Capítulo 37 Cuando alguien no está
María condujo con las ventanillas bajadas y el aire fresco de la mañana entrando en el coche mientras la carretera hacia A Coruña avanzaba entre eucaliptos, pequeñas casas dispersas y tramos en los que el mar aparecía entre las colinas.
Había salido con bastante tiempo, aunque llevaba buena parte del trayecto mirando de vez en cuando el reloj del salpicadero.
En el asiento del copiloto llevaba la mochila con los apuntes, una botella de agua y un bocadillo envuelto en papel de aluminio que Aine le había preparado esa mañana. Se había reído entonces, asegurándole que no pensaba morirse de hambre, pero había terminado guardándolo.
La carretera empezó a llenarse de coches. Había estado alguna vez en A Coruña, pero nunca había ido a esa zona en particular. En un momento se pasó una salida y tuvo que dar un rodeo.
—Muy bien, María —murmuró mientras giraba el volante—. Empezamos estupendamente.
Llegó con tiempo de sobra y encontró sitio para aparcar. Apagó el motor y, antes de salir, cogió el teléfono y escribió a Aine: "Ya estoy aquí. Todo bien." No esperaba una respuesta inmediata, pero la pantalla se iluminó cuando apenas había llegado a la puerta del edificio.
—Me alegro. Cuídate. Y suerte con el examen.
Los tres puntos aparecieron de nuevo.
Te espero en casa.
María soltó una pequeña risa. Volvió a leerlo. Cuatro palabras sencillas, pero no pudo evitar sonreír.
Guardó el teléfono y entró.
En el pazo, Aine terminó de recoger el desayuno.
Subió al despacho, se sentó frente al ordenador y abrió un archivo.
Consiguió avanzar un par de páginas antes de quedarse detenida en una frase.
La leyó de nuevo, cambió una palabra, volvió a leerla, pero siguió sin convencerla. Cerró el documento y se levantó.
Se acercó a la ventana. Desde allí podía verse una parte del camino que conducía hacia la carretera y, más allá, una franja de mar entre los árboles.
El pazo, sin el sonido del teclado de María, sin sus pasos por el pasillo, sin su voz preguntando si quería café, parecía más grande, más vacío.
No se había dado cuenta de cuánto espacio ocupaba María hasta que ese espacio dejó de estar ocupado.
A media mañana bajó a preparar café. Mientras esperaba, miró hacia el pasillo y, casi sin darse cuenta, esperó escuchar los pasos de María.
No llegó nada. Se sirvió el café y regresó al salón con un libro.
Consiguió leer varias páginas antes de descubrir que llevaba demasiado tiempo detenida en el mismo párrafo.
Cerró el libro y miró el teléfono que había dejado sobre la mesa.
No había ningún mensaje nuevo. Intentó no darle importancia, pero unos minutos después volvió a cogerlo. Seguía sin haber nada.
—Esto es absurdo —murmuró.
El examen comenzó unos minutos más tarde de lo previsto.
María dejó sus cosas donde le indicaron, sacó el bolígrafo y esperó a que repartieran las hojas.
Leyó primero todas las preguntas antes de empezar a responder.
Las dos primeras le resultaron familiares, pero la tercera la detuvo.
La había estudiado, estaba segura, pero durante unos segundos no consiguió relacionarla con ninguno de los temas que tenía en la cabeza.
Apoyó el bolígrafo sobre la mesa y cerró los ojos un instante.
Entonces recordó una de las tardes de aquella semana, sentada en la biblioteca con los apuntes delante mientras el sonido del teclado de Aine llegaba desde el piso de arriba.
Había repasado aquel concepto porque le había parecido difícil y, de pronto, la explicación apareció en su cabeza con una claridad que no había tenido al estudiarla.
El sonido del teclado de Aine, esa presencia constante y rítmica, la había ayudado a memorizar sin darse cuenta.
Cogió el bolígrafo y empezó a escribir.
A partir de ahí el examen fue avanzando. Cuando anunciaron que el tiempo había terminado, dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó. No sabía si el examen estaba perfecto, pero lo había hecho.
Al salir del edificio, el aire de la calle le pareció más limpio.
Había pasado varias horas concentrada y necesitaba caminar un poco.
Sacó el teléfono y escribió a Aine: "Ya he terminado.
Ha ido bien. Salgo ahora para casa." Lo envió y guardó el teléfono.
