Capítulo 35 La frase
María llevaba casi una hora en la biblioteca cuando decidió levantarse a por un café.
Tenía delante los apuntes de una de las asignaturas, varias páginas llenas de subrayados y el portátil abierto con el campus virtual, y aunque había leído el mismo párrafo tres veces seguidas, era incapaz de explicárselo a nadie sin volver a mirarlo.
Se levantó, estiró la espalda y fue hasta la cocina arrastrando un poco los pies.
Mientras esperaba a que la cafetera terminara, escuchó desde la biblioteca el sonido de una notificación en el ordenador y se quedó un momento quieta, con una mano apoyada en la encimera y la mirada perdida en la ventana.
Volvió con la taza en la mano y miró la pantalla.
Había recibido un correo de la universidad con un asunto que no esperaba tan pronto: Convocatoria de pruebas presenciales.
Dejó la taza junto al ordenador, abrió el mensaje y recorrió las primeras líneas hasta encontrar las fechas.
El examen sería en A Coruña y tendría que desplazarse hasta allí para hacerlo.
Se quedó unos segundos mirando la pantalla, con el café humeando al lado y el cursor parpadeando sobre la fecha, y después abrió la conversación que tenía con Eva.
—¿Qué pasa? —escribió Eva.
Sonrió.
—Acabo de recibir un correo de la UNED. Ya han publicado la convocatoria del próximo examen.
—Eso explica que me hayas escrito. ¿Cuándo es?
Volvió a mirar el correo.
—El diecisiete, por la mañana. Y me corresponde hacerlo en A Coruña.
—Entonces tendrás que organizar el viaje.
—Sí. No me hace ninguna gracia, pero tampoco queda otra.
—¿Cuánto te queda?
—Unas semanas.
Eva tardó un momento en responder. Aprovechó para dar un sorbo al café, que todavía estaba demasiado caliente.
—¿Y cuánto llevas estudiado de verdad?
Miró los apuntes extendidos sobre la mesa.
—Depende de lo que tú consideres estudiar de verdad.
—María.
—He empezado. He leído bastante, he subrayado y tengo medio temario organizado.
—Eso último sí me lo creo. Lo de "he leído bastante" me preocupa un poco más.
Soltó una risa y se dejó caer en la silla.
—No estoy tan mal.
—No he dicho que estés mal. Te conozco y sé cómo funcionas cuando tienes un examen delante. Primero piensas que todavía queda muchísimo tiempo y luego, cuando te quieres dar cuenta, estás estudiando de madrugada con tres cafés encima.
—Esta vez no pienso hacerlo así.
—Eso también lo dices siempre.
Volvió a mirar el correo y después los apuntes.
—Voy a organizarme. Si me pongo en serio estos días, llego bien.
—Claro que llegas. Solo tienes que empezar a tomártelo en serio antes de que falte una semana.
—Qué confianza tienes en mí.
—Precisamente porque tengo confianza en ti te lo digo.
Sonrió y dio otro sorbo al café.
—La asignatura es más complicada de lo que pensaba.
—¿Cuál es?
—Psicología de la Emoción.
Eva soltó un suspiro largo.
—Esa te va a dar trabajo.
—Gracias por los ánimos.
—No intento desanimarte. Solo prefiero que sepas a qué te enfrentas.
—Ya lo sé. Por eso estoy empezando a ponerme nerviosa.
—¿Nerviosa de verdad o de esas veces en las que dices que estás nerviosa porque todavía no has estudiado suficiente?
—Un poco de las dos.
Eva se rio. Pudo imaginársela perfectamente al otro lado, con el pelo recogido de cualquier manera y una taza de té entre las manos.
—Entonces estamos bien. Al menos eres consciente.
Cerró el correo y dejó el cursor sobre el campus virtual.
—Hace unos meses no sabía ni qué iba a hacer con mi vida y ahora estoy preocupándome por un examen.
—Eso es buena señal.
—Sí. Creo que sí.
Hubo un pequeño silencio entre las dos.
—¿Y por allí qué tal? —preguntó Eva.
María supo inmediatamente a qué se refería.
—Bien.
—¿Bien de verdad?
—Sí, Eva. Estoy bien.
—¿Y Aine?
Bajó la mirada hacia los apuntes y pensó en la manta de la tarde anterior, en la mano suspendida en el aire, en la forma en que Aine se había ido del salón.
—También bien.
Eva tardó un segundo en contestar.
—Ese "también" ha sonado raro.
—No empieces.
—No estoy empezando nada. Solo te pregunto.
—Pues está todo bien. De verdad.
Eva no respondió enseguida.
—Vale —dijo finalmente—. Te creo.
—Además —dijo, apoyando los codos sobre la mesa—, tengo bastante que hacer. Entre estudiar, escribir y todo lo demás, no tengo demasiado tiempo para darle vueltas a las cosas.
—Eso es mentira y lo sabes.
Se rio.
—Puede.
—Pero estudia. Y, por favor, no llegues al examen habiendo dormido tres horas.
—Intentaré comportarme como una persona responsable.
—Eso quiero verlo.
—Te llamaré mañana y te contaré cuánto he avanzado.
—No hace falta que me rindas cuentas.
—Ya sé que no.
—Pero me gusta que lo hagas.
Sonrió.
—Eres imposible.
—Y tú necesitas que alguien te recuerde que tienes un examen.
—Ya me lo acaba de recordar la universidad.
—Pues ahora tienes dos avisos.
—Perfecto. No puedo fallar.
Eva soltó una carcajada.
—Hasta mañana, María.
—Hasta mañana.
La conversación terminó. Dejó las manos sobre el teclado durante unos segundos, pensando en todo lo que tenía por delante, en lo extraño que resultaba tener una vida que se parecía cada vez más a una vida normal.
