Donde empieza el horizonte Capítulo 34 La grieta
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Capítulo 34 La grieta

La mañana siguiente, María bajó a la cocina sintiéndose dueña del mundo.

Tenía dieciocho años, el pelo revuelto y un secreto enorme guardado en el bolsillo.

Sabía quién era Aine. Y eso le daba una ventaja que pensaba disfrutar.

Aine estaba de espaldas, sirviendo café.

El pelo recogido. La camiseta de siempre. Los gestos de todos los días.

—Buenos días —dijo María, sentándose y apoyando la barbilla en la mano.

—Buenos días. —Aine le acercó la taza. No la miró a los ojos.

Dio un sorbo. La observó por encima del borde de la cerámica. Aine movía las manos con su calma habitual, pero había algo tenso en sus hombros. Una rigidez que no estaba ahí ayer.

—¿Has dormido bien? —preguntó.

Aine dejó la cafetera en la encimera. Tardó un momento en responder.

—Sí.

—¿Seguro?

—Seguro.

La miró un segundo más. Luego volvió a su café.

No insistió. Pero siguió observándola por encima del borde de la taza.

Aine cogió un paño y empezó a secar la encimera.

Un gesto de todos los días. Pero sus manos se movían un poco más despacio, como si estuviera concentrándose en no hacer nada mal.

Terminó el café, se levantó, dejó la taza en el fregadero.

Se giró y se apoyó en el borde de la encimera, cruzando los brazos.

—Oye, Aine.

—¿Qué?

María sonrió. Una sonrisa pequeña, tranquila, que sabía el efecto que causaba.

—Estaba pensando en Marina Valer.

Aine dejó el paño sobre la encimera. No se giró enseguida. Se quedó un momento de espaldas. Luego se giró.

—¿Sí?

—Como nunca da entrevistas, me pongo a imaginar cosas. Me la imagino escribiendo. Me la imagino en su casa. Me la imagino haciendo cosas normales, como hacer café o regar plantas.

Aine la miró. No dijo nada.

María ladeó la cabeza.

—¿Tú crees que Marina Valer habría sido capaz de enamorarse de alguien mucho más joven?

El silencio que cayó en la cocina fue espeso. Aine cogió la jarra de leche. La dejó en la mesa con un golpe seco.

—Creo que uno no elige de quién se enamora, María. Simplemente sucede.

María sonrió.

—Qué romántica estás hoy.

—No es romanticismo —dijo Aine, con la voz baja—. Es más complicado que todo eso.

La sonrisa de María se borró un instante. Aine nunca hablaba así.

—¿Más complicado por qué?

Aine no respondió enseguida. Siguió secando la misma zona de la encimera con un movimiento circular, lento.

—Porque a veces querer a alguien no basta. Hay cosas que hacen que todo sea más difícil.

María la observó durante unos segundos.

—Eso suena a que lo has pensado mucho.

Aine dejó el paño sobre la encimera y levantó la mirada hacia ella. Sus ojos estaban secos, pero brillaban.

—Supongo que hay cosas que una piensa, aunque no quiera.

—Ya.

Aine bajó la mirada y volvió a coger el paño.

—Es solo una opinión.

María asintió despacio. Se separó de la encimera y se acercó a la puerta. Se detuvo.

—Voy a trabajar un rato en la biblioteca.

—Vale.

María salió. Sus pasos se alejaron por el pasillo.

Aine se quedó en la cocina. Sola. Con el paño en la mano, mirando la puerta.

Apretó el paño entre los dedos, lo retorció, lo dejó sobre la encimera.

Cogió la jarra de leche, la metió en la nevera, cerró la puerta, la abrió otra vez, sacó la jarra, la volvió a meter. Respiró hondo.

A media mañana, Aine bajó al salón con una taza de café. María estaba en la mesa, con el portátil abierto, tecleando. El sonido de las teclas llenaba la habitación. Aine dejó la taza junto al portátil. María levantó la vista un segundo.

—Gracias.

Aine asintió. Se quedó de pie junto a la mesa un momento, mirando la pantalla de reojo.

—¿Qué tal va?

—Bien. Estoy en una parte complicada.

—¿Complicada por qué?

María dejó de teclear.

—Porque hay una persona que quiero incluir y no sé cómo hacerlo sin que suene raro.

Aine no respondió. Se quedó mirando la taza de café.

—¿Y por qué sonaría raro? —preguntó al fin.

María se encogió de hombros.

—Porque es alguien que conozco poco. Pero que me importa mucho. Y no sé cómo se escribe sobre alguien que te importa sin que parezca demasiado.

Aine asintió despacio. Cogió la taza de café, la movió un centímetro a la derecha, la volvió a dejar.

—Escribes como sientes —dijo—. Y ya está.

María la miró. Sonrió. Esa sonrisa era distinta, más lenta, más consciente.

—Eso es muy Marina Valer.

Aine se quedó quieta un segundo. Luego se giró, fue hacia la estantería, cogió un libro, lo abrió y se sentó en la butaca.

Lejos de la mesa. Lejos del portátil. María la observó un momento.

Luego volvió a teclear. Aine no leía. Pasaba las páginas, pero los ojos no se movían.

Su mente estaba en el párrafo que María acababa de escribir.

A mediodía, María se levantó.

