Donde empieza el horizonte Capítulo 32 El juego
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Capítulo 32 El juego

María estaba sentada en el jardín, con "Los días que no contamos" abierto sobre las rodillas.

Había llegado a una página que conocía casi de memoria, pero no pasó de largo.

Se quedó allí un momento, recorriendo las líneas con los ojos, hasta que cerró el libro despacio y lo sostuvo entre las manos.

Sin ninguna prisa, se lo llevó a la cara y cerró los ojos para aspirar el olor del papel viejo.

Cuando volvió a abrir los ojos, descubrió que Aine estaba al otro lado del jardín.

Había salido con la regadera y se había quedado quieta junto a los rosales, observándola con una expresión que no alcanzó a descifrar del todo.

Durante un instante pensó en bajar el libro, pero no lo hizo.

Lo volvió a acercar ligeramente al rostro y aspiró de nuevo, esta vez sabiendo que Aine la estaba mirando, hasta que una sonrisa pequeña se le dibujó en los labios.

—Me encanta este libro —dijo, sin apartar los ojos de ella.

Aine bajó la mirada hacia la regadera. El agua goteaba lentamente sobre la tierra, pero sus manos se movían con un ritmo que ya no era automático.

—Ya me lo has dicho.

—No creo que te lo haya dicho así.

Aine levantó los ojos. La luz de la tarde caía sobre el rostro de María.

—¿Así cómo?

María pasó el pulgar por el borde de las páginas y acarició el lomo con un gesto distraído.

—Como si estuviera hablando de alguien.

Aine no respondió. Se acercó a los rosales y abrió el grifo, dejando que el agua comenzara a caer sobre la tierra.

El sonido del agua llenó el silencio entre ellas.

María volvió a mirar el libro. Sabía que Aine era Marina Valer.

Y sabía que Aine sabía que ella lo sabía.

Pero ninguna de las dos lo había dicho en voz alta. El juego había comenzado.

No sabía que aquella mujer que tenía delante había pasado media adolescencia enamorada de Marina Valer, ni que conocía sus libros casi de memoria.

Tampoco sabía que ahora podía mirarla y encontrar, detrás de aquella calma que Aine se empeñaba en mantener, a la mujer que había escrito todas aquellas páginas.

Pasó una hoja con cuidado y dejó que los dedos descansaran un instante sobre el papel. El jardín estaba en calma. El viento movía las hojas de los eucaliptos. El mar sonaba lejos, constante. Y entre las dos, el silencio se estiró un momento. No un silencio incómodo. Un silencio lleno.

Aine seguía regando. El agua caía sobre la tierra con un sonido pequeño, rítmico.

María la observó un momento desde detrás del libro.

La forma en que sostenía la regadera. La forma en que inclinaba el cuerpo hacia los rosales.

La forma en que apartaba un mechón de pelo de la cara con el dorso de la mano.

Gestos pequeños, cotidianos, que desde que descubrió su secreto miraba de otra manera.

—Hay frases que una recuerda durante años —dijo.

Aine siguió regando, pero sus manos se detuvieron un instante sobre el mango de la regadera.

—Supongo que sí.

María sonrió para sí y volvió a bajar la vista. Se quedaron así un rato. Aine regando. María leyendo. El viento moviendo las hojas. El mar sonando. Sin hablar. Sin prisa.

Al día siguiente volvió a llevar el libro al jardín.

Aine estaba en la terraza, limpiando unas macetas, y la vio sentarse en el banco de madera, abrir "Los días que no contamos" por una página marcada.

No le dio importancia al principio, o eso quiso creer, porque continuó con las macetas mientras María leía.

Pero cada cierto tiempo levantaba los ojos hacia ella sin darse cuenta.

Después de unos minutos, María cerró el libro sobre un dedo y levantó la cabeza.

—Aine, ¿tú qué crees que hace que alguien escriba?

Aine dejó el paño sobre la mesa.

—No lo sé.

—¿Tú lees mucho?

—Algo.

María sonrió. Una sonrisa lenta, que se instaló en su rostro como si llevara tiempo esperando.

—Yo creo que algunas personas escriben porque no saben decir las cosas de otra manera. O porque hay cosas que no se atreven a decirle a nadie.

Esta vez Aine tardó algo más en contestar. María bajó la vista hacia el libro y pasó lentamente una página, como si no hubiera reparado en el efecto de sus palabras. Pero lo había reparado.

—¿Tú has conocido alguna vez a un escritor que fuera muy distinto de sus libros? —preguntó después.

—Sí.

La respuesta salió demasiado rápido y María levantó los ojos. El aire entre ellas se volvió eléctrico.

—¿Y cómo era?

Aine recogió el paño y comenzó a doblarlo entre las manos, aunque ya estaba perfectamente doblado.

—Más normal de lo que imaginaba.

—Qué decepción.

