Capítulo 26 El abrazo
El primer intento en la cocina fue un desastre.
No fue algo épico. No hubo fuego ni humo saliendo por la ventana.
Fue algo más sencillo y más patético: dos tostadas negras, un trozo de mantequilla derretido sobre la encimera y el olor a quemado pegado en el aire como una acusación.
Estaba de pie frente a la tostadora, con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza ladeada, mirando las dos rodajas de pan carbonizado que acababan de salir despedidas del aparato.
Los bordes estaban negros. El centro, marrón oscuro.
Se giró al escuchar pasos en la escalera. Aine apareció en el marco de la puerta con el pelo recién recogido y una camiseta de algodón que le llegaba hasta medio muslo. Se detuvo al ver la escena. Miró las tostadas. Miró a María. Volvió a mirar las tostadas.
—Están tostadas —dijo María.
Aine se acercó despacio. Cogió una de las tostadas del plato. La giró entre los dedos. La dejó de nuevo.
—Están carbonizadas.
—Están tostadas.
—María, están negras.
—Están un poco pasadas.
Aine la miró. María miró la tostadora. Miró a Aine. Miró la tostadora otra vez. Abrió la boca. La cerró. Aine dejó la tostada carbonizada sobre el plato, se acercó a la tostadora y la apagó con un gesto tranquilo.
—Deja, yo las hago.
—Puedo...
—María. Deja.
Soltó el trapo y se apartó un paso.
—Vale. Pero la próxima lo hago yo.
Aine asintió mientras cortaba dos rebanadas nuevas y las metía en la tostadora.
—La próxima.
Se sentó a la mesa con los codos apoyados en la madera y la barbilla en las manos, mirando cómo Aine movía la mantequilla, el cuchillo, el pan. Con esa calma suya que convertía cualquier gesto en algo que no parecía costar esfuerzo.
—Para la próxima —dijo Aine, dando un sorbo al café—. Dos minutos. No tres.
—Yo le di a dos.
—Pues será que la tostadora no sabe contar.
Soltó una risa pequeña. Aine no. Pero la media sonrisa seguía ahí.
Aquella mañana, después del desayuno, se instaló en el salón. La biblioteca ocupaba toda la pared frente a la cristalera. Estanterías de madera que llegaban casi hasta el techo, llenas de libros ordenados con la familiaridad de aquello que ha sido utilizado, tocado y vivido durante años.
Ya llevaba tres semanas trabajando allí y el espacio empezaba a resultarle familiar.
Conocía las estanterías, los rincones, los libros que estaban mal colocados y los que llevaban años en el mismo sitio.
Conocía el olor del papel viejo, la forma en que la luz entraba por la cristalera de la tarde, el crujido de la madera cuando el pazo se asentaba con el calor.
Aquel día estaba catalogando una caja que había encontrado en el fondo del armario, junto a la ventana.
Papeles sueltos, fotografías antiguas, recortes de periódico amarillentos.
Cosas de la época de la abuela de Aine, o quizá de antes.
Los manejaba con cuidado, separándolos por fechas cuando podía, guardando los que no sabía dónde iban en una carpeta aparte.
Aine pasó por el salón a media mañana. No se detuvo.
Solo miró un segundo hacia donde estaba, con las manos llenas de papeles, y siguió su camino hacia la cocina.
No dijo nada. Escuchó sus pasos alejándose y volvió a lo suyo.
Era un ritmo nuevo, sin necesidad de llenar los espacios con conversaciones.
A la una, Eva llamó. Estaba en el sofá del salón con el portátil sobre las rodillas cuando la pantalla se encendió y la cara de su amiga apareció. Tenía el pelo recogido de cualquier manera, una taza de café en la mano y esa expresión suya que mezclaba el alivio de verla con una atención tranquila.
—Hola —dijo Eva—. ¿Sabes qué? Estás distinta.
María parpadeó.
—¿Distinta cómo?
Eva se acercó a la cámara, no con preocupación, sino con algo más cálido.
—Se te ve bien. De verdad. Tienes más color en la cara. Estás más… no sé, más relajada. Hasta pareces un poco más feliz. Como si alguien te estuviera cuidando.
Bajó la mirada un momento. No supo qué decir. No estaba acostumbrada a que le dijeran eso.
—Como —dijo al fin—. Eso es todo. Como a mis horas. Duermo en una cama. Y tengo un trabajo.
Eva asintió despacio. La sonrisa se le suavizó.
—Me alegro muchísimo, María. No sabes cuánto.
—Lo sé.
Hubo una pausa corta. Eva se recostó en la silla y cruzó los brazos.
—¿Y cómo va el trabajo?
—Bien. Estoy catalogando la biblioteca. Es enorme. Hay libros que no he visto en mi vida. Ediciones antiguas. Cosas de la abuela de Aine. Y me deja decidir el orden. Me deja trabajar a mi manera.
—Y la universidad. ¿Qué tal?
—Matriculada. Pagué la primera cuota con el primer sueldo. Y apunté lo que falta para la siguiente.
Eva la miró un segundo. Y algo en su expresión cambió. No era sorpresa. Era orgullo.
—María. Eso es enorme.
—Es un plazo.
—Es un futuro. Que es más de lo que tenías hace un mes.
María asintió. No dijo nada más. Pero sintió algo en el pecho, algo cálido, algo que se parecía a la certeza de que alguien, desde muy lejos, veía lo que ella estaba construyendo y lo reconocía.
—¿Y Aine? —preguntó Eva, con un tono más suave—. ¿Cómo está?
—Bien. Tranquila. Es... no sé cómo explicarlo. No me agobia. No me pregunta cosas que no quiero contar. Me deja estar. Pero está ahí. Siempre está ahí.
