Capítulo 9 El viaje
El piso olía a cerrado. No era un olor sucio.
Era un olor a tiempo detenido, a aire que ya no circulaba, a vida que se había ido y no había vuelto.
María estaba en medio del salón, con las manos vacías y la mirada perdida, rodeada de objetos que habían sido su mundo y que ahora eran solo cosas.
Cosas mudas que ya no significaban nada, pero que pesaban como una vida entera.
Había pasado toda la noche sin dormir, repasando mentalmente lo que podía llevarse. La mochila que había dejado junto a la puerta ya estaba hecha, con lo básico. Pero la realidad era más dura que cualquier lista. El coche era pequeño. No cabía todo. Tenía que elegir.
Empezó por lo que no se negociaba. El álbum de fotos de sus padres.
La caja con los pocos libros que había podido salvar de la estantería de su madre.
El cuaderno |donde escribía sus historias.
Y las zapatillas que Eva se había dejado, todavía en la entrada, en el mismo sitio donde las había visto cada día desde que se fue.
Las cogió. Las metió en la mochila, junto al libro de Marina Valer. Esas cosas iban con ella.
De la colección de discos de su padre, que no cabía entera, sacó uno solo.
Un vinilo de jazz que él ponía los domingos mientras hacía el café.
El sonido del saxo llenaba la casa de una calma que ahora le dolía en el pecho.
Lo envolvió en una camiseta y lo metió en la mochila.
El resto, los cientos de discos que no cabían, los dejó en la estantería, alineados, tal como él los había dejado.
Luego vino lo difícil. Lo que no cabía. Los jarrones que su madre había comprado en un viaje a Portugal.
Las tazas de té, los manteles bordados, las pequeñas cosas que habían hecho de aquel piso un hogar.
María las tocó una a una, como si con cada roce pudiera llevarse un pedazo. Pero sabía que no podía.
Guardó en una bolsa lo que podía donar. En otra, lo que tiraría.
Fue un proceso lento que la dejó agotada antes del mediodía.
Cuando terminó, el piso parecía más grande y más vacío que nunca.
Las paredes desnudas. Los muebles sin dueño.
El eco de sus pasos en el suelo de madera.
La cocina, donde su madre preparaba el desayuno.
El salón, donde su padre leía el periódico.
La puerta de la habitación de ellos, que ya no volvería a abrirse.
Se quedó un momento en el umbral, mirando el interior oscuro, y luego cerró la puerta despacio. No podía entrar.
Se sentó en el suelo, con el álbum de fotos en el regazo, y lo abrió por la última página.
Allí estaban sus padres, sonriendo en el jardín de Carragueiros, con el pazo de fondo.
Su madre llevaba un vestido blanco, y su padre la abrazaba por la cintura.
María había visto esa foto cientos de veces, pero aquella mañana la miró como si fuera la primera.
Se fijó en los detalles: la forma en que su madre inclinaba la cabeza hacia el hombro de su padre, la sonrisa tranquila de él, la luz del atardecer bañándolos a los dos.
—Voy a volver al mar —susurró, con la voz rota.
Cerró el álbum y lo metió en la mochila. Luego cogió las llaves del coche, las apretó contra la palma de la mano, sintiendo el frío del metal, y salió del piso sin mirar atrás.
El descenso por las escaleras fue lento.
Cada escalón era un adiós. La madera crujía bajo sus pies con ese sonido que había escuchado toda su vida y que ahora parecía el lamento de la casa.
Al llegar al portal, se detuvo un momento y miró hacia arriba.
Desde la calle, la ventana de su habitación parecía pequeña, insignificante.
Pero ella sabía lo que había dentro. Todas las noches en vela, todas las lágrimas, todas las veces que había mirado el techo preguntándose cómo seguir. Eso también lo dejaba atrás.
El coche estaba cargado hasta los topes.
Maletas, bolsas, la caja de libros, una pequeña nevera portátil, una bolsa con ropa de abrigo y, en el asiento del copiloto, su portátil con la pantalla agrietada.
Era todo lo que le quedaba en el mundo. Y, sin embargo, al mirarlo, sintió una extraña ligereza.
No había nada más que perder. Solo quedaba el camino.
Arrancó el motor. Mientras se alejaba del edificio, miró por el retrovisor.
La fachada gris, las ventanas cerradas, el portal por el que había entrado y salido tantas veces.
Se fue haciendo pequeña, hasta que una curva la ocultó.
No llevaba un mapa, pero sabía hacia dónde iba.
El mar, hacia el norte. Condujo en silencio, acompañada solo por el sonido del motor y el viento que entraba por la ventanilla entreabierta.
El paisaje cambiaba lentamente. Los campos se volvían más verdes, los montes más altos, el cielo más gris.
Reconocía los nombres de los pueblos en las señales, los ríos que cruzaban los puentes, las vacas pastando en las laderas. Todo era familiar y a la vez extraño.
Paró una sola vez, en una gasolinera a las afueras de Padrón.
Entró a por agua y algo de comer. La dependienta, una mujer de mediana edad, le preguntó si quería algo más.
María negó con la cabeza. Pagó. La mujer le dio el cambio y le deseó buen viaje.
María murmuró un gracias que apenas se escuchó.
Volvió al coche con una botella de agua y un paquete de galletas que no abrió.
