Capítulo 27 Graciela
Se despertó a las tres de la madrugada con la vejiga llena y el silencio del pazo envolviéndola como una manta.
Se quedó un momento inmóvil bajo las sábanas, escuchando el rumor lejano del mar y el crujido de la madera asentándose con el frío de la noche.
Luego se levantó despacio, se puso las zapatillas y salió al pasillo sin hacer ruido.
El baño estaba al final del corredor, a la derecha.
Caminó sobre la madera fría, con la mano rozando la pared para no tropezar.
La luna entraba por la ventana del fondo y dibujaba un rectángulo pálido sobre el suelo.
Al pasar frente a la puerta del despacho de Aine, se detuvo.
Había luz. Una línea fina, amarilla, que se colaba por debajo de la puerta.
Y un sonido. Un tecleo constante, rítmico, como alguien escribiendo deprisa.
No era un sonido mecánico. Era un sonido vivo, con pausas, con pequeños silencios entre ráfagas de teclas.
María se quedó un segundo ahí, con la mano en la pared, escuchando.
No llamó. Solo escuchó el teclado y vio la luz, y se preguntó con esa curiosidad tranquila que tenía para las cosas que no entendía: ¿a qué se dedica Aine?
No lo sabía. No lo había preguntado. Aine nunca hablaba de su trabajo, de su vida de antes.
Solo estaba. Cocinaba, leía, cuidaba el jardín.
Pero aquella luz bajo la puerta, aquel teclado sonando a las tres de la madrugada, le decía que había algo más.
Siguió caminando hacia el baño. Al pasar de nuevo frente a la puerta, la luz seguía ahí.
El teclado seguía sonando. Se metió en la cama, cerró los ojos, y antes de dormirse pensó otra vez: ¿a qué se dedica Aine? Se durmió sin respuesta.
Dos días después, un coche que no conocía apareció al final del camino de tierra.
Era grande, negro, con las ventanillas tintadas y una matrícula de Madrid.
Subió despacio por el sendero, levantando una nube fina de polvo.
Se detuvo frente a la fachada del pazo y el motor se apagó con un suspiro.
En el salón, trabajando en la biblioteca, escuchó el motor, la puerta del coche, unos tacones sobre la grava.
Y luego una voz. Una voz que no había oído nunca, alta, clara, con un acento que no era de allí.
—¡AINE! ¡AINE, AbrE LA PUERTA QUE TRAIGO VINO, QUESO, BOMBONES Y NO PIENSO ESPERAR!
Levantó la vista del libro y miró hacia la cristalera.
Desde allí podía ver la entrada del pazo, la puerta de madera, y una mujer plantada frente a ella con una maleta enorme en una mano, una bolsa de papel en la otra y un abrigo demasiado elegante para un camino de tierra.
La puerta del pazo se abrió. Aine apareció en el umbral con un paño en la mano y esa expresión suya que mezclaba la calma con una paciencia infinita.
—Graciela.
—¡Aine! ¡Mírame! ¿No te alegras de verme?
Aine la miró. Sonrió apenas.
—Me alegro de verte.
—¡Con entusiasmo, Aine! ¡Con un poco de entusiasmo!
—Me alegro mucho de verte, Graciela.
—¡Eso! ¡Eso ya es otra cosa!
Graciela soltó la maleta, soltó la bolsa de papel y abrazó a Aine con una fuerza que hizo que Aine diera un paso hacia atrás. Aine la sostuvo con una mano en la espalda y otra en el hombro.
—Me estás aplastando —dijo Aine.
—Te lo mereces. Llevo casi un año sin verte. ¿Sabes lo que es eso?
—Sé contar, Graciela.
—¡Pues entonces deja de mandarme WhatsApp de dos líneas y coge el teléfono!
—Es más práctico.
—¡Más práctico! ¡Yo quiero oír tu voz, Aine! ¡No quiero leer "bien, aquí, saludos"!
Aine negó con la cabeza, pero la sonrisa seguía ahí.
Una sonrisa que María no le había visto antes.
Más suelta, más natural. Graciela cogió la maleta y la bolsa y entró en el pazo sin esperar invitación.
Sus tacones resonaron sobre la piedra del recibidor.
Miró a su alrededor con esa forma suya de escanear un espacio en tres segundos.
Y entonces lo vio. Los tenis gastados junto a la puerta.
Demasiado pequeños para ser de Aine. Junto a ellos, una mochila de tela oscura.
Y en el perchero, una chaqueta que no era de Aine.
Graciela se detuvo. Miró los tenis, la mochila, la chaqueta.
Luego miró hacia la cocina, donde se veían dos tazas sobre la mesa.
Se giró hacia Aine. Abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez.