Eva asintió.
—Me alegro de que la tengas.
—Yo también.
Hubo otra pausa. Más larga. Pero no incómoda.
—Te quiero, María.
—Yo también te quiero, Eva.
—Cuídate. Y dale las gracias a Aine de mi parte.
—Se las daré.
Colgaron. Cerró el portátil despacio y se quedó un momento con las manos sobre la tapa, sonriendo sin saber muy bien por qué.
Por la tarde, mientras trabajaba en la biblioteca, Aine apareció en la cristalera con una taza de café en la mano.
Se quedó apoyada en el marco, mirando cómo María pasaba los dedos por los lomos de los libros, cómo anotaba títulos en el cuaderno, cómo colocaba cada volumen en su sitio con un cuidado que no era obligación sino respeto.
—El orden puede ser el que tú decidas —dijo Aine, como había dicho el primer día.
—Ya lo sé.
Aine sonrió apenas. Dio un sorbo al café. Y se fue.
Cuando llegó la noche, cenaron juntas. Tomates con aceite y sal. Pan. Un trozo de queso que Aine había sacado de la despensa. Cosas sencillas. Cosas que no necesitaban mucho para ser suficientes.
María comió despacio. Escuchando el mar. Escuchando el viento. Y en un momento, entre un bocado y otro, dijo:
—Eva te manda saludos.
Aine levantó la vista del plato.
—¿Sí?
—Sí. Y dice que cuando venga en Navidad quiere conocerte en persona. Dice que por la pantalla no cuenta.
Aine sonrió. Una sonrisa pequeña, tranquila.
—Me parece bien. Cuando quiera.
María asintió. Y siguió comiendo. Pero algo cambió en su cara. Una sombra, un pliegue pequeño junto a la boca que Aine conocía ya lo suficiente para reconocer. Aine la miró un segundo. Dejó el tenedor sobre el plato.
—María.
María levantó la vista.
—¿Adónde irás tú en Navidad?
El silencio que siguió fue corto. Pero pesó. María dejó el tenedor sobre el plato y bajó la mirada. Aine vio cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Alargó la mano sobre la mesa, buscó la suya y se la apretó despacio.
—Perdona —dijo, con la voz baja—. No debí preguntar.
María negó con la cabeza. Tragó saliva. Parpadeó un par de veces para que las lágrimas no cayeran.
—No. No pasa nada. Es que... no tengo familia. Supongo que todavía no lo había pensado.
Lo dijo bajo. Sin drama. Sin buscar lástima. Solo una verdad que llevaba meses sin pronunciar en voz alta.
Aine no soltó la mano.
—Yo tampoco tengo —dijo.
María levantó la vista hacia ella.
—Así que, si no tienes otros planes, y no te importa, las pasamos aquí juntas.
Lo dijo con esa calma suya que no dramatizaba nada. María la miró. Y luego se levantó. Aine la miró desde la silla. María rodeó la mesa despacio. Se detuvo junto a ella. Y se abrazó.
Fue un abrazo de alguien que llevaba meses sin tocar a nadie de verdad, sin apoyarse en nadie, sin permitirse necesitar a nadie. Rodeó los hombros de Aine con los brazos y hundió la cara en su cuello. Apretó. No mucho. Solo lo suficiente. Solo lo necesario para sentir que había alguien ahí.
Aine no se movió al principio. Se quedó un segundo con las manos sobre la mesa, sin saber qué hacer con ellas. Y luego, despacio, levantó los brazos. Rodeó la espalda de María. Le puso una mano entre los omóplatos. Y la sostuvo.
María acercó la boca a su oído.
—Gracias —susurró.
Solo eso. Una palabra. Dicha al oído, con la voz rota, con el aliento caliente contra la piel de Aine.
Aine apretó el abrazo un poco más. No dijo nada.
Solo la sostuvo. Y cerró los ojos. Y sintió el peso de María contra su cuerpo.
Y algo dentro de ella, algo que llevaba dieciocho años quieto, se movió.
Despacio. Como una puerta que se abre sin hacer ruido.
Se quedaron así un rato. Sin hablar. Sin moverse. Con el mar sonando al otro lado de la ventana y la luz de la cocina cayendo sobre las dos.
Cuando María se separó, tenía los ojos rojos, pero estaba más tranquila. Se sentó de nuevo. Cogió el tenedor. Cogió un trozo de tomate. Se lo llevó a la boca. Aine la miró un segundo. Luego cogió su propio tenedor. Y siguió comiendo.
No dijeron nada más sobre la Navidad. No hacía falta.
Cuando terminaron, María recogió los platos.
Aine los secó. Un gesto pequeño, automático, de esos que se hacen sin pensar.
Y cuando la cocina quedó recogida y la luz se fue apagando sobre los azulejos, María se quedó un momento junto a la ventana, mirando el mar.
Aine estaba detrás, secando la última taza.
—Buenas noches, María.
María se giró. La miró. Y por un segundo, solo un segundo, se miraron de una forma distinta.
—Buenas noches, Aine.
Subió la escalera despacio. Se metió en la habitación de invitados.
Se acercó a la ventana. El mar estaba quieto.
La luna se reflejaba en la superficie. Y abajo, bajo el castaño, ya no había ningún coche.
Solo tierra vacía y la sombra de las ramas.
Se metió en la cama. Cerró los ojos. Escuchó el mar. Y se durmió.
Abajo, en la cocina, Aine se quedó un momento con la última taza entre las manos, mirando el lugar donde María había estado sentada. Dejó la taza en el aparador, apagó la luz y subió la escalera despacio, con el eco de aquel «gracias» todavía en el oído.