Donde empieza el horizonte Capítulo 40 El nombre que no debía decirse
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Capítulo 40 El nombre que no debía decirse

Pasaron tres días desde aquella mañana en el banco en la que Aine le había dicho que era mejor no acostumbrarse.

María siguió con sus estudios y con su rutina, pero algo entre las dos había cambiado.

Hablaban cuando era necesario y compartían la casa como siempre, aunque ahora Aine parecía medir cada gesto.

Seguía dejándole el café por las mañanas y preguntándole cómo llevaba los estudios, pero ya no se quedaba a hablar con ella. Si coincidían en la cocina, Aine encontraba cualquier cosa que hacer y, cuando María entraba en una habitación, a veces ella salía poco después.

María intentaba no darle demasiadas vueltas. Se decía que quizá necesitaba tiempo, que aquello no tenía por qué significar nada. Pero cada vez le costaba más fingir que no notaba la distancia.

Los apuntes de Psicología se acumulaban sobre la mesa de la biblioteca, pero María apenas conseguía concentrarse. Leía una página y, al terminar, se daba cuenta de que no recordaba nada.

Volvía una y otra vez a lo ocurrido en la cocina y a la conversación del banco. ¿Qué había hecho mal? ¿Había dicho o hecho algo que hubiera incomodado a Aine?

No encontraba una respuesta.

Sabía que aquella noche había pasado algo entre las dos. Habían estado cerca, demasiado cerca quizá, y durante unos segundos ninguna de las dos había sabido cómo reaccionar. Después, Aine había empezado a poner distancia.

María intentaba respetarla, pero cada vez le costaba más entender qué había cambiado.

Por la tarde, intentó buscar a Aine. La encontró en el jardín, podando los rosales.

—Aine.

Aine levantó la mirada un instante y volvió a los rosales.

—¿Necesitas algo?

María se quedó quieta.

—No. Solo quería hablar contigo.

Aine dejó las tijeras sobre el borde del banco y se limpió las manos.

—Ahora no es buen momento.

María asintió.

—Vale.

Volvió a la casa sin insistir. Aquella noche intentó estudiar, pero apenas consiguió leer un par de páginas. No sabía qué esperaba de Aine ni cuánto tiempo iba a durar aquella distancia. Solo sabía que echaba de menos cómo estaban antes.

Aquella noche no pudo dormir. Se quedó en la cama mirando el techo, escuchando el mar, sin saber qué hacer con aquella distancia que se había instalado entre las dos. A las dos de la madrugada se levantó y bajó a la cocina a por un vaso de agua. No esperaba encontrar a nadie.

Aine estaba junto a la ventana, con una copa de vino en la mano. Llevaba una bata vieja de lana que María no le había visto nunca y tenía el pelo suelto sobre los hombros. Sobre la encimera había una botella de vino tinto, ya casi vacía.

María se detuvo en el umbral. Podía oler el vino desde la puerta, y algo más. Una tristeza tan profunda que parecía emanar de sus poros. Aine no se había dado cuenta de que estaba allí. Seguía mirando el mar.

—¿Aine? —dijo, con la voz suave.

Aine no se giró. Pero su mano, la que sostenía la copa, tembló ligeramente. María dio un paso, luego otro, y se acercó con cuidado.

—Estás bebiendo —dijo María.

Aine soltó una risa seca, sin alegría.

—Sí. ¿Es un problema?

—No. Pero me preocupa que estés bebiendo sola, a las dos de la madrugada.

Aine no respondió. Se llevó la copa a los labios y bebió otro sorbo. María se quedó a su lado.

—No te entiendo —dijo al fin—. No sé por qué te has alejado de mí. No sé qué pasó después de aquella noche. Me dijiste que era mejor no acostumbrarse y desde entonces siento que estás poniendo distancia entre las dos.

Aine se giró entonces. María vio sus ojos enrojecidos y comprendió que aquella distancia tampoco estaba siendo fácil para ella.

—Porque no puedo —dijo Aine, con la voz quebrada—. No puedo acostumbrarme a ti, María. No puedo permitirme quererte, porque si lo hago...

Se detuvo. Se llevó la copa a los labios otra vez, pero María le sujetó la muñeca con suavidad.

—¿Porque si lo haces, qué?

Aine miró la mano de María sobre su muñeca. Y entonces, como si esa piel caliente fuera la que rompía la última barrera, su rostro se deshizo. Dejó la copa sobre la encimera. Y con una voz que apenas era un susurro, roto, lleno de un dolor antiguo, dijo:

—Porque me recuerdas a ella.

María se quedó inmóvil.

—¿A quién?

