Donde empieza el horizonte Capítulo 3 La casa vacía #2
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Capítulo 3 La casa vacía #2

Se levantó y fue a la habitación de sus padres.

La puerta estaba entreabierta, como siempre.

La empujó con la punta de los dedos y entró.

La cama estaba hecha. Las sábanas, las que su madre había cambiado esa misma semana, seguían oliendo a suavizante.

La almohada de su padre conservaba la forma de su cabeza.

María se quedó en el umbral, sin atreverse a dar un paso más.

Miró la mesilla de noche. El libro que su padre estaba leyendo seguía allí, con el marcapáginas en el capítulo doce.

El despertador marcaba las tres y cuarto.

El perfume de su madre flotaba todavía en el aire, un resto, un eco, algo que se iba desvaneciendo.

Se sentó en el borde de la cama. Hundió la cara en la almohada de su madre y aspiró.

El olor seguía allí. Todavía. Pero sabía que dentro de unos días no estaría.

Que se iría como se van todas las cosas, despacio, sin avisar.

Y esa idea le dolió más que cualquier otra.

No tener a sus padres ya era un dolor insoportable, pero saber que incluso ese olor, esa presencia invisible que los mantenía un poco vivos, iba a desaparecer también, la dejaba completamente vacía. No le quedaba nada a lo que aferrarse.

No tocó nada más. Se levantó, cerró la puerta despacio y volvió al sofá.

No volvió a dormirse.

Se levantó a las siete de la mañana con los ojos secos y el cuerpo entumecido.

Se duchó con agua caliente, se vistió con la misma ropa del día anterior porque no tenía fuerzas para buscar otra, y se preparó un café que no se bebió.

Lo dejó sobre la mesa, junto a la taza de su padre que seguía allí, y se quedó mirando las dos tazas: la de su padre, vacía; la suya, llena y fría.

Miró las dos y no supo por qué le dolía tanto verlas juntas.

Tenía que volver al hospital. Los trámites no entienden de duelos.

Caminó hasta el coche. Condujo hasta el Hospital Clínico con la ventana bajada y el aire frío golpeándole la cara. Aparcó. Subió. Se sentó en una de esas sillas de plástico azul que parecían diseñadas para que fuera imposible encontrar una posición cómoda.

Y esperó.

Tres horas. Tres horas observando la misma baldosa gris del suelo.

Tres horas viendo pasar a médicos, a enfermeras, a familiares con ojos rojos y carpetas bajo el brazo.

Tres horas sin que nadie le dijera nada.

Un administrativo le pidió que firmara una autorización.

Una trabajadora social le ofreció un folleto de empresas funerarias con un gesto mecánico, como quien entrega una carta de publicidad.

María lo cogió sin decir nada y lo dejó sobre la silla de al lado.

No lo abrió. No lo miró. Solo lo dejó ahí, como un objeto que no le pertenecía.

Después vino otra administrativa con una carpeta.

Le pidió que confirmara datos: nombres completos, fechas de nacimiento, dirección, número de la seguridad social.

María respondió con una voz plana, automática, como si estuviera rellenando un formulario en una oficina.

La mujer le pidió que firmara en tres sitios distintos.

María firmó sin leer. Le daba igual lo que pusiera. Solo quería que terminara.

Un agente de la Guardia Civil se sentó frente a ella con una libreta y le hizo preguntas sobre sus padres: si tenían seguro, si había algún familiar al que hubiera que avisar, cuándo habían salido de casa, adónde iban y si sabía algo que pudiera ayudarles a reconstruir lo ocurrido.

María respondió con la misma voz plana. Cuando el agente le preguntó si había alguien más a quien avisar, María abrió la boca y la cerró.

No había nadie. Sintió el vacío en el estómago, como si alguien hubiera abierto una puerta y no hubiera nada detrás.

Solo Eva. Y Eva estaba a punto de aterrizar.

