Donde empieza el horizonte Capítulo 22 Tres mujeres
45%

Capítulo 22 Tres mujeres

La tarde siguiente encontró a María sentada en el asiento del conductor, con el portátil sobre las rodillas y la luz del atardecer entrando por la ventanilla.

El formulario de la universidad seguía abierto en una pestaña, aunque llevaba un rato sin tocarlo.

No porque no supiera qué rellenar, sino porque la cabeza le pedía una pausa.

Desde fuera llegaba el sonido del mar, amortiguado por los árboles, y más cerca, el rumor de Aine moviéndose por la cocina del pazo.

El tintineo de una taza contra el plato.

El grifo abriéndose y cerrándose. Sonidos pequeños, cotidianos, que llegaban hasta el coche y llenaban la tarde de una presencia tranquila.

El coche estaba aparcado bajo el castaño, junto al muro lateral. Si Aine miraba por la ventana, sabría que seguía ahí.

María miró el reloj en la esquina de la pantalla.

En Boston serían las diez de la mañana. Eva llevaba días insistiéndole en que la llamara a esa hora.

Llevaba dos días posponiendo la llamada, no porque no quisiera hablar con Eva, sino porque cada vez que pensaba en hacerlo sentía un nudo pequeño en el estómago.

Pero sabía que Eva no necesitaba un discurso.

Solo necesitaba verla, escucharla, saber que estaba bien.

Abrió la aplicación de videollamadas y buscó el nombre de Eva. La imagen de su amiga apareció en la pantalla: una foto tomada en la playa de Carragueiros hacía dos veranos, las dos riéndose con el pelo revuelto por el viento. La miró un segundo antes de pulsar el botón de llamar.

El tono sonó tres veces. Cuatro. Y entonces la cara de Eva apareció en la pantalla, con el pelo recogido de cualquier manera, una taza de café en la mano y esa expresión suya que mezclaba el alivio de verla con la preocupación que no terminaba de irse.

—Hola —dijo Eva, con una sonrisa que intentaba ser ligera—. Ya pensaba que no llamabas.

—¿Cómo no te voy a llamar? —respondió María.

—Ayer no me llamaste.

—Ayer estaba liada con el formulario.

—Ya, un formulario, disculpas baratas.

María sonrió. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le tomaba el pelo con esa naturalidad.

—No tengo excusa. Solo estaba en el coche mirando el mar.

Eva se acercó un poco más a la cámara, entrecerrando los ojos.

—¿Estás bien?

—Sí. De verdad.

Eva la miró un segundo más. Buscó en su cara el rastro de la chica que le había escrito aquel mensaje roto. Pero encontró otra cosa: una María más delgada, con las ojeras todavía marcadas, pero con una calma que no había visto antes.

—Vale —dijo Eva al fin—. Cuéntame.

María le contó. El formulario, la casilla de circunstancias personales excepcionales, la dirección del pazo que Aine le había dejado usar.

Le contó que había bajado al pueblo a dejar currículums, que Carmen no podía contratarla, pero le había ofrecido comida y un sitio donde cargar el portátil.

Le contó que seguía durmiendo en el coche, pero que Aine le había pedido que lo aparcara bajo su ventana para saber que estaba bien. Eva escuchaba sin interrumpir.

—¿Y cómo estás, de verdad? —preguntó cuando María terminó.

María pensó un momento.

—Estoy tranquila. No sé cuánto va a durar, pero ahora mismo estoy tranquila.

Eva asintió despacio.

—Me alegro. De verdad.

Hubo un silencio corto, cómodo. María miró hacia la fachada del pazo, donde la luz de la cocina se filtraba por la ventana. A través del cristal, alcanzaba a ver la silueta de Aine moviéndose entre la encimera y el fogón.

—Eva —dijo María—. Hay alguien que quiero presentarte.

Eva levantó las cejas.

—¿Sí?

María abrió la puerta del coche y se bajó con el portátil en la mano. Cruzó el jardín, subió los escalones de la entrada y llamó con los nudillos a la puerta de la cocina. Aine apareció con el paño en la mano y una expresión de curiosidad.

—Eva está en la pantalla —dijo María, levantando ligeramente el portátil—. ¿Puedes saludarla un momento?

Aine asintió sin dudar. María se sentó en el borde de la silla más cercana y giró el portátil hacia ella.

—Eva, esta es Aine —dijo.

Aine se inclinó un poco hacia la pantalla, con una sonrisa tranquila.

—Hola, Eva —dijo—. María me ha hablado mucho de ti.

Eva sonrió. No era una sonrisa de cortesía. Era sincera.

—Hola, Aine. Y ella de ti.

Se miraron un segundo a través de la pantalla. Dos mujeres separadas por un océano que, sin embargo, compartían la misma forma de querer a María.