Aine no respondió de inmediato. Se pasó una mano por la cara, como si intentara borrar el gesto.

—A Elena.

El nombre cayó en la cocina como una piedra en un estanque quieto. María sintió que el mundo se detenía.

Aine se dio cuenta al instante. Vio el horror en los ojos de María, la forma en que su rostro se había descompuesto, la manera en que había retrocedido un paso.

—No... no quería decir eso. Perdóname, María. No quería...

—¿Me parezco a Elena? —preguntó María, con la voz apenas un hilo.

Aine negó con la cabeza, con los ojos también llenos de lágrimas.

—No exactamente. Es tu forma de caminar, de inclinar la cabeza cuando estás leyendo. La manera en que te quedas mirando el mar sin decir nada. Tu forma de estar en el mundo, como si todo te pesara, pero no te quejaras. Y luego llegaste el mismo día que ella se fue.

Se pasó una mano por la cara, como si intentara borrar algo.

—Eso no es una coincidencia, María. No puede serlo. Y no sé qué hacer con eso. Me da miedo quererte porque sé que algún día me dejarás, como ella me dejó, y no sé si podré sobrevivir a eso otra vez.

María sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No era celos. No era una competición. Era miedo.

—Pero yo no soy Elena —dijo, con la voz rota—. No me voy a morir. No te voy a dejar. Yo estoy aquí. Contigo. Ahora.

Aine la miró, con una tristeza infinita en los ojos.

—Lo sé. Pero tú eres joven. Tienes toda la vida por delante. Y yo soy una mujer mayor, con un pasado que pesa, con un fantasma que no me deja avanzar. No puedo pedirte que te quedes con esto. No puedo pedirte que cargues con mi tristeza.

María se acercó entonces, sin pensar, sin medir. Le cogió la cara entre las manos y la obligó a mirarla.

—No me estás pidiendo que cargue con tu tristeza —dijo, con la voz firme, aunque le temblaba—.

Me estás pidiendo que esté a tu lado. Y eso quiero hacerlo.

No quiero borrar a Elena. No quiero que la olvides.

Solo quiero que haya un lugar para mí en tu corazón, sin tener que arrancar lo que ya está plantado.

Aine la miró, y por un segundo, María vio algo en sus ojos que no había visto antes. Una rendija. Una pequeña luz en medio del muro que había levantado.

—No te pido que me salves —continuó María, con la voz baja pero firme—No quiero que me arregles. Quiero aprender a hacerlo yo. Pero no quiero hacerlo lejos de ti. No me asusta lo que hayas vivido ni lo que tengas miedo de sentir. Lo único que me asusta es que me apartes. Eso es lo que no quiero.

Durante unos segundos ninguna dijo nada. María podía sentir el calor de Aine y el temblor de su respiración.

Entonces Aine se acercó y apoyó la frente en la de María. Se quedaron así, muy cerca, sin besarse ni abrazarse. María cerró los ojos.

—No sé si podré —susurró Aine.

María cerró los ojos.

—Lo sé. Pero quiero intentarlo contigo. Y no pienso irme.

Aine no dijo nada más. Pero sus manos, que habían estado a los costados, subieron lentamente y rodearon la cintura de María. No fue un abrazo fuerte. Fue un abrazo tímido, casi asustado, como si Aine estuviera tocando algo que no sabía si podría sostener. Pero lo hizo. Y María se dejó sostener.

Se quedaron así, en la cocina, con la copa de vino a medio terminar sobre la encimera, con el mar sonando fuera y con la luz de la luna entrando por el cristal.

María no sabía si aquello lo arreglaba todo.

No sabía si Aine estaba lista para dejarla entrar de verdad.

Pero por primera vez en tres días, el muro se había agrietado.

Y esa pequeña grieta era suficiente para empezar.

Cuando subieron a la habitación, no dijeron nada más. El abrazo tímido de Aine, ese que había empezado con miedo, se fue relajando poco a poco, pero cuando llegaron al pasillo, se separaron con esa suavidad que solo tienen los gestos que se cuidan.

—Buenas noches, María —dijo Aine, con la voz baja, pero con un brillo nuevo en los ojos que no estaba antes.

—Buenas noches, Aine —respondió María.

María entró en su habitación y cerró la puerta. Se quedó un momento con la espalda apoyada en ella, recordando lo que acababa de pasar. No sabía qué iba a ocurrir después, pero por primera vez en varios días sentía que quizá podían volver a hablar.

Se metió en la cama y cerró los ojos. Cuando empezaba a quedarse dormida, escuchó el sonido del teclado al otro lado del pasillo.

Aine estaba escribiendo otra vez.

María sonrió.