Capítulo 4 El eco en el pasillo #2
Eva fue al baño, abrió el grifo y dejó que el agua caliente corriera.
El vapor empezó a llenar el pequeño cuarto, empañando el espejo.
No encendió la luz. Solo la claridad gris de la tarde que se colaba por la ventana, y el sonido del agua llenando la bañera, un sonido que parecía cubrir el silencio de la casa. Eva volvió al salón.
—Ven. El baño está listo.
María la siguió hasta el baño. Se quedó frente a la bañera mirando el agua humeante sin moverse. El vapor le calentaba la cara, pero no le llegaba al pecho. No sabía si quería meterse. No sabía si el agua iba a poder lavar lo que sentía. Eva no dijo nada. Solo esperó.
Lentamente, María empezó a desnudarse, pero no era capaz.
Las manos le temblaban tanto que no podía con el botón del pantalón.
Eva se acercó, se arrodilló frente a ella y, sin decir nada, empezó a ayudarla.
Le quitó la chaqueta, el jersey. Le desabrochó los botones del pantalón con movimientos lentos, cuidadosos, como quien desnuda a alguien que no tiene fuerzas para hacerlo solo.
María no se tapó. No tuvo pudor. Solo se dejó hacer, con los brazos caídos, mirando la pared, temblando.
No era frío. Era otra cosa. Era la sensación de estar completamente vacía, de que la piel ya no la protegía de nada.
Eva la llevó hasta la bañera y la ayudó a meter el pie dentro.
María se sumergió sin hacer ruido, dejando que el agua caliente la envolviera.
Eva se quedó un momento en el borde, arrodillada, mirándola.
No había una gota de deseo en sus ojos, solo una tristeza tan profunda como la de la propia María.
Luego se sentó en el suelo del baño, con la espalda apoyada en la pared, y esperó, en silencio, mientras el agua hacía su trabajo.
Pasaron los minutos. El agua empezaba a enfriarse. Y de repente, sin previo aviso, María se echó a llorar.
No fue un llanto suave. Fue un sollozo que le arrancó el aire de los pulmones, que le sacudió los hombros, que hizo que el agua de la bañera se moviera en ondas pequeñas. Eva no dijo nada. Sabía que había momentos en los que las palabras eran ruido, y que lo único que podía hacer era estar ahí.
Cuando los sollozos empezaron a calmarse, Eva se levantó, cogió el champú y se arrodilló detrás de María.
Sin preguntar, empezó a masajearle el cuero cabelludo con movimientos lentos, circulares.
No era lavar. Era acariciar. Era intentar devolverle el tacto, la sensación de que su cuerpo seguía ahí.
María cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, buscando el contacto, la presión de los dedos de Eva.
Sintió el agua caliente deslizándose por su pelo, el olor a champú, la mano de Eva moviéndose con una paciencia infinita, y por primera vez en horas, su cuerpo se relajó.
No del todo, pero lo suficiente para poder respirar sin dolor.
Cuando el agua comenzó a enfriarse, Eva la ayudó a salir. La envolvió en una toalla grande y la secó con movimientos suaves. Le secó el pelo con otra toalla, con cuidado de no tirar de los nudos. Le ayudó a ponerse un pijama de algodón y una bata.
—Ahora voy a prepararte algo de comer —dijo Eva.
María asintió y se fue al sofá. Se sentó con las piernas recogidas, la bata apretada contra el pecho, la mirada perdida en la ventana. Solo se quedó allí, en silencio, mientras el mundo exterior seguía girando.
Eva fue a la cocina. Preparó una sopa de verduras y puso unas pechugas de pollo a la plancha. El sonido de la cocina llenó la casa de una normalidad que no existía, pero que ayudaba. Llevó la sopa al salón en un cuenco y se sentó frente a María.
—Tienes que comer algo. Llevas más de un día sin probar bocado.
María miró el cuenco. Cogió la cuchara. Dio un sorbo pequeño.
La sopa estaba caliente y le quemaba un poco la garganta.
Luego otro sorbo, y otro. Pero el estómago se le cerró de golpe.
Dejó el cuenco sobre la mesa y corrió al baño, con la mano tapándose la boca, con la sensación de que su cuerpo rechazaba cualquier cosa que intentara entrar.
Eva la siguió. Desde el pasillo escuchó el sonido de su cuerpo vaciándose, y se quedó quieta, con la mano apoyada en la pared, sin saber si debía entrar o esperar.
Cuando María salió, pálida y temblorosa, Eva no dijo nada. Solo la abrazó. Un abrazo largo, silencioso, que no pedía explicaciones.
—Vamos a la cama.
María asintió. Eva la llevó hasta la habitación y la ayudó a meterse entre las sábanas, arrastrando el edredón hasta cubrirla por completo. Fue a la cocina y volvió con un vaso de leche caliente.
—Le he puesto algo para dormir. Te va a ayudar.
María cogió el vaso. Se lo bebió despacio, a pequeños sorbos, mientras Eva se tumbaba a su lado. La abrazó por detrás, rodeándola con los brazos, sintiendo cómo su cuerpo temblaba aún. Empezó a mecerla suavemente, sin prisas. Un balanceo pequeño, como el de una ola.
—Estoy aquí —susurró Eva contra su pelo.
