Capítulo 17 Hoy el mar me soltó
El cuaderno de tapas blancas seguía sobre la mesa, entre las dos, como una promesa pequeña.
Ninguna volvió a hablar durante unos instantes.
La conversación había encontrado por sí sola un lugar donde detenerse, no porque hubiera llegado a su fin, sino porque hay silencios que prolongan las palabras mucho después de haber sido pronunciadas.
Ese silencio, ahora, no pesaba. Era un silencio que acompañaba.
A través de la ventana, la lluvia se había convertido en una llovizna fina que apenas dibujaba líneas sobre los cristales.
La luz del exterior se apagaba poco a poco y el jardín perdía sus colores bajo el avance sereno del anochecer, mientras el murmullo lejano del mar seguía llegando con la misma constancia con la que había acompañado aquel lugar durante generaciones.
Levantó despacio la mirada hacia Aine. Desde que había llegado a aquella casa no había dejado de sorprenderle la serenidad con la que se movía.
No era una tranquilidad fingida ni esa calma estudiada que algunas personas adoptan para ocultar lo que sienten.
En Aine todo parecía auténtico, incluso los silencios.
Había conocido a mucha gente incapaz de estar unos segundos sin hablar, como si el silencio fuera una amenaza; con ella ocurría lo contrario: cada pausa era un espacio donde respirar.
El aroma que comenzó a extenderse unos minutos después no procedía del café ni de la cena, sino de una mezcla suave de hierbas que María no supo reconocer. Aspiró discretamente el aire y sonrió sin darse cuenta. Le recordó a las tardes en casa de su abuela, cuando el mundo era pequeño y seguro.
—Huele muy bien.
—Es una infusión que suelo tomar por las noches —dijo Aine, volviendo la cabeza mientras esperaba a que el agua comenzara a hervir—. Mi abuela decía que algunas plantas no solo ayudan a descansar, sino también a poner en orden los pensamientos cuando el día ha sido demasiado largo.
—¿La compras en el pueblo?
Aine negó con una leve sonrisa.
—La cultivo. En el jardín, detrás de la casa. Hierbaluisa, manzanilla, un poco de menta. Mi abuela tenía el mismo rincón, y yo lo mantengo.
Miró hacia la ventana, aunque la oscuridad ya no dejaba ver el jardín. Se imaginó el rincón, las hojas verdes bajo la luz de la mañana, las manos de Aine arrancando las ramas con ese cuidado que ponía en todo.
—Me gustaría verlo algún día, con luz.
—Mañana, si quieres, te lo enseño —dijo Aine, con la misma naturalidad con la que ofrecía cualquier otra cosa.
Recibió la taza entre las manos y dejó que el calor de la porcelana le templara los dedos.
La infusión desprendía un aroma delicado, con un ligero toque a hierbaluisa y manzanilla que le resultó sorprendentemente familiar.
Dio un sorbo con cautela, todavía demasiado caliente, y permaneció unos segundos disfrutando de aquella sensación sencilla que, después de tantos días de incertidumbre, adquiría un valor inesperado.
Fue ella quien rompió el silencio esta vez.
—Mañana tendré que bajar temprano al pueblo.
Aine levantó la vista de su taza, escuchándola con la misma atención serena con la que parecía escuchar cualquier cosa que María decidiera contarle.
—Quiero pasar primero por una tienda de telefonía. El móvil cayó al mar y necesito pedir un duplicado de la tarjeta. Al menos así conservaré el número.
Aine asintió despacio.
—Es lo más práctico.
—Después buscaré un módem USB —continuó—. Mientras pueda conectar el portátil a internet, podré seguir con la universidad y empezar a buscar trabajo. El móvil puede esperar un poco más.
Aquellas palabras salían con una naturalidad que escondía un cálculo constante, el mismo que hacía desde el entierro de sus padres, cuando cada gasto dejó de ser una decisión cualquiera para convertirse en una elección de la que dependían los días siguientes.
