Donde empieza el horizonte Capítulo 10 El jersey de lana
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Capítulo 10 El jersey de lana

María había aprendido a medir sus recursos como quien cuenta las monedas que le quedan en el bolsillo. Doscientos euros. Eso era todo.

Ni para gasolina, ni para una habitación, ni para mucho más que un café al día y la certeza de que, al menos en el bar, podría cargar el portátil y el teléfono mientras se aseaba en el baño.

Porque lo que realmente necesitaba era no perder la conexión con sus estudios.

Para eso había priorizado pagar el internet del teléfono, el único lujo que podía permitirse.

El coche, su único refugio, no era un lugar diseñado para dormir.

El asiento del conductor, reclinado lo justo para no despertarse con el cuello torcido, se había convertido en su cama.

La manta que había traído de casa apenas era suficiente para cubrirse, y el vaho de su propia respiración se condensaba en los cristales cada noche.

No se quejaba. No tenía a quién quejarse. Solo contaba las monedas e intentaba calcular mentalmente cuántos días podría durar aquel dinero, agradeciendo, con una desesperación silenciosa, que el motor del Ford Fiesta no se hubiera averiado.

La primera mañana se quedó un rato mirando el techo del coche, escuchando el sonido del mar. No era un sonido nuevo. Lo conocía de los veranos con sus padres. Pero entonces era un sonido de vacaciones, de risas, de días eternos. Ahora era el único compañero de su silencio.

Se incorporó con esfuerzo. El frío le había entumecido los dedos, y le costó abrir la botella de agua. Se lavó la cara con una toallita húmeda. Se pasó los dedos por el pelo en un intento de arreglarlo, y se puso la chaqueta sobre los hombros.

No era mucho, pero era todo lo que podía hacer. No quería mirarse al espejo retrovisor. Sabía que no le gustaría lo que vería.

Cogió su mochila, su portátil y su teléfono, y caminó hacia el pueblo.

El pueblo de Carragueiros era pequeño, de esos que el tiempo parece haber olvidado. Una calle principal con unos pocos comercios, una iglesia de piedra con el campanario inclinado por los años, y el bar de Carmen en la plaza.

María caminó despacio, mirando los detalles: las persianas de colores, los geranios en las ventanas, el cartel desgastado de una tienda que ya no existía. Todo era tranquilo, casi suspendido en el tiempo. El rumor del mar y el viento meciendo los eucaliptos.

Caminó con la cabeza baja, midiendo sus pasos. Cada esquina le recordaba a sus padres, a los veranos felices, a aquella vida que había desaparecido en una llamada telefónica.

El bar de Carmen estaba en la plaza principal.

Un local pequeño con la fachada de piedra y unas macetas de geranios en la entrada que, a pesar del frío de mayo, seguían floreciendo.

Eran rojos, intensos, como pequeños focos de vida en medio del gris.

María se detuvo un momento a mirarlos. Su madre también tenía geranios.

Empujó la puerta y una campanilla anunció su llegada. El olor a café y a pan tostado la envolvió. El bar estaba casi vacío. Solo un par de hombres mayores en una mesa y una mujer detrás de la barra que secaba unos vasos con un trapo de rayas.

Era Carmen. Una mujer de unos sesenta años, de pelo cano recogido en un moño bajo y mirada serena.

—Buenos días —dijo Carmen, con una sonrisa que no esperaba nada a cambio.

—Buenos días —respondió María, y su voz sonó ronca—. ¿Me pone un café?

—Claro. Siéntate donde quieras.

María eligió una mesa cerca del enchufe.

Se sentó, dejó la mochila a sus pies. Carmen llegó con el café humeante y lo dejó sobre la mesa.

El aroma le llegó directo a la memoria: era el mismo olor que el café de su madre.

María tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba. No podía llorar allí. No todavía.

—¿Algo más? —preguntó Carmen.

María la miró.

—¿Puedo cargar el teléfono y el portátil aquí? —preguntó, señalando el enchufe—. Un rato.

Carmen la miró un momento. Vio la ropa arrugada, el pelo sin lavar, los ojos cansados. Luego asintió con naturalidad.

—Por supuesto. Hay un enchufe al lado de la mesa. Si necesitas algo más, me avisas.

Y se fue a atender a otro cliente.

María conectó sus aparatos. Durante las dos horas que estuvo allí, escribió. No sabía bien qué. Solo necesitaba poner en palabras el caos que sentía por dentro. Escribió sobre el mar, sobre el frío, sobre sus padres, sobre Eva, sobre el piso vacío que había dejado atrás.

Cuando se fue, Carmen le dijo:

—Mañana a la misma hora, si quieres.

María asintió.

—Gracias. Me llamo María.

—Carmen —dijo la mujer—. Hasta mañana, María.

Al día siguiente, repitió el ritual. Café, carga de dispositivos, escritura. Pero esta vez, cuando Carmen le trajo el café, se atrevió a pedir algo más.

—Carmen —dijo, y sostuvo la mirada—. ¿Puedo usar el baño? Para asearme.

Carmen la miró. Vio las ojeras profundas, el cabello sin lavar, las manos con las uñas mordidas. No preguntó nada.

