Donde empieza el horizonte Capítulo 38 Lo que casi pasa
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Capítulo 38 Lo que casi pasa

Los días después del examen trajeron una calma nueva al pazo.

No era la calma de antes, la de dos personas que comparten un espacio sin preguntarse demasiado por la otra.

Era una calma distinta, más consciente, más elegida.

Como si las dos supieran algo que no se atrevían a nombrar y hubieran decidido, sin hablarlo, dejarlo estar un poco más.

María volvió a sus apuntes. Tenía otro examen en tres semanas y no podía permitirse relajarse demasiado.

Se sentaba en la biblioteca por las mañanas, con el café al lado y el portátil abierto, y estudiaba con una concentración que le sorprendía a ella misma.

Porque antes, cuando había llegado al pazo, estudiar era una forma de huir.

De no pensar. Ahora era distinto. Ahora estudiaba porque quería.

Porque estaba construyendo algo. Porque había un futuro al otro lado de esos apuntes que ya no le daba miedo mirar.

Y arriba, el teclado sonaba.

Lo escuchaba desde la biblioteca. El sonido constante, rítmico, de Aine escribiendo.

Y cada vez que lo escuchaba, sonreía. Porque durante semanas Aine no había escrito.

Y ahora sí. Las palabras volvían a salir.

Y no sabía por qué, no sabía qué las había desbloqueado, pero le alegraba de una forma tranquila, profunda, como quien escucha llover después de una sequía larga y sabe que la tierra va a beber.

Una tarde, bajó al salón a por un libro que se había dejado sobre la mesa. Entró sin llamar, con esa confianza que se gana sin pedir permiso. Y vio a Aine sentada en la butaca, con el portátil en el regazo, las gafas puestas, las manos sobre el teclado. Escribiendo.

Aine levantó la vista. La vio. Y cerró el portátil. Rápido. Demasiado rápido.

María se detuvo un momento en la puerta. Se miraron. Y por un segundo, algo pasó entre las dos.

—¿Qué necesitas? —preguntó Aine, con la voz un poco más alta de lo normal.

—Un libro. Me lo dejé aquí esta mañana.

Aine señaló la mesa con la cabeza.

—Ahí está.

María cruzó la habitación, cogió el libro y se detuvo un momento.

—¿Trabajando? —preguntó.

Aine se encogió de hombros.

—Unas cosas. Nada importante.

María asintió y dejó el tema ahí. Se sentó en la mesa del fondo y abrió el libro, pero tardó un buen rato en leer una sola página. Volvió a pensar en la forma en que Aine había cerrado el portátil, en aquel gesto rápido con el que había protegido la pantalla.

Recordó también aquella frase de semanas atrás.

«Suena a verdad.»

¿Qué estás escribiendo, Aine?

No preguntó. Entendió que había cosas que Aine todavía no estaba preparada para mostrarle.

Los días siguieron pasando. El teclado continuaba sonando arriba y María estudiaba abajo. A veces se cruzaban por la casa, hablaban un rato o simplemente compartían la misma habitación sin necesidad de decir nada.

Una noche, después de cenar, estaban en la cocina. María fregaba y Aine secaba. Durante un rato solo se escuchó el agua y el roce del paño sobre los platos.

—Es raro cómo cambia una casa cuando alguien la habita.

María dejó de fregar un segundo y luego siguió.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, con la voz tranquila.

Aine dejó el plato sobre la encimera y cogió otro.

—No sé. Que antes todo era silencio. Y ahora hay cosas. Ruidos. Pasos. Una taza que no estaba. Un libro sobre la mesa. Una manta en el sofá. Y cuando esas cosas no están, se nota.

María siguió fregando. El corazón le latía un poco más rápido.

—¿Y eso es malo? —preguntó, más bajo.

Aine dejó el plato y se quedó un momento con el paño en la mano, mirando hacia la ventana.

—No. No es malo. Es distinto. Es solo que... antes no sabía que se podía echar de menos un ruido. Y ahora sí.

María cerró el grifo. Se secó las manos y se giró hacia Aine. Estaba cerca. Más cerca de lo que esperaba. Aine seguía con el paño en la mano y la miraba de una forma que hizo que María olvidara por un momento lo que iba a decir.

