Capítulo 13 Donde termina la soledad
Media hora después, María bajaba las escaleras agarrándose con suavidad a la barandilla de madera.
El calor de la ducha le había devuelto cierta calma al cuerpo, pero las piernas todavía conservaban el recuerdo del esfuerzo de la noche anterior.
Era una fatiga distinta, casi tranquila, la de alguien que por primera vez en mucho tiempo podía permitirse sentir el peso del agotamiento porque no tenía que seguir huyendo inmediatamente después.
Llevaba la camiseta blanca de Aine, que le quedaba grande, y las mangas le cubrían media mano.
Al llegar al recibidor se detuvo al escuchar el rumor suave del mar filtrándose por una puerta entreabierta.
Ya no era una amenaza ni una fuerza oscura, sino una presencia constante que parecía formar parte de la respiración de la casa.
Siguió aquel murmullo casi sin darse cuenta y entró en el salón.
Aine estaba sentada en uno de los sillones junto a la cristalera, mirando hacia el océano con una taza entre las manos.
La luz gris de la mañana entraba por los grandes ventanales y envolvía la estancia con una serenidad que parecía detener el tiempo.
Al escuchar sus pasos, giró la cabeza y sonrió con tranquilidad.
—Hola—dijo con una voz suave—. Siéntate donde quieras.
María asintió y se acercó despacio al sofá situado frente a ella.
Se sentó con cierta prudencia, todavía con esa sensación automática de estar ocupando un espacio que no era suyo.
Pero la incomodidad empezó a desaparecer al comprobar que Aine no parecía esperar nada de ella.
No había preguntas pendientes, ni miradas curiosas, ni esa necesidad de algunas personas de llenar cada silencio con explicaciones.
Durante unos minutos permanecieron así, acompañadas por el sonido de la leña en la chimenea y el rumor constante del mar al otro lado del cristal.
Era un silencio extraño para María. Durante los últimos meses había aprendido a temer los silencios: los asociaba con la soledad del coche, con las noches demasiado largas, con esos momentos en los que no tenía a nadie a quien acudir.
Aquel silencio, en cambio, no pesaba.
Aquel silencio parecía cuidar de ella.
María observaba el mar a través de la cristalera mientras la luz apagada de la mañana la envolvía.
Le resultaba extraño encontrarse allí, escuchando crepitar la leña mientras una mujer a la que apenas conocía se movía por el salón con la naturalidad de quien lleva toda una vida formando parte de aquel espacio.
Cuando terminó de mirar el océano, su atención empezó a desplazarse por la estancia.
La sala era amplia y conservaba una belleza sencilla, sin nada colocado para impresionar.
Las paredes de piedra vista, las vigas antiguas del techo y la enorme cristalera orientada al mar formaban un conjunto donde todo parecía tener un lugar concreto.
No había nada allí para aparentar; simplemente, todo estaba como tenía que estar.
Descubrió una mecedora junto a la ventana, fotografías en blanco y negro, una brújula de latón, y pequeñas conchas recogidas durante años de paseos por la playa.
No eran objetos colocados para decorar; tenían esa apariencia especial de las cosas que permanecen porque forman parte de un lugar, porque han acompañado a una persona durante años y han terminado adquiriendo un significado que no depende de su valor material.
Todo hablaba de una vida construida sin ruido.
Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en la pared situada frente al gran ventanal. Allí estaba la biblioteca.
No era una simple estantería, sino una parte esencial del salón.
Ocupaba prácticamente toda la superficie de la pared, con baldas de madera que llegaban casi hasta el techo y que estaban llenas de libros ordenados no con la rigidez de una colección creada para ser admirada, sino con la familiaridad de aquello que ha sido utilizado, tocado y vivido durante años.
Había novelas contemporáneas mezcladas con clásicos, poesía, filosofía, historia, literatura gallega, biografías y antiguas ediciones cuyos lomos desgastados revelaban que habían sido abiertas muchas veces.
