Donde empieza el horizonte Capítulo 29 Lo que María escribe #2
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Capítulo 29 Lo que María escribe #2

«Y luego estaba ella. Aine. Con su calma que no era distancia, con su silencio que no era frialdad y con esa forma de cuidar que nunca parecía pedir nada a cambio.

El trozo de pan que aparecía en mi plato, una taza junto a mis manos, una manta sobre los hombros cuando no había dicho que tuviera frío.

La manera de estar cerca sin invadir, de ofrecer sin exigir y de abrir una puerta sin obligarte a cruzarla.

A veces, cuando la veía desde lejos, sentía que ya la conocía. No de estas semanas. De antes. Como si hubiera visto su silueta en una ventana mucho tiempo atrás, en un lugar que no recordaba.

No sé cuándo empezó. No sé en qué momento exacto dejé de verla como la mujer que me había salvado y empecé a verla de otra manera.

Quizá fue el día que me puso la manta sobre los hombros sin decir nada.

Quizá fue cuando me ofreció un trabajo sin llamarlo caridad.

Quizá fue aquella vez que me cogió la mano en la cocina y me dijo que estaba allí con una voz que parecía haberle costado más a ella que a mí.

O quizá fue antes. Quizá fue desde el principio, desde el momento en que me sacó del agua y me miró a los ojos sin preguntarme qué hacía allí, sin juzgarme ni pedirme explicaciones. Solo me miró. Y me vio.

Cuando me contó lo de Elena, sentí algo que no supe nombrar.

No era pena. No era miedo. Era como si una pieza que no sabía que faltaba hubiera encajado en su sitio.

Y cuando dijo que Elena murió el mismo día que yo nací, el mundo se detuvo un segundo.

No sé qué significa. Pero sé que no es una coincidencia. »

María dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.

Volvió a leer lo que acababa de escribir.

Le sorprendió encontrar allí cosas que nunca había dicho en voz alta.

No había adornos ni explicaciones. Eran palabras sencillas y, precisamente por eso, le resultaban más difíciles de mirar.

Durante un rato no escribió nada. Después volvió a hacerlo.

«Nunca estuve con nadie. Nunca me entregué a nadie.

No porque no quisiera ni porque tuviera miedo, sino porque estaba esperando.

No sabía a quién ni sabía qué. Solo sabía que había algo que todavía no había llegado, algo que algún día iba a ser grande, algo capaz de doler y aliviar al mismo tiempo.

Esperé sin saber que estaba esperando. Y ahora empiezo a comprender que quizá aquello que esperaba estaba en un pazo frente al mar, con las manos manchadas de tinta y una calma que parece no gastarse nunca. »

María cerró el cuaderno. No quería seguir aquella noche.

Lo dejó sobre la mesilla, se metió en la cama y apagó la luz.

Durante unos minutos permaneció mirando el techo, escuchando el mar y el silencio de la casa.

Entonces escuchó el teclado. Aine estaba en el despacho.

El sonido llegaba amortiguado desde arriba, constante y rítmico.

María ya sabía que Aine trabajaba muchas noches hasta tarde, pero después de todo lo que había descubierto sobre ella, aquel sonido le parecía diferente.

No porque hubiera cambiado, sino porque ahora entendía que escribir podía ser también una manera de permanecer ocupado cuando la cabeza quería llevarte hacia lugares que no estabas preparado para visitar.

María no sabía qué estaba escribiendo Aine.

Tampoco quería preguntárselo. Solo sabía que estaba allí.

Y quizá eso era suficiente. Cerró los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo no sintió la necesidad de resolver nada antes de dormir.

No tenía que decidir qué iba a hacer con su vida ni qué significaban aquellas palabras que acababa de escribir.

Podían quedarse en el cuaderno hasta que estuviera preparada para volver a mirarlas.

Aquella noche se durmió con la certeza de haber empezado algo.

No sabía todavía si sería un libro, un diario o simplemente una forma de atravesar los días. Solo sabía que quería continuar.

A la mañana siguiente bajó a la cocina. Aine estaba preparando café, de espaldas a la puerta, con el pelo recogido y una camiseta sencilla.

María se detuvo un instante antes de entrar y la observó sin que ella se diera cuenta.

Había algo tranquilizador en aquella escena cotidiana, en la manera en que Aine movía la cafetera y comprobaba el agua, como si el mundo pudiera reducirse durante unos minutos a aquellas pequeñas acciones. Aine se giró.

—Buenos días.

—Buenos días.

María se sentó a la mesa. Aine dejó una taza de café delante de ella y después se sirvió la suya.

—¿Dormiste bien? —Sí. Aine la observó durante un momento.

—¿Seguro? María sonrió. —Seguro. Aine asintió y se sentó frente a ella.

Durante un rato no hablaron. Bebieron café mientras la luz de la mañana entraba por la ventana y el mar se escuchaba a lo lejos.

María pensó en el cuaderno que había dejado en su habitación, en las páginas que había llenado la noche anterior y en aquella frase que todavía le parecía demasiado grande para cuatro palabras.

Y luego estaba ella. No sabía qué iba a hacer con todo aquello.

Todavía no. Pero sabía que iba a seguir escribiendo.

Para sus padres, para ella misma, para todo lo que había perdido y para aquello que todavía estaba aprendiendo a reconocer.

Y, aunque no se atreviera todavía a decirlo en voz alta, también para ella.