Donde empieza el horizonte Capítulo 20 Bajo mi ventana
41%

Capítulo 20 Bajo mi ventana

Aine dejó el último plato en el escurridor y cerró el grifo. El silencio que quedó después del agua era denso, pero no incómodo. Era ese tipo de silencio que se instala entre dos personas cuando ya no necesitan llenar cada hueco con palabras.

María se secó las manos en el paño que Aine le tendió y lo dejó sobre la encimera. La cocina estaba recogida, los platos limpios, la cazuela guardada. Todo volvía a estar en su sitio, como si la comida no hubiera ocurrido, como si aquel rato compartido no hubiera dejado ninguna huella.

Pero la había dejado. Lo sentía en el estómago, lleno de algo más que comida caliente.

Sentía también algo en el pecho, una ligereza que no recordaba haber sentido desde hacía semanas.

Como si el simple acto de pelar patatas junto a otra persona hubiera aflojado un nudo que llevaba demasiado tiempo apretado.

Se quedaron un momento en la cocina, una frente a la otra, con la mesa entre las dos y la luz de la ventana dibujando rectángulos sobre la madera.

Afuera, el viento movía las ramas de los eucaliptos y el rumor del mar seguía llegando amortiguado por los árboles.

El reloj de pared marcaba las tres y cuarto.

La tarde se estiraba sin prisa, como si no tuviera ningún sitio donde ir.

Y por primera vez en mucho tiempo, María no sentía la necesidad de que la tarde terminara.

Aine se acercó a la encimera y cogió la cafetera.

—¿Quieres otro café? —preguntó, sin volverse.

María dudó un instante. No tenía prisa por irse. No había nada esperándola fuera que no pudiera esperar un poco más.

—Sí, gracias.

Aine sirvió dos tazas y dejó una frente a María. Se sentó a la mesa, frente a ella, y rodeó la taza con ambas manos. María hizo lo mismo. El calor le subía por los dedos, lento, constante. El café estaba fuerte, amargo, con ese punto de acidez que le gustaba. Lo bebió despacio.

Durante unos minutos no hablaron. Solo se escuchaba el sonido del viento contra la ventana y el tic-tac del reloj de pared.

Observó las manos de Aine alrededor de la taza: dedos largos, uñas cortas, una pequeña cicatriz en el pulgar izquierdo.

Manos que sabían hacer cosas. Que no tenían miedo de tocar la tierra, de cortar lavanda, de meterse en el agua helada.

Bajó la vista hacia su propia taza y se dio cuenta de que llevaba un buen rato sin pensar en nada concreto.

Solo en el calor de la cerámica, en el olor a café, en el sonido del viento.

Era una sensación extraña, casi desconocida.

Estar en una cocina que no era la suya, con una persona que apenas conocía, y no sentir que tenía que estar en ningún otro sitio.

Solo estar. Y en ese "solo estar" había una paz que no sabía que existía.

—¿Qué tal el guiso? —preguntó Aine de pronto, como si acabara de acordarse.

María levantó la vista.

—Estaba muy bueno.

—¿De verdad o lo dices por no quedar mal?

María sonrió. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le preguntaba algo tan cotidiano con tan poca expectativa.

—De verdad. La receta de tu abuela funciona.

Aine asintió despacio.

—Era la única que cocinaba en esta casa cuando yo era pequeña. Mi madre trabajaba fuera y mi padre no sabía ni freír un huevo. Así que la abuela se encargaba de todo. Decía que una casa sin comida caliente no era una casa, era un almacén.

María sonrió. Le gustaba escuchar a Aine hablar de su familia.

—¿Y tú aprendiste de ella?

Aine se encogió de hombros.

—Aprendí a no quemar la cocina. Lo demás vino con el tiempo.

Se quedó un momento callada, mirando la taza como si buscara algo en el fondo del café.

—Recuerdo que los domingos hacía cocido y la casa olía a garbanzos desde primera hora. Se levantaba antes que nadie, encendía el fuego y no dejaba que nadie entrara en la cocina hasta que todo estuviera listo. Decía que la comida buena necesita que la dejen en paz.

María la escuchó en silencio. Le gustaba esa imagen: la abuela de Aine cuidando de una olla como quien cuida de algo importante, sin prisa, sin que nadie la molestara. Y pensó que quizá Aine había heredado algo de esa paciencia.

Dio otro sorbo al café. Se sentía extrañamente tranquila. No era la tranquilidad de haber resuelto algo, sino la de estar en un sitio donde no tenía que resolver nada durante un rato.

—María.

La forma en que Aine dijo su nombre hizo que levantara la vista.

Aine la miró un momento, como si estuviera eligiendo las palabras. Luego señaló hacia la ventana del dormitorio, la que daba al muro lateral.

—Ya que no quieres quedarte en el pazo, aparca el coche ahí, bajo mi ventana. Así sabré que estás bien.

María parpadeó. No esperaba aquello. No era una oferta de espacio ni una explicación práctica. Era algo más simple y más difícil de rechazar: Aine quería saber que estaba ahí.

Bajó la mirada hacia su taza. Sintió esa resistencia familiar, esa voz que le decía que no podía aceptar más.

Pero también sintió otra cosa: el cansancio de decir que no a todo por orgullo.

Y debajo de eso, algo que casi no se atrevía a nombrar: que le gustaba saber que alguien iba a mirar por la ventana y ver su coche ahí.

—Está bien —dijo al fin, en voz baja.

Aine asintió, dejó la taza sobre la mesa y se levantó.

