Donde empieza el horizonte Capítulo 11 El rescate
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Capítulo 11 El rescate

Aine lo sintió antes de verlo. No fue un ruido, no fue un destello. Fue algo más antiguo: un cambio en la presión del aire, un olor a sal y a tormenta que se coló por la rendija de la ventana. Se levantó del sillón donde llevaba horas pasando las páginas sin ver las palabras, y se asomó al cristal.

El cielo se había vuelto negro. Un negro denso, pesado, como si el día se hubiera desmoronado de repente.

Y el mar, antes en calma, empezaba a agitarse, a levantar olas que rompían contra las rocas con una furia que Aine no recordaba haber visto en mucho tiempo.

Y allí, en medio de la playa, sentada en su roca como si nada, estaba la chica.

—Vuelve al coche —murmuró Aine, con los dedos apoyados en el cristal frío—. Vuelve ahora, por favor.

Pero la chica no la oía. Estaba escribiendo, absorta en su cuaderno, con el mar a sus pies y el viento moviéndole el pelo.

Aine la vio inclinarse sobre el papel, mover el bolígrafo con esa urgencia que tenía cuando escribía.

No podía apartar los ojos de esa figura frágil recortada contra el cielo negro.

Sintió una opresión en el pecho, la certeza de que algo malo iba a pasar.

El mar se levantó como un muro.

No fue una ola cualquiera. Fue una ola más alta que las demás, que creció detrás de la chica y se le echó encima. Aine vio cómo el agua se volvía opaca, cómo la cubría. El cuaderno voló, las hojas se desperdigaron sobre la espuma, y la silueta de la chica se deshizo entre las olas.

—¡No! —gritó Aine, pero su voz se perdió en el rugido del viento.

Bajó las escaleras del pazo sin sentir los escalones, con los pies descalzos sobre la piedra fría.

Antes de salir, arrancó del sofá la manta más gruesa que encontró y se la echó al brazo.

Abrió la puerta de golpe y la tormenta la recibió como una bofetada.

La lluvia le cegó la vista, el viento la empujó hacia atrás, pero ella siguió corriendo, con los pies hundiéndose en la arena mojada.

Hacía años que no pisaba la arena. Años que no dejaba que el mar le tocara la piel. Y ahora se lanzaba a él sin pensar, porque había algo más fuerte que el miedo: la certeza de que no podía quedarse mirando.

Llegó a la orilla y se lanzó al mar.

El agua estaba helada. El impacto le robó el aire y le paralizó el pecho.

Pero su cuerpo recordaba. Recordaba los años de entrenamiento, las competiciones regionales, la forma de cortar el agua con los brazos.

Nadó hacia el lugar donde había visto caer a la chica, pero la oscuridad y la espuma no la dejaban ver.

—¡Oye! —gritó, y el viento se llevó su voz—. ¡Oye, dónde estás!

No había respuesta. Solo el rugido del mar, el golpe de las olas, el frío mordiéndole los brazos. Aine siguió nadando, con una desesperación que no sentía desde hacía años. No sabía si iba en la dirección correcta. Solo sabía que no podía parar. Y entonces, en un destello, vio la silueta.

Era apenas un bulto más oscuro en medio de la negrura, un movimiento débil que se desvanecía entre la espuma.

Aine se lanzó hacia allí, cortando el agua con todas sus fuerzas.

Hasta que, a centímetros de sus dedos, vio una mano que se agitaba, que luchaba por mantenerse en la superficie.

Aine se sumergió. Sintió el agua fría en los ojos, en la nariz, en los pulmones.

Vio el cuerpo de la chica hundido a medio metro, con los brazos extendidos y los ojos cerrados.

Agarró su torso con un brazo, rodeó su pecho, y tiró de ella con todas sus fuerzas.

Nadó hacia atrás, hacia la orilla, con un brazo rodeando el torso de la chica y la otra mano moviéndose con una fuerza que no sabía que le quedaba.

Sentía el peso de María contra su pecho, el frío de su piel, el latido débil de su corazón.

Las olas las golpeaban, las empujaban contra las rocas.