Antes de arrancar, decidió acercarse unos minutos al mar.
Se apoyó en una barandilla y contempló el agua.
Pensó en el pazo, en la cocina, en la butaca junto a la ventana, en los libros y en el sonido del teclado de Aine.
Hasta ese momento no se había dado cuenta de cuánto echaba de menos todo eso.
El mensaje llegó a Aine mientras estaba en la cocina.
Lo leyó y dejó el teléfono sobre la encimera.
Esta vez ni siquiera intentó fingir que no estaba pendiente.
Miró el reloj y sacó unas verduras de la nevera.
Empezó a cortarlas, aunque no tenía hambre; necesitaba mantener las manos ocupadas.
Un coche pasó por la carretera. Levantó la cabeza de inmediato.
No era el Ford Fiesta. Continuó cortando, pero unos minutos después volvió a mirar hacia la ventana.
Subió al despacho. Abrió un documento nuevo.
Permaneció unos segundos frente a la pantalla en blanco, y luego empezó a escribir.
No había una dirección concreta, solo una imagen que fue tomando forma: una casa junto al mar, una mujer que había vivido sola durante mucho tiempo, hasta que alguien llegó y empezó a dejar pequeñas señales de su presencia.
Cuando se detuvo para leer lo que llevaba escrito, había pasado casi una hora. Escribió una frase que no había pensado de antemano:
"Hay personas que no saben que han empezado a formar parte de una casa hasta que un día se marchan durante unas horas y descubres que el silencio ya no es el mismo."
Guardó el documento y cerró el portátil. Bajó a la cocina, puso la cafetera en marcha y sacó dos tazas.
El sonido del Ford Fiesta llegó desde el camino poco después de las seis. Reconoció el motor antes de verlo aparecer entre los árboles. Se quedó quieta mientras el coche avanzaba por la gravilla y se detenía frente al pazo. La puerta se abrió y María salió con la mochila al hombro.
Unos segundos después apareció en la cocina.
—He llegado.
Aine sonrió al verla entrar.
—Ya lo veo. ¿Qué tal ha ido?
María dejó la mochila a un lado y se sentó.
—Creo que bien. Había una pregunta que pensé que no iba a saber y al final me acordé.
Aine le acercó una taza de café.
—Entonces ha ido bien.
—Eso espero.
Aine la observó un instante.
—¿Has comido?
María sonrió.
—El bocadillo.
—¿Solo eso?
—Y un café.
Aine negó con la cabeza.
—Un bocadillo no es comer.
—Ya estamos otra vez.
—No estoy diciendo nada.
—Lo estás diciendo con la cara.
Aine no pudo evitar sonreír.
—Entonces, al menos has aprendido a interpretarme.
María soltó una risa y volvió a beber café. Después de unos instantes, miró a Aine por encima de la taza.
—¿Y tú qué has hecho mientras yo estaba fuera?
Aine mantuvo las manos alrededor de la taza.
—He estado con unas cosas.
—¿Con qué cosas?
Aine dudó un instante.
—Unos asuntos que tenía pendientes.
María asintió sin insistir.
—¿Y has podido avanzar?
Aine levantó los ojos hacia ella y sonrió.
—No demasiado.
—¿Te ha pasado algo?
—No. Simplemente me ha costado concentrarme.
María la miró unos segundos. Había algo en la forma en que Aine lo decía que le hizo pensar que quizá sabía el motivo.
—¿Has estado pensando en mí?
Aine tardó un instante en responder.
—Un poco.
María sonrió.
—No hacía falta que te preocuparas.
—Ya lo sé.
María apoyó los antebrazos sobre la mesa y se quedó unos segundos en silencio, disfrutando de estar de nuevo allí. El café, el sonido del mar, Aine al otro lado de la mesa. Todo le resultaba familiar después de unas horas fuera.
—Ha sido raro estar fuera todo el día —dijo.
Aine levantó la mirada.
—¿Raro?
María sonrió y giró la taza entre las manos.
—Sí. Supongo que me he acostumbrado demasiado rápido a estar aquí.
Aine la miró durante unos segundos.
—¿Y eso te preocupa?
María negó con la cabeza.
—No. Me gusta.
Aine sonrió y bajó la mirada hacia su taza.
Se quedaron allí un rato, hablando de cualquier cosa y dejando que la tarde siguiera su curso. María no sabía cuánto tiempo iba a quedarse en el pazo, pero aquella tarde no le preocupó.