Algunos conservaban el aspecto cuidado de una adquisición reciente; otros mostraban las señales del paso del tiempo: esquinas dobladas, cubiertas gastadas, páginas recorridas tantas veces que ya formaban parte de la memoria de quien las había leído.
María permaneció unos segundos observando aquel conjunto sin decir nada.
Bastó una mirada para comprender que aquellos libros no eran una afición para Aine.
Formaban parte de su manera de entender el mundo y de enfrentarse a la soledad.
Sin darse cuenta, se incorporó lentamente del sofá.
No fue un movimiento impulsivo, sino casi una necesidad.
Había algo en aquella biblioteca que la atraía de una manera que no sabía explicar.
Permaneció de pie frente a las estanterías unos instantes antes de mirar hacia Aine.
—¿Puedo? —preguntó, señalando los libros.
Aine siguió la dirección de su mirada y sonrió.
—Claro que puedes. Si hay algo en esta casa que nunca me ha gustado mantener lejos de nadie, son precisamente los libros.
María sonrió antes de poder evitarlo. Se acercó a la biblioteca despacio, como si aquel espacio mereciera un respeto especial.
Sus dedos recorrieron algunos lomos sin llegar a extraer ningún ejemplar, deteniéndose de vez en cuando en algún título conocido o en algún autor que llevaba tiempo queriendo leer.
No estaba mirando únicamente una colección; estaba intentando comprender a la persona que había detrás de ella.
Aine la observaba desde el sillón sin interrumpirla.
Durante unos minutos, María consiguió olvidar la noche anterior.
El océano, la oscuridad, el frío y aquella sensación de que sus fuerzas desaparecían bajo el peso del agua quedaron relegados a un lugar más lejano.
La biblioteca no borraba lo ocurrido, pero conseguía que aquel recuerdo dejara de ocupar todo el espacio de sus pensamientos.
Pasó la yema de los dedos por varios lomos hasta que una sonrisa pequeña apareció en su rostro casi sin que pudiera darse cuenta. Hacía mucho tiempo que no sonreía de aquella manera. Era la sonrisa de alguien que acababa de encontrar una parte de sí misma que creía olvidada.
—Son increíbles —dijo finalmente en voz alta.
Aine sonrió desde el sillón.
—Sí. Me han acompañado durante muchos años.
María continuó recorriendo la estantería con la mirada cuando, de repente, algo llamó su atención de una manera distinta. Al principio fue una portada conocida entre muchas otras; después, otra que reconoció casi inmediatamente. Sus ojos se abrieron con una sorpresa que no pudo disimular.
Allí estaban los libros de Marina Valer.
No era uno ni dos ejemplares perdidos entre cientos de títulos.
Eran varios, colocados juntos, ocupando un espacio concreto dentro de la biblioteca, como si alguien hubiera cuidado especialmente aquella parte de la colección.
María reconoció las portadas, los títulos y el orden de publicación, y permaneció unos segundos completamente quieta, como si necesitara asegurarse de que aquello era real.
—¡Marina Valer! —exclamó, incapaz de contener la emoción—. ¡Tienes toda su obra!
Se acercó todavía más y pasó un dedo con infinito cuidado por cada uno de los lomos.
Durante unos segundos dejó de ser la chica agotada que había salido del mar apenas unas horas antes.
Volvió a ser simplemente una lectora descubriendo un pequeño tesoro.
Aine observó aquella reacción con una sonrisa que no pudo evitar.
—¿Has leído alguno de sus libros? —preguntó.
—Casi todos. Es mi escritora favorita.
Y entonces lo vio. Entre aquellos ejemplares, justo en el centro de la estantería, había un libro cuya presencia reconoció antes incluso de atreverse a tocarlo.
Permaneció inmóvil frente al lomo, que conocía perfectamente a pesar de los meses que habían pasado desde la última vez que lo vio en una fotografía.
