Epílogo La carta
Aquella noche María soñó con una habitación que no reconoció al principio, aunque había algo en ella que le resultaba familiar.
Era pequeña, estaba iluminada por una ventana abierta hacia el mar y tenía las paredes cubiertas de estanterías.
Sobre una de ellas había un libro que conocía perfectamente, El tiempo que no vuelve, el libro que Aine había escrito bajo el nombre de Marina Valer.
Una mujer que María sabía que era Elena, aunque no podía verle el rostro, estaba de pie frente a la estantería, pasando los dedos por los lomos de los libros como si buscara uno concreto.
María la observaba desde algún lugar que no parecía formar parte de la habitación. Quiso acercarse, pero no pudo moverse.
Elena sacó el libro, lo abrió por la mitad y dejó dentro un sobre blanco.
Antes de cerrar las tapas, se quedó unos segundos con la mano apoyada sobre la cubierta y dijo algo que María no consiguió escuchar.
Después se volvió hacia la ventana. El mar estaba tranquilo.
Y entonces María despertó.
Durante unos instantes permaneció inmóvil, todavía atrapada en aquella sensación extraña que dejaban algunos sueños cuando no parecían sueños, sino recuerdos que hubieran encontrado una manera de regresar.
Aine dormía a su lado, respirando despacio, con una mano apoyada sobre la almohada entre las dos.
María miró el reloj. Todavía faltaba más de una hora para que amaneciera.
Cerró los ojos intentando volver a aquella habitación, pero ya no estaba allí. Solo quedaba la imagen del libro y una certeza inexplicable que se había instalado dentro de ella con una claridad cuyo origen no alcanzaba a comprender.
Se incorporó con cuidado para no despertar a Aine.
Aine abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
—He soñado con Elena.
Aine se incorporó despacio.
—¿Y qué soñaste?
María le contó el sueño entero. Le habló de la habitación, de los libros, del ejemplar de El tiempo que no vuelve, del sobre blanco y de aquella mujer a la que no había podido mirar directamente, pero que había reconocido sin ninguna duda.
Cuando terminó, Aine permaneció unos segundos en silencio, con la mirada perdida en algún punto de la habitación. Después apartó las sábanas y se levantó.
—Espera.
María la siguió con la mirada mientras salía de la habitación. Escuchó sus pasos por el pasillo, sus pies descalzos bajando las escaleras de madera y, después, el sonido de la puerta de la biblioteca al abrirse.
No tardó mucho.
Cuando regresó, traía el libro entre las manos.
No dijo nada. Se sentó en el borde de la cama y dejó el ejemplar sobre sus piernas.
—Este libro lleva dieciocho años en mi biblioteca —dijo finalmente.
María sintió un escalofrío.
—¿Nunca lo has movido?
—No.
Aine pasó los dedos por la cubierta.
—Elena me lo regaló poco antes de morir. Después de aquello no volví a abrirlo.
María se acercó. Aine abrió el libro por la mitad y, al separar las páginas, un sobre cayó sobre la colcha.
Las dos bajaron la mirada al mismo tiempo.
Era blanco, aunque el paso de los años había oscurecido ligeramente los bordes. En el anverso, escrito a mano, había un solo nombre.
«Aine».
Durante unos segundos no lo tocó. Reconocía aquella letra demasiado bien. Habían pasado dieciocho años sin verla escrita para ella y, sin embargo, habría sabido quién había trazado aquellas letras incluso entre cientos de cartas.
Aine cogió el sobre con los dedos temblorosos y permaneció unos segundos mirándolo, como si abrirlo pudiera cambiar todo lo que acababan de descubrir.
Luego pasó un dedo bajo el cierre y sacó la carta.
La fecha estaba escrita arriba. La leyó y tuvo que sentarse.
—¿Qué pasa? —preguntó María.
Aine no respondió. Volvió a mirar la fecha.
—La escribió antes de morir —dijo finalmente.
—¿Qué dice?
Aine miró la primera línea y comenzó a leer.
«Aine:
Si alguna vez encuentras esta carta después de que yo me haya ido, probablemente pensarás que estoy siendo una de esas mujeres que convierten cualquier cosa en una historia.
Y quizá tengas razón.
Pero necesito escribir esto porque llevo varios días soñando algo que no consigo olvidar.
En el sueño tú eres mayor. No sé cuánto. Estás en nuestra casa, pero yo no estoy contigo. Hay una tristeza en ti que conozco incluso aunque no pueda acercarme, y siento una necesidad desesperada de decirte que no tengas miedo.
Entonces aparece una muchacha.
No la conozco, pero sé su nombre.
María.
No sé quién es.
La veo junto al mar y tú corres hacia ella. Está en el agua y parece que va a morir. Tú consigues sacarla.
Después la veo en nuestra casa.
Y te enamoras de ella.
Lo sé porque en el sueño puedo verlo en tu cara.
Cuando despierto me río de mí misma y pienso que estoy inventando una historia porque tengo miedo de dejarte sola.
Pero anoche volví a soñarlo.
