Donde empieza el horizonte Capítulo 6 El peso del cuerpo
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Capítulo 6 El peso del cuerpo

El Ford Fiesta se detuvo frente al edificio.

Eva apagó el motor y se quedó un momento con las manos en el volante, mirando la fachada gris.

Delante, el portal seguía igual que siempre, con las mismas baldosas, el mismo buzón, el mismo cartel de la comunidad.

Nada había cambiado. Y, sin embargo, todo era diferente.

María no se movió. Se quedó sentada en el asiento del copiloto, con las manos manchadas de tierra sobre las rodillas, mirando la puerta de su casa como si fuera la entrada a un lugar que ya no le pertenecía.

Eva esperó. Sabía que María necesitaba su tiempo, que no podía obligarla a bajar, que el simple acto de abrir la puerta del coche y poner los pies en el suelo iba a ser un esfuerzo sobrehumano.

Cuando por fin abrió la puerta, lo hizo despacio, con una lentitud que no era dramatismo sino agotamiento.

Bajó sin decir ni una palabra, con los hombros caídos, con la mirada perdida.

Subió los cinco pisos arrastrando los pies, agarrándose a la barandilla como si cada escalón pesara más que el anterior.

Los bolsillos del pantalón le pesaban por la tierra que había recogido en Boisaca.

Eva la seguía en silencio, dos pasos por detrás, sin apresurarla, sin invadir su espacio.

Cuando entraron en el piso, María se quedó de pie en el centro del salón.

No sabía qué hacer. No sabía adónde ir. Se miró las manos.

La tierra estaba seca, metida bajo las uñas, pegada a la piel como una segunda capa que no se podía quitar.

Se quedó mirándola un largo rato, sintiendo el frío del barro, la textura áspera, la sensación de que aquella tierra era el último contacto físico que tenía con sus padres.

Eva cerró la puerta con cuidado. No dijo nada.

Se acercó a María sin hacer ruido, como si tuviera miedo de romper el frágil equilibrio que la mantenía en pie.

Le cogió las manos con una suavidad infinita y la llevó al baño.

Abrió el grifo, dejó que el agua caliente corriera, y puso las manos de María bajo el chorro.

El agua se volvió marrón. La tierra se iba desprendiendo despacio, arrastrando con ella el último contacto físico con el cementerio.

María miraba el agua caer, marrón primero, luego gris, luego casi transparente.

No decía nada. Solo miraba. Sentía cómo el agua caliente le subía por los dedos, cómo el jabón empezaba a disolver la tierra que se le había incrustado en las uñas.

Y pensó que se estaba lavando a sus padres.

Que cada partícula de barro que se iba por el desagüe era un trozo de ellos que desaparecía para siempre.

Y no supo si aquello era un alivio o una traición.

Cuando el agua salió limpia, Eva cerró el grifo.

Le secó las manos con una toalla, dedo a dedo, con una lentitud que no era prisa sino cuidado, como si estuviera tratando con algo muy frágil.

María se dejó hacer. No opuso resistencia.

Solo estaba ahí, con los ojos vacíos, sintiendo las manos de Eva envolviéndolas.

La toalla era suave, tibia. Y por un momento, solo un momento, María sintió que alguien la estaba cuidando. Que no tenía que hacerlo todo sola.

Eva fue a la cocina. Calentó un plato de arroz con verduras que había preparado el día anterior. El sonido del microondas llenó la casa de un zumbido que rompió el silencio. Lo llevó al salón y se sentó frente a María, dejando el plato sobre la mesa.

—Come algo.

María miró el plato. El arroz humeaba, las verduras brillaban con un poco de aceite.

Todo parecía de otro mundo. Cogió el tenedor.

Pinchó un trozo de verdura. Se lo llevó a la boca.

Masticó despacio. La comida le supo a nada, a una textura sin sabor, a algo que su cuerpo necesitaba pero que su mente rechazaba.

Tragó. Luego otro. Y otro. No vomitó. El estómago se le cerró un poco, pero no vomitó.

Dejó el tenedor sobre el plato, con la mitad de la comida todavía sin tocar.

Eva asintió. No le dijo que comiera más. No le dijo que necesitaba fuerzas. Solo recogió el plato y fue a la cocina, sabiendo que había ganado una pequeña batalla.

Esa noche, Eva durmió en el sofá cama. María se quedó en su habitación, con la puerta entreabierta, escuchando el silencio del piso.

El frigorífico zumbaba con un sonido constante, como una respiración mecánica.

El reloj de la cocina marcaba las horas con ese tic-tac metálico que sus padres siempre ignoraban y que ahora parecía el único sonido del mundo, un latido que no se detenía.

En algún lugar de la calle, un coche pasó y se alejó, y María se quedó mirando el techo, con los ojos secos y la mente dando vueltas sin encontrar un lugar donde detenerse. Hasta que el cansancio la venció.

A la mañana siguiente, Eva llamó a su padre. María escuchó desde la cocina, con una taza de agua caliente entre las manos, sintiendo el calor de la cerámica contra sus dedos. La voz de Eva llegaba baja, firme, con esa seguridad que no admitía discusión.