Dos palabras. Le habían costado un esfuerzo enorme.
En menos de una hora, las calles quedaron atrás y el mar empezó a asomarse entre los árboles. Apretó el volante y siguió adelante, dejando que el paisaje hiciera su trabajo.
Y entonces, sin saber por qué, sintió que sus padres la acompañaban.
No como fantasmas. Como un eco. El recuerdo de sus voces, de sus risas, de las tardes en Carragueiros cuando el mundo era un lugar seguro.
Recordó los veranos enteros en aquella playa.
Las mañanas de arena y protector solar, las tardes de cubo y pala, las noches de cena tardía con los pies aún salados.
Recordó a su madre leyendo bajo la sombrilla y a su padre metiéndose en el agua hasta la cintura, gritando que estaba fría, y saliendo con la piel de gallina y una sonrisa.
Recordó una vez, cuando tenía ocho años, que su padre la había subido a sus hombros para que viera el mar desde lo alto de un acantilado.
Ella había abierto los ojos todo lo que podía y había señalado la línea donde el agua se juntaba con el cielo.
—¿Hasta dónde llega, papá?
—Hasta donde llega la vista —había dicho él—. Y un poco más.
Esa frase se le había quedado grabada. Y ahora, años después, la entendía de otra manera. No era una respuesta sobre el mar. Era una respuesta sobre la vida.
Era de noche cuando llegó a la costa. La carretera se volvió más estrecha, más sinuosa, y el olor a salitre empezó a colarse por la ventanilla. María sintió que el corazón se le aceleraba.
El mar apareció de repente. Una inmensidad oscura, salpicada por la luz de la luna, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
María sintió que se le paraba el corazón.
Aparcó el coche en un camino de tierra, cerca de una curva desde la que se veía el mar.
A la izquierda, un acantilado bajo caía directo al agua.
A la derecha, los árboles tapaban a medias la fachada de un pazo de piedra.
Era grande, de granito gris, con las ventanas cerradas y la hiedra trepando por los muros.
Apagó el motor. El silencio fue absoluto durante un segundo, y luego el mar volvió a llenarlo todo.
Se bajó del coche. El viento le dio en la cara, fresco y húmedo, y por un momento, solo un momento, sintió que podía respirar.
El rumor de las olas contra las rocas, el olor a sal y a algas, la brisa en la cara.
Se quedó allí, en medio del camino, con los brazos caídos a los costados.
La lluvia empezó a caer, un rumor suave, constante.
María volvió al coche, se recostó en el asiento, cerró los ojos y escuchó el sonido de las olas.
Por primera vez en meses, el silencio no pesaba.
Se quedó dormida sin darse cuenta, con la mano aún apoyada en el volante y la cabeza ladeada hacia la ventanilla. Y soñó con su madre, con su padre, con aquella playa donde había sido feliz sin saber que algún día añoraría cada segundo.
Y en una de las ventanas del pazo, una luz se encendió.
Aine estaba en la cocina, preparándose una infusión, cuando vio el coche desde la ventana.
No era un coche que conociera. Un Ford Fiesta viejo, cargado hasta los topes, con una chica joven en el asiento del conductor.
La chica estaba dormida, con la cabeza apoyada en el reposacabezas y las manos aún en el volante.
Aine se quedó mirándola un largo rato. No sabía quién era, ni qué hacía allí, ni por qué había elegido aquel camino de tierra para detenerse.
Pero algo en su postura, en la forma en que estaba acurrucada en el asiento, le trajo un recuerdo que llevaba años enterrado.
Llevaba años viviendo así, con los días medidos por la luz que entraba por las ventanas. Los del pueblo la saludaban de lejos, con esa mezcla de respeto y distancia que se tiene a quien vive solo y no da explicaciones. No le importaba. El silencio era lo único que le pedía al mundo.
No hizo nada. No se asomó, no la llamó, no encendió ninguna luz más.
Solo se quedó allí, tras el cristal empañado por la humedad, observando a la desconocida que había llegado a su puerta sin saber que estaba llegando.
Algo en el aire había cambiado. No sabía qué, pero lo sintió. La infusión se enfrió en sus manos.
María se despertó con el frío. La lluvia había parado, pero el viento seguía moviendo las ramas de los árboles.
Se incorporó, se frotó los ojos y miró por el parabrisas.
El pazo seguía allí, silencioso, imponente.
Y entonces lo vio. En una de las ventanas del piso superior, había una luz encendida.
Alguien había corrido un poco la cortina, y tras el cristal empañado por la humedad, se recortaba la silueta de una mujer.
Estaba quieta, con una taza en la mano, mirando hacia fuera. Mirando hacia el coche de María.
María no se movió. La mujer tampoco. Se quedaron así un rato, separadas por la distancia del camino y por la lluvia recién caída, midiéndose sin decirse nada.
María levantó una mano, despacio, sin saber por qué.
No saludó. Solo la apoyó contra el cristal de la ventanilla, como si con ese gesto pudiera acortar la distancia.
La mujer, tras la cortina, no se movió. Pero tampoco se fue.
No hubo un saludo, ni un gesto más, ni una señal. Solo dos miradas que se encontraron en la noche.
María no lo sabía todavía. Pero aquella mujer, con la taza en la mano, acababa de verla llegar.