Capítulo 5 El peso de la tierra
María despertó con la mejilla pegada a la almohada de su madre.
El olor seguía allí, un resto, un eco que se iba desvaneciendo con las horas, como si la propia tela estuviera despidiéndose lentamente de ella.
No quería moverse. Si se movía, si levantaba la cabeza, si abría del todo los ojos, el mundo iba a volver a ser lo que era: un piso vacío, una cama sin nadie, una vida sin ellos.
Pero la luz entraba por la ventana, gris, fría, de una mañana de Santiago que no sabía que todo había cambiado, y a su lado, Eva seguía dormida, con la mano todavía en la suya, con los ojos hinchados y la respiración lenta. No la había soltado en toda la noche.
María la miró un largo rato. No sabía cuánto tiempo estuvo así, mirándola, sintiendo el calor de su mano, escuchando el silencio del piso.
El frigorífico zumbaba en la cocina. El reloj de la pared marcaba las siete y cuarto.
En algún lugar de la calle, un coche arrancó y se alejó.
El mundo seguía funcionando. El suyo no.
Eva abrió los ojos despacio y la miró sin decir nada. No hacía falta.
—Es hoy —murmuró María. Su voz sonó a cristal fino, a punto de romperse.
Eva asintió. No dijo nada más. Solo le apretó la mano un poco más, como si con ese gesto pudiera transferirle un poco de fuerza, un poco de calor en medio de aquel vacío.
Se levantaron despacio, con esa torpeza de quien no sabe si los pies van a sostenerle.
Eva fue a la cocina y preparó un café que ninguna de las dos terminó.
El vapor subía en espirales finas y se perdía en el aire frío de la mañana.
María se vistió con la ropa que había dejado sobre la silla: unos pantalones negros, una blusa oscura que su madre le había comprado el verano anterior.
Se miró al espejo un segundo y no se reconoció.
Eva apareció en la puerta de la habitación con dos tostadas en un plato.
—Come algo.
María miró las tostadas. Cogió una. Dio un mordisco pequeño. El pan le supo a cartón, a nada, a un sabor que no tenía ningún sentido. Pero se lo tragó porque sabía que, si no comía, Eva no la dejaría en paz.
El coche de la funeraria las esperaba en la puerta del edificio.
Un coche negro, grande, con las ventanas tintadas que reflejaban la luz gris de la mañana como un espejo oscuro.
El conductor estaba de pie, junto a la puerta trasera, con esa expresión que María ya empezaba a reconocer: la de alguien que ha visto esto demasiadas veces, la de alguien que ha aprendido a no involucrarse.
María bajó los escalones con las piernas rígidas, sostenida por el brazo de Eva. El viento de la mañana le golpeó la cara, frío y húmedo, pero no lo sintió. Solo miraba el coche negro, sabiendo que dentro iban sus padres.
—Los seguimos —dijo Eva.
Eva ayudó a María a sentarse en el asiento del copiloto, le ajustó el cinturón con cuidado, como se hace con alguien que ya no sabe cuidar de sí misma, y se puso al volante.
Arrancó el motor y, despacio, se colocó detrás del coche fúnebre.
El cortejo comenzó a moverse. El coche negro avanzaba primero, silencioso, pesado, y el Ford Fiesta lo seguía de cerca, con el motor sonando bajo, como un susurro que acompañaba el duelo.
El trayecto hasta Boisaca fue en silencio.
María miraba por la ventanilla sin ver nada.
Las calles de Santiago, los edificios, los coches pasando.
Una mujer paseando un perro. Un hombre regando las plantas de un balcón.
Un niño riéndose mientras corría detrás de una pelota.
Todo normal y ajeno. Eva estaba a su lado, con el hombro pegado al suyo, y no dijo nada durante todo el viaje.
No hacía falta. Y delante de ellas, el coche negro, silencioso, las guiaba hacia el último lugar donde iban sus padres.
El cementerio de Boisaca estaba en las afueras, rodeado de árboles que empezaban a brotar.
El cielo estaba gris, pero no llovía. Un gris limpio, de esos que en Galicia no son amenaza, solo presencia.
El aire olía a tierra húmeda, a hojas muertas, a algo que María no supo identificar pero que le revolvió el estómago.
El coche fúnebre se detuvo en la entrada principal.
El conductor bajó y abrió la puerta trasera.
Eva aparcó el Ford Fiesta justo detrás, apagó el motor y bajó.
