Donde empieza el horizonte
© inepub.com
Capítulo 1 El silencio antes del ruido
—María, ¿estás despierta?
La voz de su madre atravesó la puerta del dormitorio con esa mezcla de paciencia y autoridad que llevaba escuchando desde niña. No necesitaba alzar el tono para hacerse oír. Bastaba con pronunciar su nombre para que toda la casa supiera que era hora de ponerse en marcha.
María abrió los ojos despacio y se quedó unos segundos mirando el techo, intentando recordar en qué momento se había dormido. Había estado repasando apuntes de Psicología hasta tarde y el cansancio seguía pegado a sus párpados.
—Sí, mamá. Ya bajo.
—Y ponte algo decente, que vas en chándal otra vez.
Se sentó en la cama. La habitación conservaba el desorden propio de una estudiante en época de exámenes: libros abiertos sobre el escritorio, folios con anotaciones de distintos colores, un subrayador amarillo sin tapón y una taza vacía.
Se pasó una mano por el pelo y salió al pasillo con la misma camiseta de la facultad que llevaba meses usando para estudiar.
Su madre la observó de arriba abajo desde la mesa del salón, donde organizaba unos papeles con su letra pequeña y ordenada.
—María, eso tiene un agujero en el hombro.
—Es mi favorita.
—Parece que te has peleado con un gato.
María se acercó por detrás y la rodeó con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro. Su madre fingió mantenerse seria unos segundos.
—No intentes comprarme con mimos.
—¿Funciona?
—Un poquito.
Le dio un manotazo cariñoso en la nuca.
—Anda, ven a la cocina. Tu padre quiere darte el sermón antes de salir.
En la cocina, su padre estaba de pie junto a la encimera con una taza de café entre las manos y las llaves del coche girando entre los dedos.
Sobre la mesa, unas gafas de sol, un mapa de carreteras que seguía empeñado en usar, aunque el coche tuviera navegador, una botella de agua y una bolsa con fruta para el camino.
Era incapaz de salir de viaje sin comprobarlo todo cinco veces.
—Ahí está la señorita.
Abrió los brazos y María se dejó abrazar, sintiendo el olor de su colonia mezclado con el café recién hecho y ese rastro de tabaco rubio que nunca desaparecía del todo. Siempre había pensado que, si alguna vez tuviera que explicar a qué olía su casa, elegiría exactamente esa mezcla.
Su padre la apartó unos centímetros para mirarla.
—¿Todo listo para el examen del lunes?
—Sí. Casi me sé el temario entero.
Él arqueó una ceja.
—Bueno, entero. Lo de "casi" era para no parecer una sabelotodo.
Desde el fregadero llegó la risa de su madre.
—Pues mejor. Así apruebas y después nos vamos de vacaciones todos juntos.
—Veinte años de casados —dijo su padre, mirando a su madre—. Que se dice pronto. Nos apetece escaparnos un poco.
—Qué romántico eres.
—Llevo veinte años despertándome al lado de tu madre y todavía me parece la mejor decisión que he tomado.
—Te aguanto, que es distinto.
—Eso digo yo.
María los observó discutir con esa complicidad de siempre, lanzándose pequeñas pullas sin levantar la voz, como si el matrimonio fuera un deporte de equipo donde ambos sabían exactamente cuándo atacar y cuándo retirarse.
Su padre dejó las llaves sobre la mesa y la miró con esa expresión que ella conocía tan bien.
—Lo sabía. Todavía quedaba otro sermón.
—No es un sermón. Es experiencia.
—Eso dices siempre.
—Y normalmente termino teniendo razón.
Se acercó un poco más.
—Escucha. Si pasa cualquier cosa, nos llamas. Da igual la hora. No quiero que pienses que vas a molestarnos.
—Lo haré, papá.
Él entrecerró los ojos.
—¿Lo dices para que me quede tranquilo o porque realmente lo harás?
María levantó la mano derecha como si prestara juramento.
—Lo prometo. Si pasa cualquier cosa, os llamo.
—Más te vale. Prefiero enterarme por ti que por los bomberos.
—No va a venir ningún bombero.
—Eso espero. Aunque contigo nunca se sabe. Todavía recuerdo aquella sartén.
—¡Otra vez con la sartén! Fue hace dos meses.
—Pues precisamente.
Los tres se rieron. Su madre dejó el paño sobre la encimera y se acercó a María. Le acomodó el cuello de la camiseta y le apartó un mechón de pelo de la frente.
—Y tú procura comer a tus horas. Cuando estudias se te olvida hasta mirar el reloj.
—Mamá...
—Déjame terminar. No quiero que estés todo el día viviendo de café y galletas. Tienes comida preparada. Solo tienes que calentarla y sentarte a comer como una persona normal.
—Lo sé.
—Y no trasnoches demasiado.
