Capítulo 19 Mirar más lejos
Cruzó el jardín del pazo con la mochila al hombro y el libro de Aine guardado dentro, protegido de la humedad de la mañana.
El camino de tierra que bajaba hacia la carretera estaba todavía blando por la lluvia de los últimos días, y el aire olía a eucalipto mojado y a sal.
El coche estaba aparcado donde siempre, frente a la fachada de piedra, con las ventanillas empañadas por el contraste de temperatura entre la noche y la mañana.
Lo había visto desde la ventana de la habitación de invitados nada más despertarse.
Llevaba dos noches durmiendo en el pazo y el coche seguía ahí, igual que todos los días, con una fina capa de rocío sobre el capó y la manta doblada en el asiento trasero.
No era un reencuentro ni un momento especial.
Era simplemente su coche, aparcado donde lo había dejado, esperando.
Pero esa mañana, al verlo, sintió algo distinto.
No era miedo. Era la sensación de que aquel coche, su única posesión, también estaba esperando.
Abrió la puerta del conductor y se sentó.
El interior estaba frío, con ese olor a tela y a plástico que se acumula cuando un coche pasa la noche a la intemperie.
Dejó la mochila en el asiento del copiloto, sacó el portátil y lo colocó sobre sus rodillas.
Luego conectó el módem USB que había comprado esa mañana en el puerto lateral del ordenador.
La lucecita parpadeó en azul, buscando señal, y María se quedó mirándola mientras el dispositivo intentaba engancharse a la red.
Un segundo. Dos. Cinco. La luz se volvió fija. Conectado.
Abrió el portátil y esperó a que el sistema arrancara.
El ventilador empezó a zumbar con ese sonido ronco de los aparatos que llevan tiempo sin usarse, y la pantalla parpadeó un par de veces antes de mostrar el escritorio.
Abrió el navegador y esperó a que cargara la página del correo de la universidad.
La conexión era lenta, inestable, pero funcionaba.
El cursor giraba en la pantalla mientras los mensajes iban apareciendo uno tras otro.
Cincuenta y tres correos.
Dejó escapar una sonrisa cansada. Empezó a recorrer la bandeja de entrada con calma.
La mayoría eran avisos del campus virtual, materiales de clase, recordatorios de prácticas y comunicaciones de la biblioteca.
También había varios correos enviados directamente por algunos docentes interesándose por trabajos pendientes.
Nada de aquello resultaba extraordinario.
La universidad había seguido su curso mientras ella luchaba por encontrar un lugar donde dormir, algo que comer y una manera de no perderlo todo de golpe.
Aquella normalidad, tan cotidiana para otros, le producía una tristeza difícil de explicar.
Como si estuviera viendo su vida desde fuera.
Siguió descendiendo por la lista sin abrir ninguno de los mensajes.
Estuvo a punto de cerrar el correo, pero un asunto consiguió detener su mano sobre el panel táctil.
Frunció ligeramente el ceño. Aquel mensaje no pertenecía a ninguna asignatura ni procedía del campus virtual.
Era una comunicación enviada por la secretaría de la facultad.
Acercó un poco más la pantalla y abrió el correo.
El asunto decía: "Información sobre modalidad a distancia para estudiantes con circunstancias excepcionales".
Fecha: hacía tres días, justo antes de que el mar se llevara su teléfono y todo lo demás.
El mensaje era una comunicación general dirigida a los estudiantes de la facultad.
Hablaba de las diferentes situaciones que podían surgir a lo largo del curso y de las alternativas académicas disponibles para aquellos alumnos que, por circunstancias personales, familiares o económicas, no pudieran continuar con normalidad.
Leyó las primeras líneas sin demasiado interés, pero a medida que avanzaba, algunas palabras comenzaron a quedarse retenidas en su mente.
Adaptación. Continuidad de estudios. Modificación de matrícula. Traslado de expediente.
María volvió a leer aquel último punto. No sabía exactamente qué significaba ni si tenía alguna posibilidad real de acogerse a algo así, pero por primera vez en varios días apareció ante ella una pregunta diferente.
Apoyó una mano sobre el teclado y permaneció unos segundos mirando la pantalla.
La idea de abandonar la Universidad de Santiago no había sido una decisión que hubiera tomado.
Simplemente había aparecido como una consecuencia inevitable de todo lo que había ocurrido.
Sin casa, sin dinero y con el coche convertido en su habitación, asistir a clases presenciales parecía cada vez más lejano.
