CAPÍTULO 50
Llevaba doce años trabajando con Sara Villalba y nunca había aprendido a predecir lo que iba a hacer a continuación.
Eso no era un defecto. Era lo que la hacía buena en su trabajo.
La incapacidad de quedarse quieta cuando algo no encajaba, de aceptar la versión oficial cuando la versión oficial tenía demasiados huecos, de irse a dormir cuando todavía quedaba un hilo por tirar.
Marcos había conocido a muchos periodistas en veinte años de oficio y había aprendido a distinguir los que escribían bien de los que realmente necesitaban saber.
Sara era de los que necesitaban saber. Esos eran los peligrosos.
Y los mejores.
Cuando volvió a Huesca después de Jaca tardó dos días en volver a su ritmo. No era el cansancio, que también, sino otra cosa. Esa sensación de haber estado dentro de algo demasiado grande para procesarlo de golpe y necesitar tiempo para que se asiente y tome forma.
Se sentó en su despacho con los tres monitores y el café y los vasos vacíos que nunca tiraba hasta el viernes y miró la pantalla sin escribir nada durante un rato.
Pensó en Sara.
Lo hacía a menudo. Llevaba años haciéndolo de una manera que había aprendido a manejar, que no era olvidar sino guardar en el sitio correcto para que no interfiriera con el trabajo ni con la relación ni con nada de lo que habían construido juntos sin necesidad de nombrarlo.
Era una disciplina como cualquier otra. Se practica hasta que se vuelve automática.
Pero había algo diferente ahora.
Lo que había dicho en la calle Mayor de Jaca antes de irse no había sido planeado.
Había salido solo, natural, de las cosas que llevan demasiado tiempo dentro esperando el momento correcto.
No había sido una declaración. No había sido una pregunta.
Había sido simplemente la verdad dicha en voz baja, sin presión, sin esperar nada a cambio.
No sé qué va a pasar después de esto, había dicho. Pero sé que quiero que pase contigo.
Doce palabras. Sin más.
Ella lo había guardado. Lo había visto en su cara. Lo había metido en algún sitio nuevo y había asentido apenas y había dicho buenas noches y había subido las escaleras.
Eso era suficiente.
No porque no quisiera más. Sino porque sabía cómo funcionaba Sara con las cosas nuevas. Las guardaba. Las miraba de lejos primero. Las dejaba reposar. Y luego, cuando estaba lista, las sacaba y les daba el peso que merecían. No antes.
Marcos había aprendido eso en doce años. Que con Sara el tiempo no era indiferencia. Era respeto.
Se levantó y fue a la ventana de su despacho. Huesca a media mañana, la calle con sus ruidos habituales, el Pirineo intuido al norte detrás de las nubes bajas de noviembre.
Pensó en el reportaje. En las cuatrocientas personas que lo habían compartido en la primera hora.
En el Heraldo y El País y la SER recogiendo la historia de una familia de Bronchales que fue de vacaciones y no volvió.
En Solana llamando a su abogado. En Salas siendo suspendido.
En treinta años de silencio rompiéndose en una mañana.
Pensó en Óscar.
En la manera en que Sara lo había mirado en la sala de espera de la comandancia cuando la moneda se detuvo entre sus nudillos.
Con esa expresión que Marcos no había visto nunca en ella.
No de alegría exactamente. De algo más antiguo.
De algo que había estado cerrado tanto tiempo que cuando se abrió lo hizo sin ruido, como se abren las cosas que no necesitan avisar.
Marcos había estado a un lado. Era su sitio natural en la vida de Sara, el lado. Lo sabía y lo había aceptado hace tiempo. No con resignación sino con la claridad de quien entiende que algunas cosas son como son y que lo que hay entre dos personas no siempre tiene nombre ni necesita tenerlo.
Lo que había entre Sara y él era real.
No sabía si iba a cambiar. No sabía si ella iba a sacar aquello que había guardado y a mirarlo y a decidir qué hacer con ello. Quizás sí. Quizás no. Quizás el momento era ahora y quizás el momento era dentro de años.
Marcos era paciente.
Había aprendido la paciencia en el mismo sitio donde había aprendido casi todo lo importante, en el oficio.
En la espera de que las cosas se desarrollen solas cuando les das el tiempo suficiente.
En la confianza de que la verdad siempre sale aunque tarde.
En saber que forzar las cosas antes de que estén listas las rompe.
Volvió a la mesa.
Abrió el documento donde llevaba semanas sin escribir nada que no fuera el reportaje. Lo miró durante un momento. Luego empezó a escribir.
No sobre Sara. No sobre Jaca ni sobre la riada ni sobre Solana. Escribió sobre otra cosa, sobre un tema que llevaba meses queriendo abordar, sobre las pequeñas negligencias administrativas que se acumulan en los archivos de las instituciones sin que nadie las lea hasta que es demasiado tarde.
Escribió durante tres horas sin parar.
Cuando terminó se recostó en la silla y miró el techo.
Pensó que había cosas que no podías forzar. Que solo podías hacer tu trabajo bien y estar en el sitio correcto y dejar que el tiempo hiciera lo suyo.
Que a veces era suficiente con saber que alguien guardaba algo tuyo en un sitio nuevo.
Cogió el teléfono y le escribió un mensaje a Sara.
Buen trabajo, Villalba.
Tres palabras. Las mismas de siempre.
Dejó el teléfono en la mesa y volvió al artículo.