Capítulo 2 El pasillo de las esperas infinitas
La luz de Urgencias era blanca. No una blanca normal.
Una blanca que dolía en los ojos, que parecía entrar por debajo de la piel.
María cruzó la puerta giratoria y el aire cambió de golpe: fuera estaba el frío húmedo de Santiago, la lluvia que caía sin descanso, el coche aparcado a toda prisa en doble fila, con las luces todavía encendidas porque no había tenido tiempo ni de apagarlas.
Dentro olía a desinfectante, a café recalentado, a algo que no supo identificar pero que le revolvió el estómago.
Era un olor denso, pegajoso, que se le metía en la nariz y no se iba.
Se detuvo frente al mostrador de admisión.
Las piernas le temblaban y tuvo que apoyarse en el borde para no caerse.
El mármol estaba frío bajo sus dedos. Una administrativa levantó la vista.
Tenía el uniforme planchado, el pelo recogido en un moño tirante, y una expresión que María reconoció al instante: la de alguien que ha visto esto demasiadas veces.
Era la mirada de quien ya no se sorprende, de quien ha aprendido a poner distancia para no romperse.
—¿Nombre?
—María Peralta. Vengo por mis padres. Me han llamado. Un accidente.
—¿Apellidos?
—Peralta. Y Castro.
La mujer empezó a teclear. El sonido de las teclas era lo único que María escuchaba.
Un golpeteo rítmico, constante, que le taladraba los oídos.
Quiso decirle que se diera prisa, que sus padres estaban dentro, que alguien tenía que decirle algo.
Pero no abrió la boca. Se quedó mirando las manos de la mujer moverse sobre el teclado y sintió que el tiempo se había vuelto espeso, como si cada segundo pesara más que el anterior.
Se aferró al mostrador con los dedos, notando el frío del metal bajo sus yemas, y respiró hondo, intentando que el aire le llenara los pulmones. No lo consiguió.
—Un momento.
La administrativa se levantó y desapareció por un pasillo lateral sin mirarla. Sin darle una explicación. María se quedó sola frente al mostrador. El silencio que dejó fue tan denso que casi podía tocarlo. Se dio cuenta de que no sabía si llevaba allí un minuto o una hora.
El ruido de fondo era un caos: pitidos agudos, el arrastrar metálico de las camillas, voces lejanas que hablaban de constantes vitales, de suturas, de ingresos.
En una esquina, una pareja lloraba con sollozos contenidos.
La mujer tenía la cabeza apoyada en el hombro del hombre, y él le acariciaba la espalda con un movimiento automático, mecánico, como si llevara horas haciéndolo.
María los miró un instante y se preguntó si ella también tendría que llorar así, o si su dolor se iba a quedar dentro, quemándola sin salir.
Sintió un nudo en la garganta que no la dejaba tragar, un peso en el pecho que parecía crecer con cada respiración.
Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y sus dedos rozaron las llaves del coche.
El metal estaba frío. Ese objeto cotidiano, aparcado bajo una farola, era lo único que la conectaba con el mundo de hacía unas horas.
El mundo donde su padre le decía que los llamara si necesitaba algo.
El mundo donde su madre le dejaba una nota en la nevera con instrucciones para la lasaña.
Esa nota que ahora llevaba en el bolsillo del pantalón, doblada con cuidado, como si fuera un talismán.
La rozó con los dedos y sintió que algo se le quebraba por dentro.
Pasaron tres minutos. O diez. O media hora.
María no lo sabía. Se quedó mirando una mancha de humedad en la pared, un reloj cuyo segundero iba a trompicones, un cartel descolorido sobre el lavado de manos.
Cosas que no importaban. Cosas que estaban ahí porque el mundo seguía funcionando, aunque el suyo se hubiera parado.
Se fijó en una grieta en el azulejo, en la forma en que la luz fluorescente parpadeaba ligeramente, en el zumbido constante de un fluorescente que parecía no apagarse nunca. Todo era ruido. Todo era ajeno.
Cuando la administrativa volvió, no venía sola.
La acompañaban un médico y una mujer con una placa que María no alcanzó a leer.
Se detuvieron a un par de metros. La mujer tenía una expresión que María reconoció: la misma que había visto en la administrativa, pero más suave, más preparada.
Era la mirada de alguien que ha dado malas noticias muchas veces.
El médico era un hombre de unos cincuenta años, con ojeras profundas y las manos metidas en los bolsillos de la bata.
La miró y María supo, antes de que dijera una palabra, lo que venía.
Lo supo porque nadie viene con esa cara a decirte que todo va a estar bien.
—¿María? —preguntó el médico, bajando la voz.
