Capítulo 21 El sonido de las tijeras
Abrió los ojos y el sonido de las tijeras seguía ahí, constante, rítmico, como si Aine llevara toda la tarde cortando lavanda sin prisa por terminar.
La luz del salón había cambiado. Ya no era la luz dorada de media tarde, sino esa claridad más suave y cansada que anuncia que el día empieza a retirarse.
Miró el reloj del portátil. Las siete y media.
Se había quedado un rato más de lo que pensaba, con la espalda apoyada en el sofá y los ojos cerrados, escuchando el mar y las tijeras sin pensar en nada concreto.
Cerró el portátil, lo metió en la mochila y se levantó despacio.
El cuerpo le pesaba un poco, no de cansancio exactamente, sino de esa quietud que se acumula cuando uno lleva demasiado rato sin moverse.
Se estiró, se ajustó la chaqueta y caminó hacia la puerta trasera de la cocina, que seguía abierta.
Aine estaba agachada junto al muro de piedra, con las tijeras en una mano y un puñado de ramas de lavanda en la otra. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo del que se escapaban algunos mechones, y tenía las manos manchadas de tierra y de verde. No parecía tener prisa por terminar.
Se quedó un momento en el umbral, mirándola. No quería interrumpirla, pero tampoco quería irse sin decir nada.
—Aine.
Ella levantó la cabeza y la miró. Tenía una pequeña mancha de tierra en la mejilla y una sonrisa tranquila en los labios.
—¿Ya te vas?
—Sí. Se está haciendo tarde.
Aine asintió despacio. Se limpió las manos en el delantal y se puso de pie, dejando las tijeras sobre el muro.
—¿Has terminado con el formulario?
—La primera página. Mañana sigo.
—Bien. Si necesitas el wifi o el enchufe, ya sabes dónde están.
María asintió. Se quedaron un momento así, una frente a la otra, con la luz del atardecer cayendo sobre el jardín y el olor a lavanda recién cortada flotando entre las dos.
—Buenas noches, Aine.
—Buenas noches, María.
Aine la miró un segundo más de lo necesario. No dijo nada más. Solo asintió y volvió a agacharse junto al muro. María la observó un instante, esa figura tranquila con las manos en la tierra, y luego se dio la vuelta y caminó hacia el coche.
El sol ya estaba bajo y el aire traía ese frescor húmedo que en Carragueiros aparecía siempre al caer la tarde.
Caminó despacio hasta el coche, aparcado bajo el castaño junto al muro lateral.
Abrió la puerta, se sentó al volante y se quedó un momento con las manos sobre el volante, mirando la fachada trasera del pazo.
Desde allí se veía la ventana de la cocina, con la luz encendida, y más arriba, la ventana del dormitorio de Aine, todavía a oscuras. Pensó en todas las noches anteriores, aparcada en cualquier cuneta. Aquí, al menos, si Aine miraba por la ventana, vería el coche.
Se recostó en el asiento y cerró los ojos un momento. El sonido de las tijeras seguía llegando, lejano, mezclado con el rumor del mar. No pensó en mañana. No pensó en el dinero. Solo escuchó y se dejó estar.
La mañana siguiente llegó con esa luz gris y limpia que en Galicia no es amenaza.
María se despertó con el cuello un poco rígido y el fresco del amanecer pegado a la piel.
Se incorporó, dobló la manta con la misma rutina de todas las mañanas y se aseó lo mejor que pudo.
Se recogió el pelo, se puso la chaqueta y cogió la mochila con el portátil y la carpeta donde guardaba los pocos currículums que había imprimido la noche anterior.
Caminó hasta la puerta trasera del pazo y llamó con los nudillos. No tuvo que esperar mucho. Aine abrió con una taza en la mano y el pelo ligeramente revuelto.
—Buenos días.
—Buenos días. Hoy voy a bajar al pueblo a dejar currículums.
Aine asintió con esa calma suya que nunca parecía sorprendida por nada.
—¿Has desayunado?
—Todavía no.
—Pues siéntate. El café está recién hecho.
Dejó la mochila junto a la puerta y se sentó a la mesa mientras Aine le servía una taza y ponía un trozo de pan tostado en un plato.
No hubo más palabras que las necesarias.
Aine simplemente le puso el desayuno delante y se sentó al otro lado de la mesa con su propia taza.
Durante unos minutos compartieron ese silencio tranquilo que ya se había vuelto una costumbre.
María comió despacio, saboreando el pan con mantequilla y el café fuerte.
Cuando terminó, dejó la taza en el fregadero y enchufó el portátil junto a la ventana para que se cargara mientras estaba fuera.
—Si necesitas algo cuando vuelvas, aquí estoy —dijo Aine sin levantar la vista de su taza.
María asintió, cogió la mochila y salió por la puerta.
El camino de tierra que bajaba hacia el pueblo estaba todavía blando por el rocío de la noche, y el aire olía a eucalipto mojado y a sal.
