Capítulo 16 El cuaderno blanco
Unos minutos después, Aine regresó de la cocina y se acercó a la mesa.
María dio un sorbo al café. Estaba caliente. El sabor era distinto al del bar de Carmen. No mejor ni peor. Distinto. Como todo en aquella casa.
Aine la miró un momento, como si estuviera midiendo sus palabras.
—Lo siento mucho —dijo al fin—. Lo de tus padres. No sabía que habías pasado por todo eso.
María bajó la mirada hacia la taza.
—Yo tampoco sabía que iba a pasar.
Las palabras de Aine no eran un «lo siento» vacío. Eran un reconocimiento, una forma de decir que había escuchado y que no iba a fingir que no sabía.
—Gracias —respondió, y la palabra salió más fácil de lo que esperaba.
Aine no añadió nada más. No preguntó cómo había sido, ni cuándo, ni por qué. Solo se quedó ahí, esperando, dejando que María decidiera cuánto más quería compartir.
—¿Tienes más familia? —preguntó entonces, con la misma naturalidad con la que se pregunta por el tiempo.
María negó con la cabeza. No quiso entrar en detalles. No hoy.
—No. Solo Eva.
Aine asintió, como si aquello explicara algo que ya había intuido.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio de los que no piden nada.
María bebió otro sorbo y dejó que la mirada recorriera el salón.
La luz de la tarde empezaba a volverse más dorada, más densa.
El mar se veía tranquilo desde la ventana, como si hubiera olvidado la furia de la noche anterior.
Pasaron unos minutos. María terminó el café y dejó la taza sobre la mesa.
—Debería irme —dijo, y la frase sonó más firme de lo que ella misma esperaba.
Aine la miró, sin sorpresa, sin resistencia.
—¿Estás segura de que te encuentras bien?
—Mucho mejor.
—¿Y tienes el teléfono?
María parpadeó.
—No.
—¿Internet?
—No.
Guardó silencio. No había pensado en eso. Solo había pensado en irse, en no ocupar un espacio que no era suyo. Pero la idea de volver al coche, sin teléfono, sin conexión, sin nada, le apretó el pecho de una forma que no esperaba.
Aine no insistió. Solo dijo, con la misma tranquilidad con la que había dicho todo lo demás:
—Antes de marcharte, deberías solucionar esas cosas. Sin teléfono ni internet te va a resultar muy difícil buscar trabajo.
María asintió. Porque sabía que tenía razón.
—Quédate hoy —dijo Aine—. Mañana bajas al pueblo con calma, haces las gestiones y después decides qué quieres hacer.
María la miró. No había trampa en sus palabras. Solo una oferta, abierta, sin condiciones. Se dio cuenta de que nunca alguien le había ofrecido algo así, sin pedir nada a cambio.
—Solo una noche más —dijo, y la frase salió como un acuerdo consigo misma, no como una concesión a Aine.
Aine asintió con una leve inclinación de la cabeza.
—Una noche más.
—Entonces será mejor que te enseñe la habitación —dijo Aine.
María frunció ligeramente el ceño.
—¿La habitación?
—La de invitados. Anoche no había muchas alternativas.
María tardó unos segundos en responder. Aquella sencilla aclaración bastaba para recordar que compartir la habitación de Aine había sido una excepción nacida de la urgencia. Ahora que el peligro había pasado, lo natural era que cada una recuperara su espacio. Asintió y se levantó.
—Ven.
La siguió fuera del salón. Mientras avanzaban por el pasillo, observó con más calma aquella parte del pazo que hasta entonces apenas había recorrido.
El silencio seguía envolviendo la casa, pero ya no le parecía vacío, sino sereno, como si cada estancia hubiera aprendido a convivir con la soledad sin dejarse vencer por ella.
Aine se detuvo frente a una puerta de madera y la abrió despacio.
—Espero que estés cómoda aquí.
María cruzó el umbral. La estancia era luminosa, con una cama de colcha de lino, una cómoda de madera oscura, y sobre la mesilla, una lámpara y un jarrón con flores secas. En una balda junto a la ventana, unos pocos libros.
La recorrió despacio, sin tocar apenas nada, como quien entra en un lugar que todavía no siente que pueda hacer suyo.
—Es muy bonita.
Aine sonrió apenas.
—Lleva mucho tiempo sin utilizarse.
María volvió la vista hacia ella.
—¿No recibes visitas?
—Muy pocas.
Aquella respuesta llegó con la misma naturalidad con la que Aine decía cualquier otra cosa. María no hizo más preguntas. Intuía que detrás de aquella sencillez había una historia mucho más larga, pero también comprendió que no era el momento de intentar conocerla.
Aine permanecía junto al umbral.
—Si necesitas cualquier cosa, mi habitación está al final del pasillo —dijo—. Tómate el tiempo que necesites. Yo voy a ir preparando la cena.