—A veces las personas decepcionan cuando las conoces.

María la observó durante unos segundos antes de sonreír.

—O sorprenden.

Aine no contestó y volvió a ocuparse de las macetas. María abrió el libro, pasó los dedos por una página que conocía bien, y empezó a leer en voz alta.

"Hay personas que no saben pedir que te quedes.

Que no saben decir no te vayas. Que no saben cómo se le dice a alguien que su presencia es lo único que evita que la casa se caiga.

Así que no dicen nada. Se quedan en la puerta.

Miran. Esperan. Y si el otro se queda, no dicen gracias.

No dicen quédate. Solo ponen la cafetera.

Solo dejan una taza más sobre la mesa. Solo hacen sitio.

Y eso es todo. Eso es todo lo que saben hacer. "

Leyó despacio. Sin levantar la vista. Sin saber que Aine había dejado de limpiar las macetas.

Sin saber que Aine estaba quieta, con el paño en la mano, escuchando.

Porque eran sus palabras. Sus frases. Su voz.

Dichas por otra boca. Y sonaban como si alguien las estuviera diciendo de verdad. Por primera vez.

María terminó de leer. Cerró el libro. Lo dejó sobre sus rodillas. Y levantó la vista. Aine estaba quieta, mirándola. No con sorpresa. No con incomodidad. Con algo más.

—¿Qué? —dijo María.

Aine parpadeó. Miró hacia otro lado. Volvió a las macetas, pero sus manos temblaban ligeramente.

—Nada. Sigue leyendo.

María sonrió. Bajó la vista. Y siguió. Pasaron unos minutos en silencio. El juego continuaba.

—Hay una autora que me habría gustado conocer —dijo entonces.

Aine se quedó quieta. El paño se le escapó de las manos.

—¿Marina Valer?

María levantó lentamente la mirada.

—¿Cómo lo sabes?

Aine sostuvo sus ojos con una serenidad que no terminaba de convencerla.

—Llevas tres días hablando de ella.

—No tanto.

—Bastante.

María sonrió y dejó que el libro descansara sobre sus rodillas.

—Pues sí. Ella.

Aine asintió y volvió a mirar la tierra que tenía entre los dedos.

—¿Y qué le dirías si la tuvieras delante?

María tardó un momento en responder. Cerró el libro con suavidad y apoyó las manos sobre la cubierta.

—No sé. Supongo que primero le daría las gracias.

—¿Por qué?

—Porque me acompañó cuando era una cría y no tenía ni idea de qué hacer conmigo misma. Algunas de sus frases llegaron en momentos en los que las necesitaba. Y aunque ella nunca lo supiera, hubo días en los que sus libros fueron una compañía muy importante.

Aine se quedó mirando la maceta, removiendo distraídamente la tierra con los dedos.

—Eso es mucho para una persona que no te conoce.

—Ya lo sé.

María bajó la vista un momento. Pensó en la carta.

En aquella carta que escribió con quince años.

"Querida Marina." Una carta que no sabía cómo terminar.

Que guardó en un cajón porque no tenía dirección a la que enviarla.

Porque Marina Valer no daba entrevistas.

No tenía redes. No existía fuera de los libros.

—Le escribí una carta una vez —dijo, sin levantar la vista—. Con quince años. Nunca la envié.

Aine la miró.

—¿Por qué no?

—Porque no sabía a dónde enviarla. Y porque me daba vergüenza.

—¿Vergüenza de qué?

María se encogió de hombros.

—De decirle que la necesitaba. Que sus libros me habían salvado. Incluso que estaba enamorada de ella, aunque ni siquiera sabía cómo podía estarlo de alguien a quien no conocía. Cosas que una cría de quince años no sabe cómo decir sin sentir que está enseñando demasiado de sí misma.

Aine asintió despacio. No dijo nada. Pero algo en su expresión se suavizó.

—Pero quizá escribir sea precisamente eso —dijo María—: decir algo, aunque no sepas si algún día llegará a quien se lo escribiste.

Aine levantó los ojos hacia ella, pero esta vez no encontró una respuesta. Sus labios se abrieron y se cerraron, como si quisiera decir algo, pero las palabras se hubieran ahogado en su garganta. María abrió de nuevo el libro y pasó el pulgar por el borde de las páginas.

—Aunque también me gustaría saber quién era ella cuando cerraba el ordenador.

Aine sintió que algo le recorría el pecho.

—¿Por qué?

—Curiosidad.

—¿Solo curiosidad?

María sonrió.

—De momento.

Aine soltó una pequeña risa, más nerviosa que divertida. Era la risa de alguien que sabe que ha sido descubierta, pero que todavía no está lista para rendirse.

—Eres peligrosa.

—No sabía que lo fuera.

—Yo sí.

María volvió a mirar el libro, ocultando una sonrisa. Aine recogió la regadera y entró en la casa.

