Capítulo 3 La casa vacía
María arrancó el motor. Las manos le temblaban sobre el volante y tuvo que apretar los dedos contra el cuero para que dejaran de hacerlo.
La lluvia seguía golpeando el parabrisas con ese sonido constante que parecía no tener fin, y los limpiaparabrisas se movían de un lado a otro sin conseguir despejar del todo la imagen de la carretera.
Condujo sin ver el paisaje, sin oír la radio, sin sentir el cambio de marchas bajo los dedos.
Santiago apareció ante ella como una ciudad que pertenecía a otra persona, con sus luces encendidas y sus ventanas iluminadas, con familias cenando detrás de cada cristal mientras ella cruzaba las calles con los ojos secos y el cuerpo vacío.
Cada semáforo en rojo le parecía una eternidad.
Miraba a los peatones cruzar, a las parejas cogidas de la mano, a los coches que se detenían para dejar pasar a otros.
Todo parecía seguir un orden que ella ya no entendía.
El mundo seguía funcionando, pero a ella le daba igual.
Solo quería llegar a casa, abrir la puerta y encontrarse con lo que sabía que iba a encontrar.
O quizás no quería llegar. Quizás habría preferido seguir conduciendo sin rumbo, con la lluvia cayendo sobre el techo, hasta que el coche se quedara sin gasolina y ella pudiera quedarse allí, en la cuneta, sin tener que enfrentarse a nada más.
Llegó al edificio. Aparcó el coche en la calle, apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos en el volante.
No quería subir. No quería abrir la puerta del piso y encontrarse con lo que sabía que iba a encontrar.
Pero no podía quedarse ahí. El frío de la noche empezaba a calarle los huesos y la lluvia seguía cayendo.
Sabía que tenía que salir del coche. Abrió la puerta, la cerró con un golpe seco y caminó hacia el portal.
Subió los cinco pisos sin ascensor arrastrando los pies.
Cada escalón pesaba más que el anterior.
La madera de la escalera crujía bajo sus pasos, un sonido que había escuchado miles de veces y que ahora le parecía el eco de otra vida.
Se detuvo un momento en el rellano del segundo, apoyada en la barandilla.
La luz del portal se filtraba desde abajo.
Podía oír el sonido de una televisión en el piso de al lado.
Alguien estaba viendo una película, riéndose, viviendo su vida normal.
María se quedó un segundo allí, escuchando esa risa lejana, y luego siguió subiendo.
No pertenecía a ese mundo. No pertenecía a ningún mundo.
Metió la llave en la cerradura, giró, abrió la puerta.
El silencio la golpeó como una ola.
El piso estaba exactamente igual que lo había dejado esa mañana.
La taza de café de su padre seguía sobre la encimera, junto al periódico doblado.
El bolso de su madre, que siempre dejaba colgado en la silla de la entrada, ya no estaba.
El perchero estaba vacío de su abrigo. Y, sin embargo, todo lo demás seguía en su sitio: los libros en la estantería, la manta doblada en el sofá.
Incluso llevaba en el bolsillo la lista que su madre había escrito con su letra pequeña y ordenada.
Lasaña: ocho minutos. Croquetas: cinco. No abras la puerta a nadie.
María dejó las llaves sobre la mesa de la cocina.
Se quedó mirándolas un largo rato. Eran unas llaves pequeñas, de metal gastado, con un llavero de plástico que su padre le había regalado cuando aprobó el carné de conducir.
Las giró entre los dedos, sintiendo el frío del metal, el peso de un objeto que ahora no significaba nada.
Después se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la nevera, y se abrazó las rodillas.
No lloró. Ya no podía. Solo se quedó allí, en el suelo de la cocina, con el frío del suelo subiendo por sus piernas y el zumbido del frigorífico llenando un silencio que antes no existía.
Pasaron las horas. No encendió la luz ni la televisión; se quedó donde estaba, sin moverse.
El móvil vibró una vez con un mensaje automático de la compañía telefónica.
Después nada. El mundo exterior seguía existiendo, pero ya no tenía nada que ver con ella.
María escuchaba los sonidos de la casa: el tic-tac del reloj, el zumbido del frigorífico, el goteo de un grifo que no había cerrado del todo en el baño.
Sonidos que siempre habían estado ahí, pero que nunca había escuchado.
Ahora que la casa estaba vacía, cada ruido era una presencia, un fantasma, un recordatorio de que antes había alguien respirando en esas habitaciones.
Cuando el reloj marcó las diez de la noche, María se levantó del suelo con las piernas entumecidas.
Fue al baño, se lavó la cara con agua fría, se miró al espejo.
La mujer que le devolvía la mirada tenía los ojos hundidos, la piel pálida, el pelo revuelto.