El dinero que le quedaba tendría que cubrir las gestiones de mañana y lo que viniera después.
Apenas tenía margen para equivocarse. Aun así, lo dijo sin amargura.
Era un plan, y un plan era algo que no tenía desde hacía demasiado tiempo.
Aine permaneció en silencio unos segundos, como si ordenara sus pensamientos antes de hablar.
—Parece un buen plan. Si recuperas la línea, será más fácil que sigas con los estudios sin perder el contacto con la facultad.
Hizo una pausa breve antes de añadir:
—Y si no consigues el módem, o mientras tanto, te conectas al wifi de la casa como el otro día. Y el portátil lo cargas aquí siempre que quieras.
María asintió. No dijo nada, pero anotó el gesto en el mismo lugar donde guardaba todos los de Aine. No era solo un ofrecimiento práctico; era una puerta que se dejaba abierta sin condición, sin esperar nada a cambio.
—No quiero dejar la carrera —dijo—. Acaba de empezar, y es lo único que sigo teniendo de mi vida de antes.
Aine esbozó una sonrisa apenas perceptible.
Había algo en aquella determinación que le resultaba admirable: después de todo lo que la vida le había arrebatado en tan poco tiempo, María seguía hablando del futuro sin rastro de amargura.
No dijo nada más. Comprendía que, para algunas personas, el mayor gesto de respeto consiste simplemente en confiar en que saben encontrar su propio camino.
Apenas quedaba infusión en las tazas cuando el silencio regresó para acomodarse entre ellas.
Ya no era el silencio incómodo de dos desconocidas, sino otro construido poco a poco.
Aine dejó la taza vacía sobre la mesa y levantó la vista hacia la ventana.
La lluvia había cesado por completo y, aunque la noche ya se había adueñado del jardín, el reflejo tenue de la luna comenzaba a dibujarse sobre el mar.
—Parece que mañana amanecerá mejor —comentó con serenidad.
María siguió la dirección de su mirada. Resultaba extraño pensar que solo veinticuatro horas antes aquella misma costa había estado azotada por un temporal capaz de cambiar el rumbo de su vida.
—Eso espero —respondió en voz baja—. Será más fácil hacer las gestiones si no llueve.
Aine asintió con una leve inclinación de la cabeza antes de incorporarse despacio.
—No conviene que se haga demasiado tarde. Ha sido un día largo para las dos.
María también se levantó, sosteniendo todavía la taza vacía entre las manos durante unos segundos antes de dejarla sobre la mesa. Miró a Aine y asintió, y en ese gesto cupo todo lo que no dijo.
Juntas abandonaron la cocina y caminaron despacio por el pasillo iluminado por la tenue luz de las lámparas de pared. Al llegar a la escalera, Aine se detuvo.
—Ya sabes dónde está mi puerta, por si durante la noche necesitaras cualquier cosa.
María asintió.
—Lo tendré en cuenta. Buenas noches.
—Buenas noches, María.
Aine continuó por el corredor hasta desaparecer tras una de las puertas, mientras María permanecía inmóvil unos instantes escuchando el leve sonido de la casa acomodándose a la noche. Después respiró hondo y se dirigió a la habitación de invitados.
Al cerrar la puerta tras de sí, el silencio volvió a envolverla.
Ya no era el silencio inquietante del coche, sino uno sereno, casi protector, que parecía formar parte de aquellas viejas paredes.
La madera crujía con un susurro suave, como si la casa estuviera hablándole en un idioma que no necesitaba traducción.
Se acercó despacio a la cama y dejó el libro sobre la colcha.
Solo entonces reparó en que, cuidadosamente doblada sobre la almohada, Aine había dejado una camiseta de algodón y un pantalón de punto para dormir.
Aquel gesto, tan sencillo como considerado, le dibujó una leve sonrisa.
Después de cambiarse, volvió a sentarse en el borde de la cama, tomó de nuevo el libro entre las manos y permaneció unos instantes contemplando la cubierta bajo la luz cálida de la lámpara de la mesilla.
