Capítulo 7 El eco de los pasos
El silencio se había vuelto una presencia más en el piso.
Una habitante que ocupaba los rincones y se sentaba en las sillas vacías.
Pasaron quince días desde el entierro. Quince días en los que Eva seguía durmiendo en el sofá cama del salón con la maleta sin deshacer del todo, como si todavía no se creyera que iba a quedarse tanto tiempo.
No se había arrepentido ni un segundo. Aunque su padre la llamaba cada dos días, aunque su vida en Boston se había quedado en pausa, aunque sabía que los exámenes se acercaban y su trabajo no iba a esperarla.
No le importaba. María la necesitaba más que cualquier cosa.
Y Eva sabía que, cuando se fuera, María se quedaría sola.
María se movía por la casa como en sonámbula.
Había días mejores, días en los que se duchaba, se vestía, se sentaba a la mesa y comía algo sin que el estómago se le cerrara.
Días en los que incluso recogía un plato, fregaba una taza, doblaba una manta.
Pero también había días peores. Días en los que no salía de la cama hasta las dos de la tarde, en los que se quedaba en pijama mirando la pared, en los que Eva le dejaba un plato de comida en la mesilla y no volvía a recogerlo hasta la noche, frío, intacto.
Eva no la presionaba. Le tocaba el hombro al pasar, le dejaba una taza de té en la mesa, se sentaba a su lado sin decir nada.
Solo eso. Un "estoy aquí" sin palabras. Pero por las noches, cuando María se dormía, Eva se quedaba mirando el techo del sofá cama, escuchando el silencio del piso, contando los días que le quedaban antes de tener que volver a su vida.
Una noche, María se despertó con el sonido de la voz de Eva en el salón. Se levantó despacio y fue al pasillo. No quería escuchar, pero la voz llegaba clara a través de la puerta entreabierta.
—Sí, papá. Lo sé. Llevo dos semanas aquí. Lo sé. Tengo exámenes en tres semanas. —Una pausa—. No, no puedo irme ahora. No está en condiciones. Sí, lo sé. Te llamo mañana.
Colgó. María escuchó el suspiro de Eva, largo, cansado. Luego el silencio. María volvió a la cama sin hacer ruido. No le dijo nada a la mañana siguiente. Pero supo que Eva estaba sosteniendo más de lo que dejaba ver. Y supo también que no podía ser una carga para ella.
Una tarde, Eva entró en el salón y encontró a María sentada en el sofá, con las piernas recogidas, la mirada perdida en la ventana.
Llevaba el pijama puesto, el pelo sin peinar, y en las manos un papel arrugado que no dejaba de girar entre los dedos.
Era la lista de la nevera. La había arrugado y desarrugado tantas veces que ya casi no se podía leer la letra.
"Lasaña: ocho minutos." "Croquetas: cinco. " "No abras la puerta a nadie."
Eva se sentó a su lado.
—He estado pensando —dijo María al fin—. En lo que voy a hacer.
—¿Y qué has pensado?
María siguió girando el papel entre los dedos.
—No puedo quedarme aquí. El piso es demasiado caro. En dos meses no voy a poder pagar el alquiler.
Eva sintió un nudo en la garganta. Había visto los extractos del banco. La cuenta de los padres de María tenía lo justo para un par de meses. Después, nada.
—Hay algo que he estado pensando —dijo Eva—. Podrías venirte conmigo. A Estados Unidos.
María la miró.
—¿A Estados Unidos?
—Sí. Puedes venirte a vivir conmigo. Estudias allí, encuentras algo, empiezas de nuevo. Conmigo a tu lado.
Eva hablaba deprisa, como si temiera que las palabras se le escaparan. Le contó que tenía espacio, que había universidades, que podía buscar trabajo. Que no tenía que decidirlo todo ahora.
—Sé que no es fácil. Pero tampoco tienes mucho que te ate aquí. Y allí podrías empezar de cero.
María la escuchó en silencio. Cuando Eva terminó, bajó la mirada hacia el papel arrugado.
—María —insistió Eva—. No tienes que decidirlo ahora. Pero quiero que sepas que la opción está ahí.
Pasó un largo momento antes de que María levantara la cabeza.
—No puedo.
—¿Por qué no?
María sintió que las palabras se le quedaban atrapadas en la garganta. Miró a Eva.
—Porque aquí están ellos. Si me voy, los dejo atrás. Y no puedo hacer eso.
Eva abrió la boca. María la detuvo con un gesto.
—No puedo irme contigo. No porque no quiera, sino porque si me voy, voy a llevarme el dolor a donde vaya. Y no quiero que tu vida en Boston se convierta en mi refugio. Te quiero como a una hermana, Eva. Y las hermanas no se arrastran a los naufragios de las otras.