María no se movió al principio. Se quedó mirando el coche negro mientras los operarios sacaban los ataúdes y llevaban a sus padres hacia el panteón familiar.
Al fondo, entre los árboles, unos pocos vecinos del edificio y dos compañeros de su padre esperaban en silencio.
María ni los vio. Solo veía el panteón familiar al fondo, la piedra gris, el nombre grabado.
El sacerdote las esperaba junto al panteón. Un hombre mayor, con una sotana negra que el viento movía ligeramente. Se acercó y dijo, con una voz suave que apenas se escuchaba por encima del viento:
—Lo siento mucho, hija.
María no respondió. Se limitó a asentir, un gesto mínimo, casi imperceptible.
Las coronas de la funeraria estaban apoyadas contra la pared de piedra del panteón, flores blancas y verdes que parecían fuera de lugar en aquel paisaje gris.
Recordó la última vez que había visto flores en su casa: un ramo de margaritas que su madre había puesto en el salón la semana antes del accidente.
La imagen se le apareció con una nitidez dolorosa y tuvo que cerrar los ojos un momento.
El sacerdote empezó a hablar. Su voz era monótona, casi mecánica.
Habló de la vida, de la muerte, de la promesa de la resurrección.
María escuchaba sin escuchar. Las palabras se le escapaban como agua entre los dedos, sin encontrar un lugar donde anclarse.
No eran sus padres. No podían serlo. Ellos no se habían ido: estaban en casa, esperándola, con la lista en la nevera y el café en la mesa.
Eso era lo que tenía que ser. Todo lo demás era una pesadilla de la que iba a despertar.
Eva la abrazaba por los hombros desde el principio, manteniéndola en pie, sosteniendo su peso. No la soltó ni un segundo. Lloraba también, pero en silencio, sin que María la viera.
Cuando el sacerdote terminó de hablar y los operarios de la funeraria se acercaron para bajar los ataúdes a la tierra, algo se rompió dentro de María.
—¡No! —gritó, y el grito rasgó el silencio del cementerio.
Se soltó del abrazo de Eva con una fuerza que no sabía que tenía y se abalanzó sobre los ataúdes.
Sus manos se aferraron a la madera, a los bordes fríos y pulidos, como si con solo tocarlos pudiera impedir que se fueran.
Notó la textura bajo sus dedos, la dureza, la ausencia total de vida.
Y, aun así, apretó más fuerte, porque sabía que cuando soltara, todo se acabaría de verdad.
—¡No, por favor! —gritó, y su voz se quebró en un sollozo que le arrancó el aire de los pulmones—. ¡Papá! ¡Mamá! ¡No me dejéis sola!
Su cuerpo se sacudía, los hombros subiendo y bajando sin control. Sentía que se ahogaba, que el mundo se estaba cerrando a su alrededor.
—¡No sé qué voy a hacer sin vosotros!
Los operarios se detuvieron, mirando al sacerdote, buscando una señal. El sacerdote esperó. Había visto esto antes. Sabía que el dolor tiene su propio tiempo.
Eva se colocó detrás de ella, rodeándola con los brazos, abrazándola por la espalda mientras María se agarraba a los ataúdes como si fueran el único ancla que le quedaba en el mundo.
La sujetaba con fuerza, sintiendo cómo sus rodillas caían al barro.
No le decía que no llorara. No le decía que se calmara. Solo la sostenía.
—No puedo —sollozaba María, con la frente apoyada en la madera fría—. No puedo, no puedo, no puedo...
Eva no decía nada. Solo la abrazaba más fuerte. Y entonces, por primera vez, sintió que el cuerpo de María dejaba de luchar, que se rendía, que el peso de la vida era demasiado.
El sacerdote esperó hasta que los sollozos se convirtieron en gemidos, y los gemidos en un silencio roto solo por su respiración entrecortada. Solo entonces asintió a los operarios.
Los ataúdes empezaron a descender. El sonido de las cuerdas rozando la madera fue un chirrido seco que se clavó en los oídos de María.
Los vio bajar sin poder hacer nada, sintiendo cómo se moría por dentro.
Las manos se le quedaron vacías, aferradas al vacío, mientras el agujero en el suelo se iba llenando de tierra.
La primera palada cayó con un golpe sordo sobre la madera.
María sintió ese golpe en el pecho, como si la tierra cayera sobre ella y no sobre los ataúdes.
La segunda palada. La tercera. Cada una un poco más lejos, un poco más definitiva.