—Papá, me quedo más tiempo. Sí, lo sé. Tengo exámenes. Lo sé. Pero no puedo irme ahora. No puedo dejarla sola. Sí, lo sé. Te llamo cuando sepa algo más.

Colgó. Fue a la cocina, se sirvió un café y se sentó frente a María, con las manos alrededor de la taza. No dijo nada sobre la llamada. No hacía falta. María la miró un segundo y bajó la vista hacia su taza, sintiendo una gratitud que no sabía cómo expresar.

El resto de la mañana, Eva organizó papeles.

La carpeta que habían traído del hospital con el informe del accidente.

Los documentos de identidad de los padres de María.

La tarjeta sanitaria. El libro de familia.

Lo puso todo sobre la mesa de la cocina, ordenado, clasificado, con ese orden que solo ella sabía imponer al caos.

María la observaba desde el sofá, sin decir nada, sin moverse, con las piernas recogidas y la mirada perdida en la ventana.

Veía cómo las manos de Eva se movían entre los papeles, cómo los separaba en montones, cómo anotaba números de teléfono en una libreta.

Y pensó que sin Eva no habría podido hacer nada de eso.

Que sin Eva, habría seguido sentada en el sofá, mirando la pared, sin moverse, esperando a que el tiempo pasara sin saber qué hacer con él.

—Tengo que llamar al banco —dijo Eva, sin levantar la vista de los papeles—. Y al casero. Y a la funeraria, para los trámites que faltan.

María asintió. No dijo nada. No tenía fuerzas para decir nada.

Eva cogió el teléfono y empezó a llamar.

Una llamada tras otra. El banco. El casero.

La funeraria. La compañía de seguros. Su voz sonaba firme, clara, sin titubeos.

Pedía información, tomaba notas, preguntaba plazos.

María escuchaba desde el sofá, con los ojos secos, sintiendo que el mundo seguía girando, aunque ella se hubiera quedado fuera.

Cuando Eva colgó la última llamada, se acercó al sofá y se sentó junto a ella, dejando caer la cabeza sobre el respaldo con un suspiro cansado.

—Hay que ir al banco a firmar unos papeles. La cuenta de tus padres. Necesitan que vayas tú.

María asintió. No dijo nada.

—¿Podemos ir mañana?

María pensó un momento. No sabía si podía. No sabía si iba a poder levantarse, vestirse, salir a la calle, sentarse en un banco y firmar papeles. Pero asintió.

—Vale.

Eva asintió. No dijo nada más. Solo se levantó y fue a la cocina a preparar algo de comer, dejando a María con sus pensamientos.

Por la tarde, María fue a su habitación.

Se sentó frente al escritorio. Abrió los apuntes de Psicología que seguían ahí, esparcidos por la mesa tal como los había dejado antes de aquella llamada.

Pasó las páginas sin leer. Las palabras no tenían sentido.

Leía una frase, la releía, volvía a leerla.

No entendía nada. Era como si alguien hubiera cambiado el idioma.

Cerró el libro. Se quedó mirando la pared.

Eva apareció en la puerta de la habitación, con una sombra de preocupación en los ojos.

—¿Estás bien?

María asintió. No estaba bien. Pero asintió. Eva no insistió. Solo se quedó en la puerta un momento, mirándola, y luego se fue, cerrando la puerta con cuidado.

Al día siguiente, Eva fue al banco con María.

María se puso la blusa oscura, la que su madre le había comprado el verano anterior, y los pantalones negros del entierro.

Se miró al espejo un segundo. La misma extraña de siempre.

Eva la esperaba en la puerta con las llaves en la mano.

No dijo nada sobre su aspecto. Solo le abrió la puerta y salieron.

El banco estaba en la calle del Hórreo, a media hora más o menos andando.

Eva caminaba a su lado, sin tocarla, sin hablar.

María miraba al suelo, contando las baldosas, intentando no mirar a la gente que pasaba.

Una mujer con un carrito de la compra. Un hombre paseando un perro.

Dos adolescentes riéndose con los móviles en la mano.

Todo normal. Todo ajeno. En el banco, les hicieron esperar quince minutos en una sala con mesas de cristal y revistas que nadie leía.

Un hombre con traje gris y corbata azul les pidió que le siguieran.

Se sentaron frente a un escritorio lleno de papeles.

El hombre les dio el pésame con una voz mecánica, como si hubiera dado el pésame cien veces esa semana.

María asintió sin decir nada. Le pusieron delante tres formularios.

Las letras se le mezclaban. El hombre le explicó que tenía que firmar, dónde, en qué casilla.

Eva estaba a su lado, leyendo por encima de su hombro, asegurándose de que todo estaba bien.

María firmó sin leer. Una firma. Otra. Otra.

El hombre recogió los papeles, les dijo que en unos días recibirían una carta, que si necesitaban cualquier cosa no dudaran en llamar. María asintió. Se levantó. Salió.