Se quedaron un momento así, mirándose en silencio. El agua seguía goteando del grifo y los platos permanecían a medio secar. María sintió que, si alguna de las dos decía algo, todo podía cambiar.

María podía sentir el calor de Aine. No la estaba tocando, pero estaban tan cerca que apenas quedaba espacio entre las dos. Durante un instante pensó que podía acercarse un poco más, cogerle la mano, decir algo. Podía hacerlo. Pero no se movió.

Se quedó quieta, con las manos a los lados. Aine tampoco se apartó. Se miraron durante unos segundos, hasta que Aine cogió otro plato, lo secó y lo dejó en la encimera.

—Se está haciendo tarde —dijo.

María asintió. Se apartó un paso. Solo un paso.

—Sí. Es tarde.

Aine dejó el paño, apagó la luz de la cocina, y el pasillo quedó a oscuras.

—Buenas noches —dijo Aine.

—Buenas noches.

Aine subió la escalera. Sus pasos se alejaron. Una puerta se cerró.

María se quedó en la cocina un momento más, en la oscuridad, con el mar sonando fuera y el corazón latiéndole todavía de una forma que no era normal.

Y pensó en lo que Aine había dicho. "Antes no sabía que se podía echar de menos un ruido.

Y ahora sí." Y en el portátil cerrado. En la rapidez de Aine al cerrarlo.

Y pensó que quizá Aine estaba escribiendo sobre ella.

Subió la escalera, entró en su habitación, se sentó en la cama y escuchó. El teclado no sonaba.

Cerró los ojos y se durmió con una pregunta que no iba a hacer. Con un casi que le había rozado la piel sin tocarla. Y en el pazo, aquella noche, el silencio sonó distinto.

A la mañana siguiente, se despertó tarde. El sol entraba por la ventana con una claridad que no había visto en días. Se quedó un momento en la cama, con el recuerdo de la noche anterior todavía flotando entre el pecho y la garganta. Cogió el teléfono y llamó a Eva.

Eva cogió al tercer tono.

—¿Diga?

—Hola, Eva.

—¿María? ¿Desde dónde me llamas? Es tu número, pero no estás en el ordenador.

—Desde un teléfono.

—Ya veo que desde un teléfono. Pero tú no tenías teléfono.

María sonrió.

—Ahora sí.

—¿Y eso?

—Aine me regaló uno antes de irme al examen. Dijo que quería saber que llegaba bien.

Eva se quedó callada un momento.

—Aine te regaló un teléfono.

—Sí. Para que le avisara cuando llegara.

—Qué maja.

—Sí.

Eva no añadió nada más. Pero María sintió el peso de esas dos palabras.

—¿Y qué tal el examen? —dijo Eva al fin—. Cuéntame.

María le contó. La carretera, el aparcamiento, la pregunta que pensó que no iba a saber, el momento en que se acordó.

—¿Y te acordaste de repente? —preguntó Eva.

—Sí. Estaba estudiando esa parte mientras escuchaba a Aine escribir arriba. Y de pronto me vino.

Eva se quedó callada un segundo.

—Ajá.

—¿Otra vez con el "ajá"?

—Nada. Me alegro de que te fuera bien.

—¿Y qué tal por allí?

—Bien. Tranquilo. Trabajo, casa, el perro de la vecina.

—¿Perro?

—Se me ha encariñado. No es mío, pero viene a verme.

María se rio.

—Eso es muy tuyo.

—¿El qué?

—Que un perro que no es tuyo te elija.

Eva se rio también. Un sonido cálido, familiar.

—Oye, ¿y el domingo que viene qué haces?

—Estudiar.

—Pues estudia. Pero también descansa.

—Siempre me dices eso.

—Porque nunca haces caso.

María cerró los ojos.

—Gracias, Eva.

—Siempre, María.

Colgó. Dejó el teléfono sobre la mesilla y se quedó un momento mirando el techo. Pensó en Aine, en la conversación sobre la casa y en lo que había pasado en la cocina. En lo cerca que habían estado. No le puso nombre. No todavía.

Se levantó, se vistió y bajó la escalera. El pazo sonaba como siempre. Desde la cocina llegaba el ruido de las tazas y el café ya estaba preparado. Aine estaba allí, haciendo lo de todos los días.

María entró en la cocina y la miró.

Algo había cambiado.