Lo había buscado en librerías de segunda mano, en catálogos antiguos y en páginas donde otros lectores intercambiaban libros difíciles de encontrar, y siempre había terminado igual: aquella primera edición parecía haberse convertido en uno de esos libros que desaparecen hasta quedar únicamente en la memoria de quienes tuvieron la suerte de encontrarlos.
Extendió la mano con lentitud y sus dedos rodearon con cuidado el borde del libro antes de extraerlo de la estantería.
No lo hizo como quien toma un objeto cualquiera, sino con la delicadeza de alguien que recupera algo que llevaba mucho tiempo esperando.
La cubierta mostraba las marcas discretas de haber sido sostenida por otras manos y abierta en otras épocas.
Lo sostuvo entre las manos y abrió sus páginas con un cuidado casi reverente. El olor del papel antiguo, esa mezcla de tinta envejecida y tiempo acumulado, pareció envolverla y transportarla lejos de aquella habitación y lejos de todas las preocupaciones de los últimos meses.
—No puede ser —murmuró mientras sus ojos recorrían las primeras páginas—. No puede ser...
Aine levantó la mirada al escuchar la emoción contenida en su voz. María levantó la vista hacia ella con los ojos brillantes.
—Este libro lo he buscado durante muchísimo tiempo. Es la primera edición de "Donde termina la soledad". Está descatalogada desde hace años. Pensaba que ya no iba a encontrarlo nunca.
Aine sonrió con serenidad, sin mostrar sorpresa, porque entendía perfectamente lo que significaba aquel momento.
—Lo encontré hace años en una librería de segunda mano —respondió con sencillez—. No estaba buscándolo. A veces las cosas aparecen cuando una deja de perseguirlas.
María volvió a mirar la cubierta. Durante mucho tiempo había sentido que todo lo que deseaba terminaba alejándose; había perdido cosas que nunca pensó perder y se había acostumbrado a aceptar las ausencias como parte inevitable del camino.
Y, sin embargo, allí estaba ahora, en una casa desconocida, después de una noche en la que creyó que no saldría del agua, sosteniendo precisamente aquello que había dejado de esperar.
—Es precioso —dijo finalmente.
Cerró el ejemplar con cuidado y lo apoyó sobre la mesita cercana al sofá. Luego se giró hacia Aine.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro que sí.
María miró el libro unos segundos antes de formular la pregunta.
—¿Qué significa para ti?
Aine dirigió la mirada hacia el ejemplar y permaneció unos instantes en silencio.
—Es difícil explicarlo. Hay libros que terminan formando parte de una época de tu vida. Este es uno de ellos.
Aquella frase se quedó con María más de lo que esperaba. La comprendía perfectamente, porque su cuaderno perdido en el mar representaba exactamente eso. No valía por el papel ni por la tinta, sino por todo lo que había depositado dentro.
Durante unos instantes ambas permanecieron en silencio mientras la leña seguía ardiendo y el mar llegaba amortiguado desde la cristalera.
—Si quieres, puedes llevártelo —dijo Aine con suavidad.
María levantó la mirada con una sorpresa tan evidente que durante unos segundos pareció no haber entendido bien.
—¿Qué?
—Te lo presto. Puedes leerlo tranquila y devolvérmelo cuando termines.
María volvió a mirar el libro. Había pasado tanto tiempo intentando no necesitar nada de nadie que casi había olvidado lo que se sentía cuando alguien simplemente quería darte algo.
—¿De verdad?
Aine sonrió con tranquilidad.
—De verdad.
María apoyó el ejemplar contra su pecho, con la misma delicadeza con la que lo había sacado de la estantería, y asintió.
—Te lo devolveré tan pronto termine de leerlo.
Aine sonrió y volvió la vista hacia la cristalera. Fuera, el mar seguía rompiendo contra las rocas con su calma recién estrenada. Dentro, la leña terminaba de asentarse en la chimenea. María se sentó en el sofá con el libro sobre el regazo y se quedó escuchando el sonido del mar.