María asintió. No podía hablar. Tenía un nudo en la garganta que no la dejaba tragar. Sentía que el suelo se movía bajo sus pies, que las paredes se estrechaban, que el aire se quedaba sin oxígeno.
—Acompáñanos. Vamos a un sitio donde podamos hablar.
Caminaron por un pasillo largo. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido constante que se le metía en los oídos.
María los seguía mirando sus propios zapatos, evitando las puertas entreabiertas de las habitaciones.
No quería ver lo que había dentro. No quería ver a nadie en una cama con tubos, con vendas, con esa fragilidad que ella ya conocía de sobra porque la había visto en su padre una vez, cuando le operaron de apendicitis, y aquella vez salió bien.
Pero esta vez no había salido bien. Lo sabía.
Lo sabía desde que cogió el teléfono. Lo sabía por la forma en que la voz de la doctora se había quebrado al pronunciar su nombre.
Lo sabía porque el mundo, a su alrededor, parecía haberse vuelto de cristal.
Entraron en una sala pequeña, sin ventanas, con una mesa de plástico y un par de sillas que crujían.
El médico la invitó a sentarse. La mujer se colocó a su lado, un poco apartada, con las manos entrelazadas delante del cuerpo.
El silencio en la sala era absoluto, solo roto por el zumbido de una luz fluorescente en el techo y por su propia respiración, que se le escapaba entrecortada.
—María, soy el doctor Seoane. Estoy encargado de urgencias esta noche. He estado con tus padres desde que llegaron.
María se sentó. La silla era lo único que la mantenía en pie.
Se agarró al borde del asiento y miró al médico a los ojos.
No quería mirar a otro lado. No quería perderse nada.
Quería que le dijeran que había un error, que los apellidos no coincidían, que sus padres estaban en otra sala, que alguien se había confundido.
Quería que aquel hombre le dijera que se había equivocado, que sus padres estaban vivos, que todo era una pesadilla de la que iba a despertar en cualquier momento.
—Dígame la verdad —dijo, y su voz salió baja, pero firme—. Solo dígame la verdad.
El doctor Seoane se frotó los ojos. Un gesto pequeño, cansado, de alguien que lleva horas sin dormir y que sabe que este momento va a ser el más difícil de su turno. Miró a María un instante, como si buscara en su cara algo que le diera fuerzas, y luego bajó la mirada.
—El impacto fue muy fuerte. Hicimos todo lo que pudimos. Pero no pudimos hacer nada. Han muerto hace unos minutos.
María no gritó. No lloró. Se quedó sentada con las manos en el regazo y sintió que el frío le subía por las piernas, por el estómago, por el pecho, hasta la garganta.
“Muertos”. La palabra rebotaba dentro de su cabeza sin encontrar un lugar donde quedarse.
La escuchó una vez. Dos veces. Tres veces. Y seguía sin entender qué significaba.
Su padre, que esa mañana le había revuelto el pelo y le había dicho que no se le olvidara cerrar la puerta.
Su madre, que le había sujetado la cara entre las manos y le había dicho "que te queremos".
Hacía tres horas. Tres horas. El universo no podía haber cambiado tanto en tres horas.
No podía haber arrancado de la vida a dos personas que estaban riendo, desayunando, discutiendo sobre el tráfico, y dejarla a ella sola en una sala sin ventanas con un médico que tenía los ojos cansados y una mujer con una placa que no había llegado a leer.
—¿Puedo verlos? —preguntó.
Su voz sonó como si viniera de muy lejos, de otra persona que hablaba a través de ella.
El doctor Seoane la miró un momento. Parecía estar midiendo si aquella pregunta era una buena idea, si dejar que una chica tan joven y sola viera a sus padres en una camilla era lo correcto. Pero no dijo nada. Solo asintió.
—Sí. Están en el depósito. Si quieres verlos, puedes.
La palabra "depósito" cayó con un peso seco. Como si fueran objetos. Como si ya no fueran personas. María asintió. No podía hablar.
El doctor la guió por un pasillo distinto.
Las luces eran más blancas, más cortantes.
Las paredes de un azul pálido que parecía absorber toda la calidez.
El olor cambió: ya no era desinfectante.
Era algo más limpio, más metálico. A frío.
A formol. Un olor que le erizó el vello de los brazos y le hizo contener la respiración.
Se detuvo frente a una puerta de metal. El doctor la abrió.
Dentro había dos camillas. Sábanas blancas. Dos formas que ya no respiraban.
María entró. El frío la envolvió, se le metió por la nariz, por la ropa, por los huesos.
Se acercó a la primera camilla. Su padre.
Lo reconoció por la forma de los hombros, por la línea de la mandíbula, por esa pequeña cicatriz en la ceja que se había hecho de niño, cuando se cayó de la bicicleta en la aldea de su abuela.