—Voy a por agua. ¿Quieres algo?

—No. Gracias.

María salió. Dejó el portátil en la mesa, abierto, con la pantalla encendida.

Aine se quedó en la butaca, mirando el portátil.

El título brillaba en la parte superior: "Donde empieza el horizonte.

" Se levantó, dio un paso hacia la mesa, luego otro.

Se detuvo junto a la silla de María. Bajó la vista.

El documento estaba abierto. Las palabras ahí, esperando.

Alargó la mano. Los dedos le temblaban un poco.

Quería leer. Quería saber si su nombre volvía a aparecer en la pantalla.

Rozó el borde del ordenador. Y entonces, como si la mano le quemara, la retiró de golpe.

Cerró los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

No podía. No debía. Se metió los puños en los bolsillos, se dio la vuelta y salió al jardín.

Cuando María volvió al salón con el vaso de agua, el portátil estaba exactamente igual.

Pero al mirar por la ventana, vio a Aine podando un rosal con unas tijeras grandes.

Estaba cortando ramas verdes, sanas, con una fuerza innecesaria.

Casi con rabia. Dejó el vaso en la mesa, se sentó, miró el portátil, miró hacia la ventana, miró a Aine cortando.

Frunció el ceño. Luego volvió al teclado.

Por la tarde, el calor de la estufa y el sonido del mar hicieron su trabajo.

María estaba en el sofá con un libro entre las manos, los pies recogidos, la luz de la tarde entrando por la cristalera.

Aine estaba en la cocina. El sonido del cuchillo contra la tabla.

María leía. Y en algún momento, los ojos se le cerraron.

El libro se le resbaló entre las manos. La cabeza se le inclinó hacia un lado. El libro cayó sobre su pecho.

Aine entró en el salón con una taza de té.

Al verla, se paró en seco. Dejó la taza en la mesa sin hacer ruido.

Cogió la manta de lana del respaldo, se acercó al sofá y la extendió sobre las piernas de María.

Se quedó ahí, de pie, mirándola. María respiraba despacio.

Tenía un mechón de pelo negro cruzándole la mejilla.

Aine levantó la mano. Los dedos se acercaron a su cara.

Quería apartárselo. Quería tocarle la piel.

Estaban a un centímetro. Podía sentir el calor que desprendía su cara.

Y entonces, en un impulso que la asustó, su mente se llenó de recuerdos.

Elena. La mano de Elena en la suya. El peso de los años, de la pérdida, de la soledad.

María era joven. Demasiado joven. Aine retiró la mano de golpe, como si se hubiera quemado.

Dio un paso atrás, tropezando ligeramente con la pata de la mesa.

María abrió los ojos, aturdida. Parpadeó contra la luz de la tarde. Vio a Aine de pie, a dos pasos de ella, con la mano todavía en el aire y el pecho subiéndole y bajándole rápido.

—¿Aine?

Aine bajó la mano y se la metió en el bolsillo. Su cara era una máscara perfecta, pero los ojos le brillaban con una mezcla de miedo, de deseo y de culpa.

—Te habías destapado —dijo, con la voz un poco ronca.

María miró la manta. Estaba perfectamente colocada.

—Ah... Gracias.

Aine asintió una sola vez, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Rápido. Demasiado rápido.

—Aine, espera.

Aine se detuvo en el marco, pero no se giró. Su espalda estaba rígida.

—¿Qué pasa?

María se incorporó, apoyándose en los codos.

—Nada —dijo, despacio—. Solo... ¿estás bien?

—Estoy bien. Tengo que terminar unas cosas arriba.

Aine salió del salón. Subió la escalera deprisa.

María se quedó sola en el sofá. El corazón le empezó a latir un poco más fuerte.

Se incorporó del todo, se frotó los ojos, miró la manta sobre sus piernas.

La tocó. Estaba bien puesta. No se había caído.

No se había destapado. Miró hacia la escalera.

Los pasos de Aine ya no se escuchaban. Solo el silencio del pazo. Y el mar fuera.

Cogió el libro del sofá, lo cerró, lo dejó sobre la mesa.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Miró hacia el jardín.

El rosal estaba podado. Las tijeras en el suelo.

Aine no estaba. Se quedó un momento de pie, mirando el jardín vacío, con la sensación de que algo no encajaba.

Algo pequeño. Casi invisible. Como una grieta en un cristal que todavía no se ha roto, pero que ya está ahí.

Subió la escalera despacio. En su habitación, se sentó en la cama.

Abrió el portátil. El documento seguía ahí.

"Donde empieza el horizonte." El cursor parpadeando.

Las palabras que escribió la noche anterior.

Las releyó todas. Desde el principio. Hasta el final.

Hasta esa frase. "Me estoy enamorando de Aine.

" Las leyó y no sintió miedo. Sintió verdad.

Pero también sintió algo más. Una duda pequeña, callada.

Como una piedra en el zapato. ¿Había cambiado algo?

Cerró el portátil y lo dejó sobre la mesilla.

Se tumbó en la cama. Miró el techo. Escuchó el mar fuera.

Escuchó el silencio del pazo. Y arriba, en el despacho, el teclado no sonaba.

Aine no estaba escribiendo. Aine estaba callada.

Y eso, de alguna forma, era lo que más le pesaba.