—Cuando quieras, puedes traerlo.

—Lo muevo ahora —dijo, y se levantó también.

Aine la miró un momento, como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. Solo asintió y recogió las dos tazas.

—¿Qué vas a hacer después? —preguntó Aine, mientras dejaba las tazas en el fregadero.

María entendió la pregunta. No era sobre el coche ni sobre el jardín. Era sobre lo que venía después.

—Voy a rellenar el formulario de la universidad —dijo—. Y voy a buscar trabajo.

Aine se giró y se apoyó en la encimera, cruzando los brazos.

—¿Dónde vas a buscar?

María se encogió de hombros.

—Por el pueblo. En los bares, en las tiendas. Donde haya algo.

—¿Qué tipo de trabajo?

María pensó un momento. No tenía experiencia en nada concreto. Solo pequeños trabajos de verano.

—Lo que salga. Camarera, dependienta, limpiar casas. No puedo permitirme elegir.

Aine asintió despacio.

—¿Y si no hay nada en el pueblo?

María la miró. La pregunta no tenía trampa.

—Pues buscaré más lejos. En los pueblos de al lado. No lo sé todavía.

Aine asintió.

—¿Y la universidad? —preguntó—. ¿Cuándo tienes que enviar el formulario?

—Antes de fin de mes.

Aine asintió despacio.

—¿Necesitas algo para rellenarlo?

María pensó un momento. El portátil, el wifi, un sitio tranquilo donde sentarse. Todo eso lo tenía en el pazo.

—¿Puedo usar el portátil aquí? —preguntó—. El wifi va mejor que en el coche.

Aine la miró un segundo. Luego señaló hacia el salón.

—Ponte donde quieras. El salón tiene buena luz por la tarde. No hace falta que preguntes.

María asintió. Sintió algo en el pecho que no supo nombrar. No era gratitud exactamente. Era más ligero que eso. Como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que llevaba mucho tiempo cerrada.

—Voy a mover el coche —dijo.

Aine asintió.

—Si necesitas algo, estoy por aquí.

María cogió las llaves de la mochila y salió por la puerta principal. El sol ya estaba alto y el calor apretaba. Caminó hacia el coche, que seguía aparcado frente a la fachada, y se sentó al volante. El motor arrancó a la primera.

Condujo despacio por el camino de tierra que rodeaba la casa, buscando el muro lateral que Aine le había señalado.

Lo encontró enseguida: un espacio amplio, protegido por la sombra de un castaño grande, con la tierra compactada por el paso del tiempo.

Aparcó el coche allí, junto al muro, y apagó el motor.

Se quedó un momento sentada, con las manos en el volante, mirando por el parabrisas. Desde allí se veía la carretera entre los árboles. Y detrás, la fachada trasera del pazo, con la puerta de la cocina entreabierta y la sombra de los eucaliptos cayendo sobre la pared de piedra.

No era su casa. No era su vida. Pero era un sitio donde podía estar. Pensó en todas las noches anteriores, estacionada con el motor apagado y los ojos abiertos en la oscuridad. Aquí, al menos, si Aine miraba por la ventana, vería el coche. Sabría que seguía ahí.

Bajó del coche y cerró la puerta con suavidad. Caminó de vuelta hacia la casa, sintiendo el sol en la nuca y el olor a tierra mojada que venía del jardín. No miró hacia atrás. No hacía falta. Sabía que el coche estaba ahí.

Cuando entró en la cocina, Aine no estaba.

La puerta trasera estaba abierta y desde allí llegaba el sonido de algo cortándose con tijeras.

Se acercó un momento y la vio agachada junto la fachada, recortando una rama de lavanda que se había colado entre las piedras del muro.

No la llamó. No la interrumpió. Solo se quedó un momento en el umbral, mirándola, y luego volvió al salón.

El salón era amplio, con una ventana grande que daba al jardín delantero y un sofá de tela clara junto a la chimenea apagada.

Se sentó en el sofá, sacó el portátil de la mochila y lo abrió.

El wifi se conectó solo. Abrió el formulario de la universidad y empezó a rellenarlo.

Nombre, apellidos, número de matrícula, correo electrónico.

Datos que se sabía de memoria pero que le temblaban un poco en los dedos mientras los escribía.

Como si al ponerlos ahí, en aquella pantalla, estuviera diciendo en voz alta algo que todavía no se creía del todo: que seguía. Que no se había rendido.

Rellenó la primera página despacio, comprobando cada campo. Dirección postal: puso la del pazo. Teléfono: puso el número de Aine. Situación actual: marcó la casilla que decía "circunstancias personales excepcionales". No explicó más. No hacía falta.

Se quedó un momento mirando esa casilla. Circunstancias personales excepcionales. Así llamaban a lo que le había pasado. Una frase limpia, aséptica, que no olía a nada. Pero servía. Servía para que alguien al otro lado entendiera que necesitaba una oportunidad sin tener que explicarla del todo.

Cuando terminó la primera página, guardó el formulario y cerró el portátil. Se quedó un momento mirando la ventana, el jardín delantero, el mar asomando entre los árboles.

Desde fuera llegaba el sonido de las tijeras de Aine, cortando lavanda. Un sonido rítmico, tranquilo, que se mezclaba con el canto de los pájaros y el rumor lejano del mar.

Cerró los ojos un momento. No pensó en el dinero. No pensó en el coche. No pensó en la noche anterior ni en las que vendrían. Solo escuchó el sonido de las tijeras y se dejó estar. Solo un momento. Antes de seguir.