Capítulo 24 Los pies descalzos
Aine miró el reloj de la cocina. Las ocho y veinte.
María no estaba.
No era extraño que llegara tarde. El pueblo de al lado quedaba a casi una hora andando, y la vuelta, con el sol cayendo y las piernas cansadas, siempre llevaba un poco más.
Aine lo sabía. Conocía sus horarios. Sabía que salía después del mediodía, que pasaba por el bar de Carmen si podía, que volvía cuando la luz empezaba a perder fuerza.
Pero hoy habían quedado. A las ocho iban a llamar a Eva.
Aine había puesto dos tazas en la mesa. El teléfono cargando junto a la ventana.
Una tortilla en la sartén, tapada con un paño.
Y después cenar. Las dos. Con la ventana abierta y el ruido del mar entrando entre los árboles.
Las ocho y veinticinco.
Aine removió la tortilla con la espátula. Apagó el fuego. Se secó las manos en el delantal y miró por la ventana. El camino de tierra estaba vacío. El sol ya estaba bajo, tiñendo los eucaliptos de naranja.
Las ocho y media.
Se quitó el delantal y lo dejó sobre la silla. Se acercó a la ventana otra vez. El camino seguía vacío. Sintió algo en el estómago. No era preocupación todavía. Solo una inquietud pequeña, un pinchazo que no sabía cómo nombrar. María siempre volvía antes de las ocho y media.
Las ocho y cuarenta.
Cogió las llaves del coche del gancho de la pared y la chaqueta del respaldo de la silla. Se detuvo un segundo en la puerta, mirando el camino una última vez. Nada. Iba a abrir, iba a coger el coche y bajar por la carretera hasta el pueblo de al lado. Y entonces la vio.
Apareció entre los eucaliptos. Lejos todavía. Caminando despacio. Demasiado despacio. Con los hombros caídos y la cabeza inclinada hacia delante, como si cada paso le costara más que el anterior.
Dejó las llaves sobre la mesa.
María seguía subiendo. Lenta. Muy lenta. Con la carpeta bajo el brazo, la mochila colgando de un hombro. El sol le daba de lleno en la cara, los ojos entrecerrados, los labios secos, la camiseta demasiado suelta.
El sendero se abría frente al pazo. Ya casi estaba, solo unos pasos. María se paró, se tambaleó y cayó.
La carpeta se abrió contra el suelo, los folios se desparramaron, la mochila se deslizó del hombro. Aine corrió.
No pensó en los zapatos. No pensó en nada. Solo corrió por el sendero con los pies descalzos golpeando la grava, con la respiración cortada, con una piedra abriéndole la planta del pie derecho que no sintió hasta mucho después.
Se arrodilló junto a ella. Le giró la cara con las manos. Las manos le temblaban de una forma que no podía controlar.
Solo su nombre. Dicho bajo, roto, con una voz que no reconoció como suya.
María no respondió. Le tocó la mejilla. Estaba fría.
Le cogió la mano. Los dedos apenas se movieron entre los suyos.
Buscó el pulso en el cuello. Tardó un segundo en encontrarlo.
Estaba. Débil, pero estaba. Soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Cerró los ojos un instante. Los abrió. Le apartó el pelo de la frente con los dedos.
Le temblaban. No podía hacer que dejaran de temblar.
—María.
—Estoy aquí —dijo, y la voz le salió apenas un hilo—. Estoy aquí. No te muevas.
María abrió los ojos. Solo un poco. Las pupilas desenfocadas. Intentó decir algo, pero no salió nada. Los labios se movieron, pero no salió ningún sonido. Le apretó la mano, lo suficiente para que supiera que estaba ahí.
—No hables. Voy a llamar. Vuelvo enseguida. ¿Me oyes? Vuelvo enseguida.
La dejó en el suelo con una delicadeza que le dolía en las manos. Le puso la chaqueta doblada bajo la cabeza. Se levantó. Las piernas le temblaron. Se apoyó un segundo en el tronco del eucalipto más cercano y corrió de vuelta al pazo.
Los pies descalzos sobre la grava, la sangre de la herida dejando marcas en la tierra, el aliento quemándole los pulmones. Entró en la cocina. El teléfono estaba en la encimera. Lo cogió. Marcó el 061. Le contestaron.
—Necesito una ambulancia. Pazo de Carragueiros. Una chica joven, se ha desmayado, no responde.
Hizo una pausa. Apretó el teléfono contra la oreja. La voz le temblaba. Tuvo que apretar la mandíbula para conseguir hablar sin que le temblara la voz.zd++
—Vengan rápido. Por favor.
Colgó. Se quedó un segundo con las manos apoyadas en la mesa, respirando, con el corazón golpeándole las costillas. Después salió y corrió de vuelta.
María seguía en el suelo, con los ojos medio abiertos, mirando el cielo entre las ramas sin ver nada. Aine se arrodilló junto a ella. Le cogió la mano. La sostuvo entre las suyas. Los dedos de María estaban fríos. Muy fríos. Aine los rodeó con los suyos y los apretó, intentando pasarle calor.
—Estoy aquí —dijo, con la voz baja y rota—. La ambulancia viene. Estoy aquí.
María apretó los dedos. Apenas. Un movimiento mínimo.
Aine lo sintió como un terremoto. Cerró los ojos.
El ardor detrás de los párpados volvió, más fuerte.
Tuvo que tragar saliva dos veces para que no le subiera a la garganta.
No sabía qué era aquello. No sabía por qué le dolía tanto en el pecho, por qué le costaba respirar, por qué la imagen de María en el suelo le había arrancado algo que llevaba dieciocho años enterrado.
Solo sabía que no podía soltarle la mano.