Siempre le había dicho que esa cicatriz era su medalla.
Ahora no parecía una medalla. Parecía una marca de un mundo que ya no existía.
No lloró. No podía.
Alzó la mano y rozó la sábana. La tela estaba fría, áspera. No era la piel de su padre. No era el calor que recordaba de cuando era pequeña y se dormía en su regazo. Era solo tela. Solo frío.
—Papá —susurró—. Mamá.
No hubo respuesta. No la habría nunca. Lo sabía. Y, aun así, se quedó allí un momento, con la mano apoyada en la camilla, esperando algo que no iba a llegar.
Se quedó un largo rato así. No sabía qué más hacer.
No sabía qué se suponía que tenía que decir en un momento así.
Nadie te enseña esto. Nadie te dice qué hacer cuando tus padres están debajo de una sábana y tú tienes dieciocho años y hace tres horas estabas estudiando para un examen.
Nadie te dice cómo se respira cuando el mundo se ha quedado sin oxígeno.
Se giró y salió.
El doctor la esperaba fuera. La mujer de la placa estaba con él.
No dijeron nada. No había nada que decir.
María se quedó en el pasillo. Sentía el peso de la ausencia en los hombros, como si alguien le hubiera puesto una losa encima.
No había lágrimas. No había gritos. Solo un silencio tan grande que no sabía si algún día iba a poder atravesarlo.
La mujer se acercó despacio. No le preguntó si estaba bien. No le dijo que todo iba a estar bien. Le ofreció un vaso de agua que María no supo de dónde lo había sacado.
—Bebe un poco —dijo, con una voz que no intentaba ser suave. Era la voz de alguien acostumbrada a saber cuándo ya no quedaba nada que decir.
María cogió el vaso. El agua estaba fría. Bebió un sorbo y sintió cómo le bajaba por la garganta.
—No sé qué voy a hacer ahora —dijo, y su voz sonó tan pequeña que la mujer tuvo que inclinarse para escucharla.
La mujer no respondió. Solo se quedó ahí, a su lado, sin tocarla, sin decir nada.
Solo estando. María dejó el vaso en una silla.
Se ajustó la chaqueta. Caminó hacia la salida.
El hospital seguía bullendo a su alrededor, ajeno a ella: alguien reía por teléfono, un celador arrastraba un carrito, un médico explicaba algo con voz calma.
El mundo seguía funcionando. El suyo no.
Salió a la calle. La lluvia seguía cayendo con la misma intensidad que cuando llegó. Le golpeó la cara y no se inmutó. Caminó hasta el coche, abrió la puerta y se sentó al volante. Apoyó las manos sobre él y se quedó ahí, mirando el parabrisas empañado.
No encendió el motor. No lloró, no le salían las lágrimas. Tampoco llamó a nadie.
Se quedó sentada, inmóvil, escuchando la lluvia golpear el techo del coche.
La lluvia caía con un ritmo constante, como si el cielo también estuviera llorando por ella.
Y María, con las manos en el volante y los ojos fijos en el vacío, pensó en la nota de su madre, en la taza de café de su padre, en la promesa que le había hecho esa mañana.
"Si pasa cualquier cosa, os llamo." No había llamado.
No había tenido tiempo. Y ahora ya no había nadie al otro lado del teléfono.
Mientras María apretaba las llaves contra el pecho, a sesenta kilómetros de allí, en el pazo de Carragueiros, Aine se despertó de golpe.
No sabía por qué. No había oído ningún ruido.
La casa estaba tan silenciosa como siempre, envuelta en esa oscuridad húmeda que se colaba por las rendijas de las ventanas.
Se incorporó en la cama, con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal, y se quedó unos segundos mirando la oscuridad, esperando que el silencio le devolviera la calma.
Pero no volvió.
Se levantó. Fue a la ventana. Apartó la cortina con dos dedos y miró hacia fuera. El camino de tierra estaba vacío. Los eucaliptos se movían con el viento. El mar, al fondo, sonaba con ese rumor constante que la acompañaba desde hacía dieciocho años. Todo estaba igual. Nada había cambiado.
No había nada. No había nadie.
Pero Aine no podía dejar de mirar hacia la entrada de la propiedad, como si esperara ver aparecer algo entre los árboles.
Algo que todavía no sabía qué era. Algo que estaba a punto de cruzar su puerta.
Se frotó los brazos, sintiendo el frío de la noche en la piel, y se quedó un rato allí, con la frente apoyada en el cristal frío, mirando hacia la nada.
Cuando volvió a la cama, supo que esa noche no iba a volver a dormir.