Capítulo 14 La voz al otro lado
María permaneció todavía unos instantes contemplando el libro que descansaba sobre la mesa.
La emoción de haber encontrado aquella primera edición seguía latente, como si le costara aceptar que, después de tantos meses buscándolo, hubiera aparecido precisamente allí.
En la casa de la mujer que la había sacado del agua y la había llevado hasta su cama, temblando de frío y de miedo, con la ropa empapada y la vida colgando de un hilo.
Aine se incorporó con la misma tranquilidad que acompañaba todos sus movimientos.
Recogió las tazas vacías y, antes de dirigirse hacia la cocina, volvió ligeramente la cabeza.
La luz de la mañana le iluminaba el perfil, y por un momento, María pensó que nunca había visto a nadie moverse con tanta calma.
Como si el mundo no pudiera hacerle daño.
—Voy a preparar otro café. ¿Te apetece?
—Sí —respondió María, con una sonrisa discreta.
Aine desapareció tras la puerta de la cocina, y el sonido lejano de la cafetera comenzó a mezclarse con el rumor del océano.
María dejó el libro sobre la mesa y volvió a dirigir la vista hacia el paisaje.
El mar parecía otro. Resultaba difícil aceptar que aquella superficie tranquila fuera la misma que, apenas unas horas antes, había rugido con una violencia capaz de hacerla sentir completamente indefensa.
Por primera vez en muchos días se permitió permanecer completamente inmóvil.
No estaba calculando cuánto combustible le quedaba en el coche.
No pensaba en dónde pasaría la noche siguiente.
Todos aquellos problemas seguían esperándola, pero durante unas horas habían dejado de ocupar el centro de sus pensamientos.
Fue precisamente esa calma la que permitió que un recuerdo emergiera de golpe con una claridad que le hizo contener la respiración.
Eva.
El nombre apareció acompañado de una punzada inmediata de angustia.
Desde que su amiga se había marchado a Boston, ninguna de las dos había dejado pasar un solo día sin hablar.
Aquellas videollamadas se habían convertido en una rutina tan arraigada que ya formaban parte de su manera de seguir compartiendo la vida a pesar del océano que las separaba.
Y llevaba muchas horas sin saber nada de ella.
Su teléfono había desaparecido bajo el agua junto con la mochila, pero hasta ese instante no había pensado realmente en las consecuencias de aquel silencio.
Mientras ella luchaba por salir del mar, Eva debía de haber pasado las horas llamándola una y otra vez, imaginando posibilidades que María conocía demasiado bien porque ella misma habría hecho exactamente lo mismo.
La culpa empezó a instalarse en su pecho como una losa.
Aine regresó con dos tazas humeantes. No necesitó preguntar qué había ocurrido. Bastó contemplar el cambio en la expresión de María para comprender que aquella tranquilidad acababa de romperse.
—¿Ha pasado algo?
María permaneció unos instantes con la mirada fija en el café.
—Mi amiga... Tengo que hablar con mi amiga.
Aine asintió despacio. No hizo más preguntas. No le preguntó quién era, ni por qué no se había preocupado antes. Simplemente aceptó la información como quien recoge una piedra del camino y la guarda en el bolsillo.
—¿No sabe dónde estás?
—No. Y hablamos todos los días. Si llevo tantas horas sin responder, seguro que ya estará imaginando que ha pasado algo.
—Entonces habrá que encontrar la manera de llamarla.
—El teléfono cayó al mar.
Aine permaneció unos segundos pensativa. Después sonrió con sencillez, como si aquello fuera lo más fácil del mundo.
—Si tienes el portátil, puedes conectarte al wifi de la casa. La contraseña está escrita debajo del router.
—Lo dejé en el coche.
—Pues ve a buscarlo.
María asintió y se levantó del sofá, dirigiéndose hacia la puerta principal.
Al salir al exterior, el aire húmedo de la mañana la recibió con una temperatura muy distinta a la de la noche anterior.
El jardín descendía suavemente hasta el camino de grava donde permanecía aparcado el coche.
Se acercó despacio, abrió la puerta del acompañante y recuperó el portátil del asiento del copiloto.
Mientras lo sostenía entre las manos, no pudo evitar que la mirada recorriera el interior del coche.
La manta doblada sobre el asiento trasero, la pequeña almohada improvisada, la bolsa donde guardaba la poca ropa que le quedaba.
Solo hacía unas horas que había estado durmiendo allí, con el frío pegado a los huesos y la incertidumbre como única compañera.
Y ahora estaba en un pazo, seca, caliente, con una mujer que le había salvado la vida y que le acababa de prestar su libro favorito.
Cerró la puerta con suavidad y emprendió el camino de regreso hacia la casa.
Cuando volvió a entrar, dejó el portátil sobre la mesa baja. Aine levantó apenas la vista desde la cocina y sonrió con discreción, limitándose a señalar el pequeño router situado sobre un mueble cercano.
María giró el aparato para leer la combinación.
Introdujo la contraseña y esperó unos segundos hasta que apareció el aviso de conexión.
Abrió el ordenador con cierta lentitud. Durante unos segundos permaneció observando la fotografía que aparecía como fondo de pantalla.
Era una imagen tomada casi dos años antes, durante un fin de semana en la costa asturiana.
En ella aparecían Eva y ella riéndose sin mirar a la cámara.
Todavía vivían sus padres, la casa seguía siendo un lugar al que regresar y el futuro aún conservaba esa tranquilidad ingenua que solo se aprecia cuando ya ha desaparecido.