El agente anotó algo en su libreta y se marchó con una inclinación de cabeza.

María se quedó mirando el lugar donde había estado sentado, sintiendo que la pregunta seguía flotando en el aire.

No hay nadie más. Aquellas tres palabras se repetían dentro de su cabeza con una claridad que dolía más que cualquier llanto.

A media mañana, una enfermera se acercó con una bolsa de plástico transparente.

Dentro estaban las pertenencias de sus padres: la cartera de su padre, el bolso de su madre, dos teléfonos móviles con las pantallas agrietadas, un llavero con una concha de la playa de Carragueiros que su padre había comprado en un verano lejano.

María cogió la bolsa sin decir nada. La sostuvo sobre el regazo, sintiendo el peso de aquellos objetos que todavía conservaban el calor de una vida que ya no existía.

Abrió la cartera de su padre y encontró una foto de ella con seis o siete años, sonriendo a la cámara con un diente de menos.

La miró un largo rato. Detrás de la foto, doblado en cuatro, había un recibo de papel.

Lo desplegó con cuidado. Era de un bar de carretera.

Dos cafés con leche y un pincho de tortilla.

La hora: las nueve y cuarenta y dos de la mañana.

El precio: cuatro euros con ochenta céntimos.

La última cosa que sus padres habían comprado juntos.

El último desayuno. La última vez que su padre sacó la cartera y pagó por algo mientras su madre le decía que no pidiera tanto, que luego no comía.

María apretó el recibo entre los dedos hasta arrugarlo.

Después lo alisó con cuidado y lo metió de nuevo en la cartera.

Cerró la cartera. La metió en la bolsa. Se quedó mirando el plástico transparente como si pudiera ver a través de él un mundo que ya no existía.

Cuando el reloj marcó las once y media, el teléfono vibró.

Eva.

María descolgó y se llevó el teléfono al oído. Esta vez sí pudo hablar. Esta vez las palabras salieron, aunque fueran pocas, aunque estuvieran rotas.

—Ya he aterrizado —dijo Eva, con la voz firme pero cansada—. Estoy en el taxi. Veinte minutos.

María sintió que algo dentro de ella se aflojaba. No era alivio exactamente. Era algo más pequeño. La certeza de que la espera tenía un final.

—Estoy en el hospital —dijo María—. En la tercera planta.

—Voy directa para allá. No te muevas. ¿Me has oído? No te muevas.

—Vale.

—¿Has comido?

María pensó en la taza de café que había dejado sin terminar esta mañana. En la lasaña tirada a la basura.

—No.

—Cuando llegue te llevo algo. No discutas.

—No voy a discutir.

Hubo una pausa. Eva respiró al otro lado de la línea.

—María. Hay cosas que tenemos que decidir. El entierro. La funeraria. Los papeles.

María cerró los ojos.

—Lo sé.

—No tienes que hacerlo sola. Para eso voy. Para organizar. Para que no tengas que decidir nada tú sola.

—Vale.

—¿Me has oído? Nada. No decides nada hasta que yo llegue.

—Te he oído.

—Bien. Veinte minutos. Te quiero.

—Yo también.

Colgaron. María guardó el teléfono y se quedó mirando la bolsa de plástico que tenía sobre el regazo. Veinte minutos. Solo veinte minutos.

Se ajustó la chaqueta. Se secó las manos contra el pantalón.

Miró hacia la puerta de urgencias, hacia el pasillo por donde sus padres habían entrado la noche anterior en una camilla, hacia el lugar donde les habían dicho que no habían podido hacer nada.

Todo seguía igual. El hospital seguía funcionando. El mundo seguía girando.

Y ella seguía sentada en una silla de plástico azul, con una bolsa de plástico transparente sobre el regazo, esperando a que su amiga cruzara la puerta. El vacío seguía ahí, intacto, esperando a que ella volviera a llenarlo. Pero todavía no sabía cómo.