Donde empieza el horizonte Capítulo 18 El jardín de hierbas
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Capítulo 18 El jardín de hierbas

Despertó lentamente, sin saber durante unos segundos dónde se encontraba.

La claridad de la mañana entraba por las rendijas de las cortinas y dibujaba una luz suave sobre la habitación, mientras el sonido lejano del mar llegaba con una calma que contrastaba con la tormenta que había azotado la costa apenas unos días antes.

Permaneció inmóvil unos instantes, todavía entre el sueño y la realidad, hasta que la memoria fue colocando cada cosa en su lugar. El pazo. La habitación de invitados. La cena compartida con Aine. El libro sobre la mesilla.

Giró ligeramente la cabeza y sus ojos se detuvieron en la cubierta de "Donde termina la soledad", que permanecía donde lo había dejado antes de dormir.

Durante unos segundos recordó la sensación de volver a leer por placer, de dejar que una historia ocupase un espacio en su mente que durante las últimas semanas había estado dominado únicamente por preocupaciones.

Después apartó las sábanas y se incorporó despacio.

La habitación seguía transmitiendo aquella serenidad que había sentido al entrar por primera vez.

Todo estaba en orden, cada cosa en su sitio.

Sin embargo, no quería confundir la tranquilidad de una noche con una solución definitiva.

Aquel lugar no era suyo y Aine no tenía ninguna obligación de hacerse cargo de ella.

Tenía que volver a ponerse en marcha.

Recogió la ropa que había llevado el día anterior y dobló cuidadosamente la camiseta y el pantalón que Aine le había dejado para dormir. Después abrió la ventana unos centímetros para dejar entrar el aire fresco de la mañana y se quedó unos segundos contemplando el jardín.

Cuando terminó, retiró las sábanas de la cama y las dejó dobladas sobre una de las sillas. Era un gesto pequeño, pero para ella aquellas pequeñas cosas habían empezado a convertirse en una forma de agradecer sin tener que repetir palabras que a veces no sabía cómo expresar.

Con la ropa preparada, entró en el baño.

El agua caliente volvió a sorprenderla. No por la ducha en sí, sino por la ausencia de prisa.

Durante las últimas semanas cada momento había tenido un propósito concreto: buscar una solución, hacer cuentas, pensar en el día siguiente.

Allí, bajo el agua, pudo permitirse unos minutos en los que no tenía que decidir nada.

Cuando terminó, se vistió con la ropa que tenía y salió de la habitación después de echar una última mirada al espacio que había ocupado aquella noche.

Al cerrar la puerta tras de sí, permaneció unos segundos en el pasillo, dejando que la luz de la mañana terminara de despertarla.

Con la claridad entrando por los ventanales, el pazo parecía distinto al de la noche anterior; los cuadros antiguos, la madera de los muebles y los pequeños detalles de cada rincón se mostraban con una calma silenciosa.

Bajó las escaleras despacio, siguiendo el aroma del café que llegaba desde la cocina.

Cuando llegó, encontró a Aine colocando sobre la mesa las últimas cosas del desayuno. La mujer levantó la mirada al escucharla y le dedicó una sonrisa discreta.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió mientras se acercaba.

Aine señaló la silla frente a ella.

—Espero que hayas descansado.

María asintió mientras tomaba asiento.

—Sí. Mucho.

No añadió nada más porque aquella respuesta ya decía más de lo que parecía.

Hacía tiempo que no dormía sin la preocupación constante de despertarse en mitad de la noche pensando en el día siguiente.

Aine no hizo ningún comentario; simplemente se sentó frente a ella y dejó que el desayuno transcurriera con la misma tranquilidad que la cena de la noche anterior.

Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas. De la lluvia que había terminado por desaparecer, del cambio del tiempo y de cómo el mar parecía completamente distinto cuando amanecía tranquilo después de una tormenta.

Fue después de dejar la taza sobre el plato cuando María decidió contarle sus planes.

—Hoy bajaré al pueblo —dijo, retomando lo que habían hablado la noche anterior—. Pediré el duplicado de la tarjeta y compraré el módem USB.

Aine levantó la vista hacia ella.

—Así podrás continuar con la universidad.

—Y buscar trabajo —añadió.

—Me parece un buen plan —dijo Aine.

María la miró unos segundos, sorprendida por la sencillez de la respuesta. No había preocupación excesiva, ni una pregunta detrás intentando descubrir cuánto dinero tenía. Solo una aceptación tranquila.

—Es lo que tengo que hacer —respondió—. No puedo quedarme parada.

Aine sostuvo su mirada durante unos segundos.

—No parece que seas una persona que se quede parada fácilmente.

Aquella observación hizo que María sonriera ligeramente, aunque bajó la mirada hacia la taza casi vacía.

—Supongo que no.

Aine dejó la taza sobre la mesa.

—Si después de hacer las gestiones necesitas unos días más para organizarte, puedes quedarte aquí.

María negó despacio con la cabeza.

—No —dijo—. Tengo que buscar la manera yo. Si me quedo aquí sin haberlo intentado, no voy a poder mirarme a la cara.

Aine no insistió. Solo la miró con esa calma suya y asintió.

—Entonces hazlo. Recupera la copia de tu tarjeta, vuelve a conectarte, busca lo que necesites buscar. Solo quería que supieras que, si un día lo necesitas, esta puerta está abierta.

María no respondió. Pero aquella frase se le quedó apoyada en algún sitio.

Aine se levantó y recogió su taza.

—Ven —dijo—. Te enseño el jardín antes de que bajes, como quedamos anoche.