La ambulancia llegó en once minutos. Escuchó la sirena antes de verla, un sonido lejano creciendo entre los árboles.
El vehículo blanco apareció al final del camino.
Aine se puso de pie. Les hizo señas con los brazos.
El pelo revuelto, los pies descalzos, la herida en la planta todavía sangrando.
Los sanitarios bajaron, se arrodillaron junto a María, le tomaron la tensión, le miraron las pupilas.
Le preguntaron cosas que María respondía con un hilo de voz.
Aine estaba de pie, a un paso, con los brazos cruzados sobre el pecho y los dedos clavados en la tela de la camiseta.
No lloraba. No iba a llorar. Pero los ojos le brillaban, la mandíbula le temblaba, y sentía que si abría la boca iba a salir algo que no iba a poder controlar.
La subieron a la camilla, la metieron en la ambulancia.
Aine subió detrás. Se sentó en el banco lateral, cogió la mano de María y no la soltó durante todo el trayecto.
En el hospital, la llevaron a urgencias. Una enfermera le puso una mano en el brazo.
—Tiene que esperar fuera.
Aine soltó la mano de María. Despacio, dedo a dedo, como si le costara, como si soltarla fuera una traición.
Se sentó en una silla con los pies descalzos, sucios de tierra, con la herida en la planta que ya no sangraba, con las manos en el regazo.
Esperó. El pasillo estaba lleno de ruidos, pitidos, voces.
Aine no escuchaba nada. Solo miraba la puerta por la que habían llevado a María.
Y pensaba: lo vi. Lo vi todo. La camiseta suelta, las ojeras, la pausa antes de coger la cuchara. Lo vi todo y no dije nada.
El médico salió una hora después. Un hombre de unos cuarenta años, con ojeras y las manos en los bolsillos de la bata. Aine se puso de pie antes de que él dijera nada.
—Es la chica del sendero.
El médico asintió.
—Anemia. Desnutrición. Deshidratación. Tensión muy baja.
Hizo una pausa. Miró a Aine.
—Esto no es de esta semana. Lleva tiempo sin alimentarse como debería. Semanas. Quizás más. El cuerpo ha llegado a un límite que llevaba días anunciando.
Aine asintió. No dijo nada. Pero sintió que algo se le hundía en el estómago, frío y definitivo. Semanas. María llevaba semanas así. Caminando dos horas al día, durmiendo en un coche, sonriendo, diciendo "estoy bien". Y Aine lo había visto todo. Y no había dicho nada.
—¿Puedo verla? —preguntó.
—Está dormida. Le hemos puesto suero y vitaminas.
Aine asintió.
—¿Puedo estar con ella?
—Sí. Puede pasar.
Aine entró en la habitación y se sentó junto a la cama. Se quedó mirando a María mientras dormía.
María abrió los ojos al caer la tarde. La luz entraba gris por la ventana.
Aine estaba en la silla de al lado, con los pies descalzos todavía sucios y una taza de café frío entre las manos que no había bebido.
María giró la cabeza, la miró. Y Aine, en cuanto vio que tenía los ojos abiertos, dejó la taza en la mesilla, se inclinó hacia ella, le cogió la mano y la apretó despacio.
—Hola —dijo, con la voz ronca, cansada, rota.
María parpadeó. Miró el techo, miró la vía en su brazo, miró a Aine.
—¿Qué ha pasado?
Aine no respondió enseguida. Se quedó mirándola con los ojos brillantes y la mandíbula apretada. Tragó saliva.
—Te has desmayado en el camino, casi llegando. Te he traído al hospital. Anemia, desnutrición, deshidratación.
Hizo una pausa. Le apretó la mano un poco más.
—Llevas semanas así, María. Semanas.
No lo dijo como un reproche. Lo dijo como quien suelta un peso que lleva demasiado tiempo cargando, con la voz baja, con los ojos húmedos. María bajó la mirada. No dijo nada.
Aine no la soltó. Le pasó el pulgar por el dorso de la mano, despacio, un gesto pequeño que no significaba nada y lo significaba todo.
—Estoy aquí —dijo, y la voz le tembló en la última palabra—. No te dejaré sola.
María la miró. Vio los pies descalzos, la tierra en las manos, la herida en la planta.
Y entendió que Aine había corrido, que había cruzado el sendero sin zapatos, que se había arrodillado en la tierra, que le había sostenido la cabeza.
Sintió algo en el pecho, algo caliente que dolía y aliviaba al mismo tiempo.
Apretó la mano de Aine, despacio, solo lo suficiente para que supiera que estaba ahí.
Aine cerró los ojos un instante. Los abrió. Y por un segundo, solo un segundo, María vio algo en su cara que no supo nombrar. Algo que se parecía al miedo, al alivio, y a otra cosa que todavía no tenía nombre. Cerró los ojos. Y Aine se quedó, con la mano entre las suyas, sin soltarla.
En Carragueiros, Carmen estaba secando vasos cuando escuchó la sirena.
Salió a la puerta. Vio la ambulancia pasar por la carretera, hacia el camino de tierra, hacia el pazo.
Se quedó con el trapo en la mano, mirando las luces rojas alejarse.
Sintió un frío en el estómago que no supo explicar.
Al día siguiente, bajó al camino de tierra.
El coche de María estaba bajo el castaño, con las ventanillas cerradas y la manta doblada en el asiento trasero.
Pero María no estaba. Carmen miró hacia la fachada del pazo, las ventanas cerradas, sin movimiento.
Se quedó un momento ahí, con las manos en los bolsillos del delantal, mirando el coche vacío.
Y supo. No necesitó que nadie se lo dijera.
No subió a preguntar. Solo se dio la vuelta y volvió al bar.