Aine sintió cómo una roca le raspaba la rodilla, cómo el dolor se extendía por su pierna, pero no se detuvo.

Cuando llegaron a la orilla, cayó de rodillas en la arena mojada, arrastrando a la chica consigo.

La arrastró unos metros más, hasta donde la arena dejaba de ser arrastrada por las olas, y la extendió sobre la manta. La lluvia seguía golpeándolas, pero al menos el mar no las alcanzaba. La chica estaba pálida. Tenía los labios morados, los dedos rígidos, los ojos cerrados. Y no respiraba.

—No —murmuró Aine—. No, no, no.

Se arrodilló a su lado, la colocó boca arriba, le inclinó la cabeza hacia atrás y comenzó con las compresiones.

Una, dos, tres. Empujaba el pecho con las manos entrelazadas, sintiendo las costillas ceder bajo la presión.

Luego pegó su boca a la de la chica y le insufló aire.

Una vez, dos veces. Las manos le temblaban, pero la técnica era precisa.

Sus conocimientos de primeros auxilios se activaron de inmediato, como si el cuerpo recordara por ella.

—Vuelve —murmuró Aine—. No te vayas. No ahora.

El mar rugía detrás, la lluvia le golpeaba los hombros, el frío se le metía en los huesos, pero ella no se detenía.

Y entonces, en el tercer ciclo, la chica tosió.

Una tos seca, violenta, que expulsó agua y aire.

Abrió los ojos un instante, borrosos, y volvió a cerrarlos. Estaba inconsciente, pero respiraba.

Aine se dejó caer sobre la arena, agotada.

Pero no se detuvo. La levantó con un esfuerzo que le hizo gritar de dolor, la rodilla raspada, los brazos temblando, y empezó a arrastrarla hacia el pazo.

No podía cargarla, no con su cuerpo agotado, pero la arrastró por la arena, metro a metro, hasta la puerta trasera.

Entró, cerró con el pie, y con un esfuerzo que le hizo temblar todo el cuerpo la cargó en brazos y subió las escaleras.

En el descansillo tuvo que parar, con la espalda contra la pared y el corazón golpeándole las costillas.

Miró el rostro de la chica, pálido, inmóvil, y le apartó un mechón de pelo mojado de la frente.

—Aguanta —le dijo—. Aguanta un poco más.

Siguió subiendo hasta su propia habitación.

La acostó en la cama y, con movimientos rápidos pero cuidadosos, le quitó la ropa mojada.

El jersey de lana, la camiseta, los pantalones.

Todo helado y pegado a la piel. Aine la secó con una toalla y la arropó bien.

Ella también estaba empapada. Se quitó la ropa mojada sin dudar y la dejó en un montón en el suelo.

Se secó con otra toalla antes de meterse en la cama.

Luego se deslizó bajo el edredón, se acercó a la chica y la abrazó, pegando su piel a la de ella.

No hubo barreras. Solo la urgencia de compartir calor, de devolverle la vida con su propio cuerpo.

Hacía dieciocho años que no abrazaba a nadie.

Dieciocho años sin sentir el calor de otro cuerpo contra el suyo.

Y ahora, con aquella desconocida temblando entre sus brazos, descubrió que lo había echado de menos más de lo que se había permitido reconocer.

Sintió el frío que aún irradiaba la piel de la chica, el temblor que no cesaba.

Apretó el abrazo, rodeándola con brazos y piernas, dejando que su calor fluyera hacia ella sin reservas.

Sus brazos, delgados, temblaban bajo sus manos, y su respiración era tan débil que Aine tuvo que acercar el oído a su pecho para asegurarse de que seguía viva.

Ese pensamiento le dolió. Le recordó a la mujer que había sido ella cuando se encerró en el pazo.

Pero no era el momento. Ahora solo había que calentarla.

—Tranquila —susurró Aine, con la mejilla apoyada en el pelo húmedo de la chica—. Estás a salvo. El frío se va a pasar.