Se quedó mirando su propio reflejo durante unos segundos, esperando ver algo que reconociera, pero solo encontró a una extraña.
Se secó la cara con una toalla y volvió a la cocina.
Abrió la nevera. La lasaña estaba en un táper, con una etiqueta que decía "lunes" en letra de su madre.
La cogió. La metió en el microondas. Ocho minutos.
La lista lo decía. Se sentó a la mesa y esperó, mirando el plato girar detrás del cristal, escuchando el zumbido del aparato llenando la cocina vacía.
El olor a tomate y a bechamel empezó a llenar la estancia, un olor que le trajo recuerdos de cenas de domingo, de risas, de su madre contándole anécdotas del trabajo mientras su padre leía el periódico.
Aquel olor ahora le revolvía el estómago.
El microondas pitó. María sacó el táper, lo dejó sobre la mesa, cogió un tenedor.
Pinchó un trozo de lasaña. Se lo llevó a la boca.
Masticó una vez. Dos. Y el estómago se le cerró de golpe.
Dejó el tenedor sobre el plato, se levantó y tiró el táper a la basura sin mirar.
No podía. No podía comerse la comida que su madre había preparado esa mañana, la comida que estaba pensada para una chica que iba a estudiar un fin de semana tranquila.
Esa chica ya no existía. Ella ya no era esa chica.
Era otra persona, una que no sabía qué hacer con las manos, que no sabía cómo llenar el tiempo, que no sabía si el dolor que sentía era real o si simplemente estaba en shock.
Se sentó de nuevo en el sofá del salón con el móvil en la mano. La pantalla marcaba un 4% de batería. Buscó el cargador, lo enchufó, y se quedó mirando el pequeño punto de luz que parpadeaba en la oscuridad. Era el único movimiento en la casa. El único latido.
Y entonces, con los dedos todavía temblando, abrió WhatsApp.
Solo había un nombre que tenía sentido. Eva.
Escribió un mensaje corto, roto, de esos que se escriben cuando no te sale la voz. Tardó tres minutos en teclearlo porque las manos le temblaban demasiado y los dedos no encontraban las letras.
"Eva, mis padres han tenido un accidente. Estoy sola en casa."
Lo envió. Y se quedó mirando la pantalla, con el teléfono entre las manos, esperando.
No tardó mucho. El móvil vibró a los cuatro minutos. Eva había visto el mensaje. Y luego vibró otra vez. Y otra. Eva la estaba llamando.
María cogió el teléfono. Se lo llevó al oído. Abrió la boca. Pero no salió nada.
—¿María? María, ¿me oyes? Estoy aquí. Dime algo, por favor.
María intentó hablar. Intentó decir "Eva", intentó decir "han muerto", intentó decir "no sé qué hacer". Pero lo único que salió fue un sollozo seco, un sonido animal que le arrancó de dentro y que la dejó sin aire.
—María, escúchame. Estoy mirando vuelos. Mañana estoy ahí. ¿Me oyes? Mañana estoy ahí. No tienes que hacer nada. Solo espérame.
María asintió contra el teléfono, aunque Eva no podía verla.
—No puedo —consiguió decir, y su voz era un hilo de aire que apenas se sostenía.
—Sí puedes. No cuelgues. Quédate ahí. Dime que estás en casa.
—Estoy en casa.
—Bien. Me quedo contigo hasta que te duermas. No tienes que hablar. Solo escúchame.
Y Eva habló. Habló de tonterías, del vuelo que estaba mirando, de la maleta que iba a preparar, del jersey que se iba a poner porque en Santiago siempre hacía frío.
Habló y habló y habló, con la voz firme pero temblorosa, y María escuchó con el teléfono pegado a la oreja, acurrucada en el sofá, sin decir una palabra más.
Solo respirando. Solo existiendo. La voz de Eva era un hilo que la conectaba con el mundo, un ancla en medio del naufragio.
Y María se aferró a esa voz como se aferra un náufrago a una tabla de madera.
En algún momento, sin saber cuándo, María se quedó dormida. El teléfono seguía encendido, la llamada seguía activa y la voz de Eva continuaba al otro lado, acompañándola en la noche.
María se despertó a las tres de la madrugada con el cuello torcido y la boca seca.
La llamada se había cortado. El móvil marcaba un mensaje de Eva: "He cogido el vuelo.
Salgo a las diez (hora de aquí). Llego a las once y media.
Te llamo desde el taxi. No intentes hacer nada sola. Te quiero. No estás sola."
María leyó el mensaje tres veces. Luego dejó el teléfono sobre el sofá y se quedó mirando el techo.
El piso seguía en silencio. El frigorífico seguía zumbando.
El reloj de la cocina seguía marcando el tiempo con ese tic-tac metálico que antes nadie escuchaba y que ahora parecía el único sonido del mundo.