Donde empieza el horizonte Capítulo 8 El peso del adiós
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Capítulo 8 El peso del adiós

El silencio del piso era distinto ahora.

No era el silencio de los primeros días, aquel que pesaba como una losa y se metía por las rendijas de las ventanas.

Era otro. Un silencio más seco, más limpio, como si el aire se hubiera vaciado de golpe y no supiera cómo volver a llenarse.

Eva se había ido y con ella se había llevado el ruido de la cafetera por la mañana, el sonido de las páginas al pasar, la voz baja hablando por teléfono, el crujido del sofá cama al abrirse cada noche.

Todo eso ya no estaba. Y el piso, sin esos sonidos, parecía más grande.

María se quedó de pie en el recibidor un largo rato después de que Eva cerrara la puerta.

Con el libro de Marina Valer apretado contra el pecho.

Escuchando los pasos de Eva bajando las escaleras, cada escalón un golpe, cada golpe un poco más lejos, hasta que el portal se cerró y después no quedó nada.

No lloró. Ya había llorado en el abrazo.

Lo que quedaba era otra cosa. Una especie de calma extraña, como el silencio que viene después de un grito.

Se quitó los zapatos en la entrada. Los dejó alineados junto a las zapatillas de Eva, que seguían allí, en el mismo sitio donde las había dejado la primera noche.

Unas zapatillas viejas, de andar por casa, con la suela gastada.

María las miró un momento. No las guardó.

No sabía cuándo podría hacerlo. Quizás nunca.

Fue al salón. Se sentó en el sofá cama, todavía sin arreglar, con la manta arrugada y una marca en la almohada donde Eva había apoyado la cabeza durante quince noches.

María pasó la mano por la marca. La tela todavía conservaba un poco de calor.

O eso le pareció. Se quedó ahí un rato, con la mano sobre la almohada, sin pensar en nada.

Pasaron las horas. No encendió la tele. No puso música.

No hizo nada. Solo se quedó en el sofá cama, con las piernas recogidas, mirando cómo la luz cambiaba de color a través de la ventana.

La tarde se fue volviendo naranja, luego gris, luego oscura.

Y María seguía allí, sin moverse, como si el tiempo no existiera.

Al día siguiente, se despertó en el sofá cama.

No recordaba haberse dormido. Tenía el cuello torcido y la boca seca.

Se levantó, fue al baño, se lavó la cara.

Se miró al espejo un segundo y no se reconoció.

Se duchó. Se vistió. Se preparó un café que no se bebió del todo.

Se sentó en la mesa de la cocina, con la taza entre las manos, y miró el temario de Psicología que seguía abierto sobre la mesa.

Los subrayadores, las páginas marcadas. Todo seguía allí, esperándola.

Pero ella no podía mirarlo. Cerró el libro y lo apartó.

Las noches eran peores. Se despertaba a las tres de la madrugada con el corazón acelerado.

Escuchaba el silencio del piso y le parecía un ruido ensordecedor.

Las cañerías. El viento. El crujido de la madera.

Se quedaba mirando el techo, contando las grietas.

En algún momento, se levantaba, iba a la puerta de la habitación de sus padres, y se quedaba allí, de pie, mirando la oscuridad.

No entraba. No podía. Solo se quedaba ahí, con la mano apoyada en el pomo.

Eva llamaba todos los días. Puntual, a las nueve de la noche.

Y María contestaba, y hablaban de tonterías, del tiempo, de los estudios, de todo aquello que no era el dolor.

Eva le contaba sus clases, sus compañeros, la ciudad de Boston que empezaba a conocer.

María escuchaba, asentía, reía cuando tocaba reír.

Pero cuando colgaban, el silencio volvía. Más pesado que antes.

Una noche, Eva llamó antes de lo habitual. María estaba en el sofá cama, con las piernas recogidas, mirando la pared.

—¿Qué haces?

—Nada.

—¿Has comido?

—Sí.

—María.

—Vale. No.

—¿Qué tienes en la nevera?

—Un par de huevos. Medio paquete de arroz.

—Mañana sales y compras. No me digas que no.

—Vale.

—Y sales a la calle. Caminas.

—Vale.