—No quiero dejarlos aquí —murmuró—. No quiero irme.
Eva apoyó la mejilla en el pelo de María y cerró los ojos.
—Siempre van a estar con nosotras —dijo al fin, con la voz ronca.
María se quedó en el borde de la fosa, viendo cómo la tierra cubría lo que quedaba de sus padres. Las coronas, las flores, todo desaparecía poco a poco bajo las paladas. Y ella solo podía mirar, sintiendo cómo su mundo se reducía a ese agujero que se cerraba.
Apretó los puños. Sintió el barro húmedo entre los dedos, frío, pegajoso.
Luego, sin pensar, empezó a llenarse los bolsillos.
No era un gesto consciente. Era el cuerpo buscando algo que tocar, algo que llevarse.
La tierra se le metía bajo las uñas, le manchaba los dedos.
Se llenó un bolsillo. Luego el otro. Luego los puños.
Como si con eso pudiera evitar que desaparecieran del todo.
Sus manos volvieron a hundirse en la tierra recién removida, y por un momento, solo un momento, sintió que tocaba algo real. Algo que era de ellos. Y eso, aunque doliera, era lo único que le quedaba.
—¿Por qué? —preguntó, y su voz era un hilo roto—. ¿Por qué os tuvisteis que ir? ¿Por qué me dejasteis?
Su voz se fue quebrando hasta que solo fue un susurro.
—¿Por qué no me llevasteis con vosotros?
Eva se sentó en la tierra, con el vestido manchado, y la abrazó.
El viento se llevaba los susurros de María, mientras Eva la sostenía en silencio, dejando que el dolor la atravesara sin tratar de contenerlo.
No le decía que todo iba a estar bien. No le decía que el tiempo lo curaba todo. Solo estaba.
El sacerdote hizo la señal de la cruz y se retiró despacio.
Su sotana negra se perdió entre los árboles, dejándolas solas frente al panteón familiar.
Los vecinos que habían venido empezaron a alejarse también, en silencio, mirando al suelo, sin saber qué decir.
Uno de los compañeros de su padre se acercó a María y le puso una mano en el hombro.
María lo miró sin verlo. El hombre asintió y se fue.
María levantó la cabeza y miró la piedra. Vio el apellido de su familia grabado allí, las mismas letras que llevaban toda su vida y que, de repente, le parecían ajenas. Pasó la yema de los dedos sobre el relieve. Su apellido. Su familia. Todo reducido a unas letras en una piedra.
Eva la mantuvo allí, abrazada, sintiendo cómo los sollozos se iban apagando poco a poco.
Sintió el peso de la cabeza de María contra su hombro, y supo que aquel momento se quedaría grabado en ella para siempre.
Cuando la humedad empezó a calarles los huesos y la tarde empezaba a caer, Eva la ayudó a levantarse.
María tenía las manos llenas de barro, las uñas manchadas de tierra, la mirada perdida en algún punto que no existía.
En sus puños cerrados apretaba un puñado de tierra de Boisaca.
—Vámonos —susurró Eva, con la voz ronca—. Vámonos a casa.
María asintió, sin fuerzas para responder.
Se dejó llevar, caminando como un autómata, mientras Eva la guiaba hacia la salida del cementerio.
Sus pasos dejaban marcas en la tierra húmeda.
El sonido de sus zapatos sobre la grava era lo único que se escuchaba.
El viento movía las ramas de los árboles.
Un pájaro cantó a lo lejos, indiferente.
Antes de cruzar la puerta, María se detuvo un momento y miró hacia atrás. El panteón familiar se alzaba bajo el cielo gris, pequeño, silencioso, definitivo.
—Os quiero —dijo, con la voz apenas audible—. Siempre os voy a querer.
Y entonces se dio la vuelta y salió del cementerio, con Eva a su lado, sosteniéndola como había hecho siempre, sin soltarla.
Eva la llevó hasta el Ford Fiesta que seguía aparcado justo detrás del lugar donde había estado el coche negro, ahora vacío y solitario.
Abrió la puerta del copiloto y ayudó a María a sentarse antes de ponerse al volante.
No pusieron la radio. No hablaron. Solo el sonido del motor llenando el silencio del coche mientras la ciudad de Santiago volvía a aparecer entre los árboles.
María miró sus manos. Estaban manchadas de tierra.
La tierra de Boisaca. La tierra donde estaban sus padres.
Se quedó mirándolas un largo rato. No se las limpió.