Capítulo 6 El peso del cuerpo #2
En la calle, el aire frío de Santiago le golpeó la cara. Respiró hondo. Eva estaba a su lado, con las manos en los bolsillos, mirándola sin decir nada.
—¿Quieres dar un paseo? —preguntó Eva—. No hace falta volver directamente.
María pensó un momento. No quería. Pero tampoco quería volver a casa. Asintió.
Caminaron sin rumbo. Por la calle del Hórreo, por la Alameda, por los jardines de la Ferradura.
María miraba los árboles, los bancos vacíos, el suelo húmedo de la noche anterior.
No decía nada. Eva tampoco. Caminaban una al lado de la otra, sin tocarse, sin hablar.
Solo caminando. Se sentaron en un banco de piedra frente a la catedral.
La fachada estaba en obras, cubierta de andamios. María la miró un largo rato.
—Papá siempre decía que cuando terminaran las obras, nos llevaría a ver el Pórtico de la Gloria —dijo María, con una voz baja que apenas se sostenía.
Eva no respondió. Pero su mano encontró la de María sobre el banco y la apretó un momento.
Se quedaron ahí un rato más. Luego se levantaron y volvieron al piso.
Esa tarde, Eva fue al supermercado. Compró comida, productos de limpieza, fruta, pan. Volvió con tres bolsas que dejó en la cocina. María estaba en el sofá, en la misma posición en que la había dejado. No se había movido. Eva se sentó junto a ella y no dijo nada.
La segunda noche, Eva preparó una crema de calabaza y un filete de pollo a la plancha. María comió un poco más que el día anterior. No vomitó. Eva no dijo nada. Solo asintió y recogió los platos, con esa paciencia que parecía no agotarse nunca.
El tercer día, María fue a la habitación de sus padres.
Se quedó en el umbral. No entró. Miró la cama hecha, la mesilla con los libros, la ventana con las cortinas echadas.
El perfume de su madre todavía flotaba en el aire, un resto, un eco que se iba desvaneciendo.
María se quedó ahí un largo rato, sintiendo que aquel olor era lo último que le quedaba de ella, y luego cerró la puerta despacio, con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo. Volvió al salón.
Esa misma tarde, Eva estaba en la cocina hablando por teléfono con la funeraria. María permaneció en silencio junto a la mesa mientras Eva concretaba con ellos los detalles para grabar los nombres de sus padres en el panteón.
Eva colgó el teléfono y se acercó al sofá.
—La lápida llega la semana que viene. Nos preguntan qué quieren poner.
María sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho. Miró a Eva.
—Sus nombres. Y las fechas. Nada más.
Eva asintió. Anotó algo en un papel. No dijo nada más.
La tercera noche, María se despertó. No fue una pesadilla.
Solo se despertó. Miró el techo. Escuchó el silencio del piso.
El viento moviendo las ramas contra la ventana.
Se levantó despacio y salió de la habitación.
Eva estaba dormida en el sofá, con una manta encima y el teléfono en la mano.
La luz de la calle entraba por la ventana y le iluminaba la cara.
Tenía una arruga pequeña entre las cejas, incluso dormida.
María se quedó mirándola un momento. Luego se sentó en el suelo, junto al sofá, con la espalda apoyada en el borde.
No la despertó. Solo se quedó ahí, escuchando la respiración de Eva, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la manta.
Pasaron los minutos. María no se movió. Eva no se despertó.
El silencio del piso las envolvía, denso, pesado, pero no hostil.
Cuando el cielo empezó a clarear, María volvió a su habitación. Se metió en la cama y cerró los ojos. No durmió. Pero descansó los párpados sobre un mundo que todavía no reconocía.
El cuarto día, María se levantó. Fue al baño.
Se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo.
La mujer que le devolvía la mirada seguía teniendo los ojos hundidos, la piel pálida.
Pero había algo distinto. No era esperanza.
No era fuerza. Era solo una certeza pequeña, frágil, que apenas se sostenía: seguía aquí. Seguía respirando. Seguía viva.
Volvió al salón. Eva estaba en la cocina, preparando café. María se quedó en la puerta un momento. Luego dijo, con una voz baja que apenas se sostenía:
—Voy a ducharme.
Eva se giró. La miró. Asintió.
—Vale. Te pongo una toalla limpia.
María asintió y fue al baño. Abrió el grifo.
El agua caliente le golpeó la cara, los hombros, el pecho.
Se quedó ahí, bajo el chorro, sintiendo el calor en la piel, el vapor llenando el cuarto.
El agua le corría por la cara y se mezclaba con algo que no supo identificar.
No era llanto. O tal vez sí. No lo sabía.
Solo dejó que el agua cayera, que le lavara la piel, que le arrastrara por el desagüe lo que quedaba de aquellos días.
Se quedó ahí un largo rato, con las manos apoyadas en la pared de la ducha, la cabeza baja, respirando.
Cuando salió, Eva le había dejado una toalla limpia sobre la encimera y ropa doblada en la silla.
María se secó despacio. Se vistió. Se miró al espejo.
Se secó el pelo con la toalla. Salió al salón.
Eva estaba sentada en el sofá, con una taza de café entre las manos.
María se sentó a su lado. No dijo nada. Eva no dijo nada.
Afuera, Santiago despertaba. El tráfico empezaba a sonar en la calle. La luz se colaba por la ventana, lenta, gris.
Solo estaban. Y eso, por ahora, era suficiente.