Solo cuando estuvo dentro, lejos de la mirada de María, se apoyó un momento contra la pared del pasillo y cerró los ojos.

Hacía veinticinco años que nadie le hablaba de Marina Valer de aquella manera, y ahora tenía que escuchar a una mujer que conocía sus libros mejor de lo que ella misma quería admitir.

Respiró hondo. Apoyó la frente contra la pared fría.

Escuchó el mar fuera. Y pensó en Elena. En lo que Elena le habría dicho.

"Cuéntaselo. No tengas miedo. Esta chica te ve. "

Pero Elena llevaba dieciocho años muerta. Y Aine seguía sola. Desde el jardín llegó la voz de María.

—Aine.

Aine abrió los ojos y miró hacia la puerta.

—¿Sí?

—¿Cuál es tu libro favorito de Marina Valer?

Hubo un silencio al otro lado. Aine se quedó inmóvil.

—No lo sé —respondió finalmente.

María esperó unos segundos.

—Mientes fatal.

Aine apareció de nuevo en la puerta con una expresión que mezclaba resignación y diversión.

—¿Siempre eres así?

María levantó la vista del libro.

—¿Así cómo?

—Insistente.

—Solo cuando algo me interesa.

—Eso ya lo había notado.

María pasó una página.

—¿Sabes qué es lo peor de conocer mucho a un escritor?

—No.

—Que empiezas a imaginar cómo es cuando nadie lo está mirando.

Aine se quedó callada.

—Eso puede ser peligroso.

—¿Por qué?

—Porque probablemente te equivocas.

—Seguro.

María sostuvo su mirada.

—¿Y tú cómo crees que es Marina Valer?

La pregunta había salido demasiado deprisa de Aine, y ambas lo supieron. María arqueó ligeramente una ceja.

—¿Te interesa mucho saberlo?

—No especialmente.

—Claro.

Aine resopló, aunque una sonrisa casi imperceptible le suavizó la expresión.

—Te estoy preguntando por curiosidad.

María volvió a mirar el libro.

—Pues yo creo que es bastante más complicada de lo que parece.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—No lo sé. Lo imagino.

María se quedó pensando un instante.

—Creo que debe de ser de esas personas que observan mucho y hablan poco, de las que recuerdan cosas que los demás han olvidado hace años y que, cuando alguien le importa, hace cosas por esa persona sin decirle nunca que las han hecho.

Aine dejó de sonreír. El aire a su alrededor se volvió denso. María lo vio, pero no añadió nada. Se limitó a volver a abrir el libro y continuar leyendo.

Aine permaneció unos segundos frente a ella.

—Te has inventado una persona entera.

—Eso hacen los lectores.

—Los lectores no deberían creerse todo lo que leen.

María levantó los ojos.

—Ni todo lo que les cuentan.

Aine sostuvo su mirada y, durante unos segundos, ninguna de las dos sonrió.

—¿Qué capítulo te gusta más?

Aine tardó un instante en contestar.

—El cuarto.

María sonrió.

—Ese también es mi favorito.

—¿Por qué?

María pasó los dedos por el margen de la página.

—Porque ahí empieza a entender que no siempre tiene que marcharse.

Aine la miró en silencio. María siguió leyendo como si acabara de hablar del tiempo, pero Aine ya no podía apartar de su cabeza aquella última frase.

Porque, por primera vez, empezó a preguntarse si aquella conversación era realmente sobre Marina Valer o si María, sin saberlo, estaba hablando también de ella.

Se quedaron un momento así, cada una ocupada en lo suyo, mientras el viento movía las hojas de los eucaliptos y el mar llegaba desde la distancia.

Aine recogió las macetas y, antes de entrar, se detuvo un instante en el umbral.

Miró hacia el jardín y encontró a María todavía sentada en el banco.

Durante unos segundos permaneció allí, observándola, hasta que finalmente entró y cerró la puerta.

María continuó leyendo hasta que la luz empezó a caer.

Cuando terminó el capítulo, cerró el libro y levantó la mirada hacia la casa.

La ventana de la cocina seguía iluminada y, detrás del cristal, distinguió la silueta de Aine moviéndose de un lado a otro.

Sonrió sin darse cuenta y permaneció unos segundos más contemplándola antes de levantarse y entrar.

Aquella noche, ya en su habitación, apagó la luz y se quedó un rato escuchando el mar.

Desde el piso de arriba llegaba el sonido apagado del teclado de Aine, constante y familiar.

Cerró los ojos y pensó en la conversación de aquella tarde, en las preguntas que había hecho y en todas las respuestas que Aine había intentado esquivar.

Pero esta vez ya no se preguntaba a qué se dedicaba.

Ya lo sabía. La pregunta ahora era otra: ¿cuándo iba Aine a dejar de esconderse?