Donde empieza el horizonte Capítulo 36 Suena a verdad
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Capítulo 36 Suena a verdad

La mañana amaneció gris. No llovía, pero el cielo estaba bajo, pesado, como si el mar hubiera subido hasta las nubes y se hubiera quedado ahí.

El viento movía las ramas de los eucaliptos con un sonido suave, constante, que entraba por las ventanas entreabiertas y llenaba el pazo de un rumor tranquilo.

María estaba en la biblioteca con los apuntes extendidos sobre la mesa y el portátil abierto al lado.

El examen era al día siguiente, en A Coruña.

Había mirado los horarios, la distancia y cuánto tardaría en llegar.

Y, por primera vez desde que había llegado al pazo, iba a coger el Ford Fiesta para ir hasta A Coruña.

Ahora podía pagarse la gasolina sin pedirle nada a nadie.

Y eso le provocaba una mezcla de orgullo y vértigo.

A media mañana, dejó los apuntes a un lado. Se quedó mirando la pantalla del portátil. "Donde empieza el horizonte." El cursor parpadeando. Llevaba días rondando una idea que no sabía si se atrevería a llevar a cabo. Pero hoy se sentía capaz. Se levantó, cogió el portátil y bajó al salón.

Aine estaba en la cocina, cortando algo. El sonido del cuchillo contra la tabla, rítmico, constante.

—Aine.

Aine se giró.

—¿Qué?

María se quedó un momento en la puerta, con el portátil bajo el brazo y el corazón latiéndole un poco más rápido.

—¿Puedo enseñarte algo que he escrito? Quiero saber qué opinas.

Aine dejó el cuchillo sobre la tabla. Se secó las manos.

—¿Qué cosa?

—Una página. De lo que estoy escribiendo. Quiero saber si suena real.

Aine la miró un momento. Luego asintió.

—Claro.

María abrió el portátil. Buscó la página. No la última, no la que decía "me estoy enamorando de Aine". Una anterior. Le pasó el portátil a Aine.

—Es esta. Solo esta página.

Aine cogió el portátil, se sentó en la butaca, se puso las gafas que llevaba colgadas del cuello y leyó.

María se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirándola.

Aine leía despacio, con esa calma suya de siempre, y en algún momento se detuvo un segundo.

Luego siguió. Cuando terminó, levantó la vista y miró a María.

No dijo nada al principio. Se quedó un momento con el portátil en las manos, con los ojos detrás de las gafas, con una expresión que María no supo descifrar del todo. Era ternura y miedo y algo más.

—¿Suena real? —preguntó María, con la voz un poco más baja de lo normal.

Aine dejó el portátil sobre la mesa, se quitó las gafas y las dejó a un lado. Se quedó un momento mirando la ventana, el mar, la luz gris de la mañana.

—Suena real —dijo al fin, con la voz un poco ronca—. Suena a verdad.

María asintió. Se quedó un momento de pie, luego cogió el portátil, lo cerró y se lo puso bajo el brazo.

—Gracias.

Aine asintió. No dijo nada más. María salió del salón y subió a su habitación. Se sentó en la cama y respiró. Porque había abierto la puerta, porque había dejado que Aine leyera, y Aine había dicho "suena a verdad". Y eso era todo.

La tarde pasó despacio. Las dos evitaron estar en la misma habitación. El pazo se sentía más grande.

A la mañana siguiente, María se levantó temprano. El cielo seguía gris, pero la luz entraba por la ventana con una suavidad nueva. Se vistió, cogió la mochila, el portátil, el cargador, el DNI. Lo revisó todo dos veces. Bajó la escalera.

Aine estaba en la cocina, con el café preparado y una tostada en un plato. Como siempre. Pero hoy había algo distinto en la forma en que estaba de pie junto a la encimera. No había dormido bien.

—Buenos días —dijo María.

—Buenos días.

María se sentó, cogió la tostada y bebió un sorbo de café.

—¿Tienes todo? —preguntó Aine.

—Sí.

—¿El coche está bien?

—Sí. Lo revisé ayer.

Aine asintió. Se quedó un momento en silencio. Luego se atrevió.

—María.

—¿Qué?

—Si quieres, te acompaño a A Coruña. Puedo conducir. No tienes que ir sola.

María la miró. Sintió algo cálido en el pecho, algo que le dolía un poco. Sabía que Aine no estaba ofreciéndose a conducir, sino a estar cerca.

