Capítulo 25 El primer sueldo
La luz de la mañana entraba gris por la ventana del hospital cuando le dieron el alta.
María firmó los papeles con la mano todavía temblorosa, mientras Aine permanecía a su lado, atenta a cualquier señal de debilidad.
La enfermera les explicó las pautas de reposo y Aine asintió por las dos, guardando cada palabra.
Luego recogió la bolsa con la poca ropa que María llevaba el día anterior y la ayudó a levantarse.
Se sostuvo en pie. Las piernas le temblaban, pero aguantaron.
Aine no le ofreció el brazo, solo se quedó a medio paso, por si la necesitaba.
Salieron del hospital despacio. El aire de fuera olía a salitre y a tierra mojada.
Aine había dejado el coche en la puerta de urgencias.
Le abrió la puerta del copiloto a María y esperó a que se sentara antes de cerrar.
El viaje hasta Carragueiros fue en silencio.
María miraba por la ventanilla los árboles pasando, los campos verdes, el mar asomando al final de las curvas.
Aine conducía despacio, con las manos relajadas sobre el volante, sin poner la radio.
Solo el rumor del motor y el viento. María la miró de reojo.
Vio las manos de Aine sobre el volante. Vio la herida en la planta del pie derecho, apenas cubierta por una tirita que ya se estaba despegando.
Vio la tierra seca bajo las uñas. Y entendió, una vez más, que aquella mujer había corrido por ella sin zapatos, sin abrigo, sin pensarlo.
Bajó la mirada. No dijo nada. Pero algo en el pecho se le apretó de una forma que no supo nombrar.
Cuando llegaron al pazo, Aine aparcó bajo el castaño.
Bajó del coche, dio la vuelta y le abrió la puerta a María.
Subieron los tres escalones de piedra de la entrada.
Aine abrió la puerta y la guió directamente hacia las escaleras.
María se detuvo en el recibidor.
—Aine, yo debería ir al coche. Recoger mis cosas.
Aine la miró. No había enfado en sus ojos. Tampoco pena. Solo una firmeza tranquila.
—Hasta que te recuperes, te quedarás aquí. Y en esto no voy a ceder, María.
María abrió la boca para protestar. Para decir que no quería molestar, que no era necesario, que ya estaba mejor. Aine levantó una mano, despacio.
—Esto no se discute, María.
María cerró la boca. Estaba demasiado cansada para pelear. Y, en el fondo, una parte de ella sabía que Aine tenía razón. Asintió.
—Vale.
Aine la acompañó hasta la habitación de invitados. Las sábanas estaban limpias, recién cambiadas. Olían a lavanda. Aine dejó la bolsa sobre la silla y se acercó a la ventana para abrir un poco las cortinas.
—Descansa. Ahora voy a prepararte algo ligero para comer.
María se sentó en el borde de la cama. Miró sus manos. Todavía tenía la marca de la vía del suero en el dorso, un pequeño morado que empezaba a ponerse amarillo.
—Gracias, Aine.
Aine se detuvo en la puerta. La miró un segundo. Y sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, de esas que no llegan a hacer ruido pero que lo dicen todo.
—No me las des.
Salió y cerró la puerta con suavidad.
Tardó tres días en volver a sentirse bien del todo.
El primer día lo pasó casi entero en la cama.
Durmiendo. Despertando. Volviendo a dormir.
Aine le subía un caldo a mediodía y una infusión por la noche.
Le llevaba la comida y se aseguraba de que comiera algo.
Le preguntaba si quería más, si se encontraba mejor, si necesitaba cualquier cosa.
No se quedaba demasiado tiempo, pero tampoco se marchaba sin asegurarse de que María estuviera bien.
El segundo día, María se levantó. Bajó las escaleras agarrándose a la barandilla.
Se sentó en el sofá del salón y se quedó mirando por la ventana.
Desde allí se veía el jardín, el camino de tierra, y más abajo, el coche aparcado bajo el castaño.
Vacío. Con las ventanillas cerradas y la manta doblada en el asiento trasero.
Lo miró un rato largo. Y sintió algo que no esperaba.
No fue alivio. Fue una especie de despedida silenciosa, como si aquel coche, que había sido su casa durante semanas, empezara a quedarse atrás.
Aine pasó por el salón con una taza de café en la mano. Vio a María mirando por la ventana y se detuvo un instante.
—¿Estás bien?
María asintió.
Aine dejó la taza sobre la mesa, junto a ella, y le rozó el hombro al pasar antes de volver a la cocina.
El tercer día, María bajó a la cocina antes de que Aine se despertara. Encontró el café, las tazas y el pan. Preparó las tostadas, calentó la leche y lo dejó todo en la mesa. Cuando Aine apareció en la puerta, se detuvo. Miró la mesa puesta. El vapor subiendo de las tazas. El pan en el plato.
—No tenías que hacer esto —dijo con suavidad.
María se encogió de hombros.
—Quería hacerlo.
Aine asintió. Se sentó y cogió su taza. Durante un rato, solo se escuchó el sonido del café y el rumor del mar. Cuando terminaron, Aine no se levantó para recoger como otras veces. Se quedó sentada, con las manos alrededor de la taza vacía, mirando a María.
—Hay algo que llevo días pensando —dijo al fin—. Y quiero que me escuches antes de responder nada.
María la miró. Aine respiró hondo.
—La biblioteca lleva años esperando a alguien. Cientos de libros sin catalogar, cajas con papeles de la época de mi abuela que nunca he podido ordenar sola. Necesito a alguien que sepa mirar los libros como los miras tú. Alguien con paciencia, con cuidado. Y estoy dispuesta a pagar por ese trabajo.