—Aine.
—¿Qué?
—Aine. Aine, Aine, Aine.
—Graciela, baja la voz.
Graciela señaló los tenis con un dedo, luego la mochila. No dijo nada. No hacía falta. Aine miró hacia el salón. María estaba de espaldas, trabajando en la biblioteca. Aine se acercó un poco a Graciela y dijo, más bajo:
—Es mi empleada.
Graciela la miró. Miró a Aine. Y sonrió. Una sonrisa ancha, pícara.
—Claro, claro. Tu empleada.
—Sí.
—¿Y desde cuándo tienes empleada?
Aine la miró sin responder.
Graciela sonrió todavía más.
—Aine.
—Graciela.
—Me encanta tu empleada. Quiero conocerla.
Graciela dio un paso hacia el salón. Aine la detuvo con una mano en el brazo.
—Espera.
—¿Qué?
—Ven un momento. Arriba.
Graciela levantó una ceja.
—¿Arriba? ¿Ahora? Quiero conocer a la chica.
—Un momento. Luego bajas.
Graciela la miró un segundo. Miró hacia el salón. Miró a Aine otra vez. Algo en la expresión de Aine le dijo que no era una sugerencia.
—Vale. Pero luego quiero respuestas, una copa y una explicación. En ese orden.
Aine asintió. Se giró hacia el salón.
—María.
María levantó la vista del libro.
—¿Sí?
—Te presento a Graciela. Es una amiga. De hace mucho tiempo.
María dejó el libro y se acercó. Graciela la miró de arriba abajo con esa curiosidad sin filtro que tenía. Extendió la mano. María la cogió. Graciela le apretó los dedos con una fuerza inesperada.
—María. Qué nombre más bonito.
—Gracias.
Graciela la miró un segundo más. Abrió la boca como si fuera a decir algo. La cerró. Miró a Aine.
—Vale. Al despacho. Vamos.
Aine la guió hacia la escalera. Subieron juntas.
María se quedó en el salón, mirándolas subir, sin saber muy bien qué acababa de pasar.
Arriba, Aine abrió la puerta del despacho.
Graciela entró detrás. Aine cerró la puerta.
El despacho era pequeño, con una mesa de madera frente a la ventana, una estantería llena de papeles y un ordenador encendido.
Graciela no miró el ordenador. Se sentó en la silla que Aine le señaló.
Cruzó los brazos. Esperó. Aine se sentó frente a ella. Tardó un momento en hablar.
—María perdió a sus padres hace unos meses. Un accidente de coche.
Graciela descruzó los brazos. No dijo nada. Solo escuchó.
—No tiene más familia. Nadie. Solo una amiga que vive en Boston.
Aine hizo una pausa.
—Llegó aquí en coche. Sin dinero. Sin trabajo. Sin un sitio donde dormir. Llevaba semanas durmiendo en el coche.
Graciela no se movió. No hizo ningún comentario. Solo escuchaba.
—Yo no necesitaba una empleada, Graciela.
Graciela levantó una ceja.
—No necesitaba a nadie en la biblioteca. Llevo años con esos libros sin catalogar y nunca me ha importado. Pero María no acepta caridad. Así que inventé un trabajo. Le dije que necesitaba ayuda con la biblioteca. Le ofrecí un sueldo, la habitación, las comidas. No es caridad. Es un trato.
Graciela se quedó en silencio un momento largo, mirando a Aine, luego la ventana, luego a Aine otra vez.
—Aine.
—¿Qué?
—Llevas dieciocho años sin dejar entrar a nadie en esta casa.
Aine no respondió.
—Dieciocho años. Y de pronto inventas un trabajo para una chica que no conoces de nada.
—La conozco lo suficiente.
Graciela la miró un segundo más. Luego asintió despacio.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale. No voy a decir nada.
Aine cerró los ojos un momento.
—Gracias.
—No me las des. Pero, Aine... más te vale que esa chica no acabe otra vez durmiendo en el coche. Porque, como me entere, me da igual lo que ella quiera. Yo me encargo.
Graciela hizo una pausa, la miró con una sonrisa traviesa y le guiñó un ojo.
—Además, es muy guapa.
Aine la miró unos segundos. La expresión se le había endurecido apenas, lo suficiente para que Graciela lo notara.
—¿Qué?
—Nada —respondió Aine.
Pero Graciela sonrió. Había visto la reacción.
—No va a volver a dormir en el coche.
Graciela asintió. Se levantó de la silla, se acercó a Aine y le puso una mano en el hombro. La apretó un momento. Aine se levantó también. Respiró hondo.
—¿Bajamos?
—Bajamos.
Graciela abrió la puerta. Se detuvo un segundo en el umbral. Se giró.