Esta vez ella me miró.
Y comprendí que no volvería siendo yo.
Sería ella.
María.
Sé que todo esto parece imposible. A mí también me lo parece. No sé si los sueños pueden decirte lo que todavía no ha ocurrido, ni si existe algo después de esta vida, ni si alguna parte de nosotros puede encontrar el camino de regreso.
Solo sé que lo he soñado.
Y que, por alguna razón, siento que debo dejarte estas palabras.
Voy a esconder esta carta en este libro porque sé que lo conservarás. Quizá la encuentres dentro de muchos años y te parezca una locura. Quizá nunca la encuentres.
Pero si algún día aparece una mujer llamada María, si llega a ti desde el mar y tú eres quien consigue salvarla, entonces quiero que recuerdes este sueño.
Y si además te enamoras de ella, sabrás que no fue una casualidad.
No porque ella sea yo.
No quiero que cometas ese error.
Ella será ella.
Tendrá su propia vida, sus propios recuerdos, sus propios miedos y sus propias heridas. No intentes convertirla en la mujer que fui ni busques en ella lo que perdiste conmigo.
Ámala por quien sea.
Si alguna vez llega hasta ti, cuídala.
Y si ella te ama, déjate querer.
Quizá el mar cumpla alguna vez lo que me dijo en aquel sueño.
Quizá te la devuelva.
Y si eso ocurre, sabrás que yo tenía razón cuando te decía que algunas cosas no terminan cuando creemos que terminan.
No sé si esto pasará.
Solo lo he soñado.
Pero si es verdad, si algún día encuentras esta carta después de haber conocido a María, entonces sabrás que yo también lo supe antes.
Te quiero.
Siempre.
“Elena”»
Aine dejó de leer.
Durante un largo momento permaneció con la carta entre las manos, incapaz de levantar la mirada. María tampoco habló. La habitación estaba en silencio y, desde algún lugar lejano de la casa, llegaba el rumor del mar.
Aine volvió a mirar la carta.
—La escribió cuando tú ni siquiera habías nacido.
María tragó saliva.
—Lo sé.
—No podía conocerte.
—No.
Aine pasó un dedo sobre la última línea.
—Y escribió tu nombre.
María se acercó hasta quedar frente a ella.
—Sí.
Aine levantó la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Toda mi vida he pensado que cuando Elena decía que volvería estaba intentando consolarme.
María se arrodilló frente a ella.
—Quizá estaba intentando decirte que no tuvieras miedo.
Aine soltó una pequeña risa entre las lágrimas.
—Siempre tuvo esa manía de adelantarse a todo.
María sonrió.
—También tenía razón muchas veces.
Aine dobló la carta con cuidado y volvió a guardarla en el sobre.
—¿Sabes qué es lo que más me impresiona?
—¿Qué?
Aine miró el libro.
—Que no escribió que tú volverías para ocupar su lugar.
María negó con la cabeza.
—No.
—Escribió que tenía que dejarte ser tú.
María le acarició la mejilla.
—Porque lo soy.
Aine cerró los ojos.
—Sí.
María se levantó y se sentó a su lado.
Durante un rato permanecieron juntas, sin buscar ninguna explicación que pudiera hacer más sencillo lo que acababan de descubrir.
La carta no necesitaba respuestas. Había esperado dieciocho años dentro de un libro para llegar hasta ellas y, ahora que finalmente estaba allí, parecía suficiente con dejarla descansar entre sus manos.
Aine apoyó la cabeza sobre el hombro de María.
—¿Quieres saber una cosa?
—Dime.
—Cuando Elena me dijo que el mar me devolvería a ti, nunca pensé que tendría que aprender a reconocerte.
María entrelazó sus dedos con los de ella.
—Quizá por eso tardamos tanto.
—¿Tardamos?
—En encontrarnos.
Aine sonrió.
—Tú llegaste a mi casa sin saber siquiera dónde estabas.
—Y tú me encontraste en el mar.
—Sí.
María miró el libro que descansaba sobre la cama.
—Pero ella tenía razón en una cosa.
—¿En cuál?
María cogió la mano de Aine y la llevó hasta sus labios.
—Volví.
Aine cerró los ojos.
—Sí.
María apoyó la frente contra la suya.
—Pero esta vez no para ser Elena.
Aine sonrió entre lágrimas.
—No.
—Para ser María.
Aine la besó.
Después guardó la carta dentro del libro, exactamente donde había permanecido durante dieciocho años.
No volvieron a hablar de ella aquella mañana. No porque no tuviera importancia, sino porque algunas respuestas no necesitan ser explicadas una vez que han encontrado a las personas que estaban destinadas a leerlas.
El libro volvió a su lugar en la biblioteca.
La carta quedó dentro.
Y María y Aine salieron juntas de la habitación mientras el día comenzaba a entrar por las ventanas del pazo.
Fuera, el mar seguía respirando contra la costa.
Y esta vez ninguna de las dos necesitaba preguntarse si alguien regresaría.
Ya se habían encontrado.