Pero quizá no tenía que ser así.
Siguió leyendo. El correo no hablaba de su situación concreta, no conocía su historia ni podía ofrecerle una respuesta inmediata.
Solo explicaba procedimientos, plazos y posibilidades que tendría que investigar por su cuenta.
Aun así, aquellas líneas le devolvían algo que creía haber perdido: la sensación de que todavía quedaban caminos que no había visto.
Cerró los ojos durante un instante y dejó que la cabeza descansara contra el respaldo del asiento.
Había pasado los últimos días pensando únicamente en lo más urgente.
Todo lo demás había quedado enterrado bajo la necesidad de sobrevivir.
Y, sin embargo, allí estaba. La carrera. Su futuro.
Volvió a mirar la pantalla. Si existía una posibilidad, por pequeña que fuera, necesitaba conocerla.
Abrió una nueva pestaña del navegador y comenzó a buscar información con la misma mezcla de esperanza y cautela con la que había abierto aquel correo.
No tenía claro qué palabras debía escribir ni qué trámite podía servirle realmente, porque hasta hacía unos días su preocupación más grande había sido llegar a clase a tiempo, no averiguar cómo continuar una carrera cuando la vida que había tenido antes ya no existía.
Durante un rato se dedicó a leer despacio todo aquello que aparecía en la pantalla.
La información administrativa le resultaba fría, llena de términos que parecían pensados para situaciones mucho más ordenadas que la suya.
Aun así, siguió avanzando porque, por primera vez en muchos días, no estaba buscando una solución para sobrevivir únicamente esa misma jornada, sino una manera de recuperar una parte de la vida que había quedado suspendida.
Cuando encontró referencias a la posibilidad de continuar los estudios mediante una modalidad a distancia, volvió a leer varias veces la misma información.
No era una respuesta definitiva ni una puerta que se abriera de golpe, pero aquella posibilidad existía y, en ese momento, eso ya significaba mucho más de lo que esperaba encontrar.
Cerró el portátil y lo dejó a un lado. Se quedó un momento en silencio, con las manos en el volante, mirando el mar a través del parabrisas.
El sol ya estaba alto y la playa empezaba a llenarse de gente.
María los observó sin sentir envidia, sin sentir nada parecido a la rabia.
Solo una calma extraña, nueva, como si estuviera viendo el mundo desde un sitio que todavía no conocía del todo.
Un golpe suave en la ventanilla la hizo levantar la vista. Aine estaba al otro lado del cristal, con una taza en la mano y una sonrisa discreta en los labios. María abrió la puerta y Aine se agachó un poco para mirarla mejor.
—Te he traído café —dijo, tendiéndole la taza—. Antes de que se enfríe.
María la aceptó despacio, dejando que el calor del vaso le llegara a las manos.
—¿Has podido avanzar con lo que estabas mirando?
María miró el portátil sobre sus rodillas. Durante unos segundos dudó. La resistencia volvió a aparecer, esa necesidad de guardar ciertas cosas dentro de ella hasta estar segura de que no se romperían al decirlas en voz alta. Pero esta vez era diferente. Aine ya conocía una parte de su historia.
—He estado mirando lo de la universidad.
Aine asintió despacio.
—¿Y?
María respiró hondo.
—Quizá pueda seguir estudiando.
La expresión de Aine cambió ligeramente, no por sorpresa exagerada, sino por esa atención tranquila con la que siempre parecía recibir cada cosa que María le contaba.
—Eso sería importante para ti.
María bajó la mirada hacia el café. No necesitó explicar mucho más. Aine sabía que Psicología no era solamente una carrera para ella, sino una parte de la vida que había construido antes de que todo cambiara.
—He encontrado información sobre la posibilidad de continuar los estudios a distancia, pero todavía no sé si podré hacerlo ni qué tendría que hacer exactamente.
—Entonces todavía no sabes si podrás hacerlo —dijo Aine.
María negó suavemente con la cabeza.
—No.
Aine asintió despacio.
—Pero al menos sabes por dónde empezar.
María se quedó mirando unos segundos la pantalla del portátil apagada sobre sus piernas. No era una solución, pero por primera vez en varios días tenía algo parecido a un camino. Algo que no dependía de la suerte ni de la caridad de nadie.
Aine se apartó de la puerta y se quedó un momento mirando el mar, con las manos en los bolsillos del jersey.
—Ven, te invito a comer —dijo—. Puedes seguir mirando todo eso después.