Hubo una pausa. María escuchó el ruido de fondo al otro lado de la línea: voces, música lejana, el sonido de una cafetería.

—¿Dónde estás?

—En una cafetería. Con gente del laboratorio.

—¿Y qué tal?

—Bien. Son majos. Pero no son tú.

María no respondió. Sintió un nudo en la garganta.

—María —dijo Eva, con la voz más baja—. ¿Cómo estás, de verdad?

María dudó. Podía mentir. Pero Eva siempre lo sabía.

—No sé, Eva. A veces creo que estoy mejor, y luego miro la puerta de la habitación de mis padres y me acuerdo de que están muertos. Y entonces todo vuelve a empezar.

Eva se quedó en silencio.

—No te voy a decir que todo va a estar bien —dijo al fin—. Porque no lo sé. Pero no estás sola.

María asintió, aunque Eva no pudiera verla.

Colgaron. María se quedó allí, en la oscuridad del salón.

Se levantó, fue a la ventana y miró la calle vacía.

Santiago dormía. Las farolas proyectaban sombras largas sobre el asfalto.

Y María, con la frente apoyada en el cristal frío, sintió que la ciudad entera le quedaba grande.

Al día siguiente, salió. No sabía por qué.

Solo sintió que no podía quedarse un minuto más en el sofá cama.

Se puso la chaqueta, cogió las llaves y bajó las escaleras.

Caminó sin rumbo. Por la calle del Hórreo, por la Alameda, por los jardines de la Ferradura.

La gente pasaba a su lado, cada uno con su prisa, su vida, su destino.

María los miraba y se sentía invisible. Como si fuera un fantasma caminando entre vivos.

Se sentó en un banco de piedra frente a la catedral.

La fachada estaba en obras, cubierta de andamios.

La miró un largo rato. Recordó lo que su padre siempre decía: que cuando terminaran las obras, la llevaría a ver el Pórtico de la Gloria.

Ya no iba a poder. Se levantó y siguió caminando.

Pasó por delante de la facultad. Las ventanas estaban iluminadas.

Los estudiantes entraban y salían con carpetas bajo el brazo.

María se quedó mirando la entrada un momento. No entró. Siguió caminando.

Volvió al piso después de una hora. Se sentó en el sofá cama.

No había comprado nada. Pero había salido.

Y eso, por ahora, era algo. Cogió el cuaderno de la mesilla.

Lo abrió por la primera página. Estaba en blanco.

Pasó los dedos por el papel. Pensó en escribir algo, pero las palabras no vinieron. Lo cerró y lo guardó en el cajón.

Una noche, sin saber por qué, abrió el cajón de su mesilla.

Allí estaba el álbum de fotos de sus padres.

No lo había abierto desde el entierro. No había tenido valor.

Pero aquella noche sintió que podía hacerlo.

Abrió el álbum. Su madre sonriendo en la playa de Carragueiros, con el pelo revuelto por el viento.

Su padre, con una caña de pescar en la mano, mirando al horizonte.

Ella misma, con seis o siete años, corriendo por la orilla con un cubo lleno de conchas.

Recordó el olor del mar, la arena caliente bajo sus pies, la voz de su madre llamándola para que no se alejara demasiado.

Recordó el pazo al fondo, con sus ventanas oscuras y sus muros de piedra.

Recordó a su padre señalándole la torre y diciéndole que algún día pedirían permiso a los dueños y lo visitarían.

Nunca lo hicieron. Cerró el álbum y lo apretó contra su pecho.

No lloró. Pero sintió algo. Un calor pequeño en medio del frío.

Pasaron las semanas. Los días empezaron a mezclarse. María perdía la cuenta de qué día era, de si había comido o no. Se levantaba, se sentaba en el sofá cama, miraba por la ventana, y esperaba a que el tiempo pasara. Pero el tiempo no pasaba. Se arrastraba.

El casero llamó un martes por la mañana.

—María, soy don Manuel. El del piso.

—Sí, dígame.

—Mira, María, lo entiendo. De verdad. Pero tengo mis propios gastos. El alquiler lleva dos meses sin pagarse. Si no puedes pagar, voy a tener que buscar a otra persona.

María apretó el teléfono contra la oreja.

