Donde empieza el horizonte Capítulo 28 Elena
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Capítulo 28 Elena

El segundo día de Graciela en el pazo empezó con un desastre en la cocina.

María bajó a las nueve y la encontró de pie frente a la encimera, con un delantal que le quedaba grande y una sartén en la mano.

Había harina en el suelo. Un huevo roto en el borde de la mesa.

Y un olor a mantequilla quemada que llenaba la estancia.

—Buenos días —dijo María, deteniéndose en el umbral.

Graciela se giró con una sonrisa enorme y una espátula en la mano.

—¡María! Buenos días. Estoy haciendo crepes.

María miró la sartén. Miró el huevo roto. Miró la harina en el suelo.

—¿Crepes?

—Crepes. De los buenos. De los que hacía mi madre. Bueno, los que hacía mi madre no se parecían a esto. Pero la intención es lo que cuenta.

Aine apareció en la puerta de la cocina con una taza de café en la mano. Miró la escena. Miró la harina. Miró el huevo. Miró a Graciela.

—Graciela, eso no es un crepe.

—Es un crepe en proceso, Aine.

—Es un huevo quemado con harina.

—Es un crepe en proceso.

María se rio. Se acercó a la encimera y cogió un trapo. Empezó a limpiar la harina del suelo sin decir nada. Graciela la miró, luego miró la sartén, y finalmente apartó el huevo quemado con la espátula.

—Vale. Quizás no es un crepe. Pero la intención era buena.

Aine dejó la taza en la mesa. Se acercó a la sartén. La cogió de las manos de Graciela sin pedir permiso. Apagó el fuego. Dejó la sartén en el fregadero.

—Siéntate, Graciela. Yo hago el desayuno.

—Pero...

—Siéntate.

Graciela se sentó. María también. Y Aine preparó tostadas, café y un poco de fruta.

Desayunaron las tres. Con la ventana abierta y el sonido del mar entrando.

Graciela hablaba. Siempre hablaba. Contaba cosas de Madrid.

De una reunión que tuvo la semana anterior.

De un autor que la volvió loca con las correcciones.

María escuchaba. Ya había oído a Graciela hablar de autores y correcciones la noche anterior. No entendía del todo a qué se dedicaba, pero estaba claro que su trabajo tenía algo que ver con los libros. Y Aine, que escuchaba sin decir nada, parecía saber de qué hablaba.

Aine escuchaba. De vez en cuando decía una palabra, una corrección. "No era un tren, era un avión." Y Graciela la miraba con ofensa fingida. "Aine, por Dios, déjame contar." Y seguía.

Después del desayuno, Graciela salió al jardín. Dijo que necesitaba aire. Aine la miró desde la puerta de la cocina y sonrió apenas. María se quedó fregando los platos. Aine los secaba.

—¿Cuánto tiempo se queda? —preguntó María.

—Tres o cuatro días. Quizás una semana.

—¿Y siempre es así?

Aine sonrió.

—Sí. Siempre es así. Desde que la conozco.

—¿Y cuánto hace que la conoces?

—Veintisiete años.

María levantó la vista.

—Veintisiete años.

—Sí. Nos conocimos en Madrid. Yo tenía veintitrés. Ella veintiuno. Empezamos a trabajar juntas.

María asintió y volvió a fregar. El silencio entre las dos era cómodo. De esos que no necesitan llenarse.

Por la tarde, Graciela volvió del jardín con las mejillas rojas y una sonrisa satisfecha. Dijo que había caminado hasta la playa.

—Te habría gustado, Aine —dijo, dejándose caer en el sofá del salón—El mar estaba muy tranquilo. Muy sereno. Muy tú.

Aine, en la butaca con un libro cerrado sobre el regazo, no levantó la vista.

—Me alegro.

—Lo disfruté. Pero me dio pena que no estuvieras.

—Yo estoy bien aquí.

—Lo sé. Por eso me dio pena.

María estaba en el salón también, trabajando en la biblioteca. Sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la estantería, rodeada de papeles viejos y fotografías. Graciela se levantó y se sentó junto a ella.

—¿Qué haces?

—Catalogar. Cosas de la abuela de Aine.

Graciela cogió una foto. Era una imagen en blanco y negro de una mujer joven frente al pazo.

—Qué bonita —dijo.

María asintió.

Graciela la dejó y se quedó mirando a María.

—¿Y tú qué escribes?

María la miró, sorprendida.

—¿Yo?

—Sí. Aine me dijo que escribes.

—Escribo... cosas. Historias. Fragmentos. Cosas que veo. Cosas que siento.

Graciela asintió. No dijo nada más. No presionó. Cogió otro papel y se quedó mirándolo.

Pasaron un rato así. Aine en la butaca, pasando páginas. El mar sonando fuera. El viento moviendo las cortinas. Fue Graciela quien rompió el silencio.

—Aine.

Aine levantó la vista.

Graciela cogió otra fotografía. Era una imagen vieja, descolorida, de dos mujeres jóvenes en una terraza.