Afuera, la tormenta seguía rugiendo. Pero dentro de aquella habitación solo había silencio, calor, y la respiración de dos mujeres que acababan de cruzarse para siempre.

Horas después, la tormenta había amainado.

La lluvia se había convertido en un rumor suave contra los cristales.

En la habitación, el silencio era un manto cálido.

La chica abrió los ojos. No sabía dónde estaba.

No reconocía el techo, ni la luz tenue que entraba por la ventana, ni el olor a lavanda que flotaba en el aire.

Intentó moverse, pero algo la retenía. Un brazo que la rodeaba por la cintura, y un cuerpo que se pegaba al suyo bajo las mantas.

Sintió que el corazón se le paraba. Miró hacia abajo y vio que estaba desnuda.

No recordaba haberse desnudado. No recordaba nada desde la ola.

Solo el golpe, el agua, la oscuridad. Y ahora estaba allí, en una cama desconocida, abrazada a una mujer que no conocía.

El pánico empezó a subirle por el pecho.

Intentó apartarse con un movimiento brusco, pero el brazo que la sujetaba se tensó y una voz ronca, aún medio dormida, llegó a sus oídos:

—Tranquila. Estás a salvo.

Se quedó inmóvil. No conocía esa voz, pero su calma era un ancla.

Giró la cabeza lentamente y vio el rostro de la mujer que la abrazaba.

Era ella. Pero ahora la veía de cerca, y su serenidad la dejó sin aliento.

Tenía el pelo oscuro, revuelto por el sueño, y unos ojos grises que la miraban con una mezcla de cansancio y ternura que no sabía cómo interpretar.

—¿Dónde estoy? —preguntó, con la voz temblorosa.

—En mi cama —respondió Aine, con una voz suave pero firme—. En el pazo. Te saqué del agua. Te estabas ahogando. No respirabas. Tuve que reanimarte.

María parpadeó, intentando procesar. La ola. El mar. La oscuridad. Y luego, la mano que la agarraba, el arrastre hacia la orilla, la tos, el aire.

—¿Me salvaste? —preguntó, y su voz se quebró.

Aine asintió. No soltó el abrazo.

—Sí. Te salvé.

María la miró un momento. Luego bajó la vista a la manta, y algo le vino a la memoria.

—La cesta —dijo, con la voz muy baja—. El jersey de lana. La botella de agua. Fuiste tú.

Aine asintió, casi imperceptiblemente.

—Olía a lavanda —murmuró María.

—Es el jabón que uso —dijo Aine.

María miró hacia abajo, hacia la manta que cubría su cuerpo, y sintió que el calor le subía a las mejillas. Subió la manta un poco más, hasta la barbilla, y apartó la mirada.

—No llevo ropa —dijo, apenas un susurro.

—No podías quedarte con la ropa mojada —respondió Aine—. Tenías hipotermia. Había que secarte y darte calor. El calor de mi cuerpo podía ayudarte a recuperar temperatura.

María no respondió. Pero Aine sintió cómo su cuerpo, poco a poco, dejaba de tensarse, cómo la respiración se volvía más regular.

—¿Lo entiendes? —preguntó Aine, casi en un susurro.

María asintió lentamente. El rubor seguía en sus mejillas, pero ya no era solo vergüenza. Era también gratitud.

—Gracias —susurró—. Por todo.

Aine apretó un poco el abrazo.

—No tienes que darme las gracias —respondió—. Solo relájate y descansa, todo va a estar bien..

María volvió a apoyar la cabeza en la almohada, sintiendo la respiración de Aine contra su nuca.

No sabía qué hacer con sus manos, así que las dejó sobre su propio pecho, sin atreverse a tocarla.

Sentía el calor de su cuerpo, el ritmo de su respiración.

Y aunque el pudor le quemaba, no quería moverse.

Aine la estrechó un poco más.

—Duerme —dijo—. Mañana hablamos.

María cerró los ojos. Y antes de que el sueño terminara de llevársela, murmuró, con la voz ya perdida en la oscuridad:

—Me llamo María.

Aine sonrió contra su pelo y respondió tan bajo que apenas fue un susurro:

—Aine.