Capítulo 33 La noche que escribí tu nombre
María escribía por las noches. No todas, ni siempre durante el mismo tiempo, pero desde que había empezado con aquel cuaderno le resultaba cada vez más difícil pasar varios días sin volver a las páginas que iba llenando poco a poco.
Algunas noches apenas escribía unas líneas antes de cerrar el portátil y quedarse un rato mirando por la ventana, mientras otras se sentaba después de cenar y continuaba hasta que el sueño empezaba a pesarle en los ojos.
Ya no escribía únicamente para sacar de dentro lo que llevaba meses acumulando.
Había empezado a descubrir que también podía escribir sobre lo que estaba ocurriendo allí, en el pazo, sobre las pequeñas cosas que le estaban cambiando la manera de mirar su propia vida.
El cuaderno de tapas blancas seguía en su habitación, pero había terminado pasando las primeras páginas al portátil.
Había guardado el documento con el título que se le había ocurrido aquella mañana frente al mar y que, con el paso de los días, había dejado de parecerle provisional. "Donde empieza el horizonte."
Cada vez que lo veía recordaba a su padre señalando aquella línea lejana donde el cielo parecía encontrarse con el agua y explicándole que el horizonte no era el lugar donde terminaba el mar, sino el punto a partir del cual empezaba todo aquello que todavía no podía verse.
No había entendido entonces por qué aquella idea le parecía tan importante, pero ahora empezaba a comprenderla de otra manera.
Aquella noche estaba sentada en el salón, con el portátil sobre la mesa y la chimenea apagada.
El mar sonaba al otro lado de los cristales y, de vez en cuando, el viento hacía vibrar ligeramente alguna ventana.
La casa estaba tranquila. Llevaba casi una hora escribiendo cuando llegó a una parte que llevaba varios días evitando.
Había contado ya la muerte de sus padres, el piso vacío, las noches en el coche, el mar y la llegada al pazo.
Había escrito sobre Eva y sobre todo lo que había ocurrido antes.
Pero ahora la historia empezaba a acercarse al presente, y con él aparecía una persona que ya no podía mantener al margen del relato.
Aine.
Dejó las manos sobre el teclado y permaneció un momento mirando la pantalla.
Había pensado muchas veces en escribir sobre ella, pero cada vez que llegaba a ese punto encontraba alguna otra cosa que contar.
No porque no supiera lo que sentía, sino precisamente porque empezaba a saberlo demasiado bien.
Finalmente respiró hondo y comenzó.
«Hay personas que llegan a tu vida cuando todavía estás intentando entender qué hacer con la que tenías antes.
No llegan cuando estás preparado ni cuando ya has cerrado todas las puertas, sino mientras todavía estás intentando recoger lo que queda después de que todo se haya roto.
Al principio no sabes qué hacer con ellas porque todavía estás demasiado ocupado intentando sobrevivir, y solo después, cuando los días empiezan a parecerse unos a otros, empiezas a darte cuenta de que alguien ha entrado en tu vida sin hacer ruido y que, de alguna manera, ha conseguido quedarse. »
Releyó el párrafo antes de continuar.
«Aine nunca me preguntó qué necesitaba para quedarme.
Nunca me pidió que estuviera agradecida ni que le explicara por qué había llegado hasta allí.
Tampoco intentó decidir por mí qué debía hacer con mi vida.
Me dejó estar y, quizá porque yo llevaba demasiado tiempo sintiendo que todo lo que recibía tenía que devolverlo de alguna manera, tardé en entender que algunas personas pueden cuidar de ti sin convertir ese cuidado en una deuda. »
Pensó en las primeras semanas en el pazo, en aquella manera silenciosa que tenía Aine de estar pendiente sin hacerlo evidente, en la comida que aparecía cuando se olvidaba de comer, en las mantas, en las tazas de café.
Pequeñas cosas que, tomadas por separado, podían parecer insignificantes, pero que juntas habían terminado construyendo algo mucho más importante de lo que al principio estaba dispuesta a reconocer.
Continuó escribiendo.
«He descubierto que con ella el silencio no pesa.
Podemos estar en la misma habitación durante un rato sin decir nada y no siento que tenga que buscar una conversación para llenar el espacio.
Ella puede estar leyendo y yo trabajando, o puede escribir mientras yo ordeno libros, y el tiempo pasa sin que ninguna de las dos necesite justificarlo.
Nunca había pensado que eso pudiera significar tanto.
