Donde empieza el horizonte Capítulo 30 El libro sobre la mesa
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Capítulo 30 El libro sobre la mesa

El primer día de universidad empezó con un café y una contraseña que no funcionaba.

María estaba sentada en la cama, con el portátil sobre las rodillas y el correo de confirmación de la matrícula abierto en la pantalla.

Había seguido todos los pasos. Usuario. Contraseña.

Verificación. Y la página le decía que la contraseña era incorrecta.

Lo intentó tres veces. Cuatro. Cinco. Nada.

Respiró hondo. Cerró el portátil. Lo abrió otra vez.

Volvió a intentarlo. Y a la sexta, funcionó.

La pantalla se llenó de una interfaz gris con el nombre de la asignatura en la parte superior: Introducción a la Psicología General.

Debajo, un temario. Un calendario. Un foro.

Un buzón de mensajes. Todo limpio. Todo nuevo.

Todo esperando. Se quedó mirando la pantalla un momento.

Sintió algo en el pecho. No era nervios exactamente.

Era algo más parecido a la incredulidad.

De que aquello era real. De que estaba ahí.

De que había pagado la primera cuota con su primer sueldo y estaba sentada en una cama, en un pazo frente al mar, a punto de empezar una carrera que llevaba meses queriendo empezar.

Bajó al salón una hora después, con los apuntes en la mano y la cabeza llena de conceptos que todavía no entendía del todo.

Se sentó en la mesa de la biblioteca, la que estaba junto a la cristalera, y abrió el cuaderno.

Empezó a tomar notas, a subrayar, a hacer esquemas.

Cosas pequeñas. Cosas que le daban la sensación de estar haciendo algo que importaba.

Aine pasó por el salón a media mañana. No se detuvo.

Solo miró un segundo hacia donde estaba, con la cabeza inclinada sobre los apuntes, y siguió su camino hacia la cocina.

Cuando levantó la vista un rato después, Aine ya no estaba.

Pero sobre la mesa, junto a su cuaderno, había un libro.

Un libro que antes no estaba. Lo miró. Era un volumen de tapas azules, un poco gastado, con el lomo blanquecino por el uso.

El título decía: Introducción a la Psicología del Desarrollo.

Lo abrió. Las páginas estaban subrayadas.

Con notas en los márgenes. Con una letra pequeña, apretada, que reconoció al instante.

La letra de Aine. No había una nota. No había una explicación.

Solo el libro. Ahí. Sobre la mesa. Como si llevara tiempo esperando a alguien que lo necesitara.

Lo cogió. Lo giró entre los dedos. Pasó las páginas despacio.

Las notas de Aine eran breves, precisas, pequeñas observaciones que demostraban que alguien había leído aquel libro con atención, con cuidado.

No eran apuntes de estudiante. Eran reflexiones de alguien que había querido entender.

No pudo evitar sonreír. Aine hablaba así.

Con gestos pequeños, con silencios que decían más que mil palabras, con libros dejados sobre una mesa.

No hacía falta explicar nada. El libro era la conversación.

Dejó el libro sobre la mesa. Miró hacia la cocina. Aine no estaba. No fue a darle las gracias. No porque no quisiera, sino porque entendió que no hacía falta. Que el libro era la conversación. Cogió el bolígrafo, abrió el libro por la primera página subrayada y empezó a leer.

A la una, Eva llamó. Estaba en el salón, con el portátil sobre las rodillas y el libro de psicología abierto junto a los apuntes. Cogió el teléfono al segundo tono.

—Hola, muerta de hambre.

—Hola, Eva.

—A ver. Cuéntame. ¿Qué tal la semana?

Se recostó en la silla. Miró la cristalera. El jardín. El mar al fondo. Sonrió sin darse cuenta.

—Bien. La biblioteca va bien. Los estudios también. Empecé con la primera asignatura. Es... interesante.

—¿Solo interesante?

—Vale. Me gusta. Mucho.