Salieron por la puerta trasera. Detrás de la casa, protegido del viento por un muro bajo de piedra, había un rincón de hierbas ordenado en bancales pequeños. Hierbaluisa, manzanilla, menta, romero, y unas ramas de lavanda seca colgando de una viga.

María se agachó y tocó una hoja de menta. El olor le subió a los dedos, limpio y fresco.

—Es igual que el de la infusión —dijo.

—El mismo —respondió Aine—. Todo lo que bebemos sale de aquí.

Señaló el bancal de hierbaluisa, que estaba más crecido que los demás.

—Esta era la favorita de mi abuela. Decía que calmaba los nervios mejor que cualquier medicina. Yo la planto cada primavera, aunque no sea la que más uso.

María recorrió el bancal despacio, con los dedos rozando las hojas sin arrancar ninguna. Se detuvo frente a la lavanda seca.

—¿Y esta para qué la usas?

—Para la ropa. La meto en saquitos y la pongo en los armarios. Por eso todo huele así.

María sonrió. Ahora entendía por qué la camiseta de dormir y las sábanas tenían aquel aroma.

—Es un olor que se queda —dijo.

—Esa es la idea —respondió Aine.

Por primera vez en mucho tiempo, María tocaba algo que crecía. Algo que alguien cuidaba.

Volvieron a la entrada en silencio. María llevaba el libro bajo el brazo.

—Aine, quería decirte una cosa —dijo, levantándolo ligeramente—. Me lo llevo para terminarlo. Te lo devuelvo en cuanto pueda.

Aine observó el ejemplar durante unos segundos.

—Ya te dije anoche que puedes quedártelo el tiempo que necesites.

—Aun así. Te lo devuelvo en cuanto lo termine.

Aine negó despacio con la cabeza, como si aquella preocupación por devolverle algo fuera una muestra más de la forma en que María intentaba compensar cualquier ayuda que recibía.

—No tienes que preocuparte por eso ahora.

Le dedicó una pequeña sonrisa.

—Espero que te guste.

Aquella frase acompañó a María mientras cruzaba la puerta del pazo y comenzaba a descender por el camino hacia el pueblo.

El camino bajaba en curvas, entre eucaliptos y muros de piedra, con el mar asomando de vez en cuando entre los árboles. Caminaba despacio, con la bolsa al hombro y el libro en el bolsillo interior de la chaqueta, cerca del pecho.

El aire olía a tierra mojada y a sal. Los pájaros cantaban en las ramas, y de vez en cuando se escuchaba el ladrido lejano de un perro. Era una mañana de esas que parecen hechas para caminar sin prisa.

María pensó en el dinero que le quedaba, en lo que iba a gastar hoy y en lo que tendría que estirar después. Pero, por primera vez en semanas, hacer cuentas no le apretaba el pecho.

La tienda de telefonía estaba en la calle principal, entre la farmacia y la panadería. Había dos personas delante de ella, así que esperó su turno mirando los móviles de la vitrina. Modelos que no podía permitirse, colores que le gustaban.

Cuando llegó, dio su nombre y enseñó el DNI.

—Necesito un duplicado de la tarjeta —dijo.

El hombre tecleó un momento y asintió.

—Quince euros. Te lo tengo en un momento.

María pagó. El hombre sacó una tarjeta SIM de un cajón, la activó en el ordenador y se la entregó en una funda pequeña. La guardó en el bolsillo de la chaqueta.

En una vitrina vio los módem USB. Señaló el más sencillo.

—Cincuenta —dijo el hombre.

María sacó la cartera y contó los billetes con calma. Sabía que aquel gasto iba a dejarle todavía menos margen, pero el módem no era un capricho: era la universidad, el correo, la búsqueda de trabajo.

Pagó y salió con la bolsa pequeña en la mano.

El sol había salido del todo y la calle principal estaba más animada que el día anterior. Gente entrando y saliendo de las tiendas, niños camino del colegio, un perro suelto que olisqueaba las farolas. María caminó despacio, mirando los escaparates, dejando que la vida del pueblo la envolviera.

Al pasar por delante del bar, Carmen la vio desde la barra y salió a la puerta con el trapo al hombro. Se quedó mirándola un momento, con los ojos entrecerrados.

—Muchacha —dijo, y la palabra salió con un alivio que no intentó disimular—. Llevo días preguntándome dónde te habías metido.

María se detuvo.

—Estoy bien —dijo—. Solo he tenido unos días complicados.

Carmen la miró un segundo más de lo necesario. Vio que tenía mejor color, que la ropa estaba más limpia, que los ojos ya no parecían los de quien lleva noches sin dormir. Pero no preguntó más. Sabía que algunas cosas se cuentan cuando se pueden contar, no cuando alguien las pregunta.

—Me alegro de verte —dijo al fin—. ¿Vienes a tomar algo?

—No, hoy no. Tengo que seguir.

Carmen asintió sin insistir.

—Pues cuando quieras, aquí estoy. Y la próxima vez, desaparece menos días, que me asustaste.

María sonrió apenas. Era la forma que tenía Carmen de decir que se había preocupado.

Siguió calle abajo con la bolsa de la tienda en la mano y el libro guardado en la mochila.

El sol seguía subiendo y el pueblo empezaba a llenarse de voces, de persianas que se abrían y de olor a pan recién hecho.

María respiró hondo y continuó andando, con la cabeza ya en lo siguiente: la tarjeta, el módem, el correo de la universidad, las cuentas que no le daban.

No miró hacia atrás.