Caminó despacio, con la carpeta bajo el brazo y la cabeza ordenando lo que iba a decir.
No estaba nerviosa exactamente. Estaba decidida.
El pueblo estaba despertando con esa lentitud que tenía Carragueiros en las mañanas de entre semana.
El bar de Carmen estaba en la plaza, con las macetas de geranios rojos en la entrada y la puerta abierta de par en par.
Empujó la puerta y la campanilla sonó con ese tintineo suave que ya le resultaba familiar.
Dentro había tres hombres mayores en una mesa del fondo y Carmen estaba detrás de la barra secando unos vasos.
Levantó la vista al escuchar la campanilla y sonrió al verla.
—Buenos días, muchacha. ¿El café de siempre?
—Buenos días, Carmen. Sí, ponme un café.
Se sentó en la mesa de siempre, la que estaba cerca del enchufe. Carmen le llevó la taza humeante y la dejó sobre la mesa. María bebió un sorbo y dejó que el calor le bajara por la garganta antes de hablar.
—Carmen, quería preguntarte una cosa.
Carmen dejó el trapo sobre la barra y se acercó a la mesa, apoyando una mano en el respaldo de la silla de enfrente.
—Dime.
María dejó la taza sobre la mesa y la miró a los ojos.
—¿Necesitas a alguien para trabajar aquí? Lo que sea. Camarera, fregar, limpiar, recoger mesas. Lo que haga falta.
Carmen no respondió enseguida. Se quedó mirándola unos segundos, y en su expresión no hubo sorpresa ni lástima, solo una tristeza tranquila. Se pasó una mano por el moño bajo y suspiró despacio.
—María, si pudiera decirte que sí, te lo diría ahora mismo.
María asintió sin bajar la mirada. Sabía que era una posibilidad, no una certeza.
—El bar apenas da para pagar las facturas —continuó Carmen—.
El invierno fue muy duro, y aunque ahora con el verano entra algo más de gente, tengo los números tan justos que hay meses que me pregunto si voy a poder seguir abriendo.
Si te contratara, no tendría para pagarte un sueldo digno, y no quiero tener a alguien trabajando por cuatro duros. No sería justo para ti.
María asintió de nuevo. Entendía perfectamente lo que Carmen le estaba diciendo.
—Lo entiendo, Carmen. De verdad. Tenía que preguntarlo.
Carmen la miró un momento más, y luego se sentó frente a ella, apoyando los codos en la mesa.
—Pero hay una cosa que sí puedo hacer, y te la digo sin rodeos.
Aquí puedes comer cuando lo necesites. Un plato de comida, un bocadillo, lo que haya ese día.
Puedes usar el baño para asearte siempre que quieras.
Y puedes cargar el portátil y el teléfono en el enchufe de siempre, sin límite, sin preguntar.
Eso sí está en mi mano, y eso no me cuesta nada.
María la miró. No sintió vergüenza. No sintió que le estaban haciendo un favor que la hiciera más pequeña. Sintió algo más parecido a la gratitud limpia.
—Gracias, Carmen.
—No me las des. Y no me vengas con orgullos, muchacha. Si un día necesitas un plato, vienes y comes. Punto. No hay más historia.
María sonrió. Era una sonrisa pequeña pero sincera, y Carmen la devolvió con esa calidez discreta que tenía para las cosas importantes. Luego se levantó, volvió a la barra y siguió secando vasos.
María terminó el café despacio, dejó la taza en la barra y se despidió con un gesto.
Salió del bar y siguió caminando por el pueblo, dejando currículums en la panadería, en la tienda de ultramarinos, en un pequeño restaurante que estaba preparando las mesas para el mediodía.
En cada sitio la recibían con amabilidad, cogían el papel, decían que lo tendrían en cuenta.
María salía sabiendo que probablemente no la llamarían, pero sabiendo también que había hecho lo que tenía que hacer.
El sol estaba ya alto cuando emprendió el camino de vuelta al pazo.
El calor apretaba un poco y el aire traía ese olor a sal y a eucalipto que se mezclaba con el de la tierra seca del camino.
Caminaba despacio, con la mochila al hombro y la cabeza ya en lo siguiente: revisar el correo de la universidad, seguir mirando opciones, no perder el hilo de los estudios.
Cuando llegó al pazo, Aine estaba en la cocina. Entró, dejó la mochila junto a la puerta y se acercó al enchufe donde había dejado el portátil cargando. Lo desconectó, lo guardó y se sentó a la mesa.
—¿Qué tal? —preguntó Aine sin levantar la vista.
—Nada todavía.
Aine asintió. No dijo "ya saldrá". No dijo "no te preocupes".
Solo asintió y le puso un plato en la mesa.
María comió despacio, con la ventana delante y el jardín detrás, y el sonido del mar llegando amortiguado por los árboles.
No pensó en las puertas que se habían cerrado esa mañana.
No pensó en las que todavía quedaban por abrir.
Solo comió, escuchó el mar y se dejó estar.