—Eso está mejor. ¿Y la comida?

—Como bien.

—¿Y duermes bien?

—Duermo bien.

—¿Y la mujer?

Se quedó callada un segundo. El corazón le dio un vuelco.

—¿Qué mujer?

—María. No te hagas la tonta. La mujer del pazo. Aine. ¿Qué tal?

Sintió que el calor le subía a las mejillas. No sabía por qué. Solo le habían preguntado por Aine. Y el calor le subía igual.

—Bien. Bien. Trabajamos bien. Es... tranquila. No me agobia. Me deja estar.

Eva se quedó callada un momento. Un silencio que conocía. Un silencio de Eva pensando. Luego, su voz sonó más baja, más suave.

—María.

—¿Qué?

—Se te cambia la voz cuando hablas de ella.

Se quedó quieta. Notó que la respiración se le hacía más lenta.

—¿Qué?

—Se te pone más suave. Más lenta. Como si tuvieras miedo de romper algo.

Abrió la boca. La cerró. No sabía qué decir. Porque Eva tenía razón. Y porque no se había dado cuenta.

—No sé qué dices.

—Sí lo sabes.

—Eva...

—No digo nada. Solo digo que se te nota. Y que me parece bonito.

Se quedó callada. Miró la cristalera. El mar estaba quieto. La luz de la tarde entraba dorada por el cristal. Y abajo, en la cocina, escuchó el sonido de Aine moviendo algo. Una taza. Un plato. Algo pequeño. Algo cotidiano. El sonido de una vida que ya no era solo suya.

—Tengo que irme —dijo.

—Vale. Pero María...

—¿Qué?

—Cuídate. Y cuídala. Se nota que la necesitas. Y se nota que ella te necesita.

Colgó. Se quedó mirando la pantalla del ordenador un momento.

Luego lo apagó y lo dejó sobre la mesa. Y se quedó ahí, mirando la cristalera, con el corazón latiéndole de una forma que no entendía del todo.

Y pensó: ¿Se me cambia la voz? ¿De verdad?

¿Tan evidente es? Y la respuesta, aunque no quería dársela, era sí.

Por la tarde, Carmen subió al pazo. Estaba en el salón, trabajando en la biblioteca, cuando escuchó los golpes en la puerta.

Se levantó y fue a abrir. Carmen estaba en el umbral con una bolsa de tela en la mano y el delantal todavía puesto.

El olor a tierra y a tomate recién cogido llenó el recibidor.

—Hola, Carmen.

—Hola, guapa. Te traigo unos tomates. Y unos pimientos. Que están buenos ahora.

—Gracias. No tenías que molestarte.

—No es molestia. Es que me sobran.

Carmen entró un paso en el recibidor. Miró hacia el salón.

Vio los libros en la mesa, los apuntes, el portátil, el libro de psicología con las páginas subrayadas.

Vio la taza de café a medio terminar, la chaqueta en el perchero, los tenis junto a la puerta.

Todo tenía un orden, una armonía que no estaba allí antes. Y sonrió.

—¿Qué tal va todo? —preguntó Carmen.

—Bien. Muy bien.

—¿Y ella?

Miró hacia la cocina. Aine había dejado el plato en el aparador y se acercaba al recibidor con el paño en la mano. Se detuvo a unos pasos.

—Hola, Carmen.

—Hola, Aine. Te traigo unos tomates.

—Ya los ha cogido María. Gracias.

Carmen asintió. Miró a Aine un segundo. Miró a María. Y algo en su expresión se suavizó.

—Te cuida bien. Se nota.

No supo qué decir. Sintió que el calor le subía a las mejillas otra vez. Bajó la mirada. Cogió la bolsa de tomates con más fuerza.

—Sí. Me cuida bien.

Carmen asintió. Dio un paso atrás. Se ajustó la bolsa en el brazo.

—Bueno. Me voy. Que tengo el bar abierto.

—Gracias, Carmen. Por los tomates.