—Quería darte las gracias —dijo Eva—. Por estar pendiente de ella.

Aine negó despacio con la cabeza.

—María no necesita que nadie esté pendiente de ella. Sabe cuidarse sola.

Eva sonrió.

—Sí. Siempre ha sido así. Y por eso mismo necesita a alguien que le recuerde que no tiene que hacerlo todo sola.

Aine miró a María. María miró la pantalla. En ese cruce de miradas, breve, casi imperceptible, algo pasó. Aine mirando a María como si la estuviera viendo de verdad. María, sintiendo esa mirada, bajó los ojos y sonrió sin saber muy bien por qué.

Eva lo vio. Vio la mirada de Aine. Vio la sonrisa de María. No dijo nada.

—Aine —dijo Eva entonces—. Tengo una cosa que pedirte.

—Dime.

—María no tiene móvil. Se le cayó al mar. Si algún día no está en el pazo y no tiene wifi, no hay forma de localizarla. ¿Te importaría darme tu número de teléfono? Así, si algún día necesito hablar con ella y no la encuentro, puedo llamarte a ti.

Aine no dudó.

—Claro.

Se acercó un poco más a la pantalla y dictó su número despacio. Eva lo anotó en un papel.

—Gracias, Aine. De verdad.

—No me las des. Si algún día necesitas hablar conmigo sobre María, llámame. No hace falta que sea una emergencia.

Eva asintió. Guardó el papel.

—Pues nada, que sepas que ahora tienes mi número y yo el tuyo. Así que, si algún día María te da un disgusto, me llamas y lo resolvemos entre las dos.

Aine sonrió.

—Lo tendré en cuenta.

María soltó una risa pequeña.

—Estoy aquí, ¿eh? Que no soy un mueble.

—Tú cállate —dijo Eva, y las tres rieron. Una risa corta, sencilla, pero real.

Cuando se despidieron, Eva le recordó que la llamaría al día siguiente. María asintió. La pantalla se quedó en negro.

Cerró el portátil despacio y se quedó un momento con las manos sobre la tapa. Sentía algo en el pecho que no supo nombrar. No era gratitud. No era alivio. Era la sensación de que alguien, desde muy lejos, había mirado su vida y había dicho: está bien.

Aine seguía de pie junto a la mesa, con el paño todavía en la mano.

—¿Estás bien? —preguntó.

María levantó la vista hacia ella. Y por un segundo, solo un segundo, se miraron. No fue una mirada larga. No fue una mirada cargada de significado. Fue solo eso: dos personas que se miran después de una risa compartida.

—Sí —dijo María—. Estoy bien.

Aine asintió. Dejó el paño sobre el respaldo de la silla y volvió a la cocina, donde el agua del grifo volvió a sonar.

María cerró el portátil y lo dejó sobre la mesa. Se levantó, estiró las piernas y caminó hasta el fregadero.

Aine estaba de espaldas, secando una taza. No se giró al escuchar sus pasos, pero movió ligeramente la cabeza, lo justo para saber que estaba ahí.

María cogió un trapo del gancho y empezó a secar los cubiertos del escurridor. No hablaron. El agua corría, la porcelana tintineaba, y la luz de la tarde se iba apagando despacio.

Cuando terminaron, Aine apagó el grifo. Se secó las manos en el delantal y miró a María.

—¿Te apetece una tortilla para cenar?

María sonrió.

—Sí.

Aine asintió y abrió la nevera. María se sentó a la mesa, apoyó los codos sobre la madera y se quedó mirando cómo Aine sacaba huevos y una cebolla. Afuera, el viento movía las ramas de los eucaliptos y la luz se iba volviendo más naranja, más densa.

Cenaron juntas, en silencio, con la ventana abierta y el rumor del mar entrando. Cuando terminaron, María recogió los platos y los dejó en el fregadero. Se secó las manos en el pantalón.

—Me voy —dijo.

Aine asintió. No le pidió que se quedara. No le ofreció la habitación. Solo la miró con esa calma suya.

—Mañana te espero para desayunar —dijo.

María sonrió.

—Vale.

Salió por la puerta trasera y cruzó el jardín.

El aire de la noche era fresco y olía a sal.

El coche la esperaba bajo el castaño, con las ventanillas empañadas y la manta doblada en el asiento trasero.

Abrió la puerta, se sentó al volante y se quedó un momento mirando la ventana iluminada de la cocina.

A través del cristal, alcanzó a ver la silueta de Aine moviéndose junto al fogón.

Apoyó la cabeza en el reposacabezas y cerró los ojos. El sonido del mar llenaba el coche como una respiración constante. Y por primera vez en mucho tiempo, la noche no le pesaba.