—Tengo un examen el lunes.
—Precisamente por eso.
María la observó mientras hablaba. Se fijó en que llevaba el pelo recogido deprisa, en la pequeña arruga junto a sus ojos cuando sonreía, en que seguía usando el mismo perfume suave de siempre. Nunca había pensado que aquellos detalles pudieran desaparecer algún día.
—¿Me estás escuchando o estás pensando en otra cosa?
—Sí, sí. Estoy escuchando.
—Entonces repite lo que acabo de decir.
—Que coma, que duerma y que no sobreviva a base de café.
—Exactamente.
Su padre consultó el reloj por enésima vez.
—Cariño, como no salgamos ahora, el tráfico nos va a pillar.
—Siempre igual —murmuró su madre mientras iba hacia el recibidor.
María los siguió despacio. Observó cómo su padre comprobaba otra vez las llaves, la cartera, el teléfono.
—Papá, acabas de mirar las llaves hace treinta segundos.
—Nunca está de más.
Su madre abrió la puerta y una corriente de aire fresco entró desde la escalera. El edificio olía a limpio, como todas las mañanas.
Antes de cruzar el umbral, su madre volvió sobre sus pasos. Se acercó despacio, le sujetó la cara entre las manos y la obligó a mirarla a los ojos. Durante unos segundos no dijo nada.
—María.
—¿Qué?
—Que te queremos.
Algo se le apretó suavemente dentro del pecho. Aquellas palabras no eran nuevas. Las escuchaba con frecuencia. Pero pronunciadas así, sin prisas, con las manos de su madre en sus mejillas, pesaron de otra manera.
—Yo también os quiero.
Su padre pasó un brazo por los hombros de ambas.
—Basta ya, que va a parecer que nos marchamos medio año.
—Solo son dos días —dijo María.
—Exactamente. El domingo estamos de vuelta.
Los tres salieron al rellano entre alguna broma más que María ya apenas distinguió.
Se quedó en el umbral, sosteniendo la sonrisa, hasta que el sonido de las maletas dejó de resonar en la escalera.
Después llegó el golpe seco del portal al cerrarse y, unos instantes más tarde, el rumor lejano del motor arrancando.
Cerró la puerta despacio.
El chasquido de la cerradura rompió el silencio un instante. Después no quedó nada. Ninguna voz desde la cocina, ningún cajón abriéndose, ningún comentario de su padre porque alguien había dejado una luz encendida. Solo una calma que se extendía por todas las habitaciones.
Permaneció un momento en el recibidor con la mano en el pomo. Sonrió para sí misma.
—Menuda tontería.
Caminó hasta la cocina. La taza de café de su padre seguía sobre la encimera, junto al periódico doblado. Todo estaba exactamente igual que unos minutos antes, como si la casa se hubiera detenido en el instante en que ellos cruzaron la puerta.
Se fijó en la nota que su madre había dejado sujeta con un imán. Letra pequeña, ordenada. La despegó y la leyó.
1. Lasaña: ocho minutos en el microondas.
2. Croquetas: cinco minutos. Que no se quemen.
3. No abras la puerta a nadie, bajo ningún concepto.
Sonrió por lo bajo.
—Mamá...
Dobló el papel con cuidado y lo guardó en el bolsillo del pantalón. No supo muy bien por qué lo hizo. Podría haberlo dejado en la nevera, donde su madre lo había puesto, pero algo dentro de ella le pidió que lo llevara consigo.
Fue a su habitación y se sentó frente al escritorio.
El examen del lunes llevaba semanas ocupándole la cabeza.
Encendió la lámpara, apartó un cuaderno y respiró hondo antes de empezar.
La habitación tenía ese aspecto que sus padres ya habían aprendido a aceptar: un desorden imposible de entender para ellos, pero que para María era un reflejo de lo que pasaba por su cabeza.
Porque había otra cosa. Desde pequeña escribía historias en cuadernos que escondía debajo de la cama.
No se lo había dicho a nadie, ni siquiera a sus padres.
A veces, cuando se quedaba dormida sobre los apuntes, soñaba con ver su nombre en una portada.
Pero aquello era demasiado grande para decirlo en voz alta.
Primero el examen. Después ya habría tiempo.
Durante las primeras horas se concentró bien.
Repasó varios temas, respondió preguntas que se hacía a sí misma y comprobó con satisfacción que muchas cosas que días atrás le habían parecido complicadas empezaban a encajar.
A medida que la tarde se fue apagando, el cansancio empezó a pesar.
Se levantó un par de veces para estirar las piernas, bebió agua, volvió a sentarse.
Cuando llegó la hora de cenar, fue a la cocina y encontró la nevera llena tal como su madre había prometido.
Preparó la cena siguiendo las instrucciones y comió tranquila, revisando mensajes del móvil.