Cogió el calendario y anotó la fecha del examen.
Después abrió una hoja nueva y empezó a repartir el temario entre los días que tenía por delante.
Cuando terminó, miró el plan durante unos segundos. No era imposible.
Se quedó un momento mirando la hoja y luego levantó la vista hacia el techo, hacia el despacho de Aine.
Escuchó. Silencio. Normalmente, a esa hora, se escuchaba el teclado.
Pero hoy no sonaba. Permaneció quieta, con la cabeza ladeada.
Quizás Aine estaba en el jardín. O en la cocina.
No tenía por qué estar escribiendo todos los días.
Pero María lo notó, porque era lo de siempre, y lo de siempre no estaba.
Sacudió la cabeza y volvió a los apuntes.
Por la tarde, bajó al salón y se sentó en la mesa con el portátil y los apuntes. La luz de la tarde entraba por la cristalera en un ángulo bajo y cálido. Aine entró con una taza de café y la dejó junto al portátil. María levantó la vista un segundo.
—Gracias.
Aine asintió y se quedó de pie junto a la mesa, mirando la pantalla de reojo.
—¿Qué tal va?
—Bien. Estoy terminando una parte.
—¿Qué parte?
Se encogió de hombros.
—Una parte difícil. Sobre mí. Sobre lo que quiero. Sobre lo que no quiero.
Aine asintió, se sentó en la butaca y cogió un libro. Lo abrió. María siguió tecleando. El sonido de las teclas. El silencio entre las dos. El mar fuera. Pasaron unos minutos así.
—Aine.
—¿Qué?
María dejó de teclear y la miró.
—Estaba pensando en una cosa.
—¿En qué?
—En si alguna vez has sentido que alguien te quiere arreglar la vida. Que te quiere salvar. Que te quiere poner bien.
Aine levantó la vista del libro.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque estoy escribiendo sobre eso. Sobre no querer que nadie me arregle. Sobre querer arreglarme yo. Sobre no querer que nadie sienta que soy responsabilidad suya.
Aine asintió despacio. Dejó el libro sobre la butaca.
—Es importante eso —dijo—. No querer que nadie te arregle la vida. Tienes que aprender a salvarte tú. Porque si dejas que alguien te salve, el día que esa persona se vaya, te quedas sin nada.
María la miró. Se quedó quieta. Con las manos sobre el teclado. Con los ojos fijos en Aine. Porque esa frase no era una frase cualquiera. Era casi exactamente lo que había escrito la noche anterior. En su portátil. En ese documento que nadie había leído.
María miró a Aine. Aine la miró. Y por un segundo, algo pasó entre las dos. Aine parpadeó. Miró hacia otro lado. Cogió el libro. Lo abrió.
—Es algo que leí una vez —dijo, sin levantar la vista—. En un libro. Hace mucho.
María no respondió. Se quedó mirando a Aine un momento más. Luego bajó la vista al teclado. Volvió a escribir. Pero no escribió nada. Solo dejó las manos sobre las teclas. Porque esa frase no estaba en ningún libro. Esa frase estaba en su portátil.
Siguió mirando la pantalla. El cursor parpadeando.
Las palabras ahí. Y pensó en la manta. En la mano en el aire.
En la forma en que Aine se había ido la tarde anterior.
Como si estuviera huyendo. Y pensó en la frase.
"Tienes que aprender a salvarte tú." Dicha con esa voz.
Con esa calma. Con esa certeza de alguien que no está dando un consejo, sino repitiendo algo que ya sabía.
No dijo nada. No preguntó. No confrontó. Solo guardó. Sumó. Añadió una pieza más al puzzle. Aine siguió leyendo, con los ojos fijos en la página, con las manos quietas. Demasiado quietas. El silencio se estiró. Un minuto. Dos. Tres.
Cuando Aine se levantó para irse, dejó el libro sobre la butaca. Se detuvo junto a la mesa. Miró a María un segundo. María levantó la vista. Se miraron.
—¿Quieres algo más? —preguntó Aine.
—No. Gracias.
Aine asintió. Se fue. Sus pasos se alejaron por el pasillo. Subieron la escalera. María se quedó sola en el salón. Con el portátil abierto. Con la taza de café enfriándose. Con la frase de Aine dando vueltas en su cabeza. "Tienes que aprender a salvarte tú."
Cerró el portátil. Se levantó. Caminó hasta la ventana. Miró el jardín. El mar. La luz de la tarde cayendo sobre el agua. Y pensó: ¿Cómo sabe eso? No tenía respuesta. Pero la pregunta estaba ahí.
Subió a su habitación. Se sentó en la cama.
Apoyó la espalda en la pared. Cerró los ojos un momento.
Los abrió. Miró hacia el techo. Hacia el despacho de Aine.
Escuchó. Silencio. No sonaba el teclado.
Aine no estaba escribiendo. Y eso era lo raro.
Porque Aine siempre escribía. Todas las noches.
A las dos de la madrugada. El teclado sonaba, constante, rítmico, como un corazón que late despacio. Pero hoy no.
Se quedó escuchando un rato más. Con la cabeza apoyada en la pared. Con el mar sonando fuera. Y pensó en la frase. En la manta. En la mano en el aire. En el silencio de arriba. Todo junto. Todo sumando. Todo diciendo lo mismo sin decirlo.
Cerró los ojos. Apagó la luz. Se metió en la cama. Y se durmió con la pregunta. Sin respuesta. Pero con la certeza de que algo había cambiado. De que algo se había movido. De que la grieta ya no era una grieta. Era una puerta. Y alguien la había abierto un centímetro. Y no la había cerrado.