También me gusta verla escribir. Ahora sé quién es realmente cuando se sienta frente a ese teclado y cierra la puerta de su despacho; sé que detrás de ese nombre que tantas veces había visto sin imaginar que algún día conocería a la mujer que había detrás, está Aine, la misma persona que prepara café por las mañanas, que deja una taza junto a mi mano y que puede pasar horas buscando una palabra mientras yo ordeno libros al otro lado de la casa. »
Se detuvo y sonrió ligeramente al recordar algunas de aquellas tardes.
Había aprendido a reconocer los sonidos de Aine dentro de la casa.
El paso de sus pies por el pasillo, el agua de la cafetera, el teclado del ordenador cuando trabajaba hasta tarde.
No era algo que hubiera decidido hacer; simplemente había empezado a darse cuenta de ellos. Y también había empezado a buscarla.
«A veces la miro cuando ella no sabe que la estoy mirando.
Me gusta verla concentrada cuando escribe, cuando parece olvidarse de todo lo que ocurre alrededor y se recoge el pelo dejando algún mechón suelto junto a la cara.
Me gusta observarla en la cocina cuando prepara café, o cuando está leyendo junto a una ventana.
Me he acostumbrado a esas cosas pequeñas y ahora sé que forman parte de lo que más me gusta de ella. »
Volvió a detenerse. Ya no tenía sentido seguir rodeando aquello.
«Creo que ya no puedo seguir buscando otra manera de llamarlo.
Durante un tiempo pensé que quizá era gratitud, o simplemente el afecto que nace cuando dos personas comparten demasiado en poco tiempo.
Pero ninguna de esas palabras termina de explicar lo que siento, porque cada vez que intento convencerme de que es algo más sencillo termino llegando al mismo sitio. »
Tragó saliva y continuó.
«Me estoy enamorando de Aine.»
La frase quedó en medio de la pantalla, clara y desnuda. La leyó varias veces. No le pareció exagerada. Era una verdad que llevaba días intentando evitar y que, una vez escrita, resultaba mucho más sencilla de aceptar de lo que había imaginado.
Continuó.
«Me estoy enamorando de ella y todavía no sé qué hacer con eso.
Nunca había sentido algo parecido por nadie.
No sé si enamorarse empieza exactamente así, con una persona que va ocupando espacio en tu cabeza sin pedir permiso, con la necesidad de saber cómo está, con el deseo de contarle cualquier cosa. Solo sé que me ocurre con ella.»
Apoyó la espalda en la silla y dejó escapar lentamente el aire.
«Cuando Aine entra en una habitación, algo dentro de mí se da cuenta antes de que yo misma pueda evitarlo.
Cuando se marcha, noto su ausencia. Me descubro esperando escuchar sus pasos por el pasillo, levantando la cabeza cuando creo reconocer su voz.
Y cuanto más intento convencerme de que no debería darle tanta importancia, más evidente se vuelve que ya la tiene. »
Escribió una última parte.
«No quiero que Aine sea la respuesta a todo lo que me ha pasado.
No quiero que tenga que arreglar mi vida ni que sienta que soy responsabilidad suya.
Sé que lo que me ocurrió antes de llegar aquí es mío y que tengo que aprender a vivir con ello.
Puede que todo lo que he vivido haya hecho que la necesite de una manera distinta, pero eso no explica lo que siento cuando estoy con ella, ni las ganas que tengo de conocerla, ni esta forma nueva de echarla de menos cuando no está.
Y quizá eso sea lo más difícil de reconocer, porque no sé si algún día podré decírselo, ni si ella sentirá algo parecido.
Pero por primera vez, escribirlo no me da miedo.
Me da miedo lo que pueda ocurrir después, pero no la verdad. »
Guardó el documento. No cerró el portátil. Se levantó de la silla y, antes de salir del salón, volvió a mirar la pantalla. El documento seguía abierto. Pensó que solo tardaría unos minutos y salió sin preocuparse por nada más.
Aine bajó la escalera un rato después. No podía dormir.
Había pasado parte de la noche intentando leer, pero llevaba varios minutos en la misma página sin recordar una sola línea.
Cerró el libro y decidió bajar al salón para buscar otro.
No esperaba encontrar a María despierta a aquellas horas, aunque al entrar vio la luz del portátil sobre la mesa y se detuvo al reconocer el título que aparecía en la pantalla.
"Donde empieza el horizonte."