María abrió la boca para responder, preparada para decir que no era necesario, pero se detuvo. Cerró el portátil con cuidado y lo guardó debajo del asiento.
—Está bien.
Aine asintió y se apartó de la puerta para dejar que María saliera del coche.
No dijeron nada más mientras caminaban hacia el pazo.
El camino se abría delante de ellas entre los árboles y el sonido del mar seguía acompañando la mañana.
María todavía no sabía cómo iba a resolver todo lo que tenía por delante, pero al menos aquel día había conseguido algo que creía haber perdido: volver a mirar un poco más lejos.
El sol ya empezaba a calentar con fuerza y el aire traía ese olor a sal que anunciaba un nuevo día de playa.
A medida que se acercaban al pazo, María podía ver la fachada de piedra entre los árboles, con las ventanas reflejando la luz de la mañana.
Subieron los escalones de la entrada en silencio.
Aine abrió la puerta y esperó a que María pasara primero.
El recibidor estaba fresco, con ese olor a madera vieja y a lavanda que parecía impregnar cada rincón del pazo.
María dejó la mochila junto a la puerta y siguió a Aine hacia la cocina.
La cocina estaba inundada por la luz que entraba a través de la ventana. Sobre la encimera descansaban una cesta con verduras recién recogidas del huerto, una hogaza de pan aún envuelta en un paño y una cazuela de barro que Aine colocó sobre los fogones.
—Siéntate —dijo Aine, señalando la mesa—. En un rato está listo.
María obedeció. Se sentó a la mesa de madera y se quedó mirando a Aine mientras movía la cazuela y sacaba platos del aparador. Cada gesto tenía un propósito, un ritmo, una calma que contagiaba.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó.
Aine levantó la vista y sonrió apenas.
—Si quieres, corta el pan. Está en la encimera.
María se levantó, cogió la hogaza y la colocó sobre una tabla de madera.
El pan crujía bajo la hoja, soltando ese olor a levadura y a horno que siempre le recordaba a las mañanas en casa de sus padres.
Durante unos minutos ninguna de las dos habló.
Solo el sonido del cuchillo sobre la tabla, el crepitar del fuego bajo la cazuela y el rumor lejano del mar.
Cuando terminó de cortar el pan, volvió a sentarse. Aine colocó la cazuela sobre la mesa y destapó. El vapor subió en una nube blanca, llenando la cocina con el aroma del caldo. Era un guiso sencillo, de patatas y verduras, pero olía a hogar.
Aine sirvió dos platos y los dejó sobre la mesa. Se sentó frente a María y cogió la cuchara.
—Espero que te guste. Es una receta de mi abuela.
María cogió la cuchara y probó el caldo. Estaba caliente, sabroso, con ese punto de hierbas que solo se consigue cuando se cocina sin prisa.
—Está muy bueno.
Aine sonrió. Comieron en silencio durante unos minutos.
El sol entraba por la ventana y dibujaba rectángulos de luz sobre la mesa de madera.
María se dio cuenta de que no recordaba la última vez que había comido sin mirar el reloj, sin calcular cuánto tiempo le quedaba, sin pensar en lo que tenía que hacer después.
Cuando terminó, dejó la cuchara sobre el plato y se quedó mirando la ventana. Aine la observó un momento antes de hablar.
—¿Qué vas a hacer ahora?
María no respondió enseguida. Bajó la vista hacia el plato vacío.
—Voy a rellenar el formulario —dijo al fin—. El de la universidad. Y voy a buscar más información sobre cómo funciona la modalidad a distancia.
Aine asintió despacio.
—¿Y después?
María levantó la vista hacia ella.
—Después buscaré trabajo.
Aine no dijo nada. Solo la miró con esa calma suya que no presionaba.
—Lo sé —dijo María—. No va a ser fácil. Pero tengo que intentarlo.
Aine asintió.
—Lo sé.
María se quedó mirándola un momento. Había algo en la forma en que Aine la miraba que no era lástima ni preocupación.
Era algo más tranquilo, más profundo. Como si Aine ya hubiera pasado por algo parecido y supiera que lo único que podía hacer era estar ahí, con una taza de café y un plato de comida caliente.
María recogió su plato y lo llevó al fregadero. Abrió el grifo y dejó que el agua caliente le calentara las manos. Aine se levantó y se puso a su lado, secando los platos con un paño. No dijeron nada. No hacía falta.