Eva se quedó callada. Porque María tenía razón. Eva podía ofrecerle un techo, un trabajo, una vida nueva, pero no podía ofrecerle lo que María necesitaba.
—Vale —dijo Eva al fin—. Vale.
María se levantó del sofá y fue a la ventana. Eva fue a la cocina y preparó dos tazas de té. Dejó la de María sobre la mesa y se sentó cerca, con la suya entre las manos.
—No sé qué voy a hacer, Eva —dijo María—. No tengo dinero, no tengo trabajo, no tengo adónde ir.
—Tienes tiempo —dijo Eva—. Dos meses no son nada. Puedes buscar algo más pequeño. No tienes que decidir todo ahora.
María negó con la cabeza. Sabía que no eran dos meses. Sabía que el tiempo no iba a arreglarlo.
Eva dejó su taza sobre la mesa.
—Me voy mañana —dijo—. Tengo que volver. Los exámenes, mi padre, el laboratorio. No puedo quedarme más.
María asintió. Ya lo sabía.
—Te voy a echar de menos —dijo Eva.
—Yo también.
Esa noche no durmieron. Se quedaron en el sofá cama, una al lado de la otra, con las piernas recogidas y las mantas hasta la barbilla.
Recordaron la primera vez que Eva había dormido en aquel piso, cuando tenían doce años.
La madre de María les había preparado tortilla de patatas, croquetas y flan.
Se habían quedado hasta las dos de la mañana riéndose de una película mala.
Recordaron el día que el padre de María les enseñó a montar en bici y las dos se cayeron en la misma curva.
Recordaron cosas pequeñas, cosas que no importaban a nadie más que a ellas.
Y se rieron un poco. Lo justo para que el aire no se hiciera del todo irrespirable.
A la mañana siguiente, Eva se levantó temprano. Hizo la maleta en silencio. María apareció en la puerta de la habitación con una taza de café en la mano. Se quedó mirando cómo Eva cerraba la maleta, cómo comprobaba que no se dejaba nada. No quería que se fuera. Pero sabía que tenía que hacerlo.
—¿Desayunamos algo? —preguntó Eva.
María asintió. Fueron a la cocina. Eva preparó dos tostadas con mantequilla y mermelada. María comió despacio, como si quisiera que aquel desayuno durara más de lo que iba a durar. Eva la miraba desde el otro lado de la mesa.
Cuando terminaron, Eva fregó los platos. María los secó. El último gesto que harían juntas en aquella cocina.
Eva cogió la maleta. María la siguió hasta la entrada. Se quedaron frente a la puerta. Eva fue la primera en moverse. Dejó la maleta en el suelo y abrió los brazos. María se metió en ellos sin pensar.
Eva la apretó con fuerza, le hundió la cara en el cuello, le rodeó la espalda con los brazos como si quisiera grabarse en el cuerpo la forma de María.
María se dejó abrazar. Y por primera vez en muchos días, lloró.
No un llanto suave. Un llanto que le salía de dentro, del estómago, del pecho.
Lloró con el cuerpo entero, con los dedos clavados en la chaqueta de Eva.
Eva la sostuvo. No dijo nada. Solo la sostuvo. Y lloró también, en silencio.
Se quedaron así un largo rato. Hasta que los sollozos se fueron apagando.
María se separó primero. Se limpió la cara con el dorso de la mano.
—Llámame cuando llegues —dijo.
—Te llamo desde el avión.
—Vale.
Eva cogió la maleta, la abrió y sacó un libro pequeño, de tapas gastadas. Se lo puso en las manos a María.
María lo miró. Poemas de Marina Valer. Su escritora preferida. Había leído sus libros tantas veces que algunas de aquellas palabras se habían quedado con ella mucho después de cerrar las páginas.
—Para que no te sientas sola.
—Gracias —susurró.
Eva asintió. Abrió la puerta. Se miraron un segundo. Luego Eva salió y cerró la puerta despacio.
María se quedó de pie en el recibidor, con el libro apretado contra el pecho, escuchando los pasos de Eva bajando las escaleras. Cada escalón un golpe. Cada golpe un poco más lejos. Hasta que el portal se cerró y después no quedó nada.
María se quedó ahí un largo rato. Luego fue al salón. Se sentó en el sofá cama. Abrió el libro. Pasó las páginas despacio, sin leer, solo mirando las palabras. Lo cerró. Lo apretó contra el pecho. Y se quedó mirando por la ventana, con la luz gris de la mañana entrando despacio.
No sabía qué iba a hacer. No tenía dinero, ni trabajo, ni adónde ir. Pero tenía un libro entre las manos. Y una ventana abierta. Y el Ford Fiesta en la calle, eso, por ahora, tenía que ser suficiente.