—Aine.
—¿Qué?
—Me alegro. De verdad.
Aine la miró. Asintió. No dijo nada. Pero algo en su expresión se suavizó de una forma que Graciela no había visto en dieciocho años.
Bajaron la escalera juntas. Cuando llegaron a la cocina, María estaba de pie junto a la mesa, mirando por la ventana.
Se giró al escucharlas. Graciela la miró.
Y esta vez la miró de otra forma. Ya no con curiosidad sin filtro.
Con algo más. Pero no lo dejó ver. Solo sonrió.
—Bueno —dijo, frotándose las manos—. ¿Qué hay para cenar? Porque yo he traído vino y queso y bombones, pero si no hay comida de verdad me voy a enfadar.
María parpadeó.
—Aine ha hecho una tortilla.
—¿Una tortilla? ¿Aine ha hecho una tortilla? Aine no cocina para nadie. Aine lleva dieciocho años comiendo sola a base de tostadas.
—Graciela.
—¿Qué? Es un hecho.
Aine negó con la cabeza. Pero sonreía. Y María, mirándolas a las dos, sintió algo en el pecho que burbujeaba.
Algo ligero. Algo que se parecía a una risa.
Graciela se sentó a la mesa sin esperar invitación.
Sacó la botella de vino, el queso, los bombones.
Lo puso todo sobre la mesa como si estuviera montando un banquete.
—Tres copas —dijo—. Tres platos. Tres mujeres. Brindo.
Levantó la copa.
—Por Aine —dijo—. Que lleva dieciocho años en este pazo sin dejar entrar a nadie.
Aine cerró los ojos.
—Graciela...
—Y de pronto tiene una chica en su biblioteca. Brindo por eso.
María sintió que el calor le subía a las mejillas. Pero no bajó la mirada. Levantó su copa. Aine levantó la suya. Las tres bebieron. Y la cena empezó.
Graciela hablaba sin parar. Contaba cosas de Madrid, del metro, de una vecina que ponía la música demasiado alta, de un taxi que la había dejado en la calle equivocada.
Cosas sin importancia, pero las contaba como si fueran urgentes.
Aine comía despacio. De vez en cuando decía una palabra.
Una corrección pequeña. "No era un taxi, era un autobús.
" Y Graciela la miraba como si la hubiera interrumpido. "Aine, por Dios, déjame." Y seguía.
María no decía mucho. Comía, bebía un poco de vino, escuchaba. Y el nudo del pecho seguía aflojándose. Graciela le preguntó cosas. Una aquí, otra allá.
—¿Y tú de dónde eres, María?
—De Santiago.
—Santiago. Bonito. Lluvioso.
—Mucho.
—A mí me gusta la lluvia. A Aine no. A Aine le gusta el silencio. Y la lluvia hace ruido. Así que Aine odia la lluvia. ¿Verdad, Aine?
—No la odio.
—La odias.
—No me gusta.
—Pues entonces es un poco lo mismo.
Un poco más tarde, Graciela miró el plato de María. Estaba casi vacío.
—¿Te ha gustado?
—Sí. Mucho.
—Claro. Cocina bien. Lo que pasa es que llevaba dieciocho años cocinando para ella sola.
Aine no levantó la vista del plato. Graciela miró a María. Algo en su expresión se suavizó. Solo un segundo. Luego volvió a lo suyo.
—Bueno. Al menos ahora hay tres tazas.
María se dio cuenta de que se estaba riendo.
No una risa grande. Una risa pequeña, tranquila, que le subía por dentro sin que la hubiera llamado.
Cuando terminaron, Graciela recogió los platos sin preguntar.
Los llevó al fregadero y los lavó con una energía que no pegaba con los tacones.
Aine los secó. María los guardó. Las tres en la cocina, moviéndose entre el agua y el vapor, sin decir nada.
Cuando la cocina quedó recogida, se llevaron las copas al salón y se sentaron junto a la chimenea. Graciela se giró hacia Aine.
—Aine.
—¿Qué?
—Me alegro.
Aine la miró. Graciela levantó la copa. Aine levantó la suya. María levantó la suya.
—Por María —dijo Graciela.
Aine sonrió.
—Por María.
Bebieron. Y el pazo, que llevaba dieciocho años siendo un lugar silencioso, aquella noche estaba lleno de voces, de risas, de vino.
María subió a su habitación tarde, con las mejillas calientes de reír y un poco de vino en la cabeza.
Se metió en la cama y cerró los ojos. Abajo, Graciela seguía hablando, y Aine, de vez en cuando, decía algo.
Y las dos se reían. Por primera vez en mucho tiempo, el pazo no sonaba a silencio. Sonaba a vida.