—Lo sé. Lo pagaré. Solo deme un poco más de tiempo.

—Te doy quince días, María. Después de eso, no puedo esperar más.

Colgó. María se quedó con el teléfono en la mano. Quince días.

Esa noche, se sentó en el suelo del salón, con el cuaderno de tapas blancas abierto en el regazo. Cogió el bolígrafo. Empezó a escribir.

"No sé qué día es. No sé cuándo comí por última vez. Eva llamó anoche. Le dije que estaba bien. Mentira."

Paró. Respiró hondo. Siguió.

"El casero me ha dado quince días. No tengo dinero. No tengo trabajo. No tengo a nadie. Solo tengo el coche y lo que quepa en él."

Paró otra vez. Miró lo que había escrito. Tachó una línea. Siguió.

"No puedo dejar los estudios. Es lo único que tengo. Voy a usar los 400 euros que me quedan para pagar el internet y estudiar a distancia. No sé dónde. No sé cómo. Pero voy a intentarlo."

Dejó el bolígrafo. Miró por la ventana. La calle estaba vacía. La luz de la farola entraba por el cristal y dibujaba un rectángulo amarillo en el suelo.

Cerró el cuaderno. Lo apretó contra el pecho.

Se quedó ahí un largo rato, sentada en el suelo, mirando el rectángulo de luz.

No sabía dónde iba a ir. No sabía cómo iba a pagar el internet.

No sabía si iba a poder estudiar a distancia sin un sitio fijo donde vivir.

Pero sabía que no podía quedarse aquí. Que este piso, esta ciudad, estas calles donde cada esquina le recordaba a sus padres, la estaban matando despacio. Que tenía que irse.

Se levantó. Fue a la cocina. Abrió la nevera.

Quedaba algo de comida. Lo suficiente para un par de días.

Cerró la nevera. Volvió al salón. Cogió el teléfono.

Abrió el navegador. Buscó "pueblos costeros Galicia donde vivir barato".

Los resultados aparecieron en la pantalla.

Nombres que no conocía. Playas, acantilados, puertos pequeños.

Siguió bajando. Y entonces lo vio. Carragueiros.

Un pueblo costero en la Costa da Morte. Un nombre que le sonaba.

No sabía por qué. No era solo porque lo recordaba de los veranos con sus padres. Era algo más. Como si hubiera oído ese nombre en otro lugar, en otro tiempo. Como si ya hubiera estado allí antes, aunque fuera imposible.

Abrió el álbum de fotos. Buscó la foto de su madre en la playa.

Al fondo, el pazo. La torre. Los muros de piedra.

María se quedó mirando la imagen más tiempo del necesario.

Había algo en aquel lugar que le resultaba extrañamente familiar, como si no fuera la primera vez que lo veía, aunque sabía que nunca había estado allí.

No era solo que le gustara. Era una sensación más profunda, difícil de explicar, como reconocer un sitio en el que nunca se había estado.

María miró la pantalla del teléfono. Miró el álbum. Se quedó un momento quieta, sintiendo una presión extraña en el pecho. No era miedo. Era otra cosa. Algo parecido a un eco lejano que no terminaba de escuchar.

Cerró el teléfono. Lo dejó sobre la mesa.

Se quedó mirando la pared un largo rato.

Luego se levantó. Fue a su habitación. Abrió el armario.

Sacó una mochila grande, la que usaba para ir a la universidad.

Empezó a meter ropa. No mucha. Lo justo.

Un par de pantalones, tres camisetas, un jersey, ropa interior.

El neceser. El cargador del móvil. El cuaderno.

El libro de Marina Valer. Cerró la mochila.

La dejó junto a la puerta. Se sentó en la cama.

Miró la habitación. La estantería con sus libros.

La mesa de estudio. La ventana por la que entraba la luz de la farola.

Todo lo que había sido su vida durante dieciocho años.

Se tumbó en la cama y cerró los ojos. No durmió, pero descansó los párpados sobre un mundo que estaba a punto de cambiar. Afuera, Santiago seguía durmiendo. Y María empezaba a despedirse de todo lo que conocía sin saber adónde iba, aunque una parte de ella ya lo sabía.