Conversaciones normales, de esas que parecen no tener importancia porque forman parte de la rutina.
Después de recoger, volvió a la habitación con la intención de aprovechar las últimas horas.
A las nueve todavía repasaba, aunque su mente ya no respondía con la misma rapidez.
A las diez y media apoyó los codos sobre la mesa y cerró los ojos.
Se prometió que solo descansaría un momento. Cinco minutos.
No fue consciente del instante exacto en que se quedó dormida. El cansancio acumulado terminó venciendo y, sin darse cuenta, se quedó apoyada sobre el escritorio, con los apuntes abiertos delante y la luz de la lámpara iluminando una habitación que poco a poco quedó en silencio.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando el teléfono la despertó.
Abrió los ojos despacio, atrapada entre el sueño y la realidad.
Levantó la cabeza con la sensación de haber perdido la noción del tiempo.
La habitación estaba oscura y la pantalla del teléfono iluminaba una pequeña parte del escritorio.
Miró la hora. Las once y cuarto de la noche. Después miró el número. Desconocido.
Durante unos instantes dudó si responder. No era habitual recibir llamadas a esas horas de alguien que no tenía guardado, y aunque intentó convencerse de que seguramente sería algo sin importancia, una inquietud empezó a crecer dentro de ella. Cogió el teléfono justo antes de que dejara de sonar.
—¿Dígame?
Al otro lado escuchó la voz de una mujer. Tranquila, acostumbrada a mantener la calma en situaciones difíciles. Pero había algo en la forma en que pronunció su nombre que hizo que María se incorporara lentamente en la silla.
—Buenas noches. ¿Hablo con María Peralta?
—Sí, soy yo.
La mujer hizo una pequeña pausa.
—Soy la Doctora Ferrer del Hospital Clínico de Santiago. Disculpe la hora, María. ¿Se encuentra sola en casa?
Algo dentro de ella se tensó. Hasta ese momento había intentado buscar una explicación sencilla, pero escuchar aquellas palabras cambió algo. El silencio de la habitación pareció hacerse más profundo.
—Sí. Estoy sola.
—¿Ha ocurrido algo?
Un breve silencio.
—María, sus padres han sufrido un accidente de tráfico hace aproximadamente una hora, en la carretera hacia Oviedo. Han sido trasladados al Hospital Clínico de Santiago y en estos momentos están siendo atendidos.
Las palabras estaban ahí, claras, pero su mente parecía incapaz de aceptarlas. El viaje. La mañana. Las bromas de su padre. El beso de su madre antes de salir. Todo se mezcló mientras intentaba encontrar una pregunta que hiciera desaparecer aquella sensación de irrealidad.
—¿Cómo están?
La doctora no respondió de inmediato. María escuchó su respiración al otro lado, como si estuviera eligiendo las palabras.
—María, la situación es delicada. Necesitamos que venga al hospital lo antes posible.
María se levantó de la silla mientras seguía escuchando las indicaciones.
—¿Puede venir acompañada? ¿Hay algún familiar o alguien que pueda traerla?
Miró alrededor de su habitación. Por primera vez desde que había contestado fue consciente de que estaba sola. Sus padres se habían marchado unas horas antes pensando que el domingo volverían, que ella seguiría estudiando. Pero ahora no había nadie al otro lado del pasillo.
—No —respondió en voz baja—. No hay nadie. Iré sola.
La doctora intentó convencerla de que no condujera si no se encontraba bien, pero María apenas podía pensar en otra cosa que no fuera llegar al hospital.
—Estoy bien, doctora. Voy ahora mismo.
Cuando terminó la llamada permaneció unos instantes quieta con el teléfono en la mano.
La habitación seguía siendo la misma, los apuntes seguían abiertos sobre la mesa, pero todo parecía haber cambiado de lugar.
Cogió las llaves del coche. Recordó la voz de su padre aquella misma mañana diciéndole que los llamara si necesitaba cualquier cosa.
En aquel momento le había parecido una frase más. Ahora significaba otra cosa.
Se puso la chaqueta sin abrocharla, y atravesó la casa en silencio.
Al pasar por la cocina vio la taza de café de su padre todavía sobre la encimera y el hueco vacío en la nevera donde había estado la nota que ahora llevaba en el bolsillo.
Durante un segundo sintió la necesidad de detenerse, como si mirar aquellos detalles pudiera devolverle la seguridad de unas horas antes. Pero no podía quedarse allí.
Salió a la calle. El aire de la noche le golpeó la cara, frío y húmedo.
El portal se cerró a su espalda con un golpe seco que resonó en el silencio de la calle vacía.
Mientras caminaba hacia el coche, con las llaves apretadas en la mano, se dio cuenta de que no había cerrado la puerta del piso con llave.
Nunca salía sin cerrar con llave. Pero aquella noche, simplemente, se le había olvidado.