María abrió la boca para responder, pero Aine la detuvo con un gesto.
—No he terminado. El trato sería este. Trabajo en la biblioteca, cuatro horas al día por las mañanas, o por las tardes como te venga bien.
Con un sueldo, como cualquier otro empleo.
Y, además, mientras trabajes para mí, la habitación de invitados es tuya, y las comidas también.
No es caridad, María. Es parte del acuerdo.
María no respondió enseguida. Sintió el impulso antiguo de decir que no, de no aceptar nada que pudiera parecer limosna. Pero esta vez la oferta tenía una forma distinta. No era una mano abierta esperando a que ella cayera. Era una puerta, con un trabajo detrás, con un valor real.
—Solo te pido una cosa —añadió Aine—. Que descanses cuando lo necesites. Que comas. Que no vuelvas a hacer contigo lo que has hecho estas semanas.
María la miró a los ojos.
—Eso no es una condición laboral.
—Es la única que me importa.
María bajó la vista hacia la mesa. Pensó en los currículums intactos dentro de la carpeta, en las puertas cerradas del pueblo, en el dinero que ya no existía. Y pensó también en la biblioteca del pazo.
—Acepto —dijo.
Aine asintió con un gesto pequeño. Como si acabaran de acordar el tiempo que haría por la tarde. Pero algo en la cocina cambió de sitio, sin ruido.
Aquella noche, María subió a la habitación de invitados y se sentó en el borde de la cama.
No encendió la luz. Se quedó mirando las sábanas, la colcha de lino, el pequeño jarrón con flores secas.
Todo estaba igual que siempre. Y, sin embargo, algo era distinto.
Ya no era una habitación prestada. Era un lugar donde iba a dormir mientras trabajaba.
Mientras construía un trozo de futuro. Se metió en la cama, cerró los ojos, escuchó el mar.
Y por primera vez en mucho tiempo, no hizo cuentas.
El primer día de trabajo empezó con la luz de la mañana entrando por la ventana de la biblioteca.
María se quedó un momento de pie frente a la estantería principal, sin saber por dónde empezar.
Había cientos de libros, algunos con los títulos borrados por el tiempo, otros con las páginas amarillentas.
El aire olía a madera, a tinta vieja. Aine apareció en la puerta con una taza de café en la mano y se quedó un momento apoyada en el marco, observándola en silencio.
—El orden puede ser el que tú decidas —dijo.
María se volvió hacia ella.
—¿El que yo decida?
—Es tu trabajo. Tú eres quien va a conocerlos mejor que nadie.
María asintió. Cogió el primer libro de la estantería más cercana a la ventana.
Un volumen pequeño, de tapas azules, con el lomo gastado.
Lo abrió con cuidado. Las páginas crujieron suavemente.
Anotó el título en el cuaderno de tapas blancas.
Comprobó el estado de las hojas. Lo colocó en su sitio. Y luego otro. Y otro.
A veces, mientras trabajaba, alzaba la vista y veía a Aine en el jardín, arrancando malas hierbas, o sentada en el salón leyendo.
No había necesidad de hablar. Los silencios se volvían cada vez más naturales.
Una tarde, al terminar su jornada, María encontró un sobre sobre la mesa de la cocina.
Dentro había una pequeña cantidad de dinero en billetes.
Y una nota escrita con la letra serena de Aine: "Tu primer sueldo. No es mucho, pero es tuyo."
María lo sostuvo entre las manos durante un buen rato.
No era el dinero lo que la emocionaba. Era el hecho de que aquel gesto existiera.
De que Aine lo hubiera dejado allí sin hacer ningún comentario.
Era la prueba de que aquel trato era real, de que su trabajo tenía un valor.
Sacó los billetes, los contó, los guardó. No era mucho. Pero era suyo.
Y fue con aquel sobre en las manos que hizo algo que llevaba semanas posponiendo.
Subió a la habitación, abrió el portátil y entró en la página de la universidad.
Rellenó el formulario de matrícula despacio, comprobando cada dato dos veces.
Cuando llegó el momento de pagar la primera cuota, contó el dinero del sobre, apartó lo que necesitaría para las semanas siguientes y abonó el resto.
Abrió su libreta, anotó la fecha, apuntó la cantidad pagada y, debajo, con letra pequeña, lo que quedaría pendiente para el mes siguiente.
Quizá no alcanzaba para todo de una vez, pero por primera vez el dinero no era solo algo que se acababa. Era también algo que ella ganaba.
Cuando el trámite quedó confirmado y apareció en la pantalla su nombre junto a la palabra "matriculada", María se quedó unos segundos mirando la pantalla.
Sintió un alivio que le apretó el pecho.
Como si acabara de recuperar una parte de sí misma que daba por perdida.
Aquella noche, durante la cena, se lo contó a Aine.
—Me he matriculado —dijo, y la voz le tembló un poco—. He pagado la primera cuota. Y he apuntado lo que falta para la siguiente.
Aine dejó el tenedor sobre el plato. La miró a los ojos. No dijo nada grandilocuente. Solo sonrió con esa calma suya que lo sostenía todo.
—Me alegro mucho, María.
María bajó la mirada, sonriendo también.
No era orgullo lo que sentía. Era algo más parecido al alivio de quien vuelve a tener un futuro.
Esa noche, antes de dormir, se acercó a la ventana y miró hacia el mar.
La luna se reflejaba en la superficie del agua.
Todo estaba quieto. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no tenía que decidirlo todo de una vez.
Podía quedarse. Podía esperar. Podía dejar que los días, uno tras otro, hicieran el resto.