Se acercó despacio. Llevaba veinticinco años escribiendo y sabía perfectamente lo que podía esconder un título.
Se sentó frente al ordenador y, al principio, pensó que leería solo unas líneas.
Bajó la mirada hacia la pantalla y comenzó a leer.
Encontró primero las páginas en las que María hablaba de sus padres, de la pérdida, de las noches en el coche y de la llegada al mar, y continuó después por las que había escrito sobre el pazo y sobre las primeras semanas allí.
Sin darse cuenta, terminó leyendo mucho más de lo que se había propuesto.
Leyó sobre la forma en que María había encontrado allí un lugar donde no tenía que demostrar nada.
Leyó las palabras con las que describía sus silencios, su manera de cuidar, las tardes compartidas.
Cuando llegó a la frase en la que María reconocía que se estaba enamorando de ella, Aine dejó de mover el ratón y volvió a leerla.
Después recorrió de nuevo el párrafo entero, esta vez más despacio.
No había ninguna duda. María sabía lo que sentía.
No era una confusión que Aine pudiera atribuir únicamente a la gratitud, al duelo o a las circunstancias.
María podía estar atravesando todo aquello y, al mismo tiempo, estar enamorándose de ella.
Las dos cosas podían ser ciertas. Aine siguió leyendo hasta el final.
Cuando llegó a las últimas líneas, permaneció un momento con la mirada fija en la pantalla.
«No quiero que me salve. Quiero aprender a salvarme yo. Pero eso no cambia lo que siento cuando estoy con ella, ni la forma en que la busco sin darme cuenta. Me estoy enamorando de Aine. No sé cuándo empezó ni qué ocurrirá después, pero ya no puedo fingir que no lo sé.»
Aine sintió que algo se le cerraba en el pecho.
No era rechazo. No era miedo. Era una mezcla de ternura y tristeza.
María no le estaba pidiendo que la salvara.
Había escrito que quería aprender a sostenerse por sí misma y, aun así, que se estaba enamorando de ella.
Aine volvió a leer aquella parte y comprendió que precisamente eso era lo que hacía que todo resultara todavía más difícil.
Tenía cincuenta y dos años. María tenía dieciocho.
Treinta y cuatro años de diferencia que no desaparecían porque lo que María sintiera fuera sincero.
Aine no podía fingir que aquella diferencia no existía.
Se imaginó a Elena, con esa sonrisa suya, diciéndole: "No dejes que te arruine la vida.
Es demasiado joven para cargar con tu dolor.
" Aine tragó saliva. Sentía el peso de los años, de la soledad elegida, del miedo a volver a perder.
No quería ser una carga para María. Pero tampoco podía negar que leer aquellas palabras la había tocado.
Había algo profundamente íntimo en descubrir que alguien te había observado con tanta atención.
Aine había leído suficiente. No quería seguir entrando en un lugar que no le pertenecía.
Apartó las manos del teclado y se levantó despacio, procurando no tocar el portátil.
Permaneció unos segundos junto a la mesa, mirando la pantalla, antes de alejarse y subir a su habitación.
No se durmió. Se quedó tumbada, mirando el techo, con la certeza de que tenía que alejar a María antes de que fuera demasiado tarde.
María regresó poco después sin sospechar que Aine había leído sus palabras.
Se sentó frente al portátil y encontró el documento tal como lo había dejado.
Volvió a leer las últimas líneas, añadió un par de frases sobre el mar y sobre aquella sensación nueva de estar viviendo algo cuyo rumbo todavía desconocía, y después guardó el archivo.
Cerró el portátil, lo llevó a su habitación y lo dejó sobre la mesa.
No sabía que Aine había estado allí ni que, durante unos minutos, había leído aquello que María todavía no se había atrevido a decirle en voz alta.
Tampoco sabía que, en la habitación de arriba, Aine permanecía despierta pensando en una verdad que ya no podía ignorar.
Fuera, el mar continuaba sonando contra la costa.
Desde las ventanas del pazo, el horizonte apenas podía distinguirse en la oscuridad, pero seguía allí, al otro lado de la noche, en ese lugar donde terminaba lo conocido y empezaba todo aquello que todavía ninguna de las dos podía ver.
María se había atrevido a ponerle nombre a lo que sentía.
Y Aine tendría que aprender a convivir con una verdad que no había buscado, que no podía devolver de la misma manera y que, sin embargo, ya formaba parte de la historia de las dos.