Capítulo 15 La promesa
María apoyó lentamente los antebrazos sobre la mesa y entrelazó las manos delante del portátil.
La pantalla brillaba con una luz azulada que le iluminaba el rostro cansado.
Durante unos segundos permaneció en silencio, buscando las palabras.
No sabía por dónde empezar. Había tantas cosas que había guardado dentro durante semanas que ahora, con la puerta abierta, no sabía cuál era la primera.
—Cuando te marchaste a Boston... las cosas todavía parecían manejables.
Hizo una pausa. La voz le salió baja, más baja de lo que esperaba.
—Eran difíciles, sí, pero yo seguía creyendo que, si me organizaba bien, conseguiría salir adelante. Pensaba que solo necesitaba un poco de tiempo para encontrar trabajo y empezar de nuevo.
Eva escuchaba sin apartar la mirada de la pantalla. No la interrumpía. Sabía que María necesitaba soltarlo todo a su ritmo.
—Creo que necesitaba creerlo. Después de perder a mis padres no podía permitirme pensar que también iba a perder todo lo demás.
Eva tragó saliva. Aquella parte de la historia la conocía. Había estado presente cuando el mundo de María se vino abajo. Pero intuía que aquello solo era el principio.
—Intenté pagar el alquiler todo lo que pude. Hice números una y otra vez. Recorté gastos, vendí algunas cosas. Cada día aparecía un problema nuevo y, por mucho que intentara resolver uno, siempre había otro esperando detrás.
María bajó la mirada hacia sus manos. Las uñas, mordidas hasta la carne, hablaban de meses de ansiedad.
—Llegó un momento en que comprendí que ya no podía sostenerlo.
—¿Cuándo ocurrió? —preguntó Eva.
—Hace poco más de una semana. El mismo día que entregué las llaves entendí que ya no tenía ningún sitio al que volver.
La emoción hizo que su voz vacilara apenas un instante, aunque consiguió continuar. No podía parar ahora.
—Metí en el coche todo lo que podía llevar conmigo. No era gran cosa. Algo de ropa, el portátil, el cuaderno, unos cuantos libros. Y salí sin tener un destino claro.
Eva cerró los ojos unos segundos. Podía imaginar perfectamente aquella escena: María cerrando la puerta por última vez, alejándose sin mirar atrás. Cuando volvió a abrirlos, la tristeza se había instalado definitivamente en su expresión.
—¿Y desde entonces has estado viviendo en el coche?
María asintió.
—Sí.
No añadió nada más. Aquella única sílaba bastó para que Eva comprendiera que aquellos últimos días habían sido mucho más duros de lo que María le había dejado entrever.
—No estaba del todo sola —continuó María—. En el pueblo hay un bar. Una mujer llamada Carmen me deja cargar el portátil y usar el baño. Y por las tardes me sentaba en unas rocas frente al mar a escribir.
—¿Y cómo comías?
María dudó un instante.
—Alguien me dejaba una cesta en el capó del coche. Pan, manzanas, una botella de agua. Y un jersey de lana que olía a lavanda. Nunca supe quién era hasta anoche.
Eva frunció ligeramente el ceño.
—¿Hasta anoche?
María giró la cabeza hacia la cristalera. El mar seguía allí, tranquilo.
—La mujer que vive en el pazo. La que me sacó del agua.
Eva llevó una mano hasta sus labios.
—María... ¿cómo has podido pasar por todo eso tú sola?
María sonrió con una tristeza serena.
—Porque pensaba que podía. Y porque no quería preocuparte.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Ahora empiezo a pensar que quizá me equivoqué.
Eva permaneció unos segundos en silencio.
—Te conozco desde hace muchos años, María. Sé que cuando decides hacerte cargo de algo no hay manera de convencerte de que aceptes ayuda. Siempre piensas primero en cómo afectará a los demás antes de preguntarte qué necesitas tú.
—Pensaba que no podías hacer nada desde tan lejos.
Eva soltó una pequeña risa que no tenía nada de alegría.
—Claro que lo pensabas. Ese es precisamente el problema. Que siempre decides por los demás lo que pueden o no pueden hacer.
María permaneció callada. No podía discutir aquello porque sabía que era cierto. Cada vez que pensaba en contárselo, aparecía la misma idea: no quería ser una carga.
—Cuando te fuiste pensé que bastante tenías ya con empezar tu propia vida allí. Acababas de llegar a Boston, estabas adaptándote... No quería llamarte para decirte que yo me estaba hundiendo.
Eva la miró con una mezcla de ternura y tristeza.
—Yo no me fui para dejar de formar parte de tu vida.
—Lo sé.
—No estoy segura de que lo supieras de verdad. A veces tengo la sensación de que me colocaste al otro lado del océano y decidiste que, como no podía estar allí físicamente, tampoco podía ayudarte.
María abrió la boca para responder, pero no encontró nada que decir. Porque en el fondo sabía que había hecho exactamente eso.