Le dedicó una leve sonrisa antes de cerrar la puerta con suavidad.
María se acercó a la ventana y apartó la cortina con la yema de los dedos.
La luz del atardecer teñía el jardín de tonos anaranjados.
Más allá, el mar se extendía sereno hasta confundirse con el horizonte.
Reconoció la curva de la playa donde su padre la subía a los hombros, y el tramo de arena donde su madre extendía la toalla.
Los vio con una nitidez que ya no dolía como la noche anterior.
Apoyó la frente unos segundos sobre el cristal.
Por primera vez desde el accidente no sentía la necesidad de pensar en la siguiente hora.
Un aroma cálido comenzó a deslizarse por el pasillo.
María sonrió sin darse cuenta. Hacía mucho tiempo que el olor de una cena preparada por otra persona no despertaba en ella una sensación parecida a la de un hogar.
Pocos minutos después, unos nudillos golpearon la madera con una discreción casi tímida.
—La cena está lista cuando quieras —dijo la voz tranquila de Aine.
María respiró hondo.
—Ahora mismo bajo.
Salió al pasillo y descendió la escalera de madera con la extraña sensación de que aquel pazo empezaba poco a poco a resultarle menos ajeno. Cuando llegó a la cocina, se detuvo unos segundos en el umbral. Era una cocina amplia, con muebles antiguos y una gran mesa de madera en el centro.
Aine estaba colocando los últimos platos sobre la mesa.
—Espero que te guste.
—Seguro que sí.
Aine tomó asiento frente a ella y durante unos minutos ninguna de las dos habló. El silencio se colaba entre comentario y comentario, y ninguna lo sentía como una deuda. María probó la comida y sonrió ligeramente.
—Está muy bueno.
—Me alegro.
Continuaron cenando tranquilamente. Poco a poco, la conversación comenzó a aparecer.
—¿Siempre has vivido aquí? —preguntó María después de un rato.
Aine levantó la mirada.
—Mi familia lleva muchas generaciones en Carragueiros.
—Debe de ser bonito vivir en un lugar así.
Aine miró alrededor de la cocina.
—A veces sí.
La respuesta hizo que María la mirara con curiosidad, pero Aine no añadió nada más.
—¿Estás estudiando? —preguntó después de un rato.
María asintió, aunque con menos convicción de la que le habría gustado.
—Psicología, en la facultad de Santiago.
—¿Y sigues yendo a clase?
María bajó la mirada hacia el plato.
—No. Desde que pasó todo, no he podido volver. La matrícula sigue ahí, en pausa, pero no sé si podré retomarla. Es lo único que me queda de aquella vida. Todavía no sé cómo, pero quiero.
Aine asintió despacio.
—Me alegra que quieras continuar.
María sonrió levemente.
—Yo también. Aunque, si soy sincera, Psicología no era mi único sueño.
Cuando terminaron, se levantó y empezó a recoger los platos.
—Deja, yo... —empezó Aine.
—Tú cocinaste —dijo, y los llevó al fregadero.
Aine no insistió. Se acercó, abrió el grifo y empezó a secar lo que María iba enjabonando. Trabajaron así un rato, en un silencio cómodo, con el agua corriendo entre las dos. Era un gesto doméstico, sencillo, pero a María le pareció extrañamente íntimo.
—¿Cuál era, entonces? —preguntó Aine.
María tardó unos segundos en responder.
—Escribir. Siempre he querido ser escritora.
—¿Por qué?
La pregunta no sonó como una simple curiosidad. Aine parecía querer conocer la respuesta.
—No lo sé exactamente. Creo que siempre he tenido la necesidad de imaginar otras vidas. Supongo que hay personas que necesitan pintar, otras cantar... yo necesitaba poner cosas por escrito.
—¿Y qué escribes?
—Historias de personas, de momentos que quizá parecen pequeños, pero que significan mucho. Me gusta pensar que una historia puede acompañar a alguien cuando lo necesita.
Aine asintió despacio.
—Eso es algo que no todo el mundo entiende.
—A mí me pasa desde pequeña. Mis padres decían que podía pasarme horas leyendo sin darme cuenta del tiempo.
La expresión de María cambió ligeramente al recordarlos. Aine no preguntó más.
—¿Y alguna vez has pensado en publicar?
María bajó la mirada hacia el fregadero.
—Es mi sueño. Pero una cosa es escribir y otra conseguir vivir de ello.
Aine sonrió apenas.
—Es verdad. Pero a veces merecen la pena.
Dejó el paño sobre la mesa y salió un momento de la cocina. Volvió con un cuaderno de tapas blancas, sin estrenar, y un par de bolígrafos, y los dejó junto a María.
—El mar se llevó el tuyo —dijo—. Este no te lo va a quitar nadie.
María miró el cuaderno un largo rato. No dijo nada. Solo pasó la mano por la tapa blanca, despacio, como quien saluda a algo que creía perdido.