María no respondió. Pero su mano encontró la de Eva bajo la manta y la apretó con una fuerza que sorprendió a ambas. Pasaron los minutos. La respiración de María se fue volviendo más lenta, más profunda, hasta que se quedó dormida en los brazos de Eva, con la mano aún enlazada a la suya.
Eva no se movió. Se quedó allí, abrazada a ella, sintiendo el peso de su cuerpo contra el suyo, el latido de su corazón que poco a poco se iba calmando. La noche se cerró sobre Santiago. Y durante unas horas, el cansancio ganó la batalla.
Pero la tregua duró poco.
Eran las tres de la madrugada cuando María empezó a moverse. Primero un temblor en los dedos. Luego un giro brusco de la cabeza. Eva, que no había cerrado los ojos del todo, la sintió tensarse.
—No... —murmuró María—. No, por favor...
Su cuerpo se sacudió en un espasmo. Las manos empezaron a golpear la almohada, buscando algo que no estaba allí.
—¡Papá! ¡Mamá! —gritó, y el grito rasgó el silencio de la noche—. ¡¿Dónde estáis?!
Eva la sujetó por los hombros. Con calma, pero con firmeza.
—María, soy yo. Eva. Estás en casa. Estás a salvo.
Pero María no la oía. Seguía forcejeando, gritando hacia la oscuridad, llamando a unos padres que ya no podían oírla.
—¡Déjame! —gritó María—. ¡Están ahí! ¡Lo sé!
Eva la abrazó con más fuerza. Pero María se zafó con una fuerza que no sabía que tenía. Sus ojos, abiertos de par en par, buscaron la puerta de la habitación.
—Están en su habitación —dijo, con la voz quebrada—. Los he oído.
Eva sintió que el corazón se le partía. Podía discutir, podía intentar razonar con ella, pero sabía que María no estaba en el mundo de la razón. Estaba en el mundo del dolor, donde la lógica no funciona.
—María...
—¡Tienen que estar ahí! ¡Yo los he oído!
Eva no la soltó. Pero tampoco podía negarle aquello. Así que hizo lo único que podía hacer.
—Vamos —dijo.
María se puso en pie arrastrando los pies.
Eva la sujetaba por la cintura. Salieron al pasillo.
La puerta de la habitación de sus padres estaba al fondo, entreabierta, como siempre.
La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando la cama vacía, la mesilla con los libros, el perfume de su madre aún flotando en el aire.
María entró primero. Se quedó en el umbral, mirando la cama, las sábanas arrugadas, la almohada donde su padre apoyaba la cabeza cada noche. Los brazos se le cayeron a los costados. Toda la fuerza que la había sostenido hasta ese momento se desvaneció.
—No están —susurró.
Se dejó caer sobre la cama. Hundió la cara en la almohada de su madre y aspiró. Aspiró con una desesperación animal, buscando el olor, el rastro, cualquier cosa que le dijera que habían estado allí.
María empezó a llorar. No era un llanto de gritos. Era un llanto ahogado, sordo, que salía de sus entrañas. Se abrazó a la almohada como si fuera lo único que le quedaba. Eva se quedó en la puerta.
—María —susurró, dando un paso hacia la cama.
María no respondió. Solo siguió llorando, abrazada a la almohada.
Eva se sentó a su lado, en el borde de la cama y la abrazó. María no dijo nada. Se dejó sostener, con la cabeza apoyada contra ella, mientras Eva permanecía allí, sin preguntarle nada, sin pedirle que hablara. Era suficiente con que estuviera a su lado.
—No sé cómo hacer esto —murmuró María, con la voz ahogada en la almohada—. No sé cómo hacer esto sin ellos.
Eva tragó saliva, sintiendo el nudo en su propia garganta.
—Ya lo sé —dijo—. Pero me tienes a mí.
María la miró un largo rato. La luz de la luna iluminaba la mitad de su rostro, la otra mitad quedaba en sombra.
Luego volvió a bajar la cabeza sobre la almohada.
No la soltó. Pero su mano buscó la de Eva y, cuando la encontró, la apretó con una fuerza que dolía.
Eva se quedó allí, sentada en la cama de sus padres, sosteniendo la mano de María, mientras la noche se iba deshaciendo gota a gota.
Cuando el cielo empezó a clarear, María se había dormido de nuevo, abrazada a la almohada de su madre, con la mano de Eva todavía en la suya.
Eva no se movió. No quería despertarla. Solo se quedó allí, sintiendo el peso de la noche y la ausencia.
Miró la habitación, los objetos que hablaban de una vida que ya no existía: el libro del padre en la mesilla, la ropa de la madre en la silla, el reloj parado a las tres y cuarto.
Todo tenía una historia, y ahora esas historias se habían quedado sin dueño.
Afuera, Santiago despertaba. El tráfico empezaba a sonar en la calle.
La luz se colaba por la ventana, lenta, gris, indiferente.
Y en aquella habitación, dos mujeres dormían abrazadas a una almohada que todavía olía a alguien que ya no estaba.
Eva sabía que aquello no había terminado.
Que María tendría que despertarse muchas veces más antes de que el dolor empezara a tener forma.
Pero mientras tanto, mientras la luz gris entraba por la ventana, podía ofrecerle eso: su mano y su presencia.