Respiró hondo antes de abrir la aplicación de videollamadas. El nombre de Eva apareció casi inmediatamente entre los contactos recientes. Permaneció unos instantes con el cursor inmóvil sobre él.
Aine, que seguía sentada junto a la cristalera, percibió la tensión que comenzaba a reflejarse en los hombros de María. Se levantó con discreción y recogió las tazas vacías.
—Voy a ordenar un poco la cocina. Estaré ahí al lado por si necesitas cualquier cosa.
María levantó la cabeza y asintió. Aine desapareció por el pasillo.
María cerró los ojos un instante e intentó ordenar todo lo que quería decir, pero comprendió enseguida que era imposible preparar una conversación como aquella. Abrió de nuevo los ojos y pulsó finalmente sobre el nombre de su amiga.
La pantalla mostró durante unos instantes el mensaje de conexión. Cuando la imagen comenzó por fin a aparecer, el corazón le dio un vuelco.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Eva permanecía inmóvil, mirando fijamente la pantalla como si necesitara comprobar que la persona que tenía delante era realmente María.
Tenía el pelo recogido de cualquier manera, los ojos hinchados y una taza de café en la mano.
María comprendió que Eva llevaba horas sentada frente al ordenador, esperando.
Fue ella quien rompió finalmente el silencio.
—María...
Bastó escuchar su voz para que toda la serenidad que María había conseguido reunir empezara a deshacerse. El nudo que había estado apretando en su garganta se soltó de golpe.
—Hola...
Eva no respondió inmediatamente. Continuó observándola con una intensidad que hizo comprender a María hasta qué punto aquellas horas de silencio habían sido difíciles para ella. Solo entonces dejó escapar el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
—¿Dónde estabas?
No había reproche en su voz. Ni siquiera enfado. Lo que María escuchó fue algo mucho más difícil de soportar: el cansancio de quien ha pasado demasiadas horas conviviendo con el miedo.
—Te he llamado tantas veces que he perdido la cuenta.
Al principio pensé que se te habría acabado la batería.
Después empecé a escribirte mensajes, aunque supiera que probablemente no ibas a leerlos.
Cuanto más pasaban las horas, más claro tenía que algo no iba bien. Tú nunca desapareces así, María. Nunca.
María bajó despacio la mirada hacia sus propias manos.
—Lo siento muchísimo...
Eva cerró los ojos un instante antes de negar lentamente con la cabeza.
—No quiero que empieces pidiéndome perdón. Lo único que necesito ahora mismo es entender qué ha pasado.
María respiró despacio.
—Perdí el teléfono...
Eva frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo lo perdiste?
María giró la cabeza de manera casi involuntaria hacia la cristalera. Desde donde estaba podía ver el océano extendiéndose bajo un cielo gris.
—Cayó al mar.
La expresión de Eva cambió por completo.
—¿Al mar?
María asintió muy despacio.
—Anoche hubo una tormenta muy fuerte. Una ola me arrastró antes de que pudiera reaccionar. Intenté volver hacia la orilla, pero cada vez que conseguía avanzar un poco llegaba otra ola y volvía a llevarme mar adentro. Llegó un momento en que apenas tenía fuerzas para seguir luchando.
Al otro lado de la pantalla, Eva había dejado de parpadear. Su rostro se había vuelto blanco, y la taza de café que sostenía quedó suspendida en el aire.
—¿Qué pasó? —preguntó Eva, ya sin apartar los ojos de la pantalla.
María tardó unos segundos en responder.
—Que si Aine no me hubiera encontrado... probablemente ahora no estaríamos hablando.
Eva permaneció inmóvil al otro lado de la pantalla, con los labios entreabiertos, como si las palabras se le hubieran quedado atrapadas en la garganta.
Fue ella quien apartó primero la mirada. Respiró profundamente antes de llevarse una mano al rostro. Cerró los ojos apenas un instante, y cuando lo hizo, la emoción había humedecido ligeramente sus pestañas.
—Has estado a punto de morir...
María sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—Sí... supongo que sí.
Eva negó lentamente con la cabeza mientras intentaba contener unas lágrimas que finalmente terminaron deslizándose por sus mejillas.
—Dios mío, María...
María sintió un nudo en la garganta. Durante mucho tiempo había pensado que proteger a los demás era ocultarles lo que dolía. Una sonrisa a tiempo, una explicación tranquilizadora. Pero ahora veía que solo había conseguido dejarla sola frente al miedo.
—Perdóname...
Eva levantó inmediatamente la cabeza. Sus ojos estaban rojos, pero había una firmeza nueva en ellos.
—No. No tienes que pedirme perdón por esto.
Aquellas palabras atravesaron a María con una intensidad inesperada.
Se limitó a cerrar los labios mientras sentía que los ojos comenzaban a humedecérsele por primera vez desde que todo había ocurrido.
No nacían del miedo ni de la desesperación, sino del inmenso alivio de descubrir que seguía existiendo alguien capaz de quererla.
Eva dejó pasar unos segundos antes de continuar. Había recuperado parte de la serenidad que siempre aparecía cuando comprendía que dejarse arrastrar por la emoción no ayudaría a ninguna de las dos.
—Cuéntamelo despacio. Todo. No quiero imaginar nada más. Prefiero conocer la verdad, aunque me duela.
María respiró hondo. Miró un instante hacia la cocina. Desde allí llegaba el sonido apagado de unos platos colocándose sobre el escurridor. Aine seguía respetando aquella conversación sin acercarse.
Volvió la vista hacia la pantalla.
—Hay algo más que no sabes... Y creo que ha llegado el momento de que te lo cuente todo. Eva no se movió. Sabía que, cuando María decía algo así, lo mejor era esperar.