Una era Aine, más joven, con el pelo suelto y una sonrisa que María no le había visto nunca.

La otra era una mujer morena, delgada, con los ojos grandes y una risa que se veía incluso en la foto.

—¿Te acuerdas de esto? —dijo Graciela—. Fue en Cádiz. En el verano del noventa y tres. Elena y yo nos fuimos a bailar a un garito horrible y tú te quedaste en la terraza del hotel con un libro y una copa de vino.

Aine miró la fotografía. Algo en su cara cambió. Lento, como una nube que pasa por delante del sol.

—Me acuerdo —dijo, con la voz baja.

—Elena bailó hasta las cuatro. Y yo me quedé con ella porque me daba miedo volver sola al hotel. Y tú nos mirabas con una cara de "por qué me habéis traído"...

—Graciela.

La voz de Aine fue baja, pero había algo debajo. Algo que Graciela escuchó. Porque se calló. Porque miró a Aine y vio algo que no esperaba.

Aine no respondió. Miró la fotografía. Miró a María. Miró la fotografía otra vez.

María estaba quieta. Había escuchado el nombre. Elena. Había visto la fotografía. Dos mujeres. Una era Aine. La otra era alguien a quien Aine miraba en la foto con una ternura que nunca le había visto dirigir a nada.

Graciela se dio cuenta un segundo después. Miró a María. Miró a Aine.

—Aine... yo...

—No pasa nada —dijo Aine.

Graciela bajó la fotografía. No dijo nada más.

Aine cerró el libro. Lo dejó sobre la butaca. Se levantó despacio. Miró a María. Y María sostuvo la mirada. No apartó los ojos. Solo esperó.

Aine se sentó en el suelo. Frente a María. Con las piernas cruzadas. Como si fuera lo más natural del mundo.

—Se llamaba Elena —dijo.

María no dijo nada. Solo escuchó.

—Elena y yo estuvimos juntas once años. Desde que yo tenía veintitrés hasta que ella se fue.

María no preguntó. No interrumpió.

—Leucemia. La diagnosticaron cuando llevábamos nueve años. Y durante dos años peleó. Con quimio, con tratamientos, con una fuerza que yo no he visto en nadie más.

Aine hizo una pausa. Miró la ventana. El mar estaba quieto. La luz de la tarde entraba dorada por la cristalera.

—Falleció un 11 de marzo. Hace dieciocho años.

María sintió que el mundo se detenía.

—Ese día nací yo —dijo, y su voz salió apenas un hilo.

Aine la miró. No con sorpresa. Con algo más profundo.

—Lo sé. Lo vi en los papeles del hospital. El día que te ingresaron.

María parpadeó. Sintió que el aire se le escapaba.

—¿Y no dijiste nada?

—No sabía qué decir —respondió Aine—. No sabía si era una coincidencia o si significaba algo más.

El silencio se hizo más denso. Aine bajó la mirada.

—Pero ahora... ya no sé si creo en las coincidencias.

María no supo qué responder. No había nada que decir. Porque eso no era una casualidad. Era una certeza que ninguna de las dos sabía cómo nombrar.

Aine levantó la vista. Sus ojos estaban secos. No lloraba. Pero había algo detrás. Algo que brillaba sin caer.

—Dieciocho años, María. Dieciocho años sin dejar entrar a nadie. Sin querer. Sin poder. Porque cada vez que alguien se acercaba, yo pensaba en Elena. Y no podía.

María no dijo nada. La miró con los ojos un poco húmedos, sintiendo el corazón latirle de una forma que todavía no sabía explicar.

Y luego, sin pensar, sin decidirlo, alargó la mano. Y le cogió la mano a Aine. Se la apretó despacio. Solo lo suficiente para que supiera que estaba ahí. Que la escuchaba. Que no se iba.

Aine miró la mano de María entre la suya. Y algo en su cara se rompió un poco. Como una grieta pequeña en una pared que llevaba dieciocho años intacta.

—Gracias —dijo Aine.

María negó con la cabeza. No hacía falta.

Graciela se levantó del suelo despacio. Cogió la fotografía del suelo. La guardó en la caja, boca abajo, con un cuidado que no era habitual en ella.

—Voy a hacer té —dijo, con la voz más baja de lo normal.

Aine asintió. Graciela se fue a la cocina. Y las dos se quedaron en el suelo del salón. Con la mano cogida. Con el mar sonando fuera. Con la luz de la tarde cayendo sobre los papeles viejos y el silencio.

No hablaron más. No hacía falta.

Cuando Graciela volvió con el té, las encontró así. En el suelo. Con la mano cogida. Sin hablar. Mirando la ventana. Dejó las tazas en la mesa. No dijo nada. Se sentó en la butaca y bebió en silencio.

El pazo, aquella tarde, sonaba distinto. No a silencio. No a risas. A algo que estaba entre las dos cosas. A algo que todavía no tenía nombre. Pero que estaba ahí. Vivo. Respirando. Como el mar fuera. Constante. Sin prisa. Sin pedir nada. Solo estando.