—De nada, guapa.

Carmen se dio la vuelta, bajó los tres escalones de piedra, cruzó el jardín y se perdió por el camino de tierra.

Aine se quedó en el recibidor un momento, mirándola irse.

Luego se giró hacia María, la miró un segundo y volvió a la cocina.

María se quedó en la puerta un momento, mirándola irse, con la bolsa en la mano y una expresión que no supo nombrar.

No era tristeza. No era alegría. Era algo que estaba entre las dos cosas.

Algo que se parecía mucho a la certeza de que alguien, desde fuera, veía lo que ella todavía no se atrevía a ver.

Cerró la puerta. Volvió al salón. Se sentó en la mesa. Cogió el libro de psicología. Lo abrió. Y siguió leyendo. Pero las palabras no entraban igual. Porque en la cabeza seguía resonando la voz de Eva. "Se te cambia la voz." Y la voz de Carmen. "Te cuida bien. Se nota." Y las dos decían lo mismo.

Aquella noche, Aine preparó una ensalada con los tomates de Carmen.

Los cortó en rodajas gruesas, les echó aceite, sal y un poco de orégano.

Pan. Una copa de vino. Nada más. Pero la cocina olía a huerto, a tierra, a algo fresco.

María comió despacio. Escuchando el mar.

Escuchando el viento. Y en un momento, entre un bocado y otro, levantó la vista y miró a Aine.

Aine estaba frente a ella, con la taza de café entre las manos, mirando por la ventana.

La luz de la cocina le caía sobre la cara.

Sobre el pelo recogido. Sobre las manos que sostenían la taza con esa calma suya que no parecía gastarse nunca.

La miró un segundo. Y sintió algo en el pecho.

Algo cálido. Algo que no dolía. Algo que no pesaba.

Algo que simplemente estaba ahí. No era un sentimiento grandioso.

Era una certeza pequeña, silenciosa, de que aquel momento era importante.

De que aquella mujer, con su taza de café y su calma infinita, se estaba convirtiendo en algo más que una persona que la había salvado.

Aine se giró. La vio mirándola. No dijo nada. Solo sonrió. María bajó la mirada. Cogió un trozo de pan. Se lo llevó a la boca. Y siguió comiendo. Como si no hubiera pasado nada. Como si no hubiera sentido nada.

Cuando terminaron, recogió los platos. Aine los secó. Un gesto pequeño, automático. Y cuando la cocina quedó recogida, se quedó un momento junto a la ventana. Mirando el mar. La luna se reflejaba en la superficie. Todo estaba tranquilo.

Se metió en la cama tarde. Con el cuaderno de tapas blancas sobre las rodillas. Lo abrió. Pasó las páginas hasta llegar a la última. Y escribió:

"Hoy me ha dejado un libro sobre la mesa.

Sin una nota. Sin una explicación. Solo el libro.

Y he entendido que no hacía falta decir nada.

Que el libro era la conversación. Que ella habla así.

Con gestos. Con silencios. Con cosas que deja en los sitios para que las encuentres.

Y he pensado que quizás yo también puedo hablar así.

Que quizás no necesito decirlo todo con palabras.

Que quizás hay cosas que se dicen mejor con un libro en la mesa.

Con una taza de café. Con un trozo de pan en el plato. "

Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la mesilla.

Apagó la luz. Y se quedó mirando el techo.

Escuchando el mar. Escuchando el silencio del pazo.

Y arriba, en el despacho, el teclado sonaba.

Constante. Rítmico. Como siempre. Pero esta vez no se preguntó qué hacía Aine ahí arriba.

No se preguntó a qué se dedicaba. Solo escuchó el sonido.

Y pensó: está ahí. Está despierta. Está viva.

Está escribiendo lo que sea que escribe.

Y eso es suficiente. Y se durmió con esa certeza.

Con el mar sonando fuera. Con el teclado arriba.

Con la imagen de Aine detrás de los párpados.