Donde empieza el horizonte Capítulo 39 El muro
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Capítulo 39 El muro

La mañana siguiente amaneció gris. María se despertó con una sensación extraña, difícil de explicar. Durante unos segundos se quedó tumbada, intentando recordar qué había cambiado.

Entonces recordó la noche anterior.

La cocina. La cercanía de Aine. Aquel momento en que ninguna de las dos había sabido qué hacer.

Se levantó y bajó a la cocina. Aine ya estaba allí.

Estaba de espaldas, sirviendo café. El mismo gesto de todos los días: el pelo recogido, una camiseta de algodón, la cafetera sobre la encimera.

Pero María, que llevaba semanas aprendiendo a leerla, notó algo distinto.

La rigidez de sus hombros, la forma en que su mano se detenía un segundo de más sobre la cafetera.

Cuando escuchó sus pasos, Aine tardó un instante en girarse.

—Buenos días —dijo María, sentándose a la mesa.

Aine no se giró. Solo respondió, con la voz plana, sin el calor de siempre:

—Buenos días.

María esperó. Aine no dijo nada más. Le acercó la taza y se sentó al otro lado de la mesa, pero no la miró.

Sus ojos se quedaron fijos en la ventana, en el horizonte gris.

El silencio se estiró, incómodo, denso. María dio un sorbo al café.

Estaba caliente, pero el sabor, que antes le parecía reconfortante, ahora le supo a amargo.

No entendía qué estaba pasando. No entendía por qué Aine, que la había mirado la noche anterior con esa expresión que le había robado el aliento, ahora parecía tan lejos.

—¿Has dormido bien? —preguntó, intentando romper el hielo.

Aine tardó un segundo en responder. Un segundo que se hizo eterno.

—Sí.

María la observó por encima del borde de la taza. Aine no la miraba. Estaba presente, pero ausente. Como si hubiera levantado un muro invisible entre ellas.

—Aine —dijo, con la voz más suave—. ¿Estás bien?

Aine se tensó. Solo un poco. Pero lo vio.

—Estoy bien —respondió Aine, con la voz hueca, sin convicción.

María no insistió. Sabía que si empujaba demasiado, Aine se cerraría por completo. Así que decidió esperar. Pero el tiempo, en ese silencio, se sentía como una losa.

—Voy a trabajar en la biblioteca —dijo, levantándose.

Aine asintió, sin mirarla.

En la biblioteca, intentó concentrarse en los apuntes, pero las palabras no entraban. Su mente seguía en la cocina, en aquel «casi» de la noche anterior.

Desde aquella mañana, Aine estaba más distante. Seguía hablándole, preparándole el café, preguntándole por los estudios, pero algo había cambiado. María no sabía qué había pasado ni por qué, solo que Aine parecía estar poniendo de nuevo cierta distancia entre las dos.

Cerró el libro y se quedó mirando la pared.

A media mañana, fue a la cocina a por un vaso de agua.

Aine ya no estaba. Pero al pasar por el pasillo, vio algo que la detuvo en seco.

En el salón, sobre la mesa, había una foto.

No era una foto que hubiera visto antes.

Era una imagen en blanco y negro de dos mujeres en una terraza.

Una era Aine. La otra, la mujer morena de los ojos grandes.

Elena.

Se quedó inmóvil, mirando la fotografía.

No sabía por qué Aine la había puesto ahí.

No sabía si era un descuido o una advertencia.

Pero al verla, sintió un dolor que no esperaba.

Un dolor que no tenía derecho a sentir, porque esa mujer llevaba dieciocho años muerta.

Y, aun así, ahí estaba, mirándola desde el papel, con una sonrisa que María no podía igualar.

No quería que Aine olvidara a Elena. Nunca quiso eso.

Elena había formado parte de la vida de Aine, de su historia, de su corazón.

María no podía competir con eso. Lo único que deseaba era que Aine la mirara a ella también, y que en esa mirada hubiera un espacio donde ella pudiera existir sin tener que borrar lo que vino antes.

Vio la foto, pero decidió dejarla donde estaba y volvió a la biblioteca.

Por la tarde, salió al jardín. Necesitaba aire.

Necesitaba alejarse de esa casa que de pronto se había vuelto demasiado grande.

Se sentó en el banco de madera, mirando el mar.

El viento movía las hojas de los eucaliptos.

El mar sonaba lejos, constante. Pero todo se sentía distinto.

Aine estaba cerca, pero María la sentía muy lejos.

—María.

La voz llegó desde la puerta trasera. Aine estaba de pie en el umbral, con las manos en los bolsillos.

—¿Qué tal va el estudio? —preguntó Aine.

—Bien —mintió María.

Aine asintió, pero siguió donde estaba.

—Aine —dijo María, con la voz quebrada—. ¿Por qué no te sientas?

Aine dudó un momento. Después se acercó y se sentó en el otro extremo del banco.

—¿Qué he hecho mal? —preguntó María, mirándola a los ojos.

Aine tardó en responder. María vio algo en su mirada que no esperaba: miedo.

—No has hecho nada mal —dijo Aine al fin—. Solo que... es mejor que no nos acostumbremos demasiado.

—¿Acostumbrarnos a qué?

Aine desvió la mirada hacia el horizonte.

—A estar juntas.

María sintió que el aire se le escapaba.

—¿Y por qué no? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Por qué no podemos acostumbrarnos?

Aine no respondió. Solo se quedó mirando el mar, con el silencio de quien ha decidido que algunas verdades son demasiado dolorosas para decirlas en voz alta.

—Aine —dijo María, y esta vez su voz no tembló—. No sé qué te pasa. Pero esta distancia... no la entiendo. Y me duele.

Aine la miró, y por un segundo, María vio algo en sus ojos. Dolor. Arrepentimiento. Pero duró apenas un instante.

—No pretendía hacerte daño —dijo Aine, con la voz baja—. Solo quería protegerte.

—¿Protegerme de qué?

Aine no respondió. Se levantó y volvió hacia la casa, dejando a María sola en el banco.

María se quedó allí unos minutos, mirando el horizonte. No entendía qué estaba pasando ni por qué Aine había decidido alejarse de ella. Solo sabía que, detrás de aquella distancia, había algo que Aine no quería decirle.

Esa noche no pudo dormir. Se quedó en la cama, mirando el techo y escuchando el mar. Arriba, en el despacho, tampoco se oía el teclado.

Aine no estaba escribiendo.