Durante unos instantes solo se escuchó el leve sonido de la conexión y el murmullo lejano del mar. María apoyó una mano sobre la frente y cerró los ojos.
—Tengo miedo, Eva.
—¿De qué?
María tardó unos segundos en responder. Miró alrededor del salón. La chimenea encendida. El libro sobre la mesa. La luz gris entrando por los ventanales.
—De no saber qué viene ahora. Hasta ayer pensaba que lo peor era que el dueño del piso me echara por no poder pagar.
Después pensé que lo peor era no tener dinero o no encontrar trabajo.
Pero anoche entendí que podía perderlo todo en un segundo.
Y no sé cómo se supone que una persona vuelve a empezar después de eso.
Eva la miró con los ojos llenos de emoción.
—No tienes que volver a empezar sola.
María sintió cómo aquellas palabras le alcanzaban más profundamente de lo que esperaba.
En ese momento, desde la cocina, llegó el sonido suave de unos pasos.
Aine apareció en la entrada del salón con una taza entre las manos.
Al ver la expresión de María comprendió que la conversación había llegado a un lugar importante.
No preguntó nada. Solo dejó la taza sobre la mesa cercana y volvió a desaparecer con la misma discreción con la que había entrado.
Eva alcanzó a verla a través de la pantalla.
—¿Cómo es ella? —preguntó al fin.
María volvió la vista hacia la puerta por donde la mujer acababa de marcharse. Y por primera vez desde que había comenzado aquella llamada, sonrió sin que la tristeza estuviera completamente presente.
—Creo que todavía no sé muy bien cómo responder a eso.
Eva observó aquella sonrisa con atención. No era la sonrisa de alguien que intentaba tranquilizarla. Era distinta. Más pequeña. Más sincera.
—Eso suena interesante —dijo Eva.
María bajó la mirada hacia sus manos.
—Es tranquila. Tiene una forma de ver las cosas diferente. No sé cómo explicarlo, pero es como si no necesitara demostrar nada. No te juzga, ni te mira con lástima, ni intenta arreglarte la vida. Simplemente está ahí.
Eva sonrió con ternura.
—Eso parece exactamente lo que necesitabas.
María asintió despacio.
—Sí. Lo es.
—Pues quiero conocerla algún día.
—Creo que a ti te gustaría.
María miró el libro que descansaba sobre la mesa desde la noche anterior. Lo acercó al portátil y lo levantó para que Eva lo viera.
—Mira lo que encontré en su biblioteca.
Eva se acercó a su propia pantalla, entrecerrando los ojos. Tardó un segundo en reconocer la cubierta. Cuando lo hizo, soltó una exclamación ahogada.
—No puede ser. ¿La primera edición de "Donde termina la soledad"? María, llevas años buscando ese libro.
—Lo sé. Estaba aquí.
Eva negó lentamente con la cabeza, entre la sorpresa y la sonrisa.
—Esa mujer no puede gustarme más.
María rio por lo bajo. Hacía tanto tiempo que no se reía sin que le doliera el pecho.
Eva apoyó un brazo sobre la mesa y se acercó un poco más a la cámara.
—Ahora quiero que me prometas algo.
María la observó con cautela.
—Depende de qué sea.
—Que, si vuelve a pasar algo así, si vuelves a sentir que no puedes más, me lo vas a decir.
María permaneció callada. Sabía que aquella promesa era sencilla de pronunciar y mucho más difícil de cumplir. Pero asintió.
—Te lo prometo.
Eva sostuvo su mirada unos segundos.
—Bien. Mañana a la misma hora. Te llamo yo.
—Vale. Te espero.
—Te quiero, María. Cuídate.
—Yo también te quiero.
Cuando finalmente se despidieron, María permaneció unos segundos mirando la pantalla apagada del portátil.
La conversación no había solucionado nada.
Seguía sin saber exactamente qué iba a hacer.
Pero por primera vez en mucho tiempo, la idea de no tener que hacerlo completamente sola ya no parecía una amenaza.
Cerró el portátil y se giró hacia la cocina. Allí, apoyada en el marco de la puerta, estaba Aine. No había entrado, no había interrumpido, pero era evidente que había escuchado casi toda la conversación. Su mirada era tranquila, sin juicio.
—¿Has escuchado mucho? —preguntó María.
Aine se encogió de hombros.
—La cocina está demasiado cerca para fingir que no he oído nada.
María no supo si sentirse incómoda o aliviada. Pero cuando Aine se acercó y le dejó la taza de café recién hecho sobre la mesa, entendió que no había juicio en sus palabras. Solo presencia.
Aine volvió a la cocina sin añadir nada más. María rodeó la taza con ambas manos y dejó que el calor le subiera por los dedos. Miró la puerta por la que acababa de desaparecer, y después el mar al otro lado de la cristalera. Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba calculando la salida.