página cuando se dio cuenta de que no había retenido una sola palabra.

Desde aquella noche en la cocina, las cosas entre Aine y ella habían cambiado. Aine volvía a estar más cerca, pero seguía teniendo cuidado. Hablaban, compartían las comidas y se cruzaban por la casa como antes, aunque ahora María era consciente de cada gesto.

No sabía qué iba a pasar entre ellas. Tampoco quería preguntarlo todavía.

Se obligó a leer una línea. La releyó dos veces. Nada. Cerró el libro, suspirando.

Y entonces escuchó las voces.

No era la voz de Aine, ni la de Carmen. Era una voz masculina, joven, que no reconocía. Se levantó y se asomó al pasillo.

Un chico de unos veinte años, con el pelo castaño y una sonrisa tímida, estaba de pie en el recibidor. Llevaba una bolsa con dos botellas de refresco y las manos metidas en los bolsillos. Aine estaba frente a él, con una sonrisa que a María le pareció demasiado forzada.

—María, este es Dani —dijo Aine, girándose hacia ella—. Es del pueblo. Estudia en Santiago, Psicología como tú. Le he invitado a merendar.

María miró a Dani y después a Aine. No entendía por qué había hecho aquello, pero la situación le resultaba extraña. Dani tenía su edad, estudiaba lo mismo y Aine parecía empeñada en que hablaran.

El golpe fue inmediato. María no dijo nada. Miró a Dani, después a Aine y, sin saber muy bien qué hacer con lo que acababa de sentir, se dio la vuelta y subió la escalera.

Entró en su habitación, cerró la puerta y abrió el armario. Sacó la mochila y empezó a guardar sus cosas. La ropa. Los apuntes. El portátil. Lo necesario para irse.

Antes de cerrarla, miró alrededor de la habitación. La cama, la ventana, el jarrón con flores secas. Había llegado allí sin nada y, sin darse cuenta, había empezado a sentir aquel lugar como suyo.

Se echó la mochila al hombro y bajó.

Dani seguía en el recibidor con las botellas en la mano. Aine estaba junto a él. Cuando vio la mochila, su expresión cambió.

—María...

María no se detuvo. Siguió caminando hacia la puerta.

—Espera —dijo Aine—. Dani, lo siento, pero creo que es mejor que te vayas.

El chico miró a una y a otra, sin entender qué estaba pasando. Dejó las botellas sobre la mesa.

—Vale. No pasa nada.

Cogió su chaqueta y salió por la puerta.

Aine esperó a que se marchara antes de volver a mirar a María.

María se detuvo antes de cruzar el umbral. No se giró.

—¿Qué acabas de hacer?

Aine dio un paso hacia ella.

—María, yo... pensé que...

—¿Pensaste qué? —María se giró—. ¿Que iba a gustarme Dani? ¿Que porque tiene mi edad y estudia Psicología era una buena opción para mí?

Aine tragó saliva.

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es? —María la miró directamente—. ¿Por qué llevas días alejándote de mí? ¿Por qué has hecho esto?

Aine no respondió.

María respiró hondo antes de continuar.

—No sé si soy lesbiana, Aine. No sé qué soy. Nunca he estado con nadie. Pero sé que los hombres no me atraen. Y sé que tú me provocas algo que jamás había sentido.

Aine bajó la mirada.

—Y ahora intentas ponerme delante a un chico como si eso fuera a solucionar algo.

—María...

—No. Ya está. Si quieres que me vaya, me voy.

Se giró hacia la puerta.

María empujó la puerta, pero Aine se abalanzó sobre ella, le quitó la mochila del hombro y la dejó caer al suelo.

—¡No! —gritó Aine, con la voz rota—. ¡No te vayas, María! Por favor, no te vayas.

María la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué no? Dime por qué no. Tienes treinta y cuatro años más que yo, llevas años intentando vivir con un pasado que no has conseguido dejar atrás y acabas de intentar ponerme delante a un desconocido. Explícame por qué no debería irme.

Aine se quedó inmóvil durante unos segundos. Respiró hondo y la miró.

—Porque te quiero, María.

María no respondió.

—En dieciocho años no había sentido nada por nadie. Me había acostumbrado a estar sola, a vivir aquí con mis recuerdos y a pensar que eso era suficiente. Y entonces llegaste tú. Poco a poco empezaste a formar parte de mi vida y, cuando me di cuenta de lo que estaba sintiendo, tuve miedo.

Aine tragó saliva.

—Miedo por ti. Por mí. Por la diferencia de edad y por todo lo que todavía tienes por vivir.

Pensé que lo mejor era apartarme antes de hacerte daño.

Que, si ponía distancia, acabarías conociendo a alguien de tu edad y seguirías adelante.

Pero no he conseguido alejarme de ti. Y ahora me da más miedo que te vayas que todo lo demás.

María se quedó quieta. La mochila seguía en el suelo, entre las dos.

Aine dio un paso hacia ella y le tocó la mejilla.

—Nunca he estado con nadie —dijo María, con la voz quebrada—. Y no sé qué hacer con todo esto.

—No tienes que decidir nada ahora.

—¿Y si me equivoco?

—Entonces lo hablaremos. Pero no tienes que ponerle un nombre a lo que sientes para saber que está ahí.

María la miró unos segundos.

—Esperé porque no quería que mi primera vez fuera con cualquiera. Quería que fuera algo importante. Quería que fuese con alguien a quien quisiera de verdad.

Aine le acarició la mejilla.

—No tienes que demostrarme nada. Solo tienes que estar segura de lo que quieres.

María asintió.

—Quiero estar aquí.

Aine cerró los ojos un instante.

—Entonces quédate.

María apoyó la cabeza en su hombro. Aine la abrazó y permanecieron así unos segundos.

—Me da miedo no saber qué hacer —murmuró María.

Aine sonrió.

—A mí también me da miedo.

María levantó la cabeza.

—¿A ti?

—Hace mucho que no dejo que nadie se acerque así a mí.

Se miraron.

—Pero te quiero —dijo Aine—. Eso sí lo sé.

Los ojos de María volvieron a llenarse de lágrimas.

—Yo también te quiero.

Aine le apartó una lágrima con el pulgar.

Después se inclinó y la besó.

Fue un beso suave, casi tímido, como si tuviera miedo de romper algo. Pero María sintió que el mundo se detenía. Sintió el calor de los labios de Aine, su aliento, su presencia. Y supo, con una claridad que no había tenido nunca, que no había estado esperando en vano.

Cuando se separaron, María estaba temblando. Sus manos buscaron el rostro de Aine, tocando su piel, como si quisiera asegurarse de que era real.

Y en ese momento, supo que no necesitaba saber qué era. Solo necesitaba saber que estaba donde quería estar. Con quien quería estar.