—Claro, hija. Al final del pasillo hay un baño. Si quieres, te dejo una toalla limpia y un poco de jabón.

—Gracias —dijo María.

María se encerró en el baño y se quedó allí un buen rato.

El agua caliente le quemó la piel, pero era un dolor bueno.

Se lavó el pelo con el jabón de manos, se limpió la cara, se miró al espejo.

La mujer que le devolvía la mirada no era la misma que había salido de Santiago.

Pero tampoco era una desconocida. Era alguien que estaba aprendiendo a sobrevivir.

Cuando salió, Carmen le había dejado un trozo de pan y un plátano en la mesa, junto a un vaso de agua.

—Se me ha caído —dijo Carmen, sin mirarla.

María entendió el juego. Y sonrió. No era una sonrisa grande, pero era sincera.

Esa rutina se repitió durante tres días. María llegaba al bar, cargaba sus dispositivos, escribía, y luego caminaba hasta la playa. Se sentaba en las rocas, miraba el mar y llenaba páginas con palabras que no tenían destinatario.

A veces, cuando el frío apretaba demasiado, se levantaba y caminaba por la orilla.

Sentía la arena mojada bajo sus pies, el agua helada despertándole los sentidos.

No sabía cuánto tiempo más podría aguantar así.

Pero por ahora, mientras el sol saliera y el mar siguiera rompiendo contra las rocas, sabía que tenía que intentarlo.

Una de aquellas tardes, caminando por la orilla, encontró una concha blanca. Pequeña, con la espiral gastada por el agua. La giró entre los dedos. Le recordó al llavero de su padre. Se la guardó en el bolsillo. No sabía para qué. Solo sabía que quería tenerla cerca.

Y todo ese tiempo, Aine la observaba.

Desde la ventana de su estudio, en el piso superior del pazo, Aine veía cómo María salía del coche cada mañana.

Cómo caminaba hacia el pueblo. Cómo volvía horas después con el pelo más recogido y la cara más limpia.

Veía cómo se sentaba en las rocas con el cuaderno abierto, cómo escribía sin descanso, cómo se detenía a mirar el horizonte.

Y cada vez que la veía, sentía un tirón en el pecho que no sabía explicar. Aine llevaba dieciocho años sin sentir ese pinchazo. No era el recuerdo de Elena. Era el miedo a que aquella chica, con su fragilidad a cuestas, le despertara de nuevo los sentidos.

Tenía cincuenta y dos años. Y aquella chica era muy joven. No sabía su edad, no la conocía de nada, pero su juventud le hacía pensar en la que ella había dejado atrás.

No debía estar pendiente de ella. Sin embargo, allí estaba, observándola desde la ventana, buscando sin querer la silueta del coche al otro lado de la finca.

No era asunto suyo. Se lo repetía cada vez que se acercaba a la ventana. Y, aun así, al día siguiente volvía a asomarse.

El tercer día, vio algo que la removió más de lo que esperaba. María estaba en las rocas, escribiendo, cuando de repente dejó el cuaderno sobre las piernas, se cubrió el rostro con las manos. Desde la distancia, Aine no escuchó los sollozos, pero vio cómo sus hombros se sacudían.

Aine se quedó quieta, sin atreverse a apartar la mirada. No sabía por qué, pero aquel llanto le había llegado al pecho como un golpe. Se apartó de la ventana con el corazón golpeándole las costillas. Llevaba años sin dejar que nadie entrara en su vida.

Se sentó en su sillón, con la taza de té enfriándose entre las manos, y cerró los ojos.

Recordó el hospital. La luz blanca. La mano fría.

Y después, el pazo, vacío y enorme, esperándola.

Se había encerrado allí para no sentir. Y ahora, sin saber cómo, aquella chica le estaba recordando que el dolor no era lo único que podía sentir.

Aquella noche, mientras preparaba la cena, Aine no podía dejar de pensar en la chica del coche. En sus manos temblorosas al escribir. En los labios amoratados por el frío.

Se sirvió un vaso de vino y se sentó en la silla de la cocina, la misma silla donde se sentaba Elena. No le gustaba ver sufrir a nadie. Pero meter a una desconocida en su casa sería una locura.

Al día siguiente, cuando María volvió del bar con el portátil cargado, encontró sobre el capó del coche una pequeña cesta de mimbre. Dentro, una botella de agua, un poco de pan y unas manzanas. Y, junto a la cesta, un jersey de lana viejo, pero limpio y abrigado. Olía a lavanda.

María miró a su alrededor. No había nadie. Solo el pazo, silencioso e imponente, con las ventanas cerradas y la hiedra trepando por los muros. Y en una de las ventanas del piso superior, medio oculta tras la cortina, una silueta que se apartó despacio.

María la vio. Y supo.

No dijo nada. Solo se acercó a la cesta, cogió el jersey y se lo puso. Era suave, cálido.

Se quedó allí, con el jersey puesto y las manzanas en el regazo, mirando el mar a través del parabrisas. El viento seguía moviendo los eucaliptos. El mar seguía rompiendo contra las rocas. Y María, con el jersey puesto y las manzanas en el regazo, levantó la mirada hacia la casa, sin saber por qué.