«Donde termina la soledad.»
Una leve sonrisa apareció en sus labios casi sin darse cuenta.
Se acomodó despacio bajo las sábanas, sintiendo por primera vez en mucho tiempo la comodidad de un colchón que no obligaba a su cuerpo a buscar una postura imposible.
Con el libro aún entre las manos, volvió a contemplar la cubierta.
Había algo en aquel título que la retenía, como si encerrara una promesa imposible de explicar.
No necesitaba comprobar la contraportada.
Conocía a Marina Valer como se conoce una voz: por sus libros.
De la autora no había una foto en las solapas, ni un nombre real, ni una entrevista concedida.
Nunca había mostrado la cara. Y, aun así, María la sentía más cercana que a mucha gente de carne y hueso.
Había leído cada una de sus historias y había encontrado en sus personajes una forma de entender sentimientos que no sabía nombrar.
Le gustaba cómo escribía sobre el amor entre mujeres: sin convertirlo en un conflicto, sin necesidad de explicarlo todo.
Deslizó con cuidado los dedos sobre la primera página antes de abrirlo despacio. El leve crujido del papel rompió durante un instante el silencio de la habitación. Aspiró el aroma inconfundible de las hojas impresas y sonrió.
Comenzó a leer sin ninguna prisa, dejando que las primeras líneas marcaran el ritmo de la noche. Poco a poco, las preocupaciones de las últimas semanas fueron quedando suspendidas en algún lugar lejano, sustituidas por las palabras que desfilaban ante sus ojos.
Mientras avanzaba comprendió que algunas historias llegan de manera distinta dependiendo del instante en que aparecen en nuestro camino.
Frases que años atrás habría leído desde la curiosidad ahora adquirían una profundidad diferente, porque la vida que había conocido hasta entonces había cambiado por completo.
Se detuvo en una frase y volvió atrás para releerla.
«Aprendí que la soledad no era un castigo, sino un lugar donde por fin podía oírme.»
La leyó dos veces. No porque no la hubiera entendido, sino porque merecía ser escuchada con calma.
Era algo que siempre hacía con los libros que conseguían tocarla: volver atrás cuando encontraba una idea que despertaba algo dentro de ella.
Y aquella, en concreto, se le quedó apoyada en el pecho, como si hubiera sido escrita para esta noche y no para ninguna otra.
Aquella noche volvió a sentirse como la niña que podía pasar horas leyendo en cualquier rincón de la casa mientras sus padres le recordaban que tenía que irse a dormir.
La memoria de ellos apareció de forma inevitable, pero esta vez no llegó acompañada únicamente del dolor.
Recordó las tardes en que le regalaban libros, las conversaciones sobre historias recién terminadas y la paciencia con la que escuchaban sus primeras ideas.
La escritura había estado siempre ahí. Antes del accidente. Antes de la pérdida. Y quizá por eso, mientras sostenía aquel libro entre las manos, María sintió algo que no había experimentado desde hacía semanas: la certeza de que todavía quedaba una parte de ella que seguía intacta.
Continuó leyendo hasta que el cansancio empezó a hacerse más fuerte.
Cerró el libro con cuidado, dejando un dedo entre las páginas.
Dejó el ejemplar sobre la mesilla. Antes de apagar la luz, su mirada fue al cuaderno de tapas blancas que había subido con ella.
Lo abrió por la primera página, en blanco, y tomó uno de los bolígrafos.
Escribió una sola línea, con la letra todavía temblorosa por el cansancio:
«Hoy el mar me soltó.»
Lo miró un momento. No añadió nada más. Cerró el cuaderno y lo dejó junto al libro.
Después apagó la luz y se acomodó bajo las sábanas, dejando que el sonido lejano del mar llegara desde el exterior.
Poco a poco, el sueño fue venciendo el peso de sus pensamientos y, por primera vez en mucho tiempo, María no necesitó buscar respuestas antes de cerrar los ojos. Aquella noche simplemente descansó.