—Aine —dijo, dejando la taza sobre la mesa—. No. De verdad. El examen puede durar bastante y no quiero que estés ahí esperando sin saber cuándo salgo. Prefiero ir a mi aire.

Aine asintió.

—No es una molestia.

—Lo sé. —María alargó la mano y le tocó el brazo un segundo, un gesto pequeño que decía más que las palabras—. Pero quiero hacerlo sola. Necesito hacerlo sola. ¿Lo entiendes?

Aine miró esa mano que le había tocado el brazo. Asintió.

—Lo entiendo.

—Gracias por ofrecerte. De verdad.

Aine se giró hacia la encimera, abrió un cajón y sacó algo. Lo había comprado en el único viaje que había hecho a Santiago en los últimos meses, sin saber muy bien por qué. Lo había visto en el escaparate y había pensado en María. Lo dejó sobre la mesa.

Era un teléfono móvil. Nuevo. Todavía en su caja.

María lo miró. Luego miró a Aine.

—¿Qué es esto?

Aine se encogió de hombros.

—Pensaba dártelo más adelante, pero prefiero que lo tengas ya. Si necesitas algo, llámame.

María cogió la caja, la giró entre las manos.

—Aine, no tienes que...

—No es gran cosa —dijo Aine, con la voz tranquila pero firme—. Solo es un teléfono. Para que me avises cuando llegues. Eso es todo.

María la miró. Entendió lo que Aine no había dicho.

—Gracias —dijo, con la voz baja.

Aine asintió y cogió el paño. Volvió a secar la encimera. Pero su hombro temblaba ligeramente.

María dejó la mochila en el suelo. Se acercó a Aine sin decir nada. Aine levantó la vista, con el paño en la mano y los ojos brillantes. María la abrazó.

No fue un abrazo tímido. Fue un abrazo largo, firme. Rodeó el cuello de Aine y la apretó contra su pecho. Aine se tensó al principio, sorprendida, y luego se derritió, apoyando la cara en su hombro.

—Gracias —susurró María contra su oído—. Por todo lo que has hecho. Por quedarte.

Aine no dijo nada. Se aferró a su espalda con fuerza.

Cuando se separaron, Aine no se atrevió a mirarla a los ojos. Bajó la mirada.

—Vale —dijo, con la voz ronca—. Vete, que si no, llegas tarde.

María sonrió, cogió la mochila y se giró hacia la puerta.

—Te aviso cuando llegue.

Aine asintió, sin levantar la vista. María salió. Cruzó el jardín. Se metió en el coche. Arrancó el motor. Y se fue.

Aine se quedó en la ventana de la cocina, mirando el coche alejarse hasta que desapareció detrás de los eucaliptos. Se quedó un momento más, con las manos en la encimera, con el mar sonando fuera. Y pensó: "Suena a verdad." Y supo que esas palabras no eran solo sobre la página que había leído.

Cuando María se marchó, el pazo quedó extrañamente silencioso.

Aine se quedó unos segundos quieta antes de volver a sus cosas.

Subió la escalera y pasó por delante de la habitación de María.

La puerta estaba abierta. La cama hecha.

El escritorio vacío. Faltaba el sonido de las teclas, la luz del portátil, aquella presencia que había terminado formando parte de la casa sin hacer ruido.

Entró en su despacho y se sentó frente al ordenador. Lo abrió. Miró la pantalla en blanco. El cursor parpadeaba. Y no escribió.

Pensó en María, en el viaje a A Coruña, en aquella chica de dieciocho años que estaba empezando a construir su propia vida. Sintió que ya la quería.

Cerró el ordenador. Se levantó. Bajó la escalera.

Salió al jardín. Miró el mar. El horizonte.

Esa línea que se ve, pero a la que nunca se llega.

Pensó en lo que el padre de María le había dicho aquella tarde: que el horizonte no era donde terminaba el mar, sino el punto a partir del cual empezaba todo lo que todavía no podía verse.

Y pensó que quizás ella también estaba mirando hacia algo que todavía no se atrevía a nombrar.

El pazo, aquella mañana, estaba tranquilo. María había salido temprano y Aine sabía que volvería. El café seguía preparado y el teléfono que le había comprado a María ya no estaba guardado en un cajón. Ahora lo llevaba ella en la mochila.

Aine volvió a sus cosas, aunque le costaba concentrarse. Pensó en el viaje, en María y en la vida que estaba empezando a construir por su cuenta.

Y, por primera vez, tuvo ganas de que volviera.