Donde el río no olvida EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Volvió al piso un jueves.

Óscar la acompañó hasta la puerta y luego esperó en el rellano, que era su manera de darle espacio sin dejarla sola del todo.

Marcos había vuelto a Huesca dos días antes, discreto, como siempre.

Antes de irse, en la calle Mayor de Jaca, le había dicho algo en voz baja que no era una pregunta y que tampoco era una declaración sino algo a medio camino, algo que solo Marcos sabía decir de esa manera, sin presión y sin prisa.

Sara no le había contestado entonces con palabras.

Le había puesto la mano un momento sobre la suya, encima de la mesa, y le había dejado ver que lo había entendido perfectamente y que no le asustaba, que solo necesitaba tiempo para saber qué hacer con algo tan grande.

Marcos había asentido como si eso fuera ya una respuesta, porque lo era.

Sara lo había guardado en un sitio nuevo, un sitio que llevaba mucho tiempo vacío y que todavía no sabía muy bien cómo manejar. Pero que estaba ahí.

Abrió la puerta.

El piso olía a cerrado y a papel viejo. Las persianas echadas, la taza del café todavía en el fregadero desde la mañana que se fue a Jaca semanas antes.

Todo exactamente como lo había dejado excepto el archivo, que alguien había vaciado y que ahora era solo una habitación con estanterías metálicas y un corcho desnudo en la pared.

Sara lo miró un momento desde el marco de la puerta.

El mapa del valle del Gállego ya no estaba. Los hilos, las fotos, los nombres. Todo se lo había llevado la Guardia Civil como pruebas. Era lo correcto. Pero la habitación sin eso parecía otra cosa, más pequeña, más vacía, como un cuerpo después de que algo importante lo ha abandonado.

Fue al salón.

Todo igual. El sofá, la mesa, los libros en la estantería. Y en el segundo estante desde arriba, en el sitio donde siempre había estado, Pipo.

Sara se quedó parada delante de él.

El conejo de peluche tenía la oreja torcida como siempre.

Treinta años en esa estantería y la oreja seguía torcida de la misma manera, como si el tiempo no hubiera podido con ese pequeño defecto de fábrica.

Sara lo había llevado consigo desde el camping hasta el hospital, desde el hospital hasta la familia de acogida, desde la familia de acogida hasta el primer piso que alquiló con dieciocho años fregando platos.

Y cuando por fin tuvo un sitio que era suyo de verdad lo había puesto en la estantería del salón y lo había dejado ahí. Sin tocarlo casi. Sin tirarlo nunca.

Lo cogió.

Lo sostuvo un momento con las dos manos como cuando tenía seis años, sintiendo el peso familiar, el tacto del pelo sintético un poco apelmazado por el tiempo. Le enderezó la oreja. La oreja volvió a torcerse sola.

Iba a dejarlo en su sitio cuando lo notó.

Algo duro dentro del relleno. En el costado izquierdo, cerca de donde debería estar el corazón si los conejos de peluche tuvieran corazón. No era grande. No era nada que se notara a menos que lo estuvieras buscando, y Sara no lo había estado buscando nunca porque no sabía que había nada que buscar.

Fue a la cocina. Buscó unas tijeras.

Abrió la costura con cuidado. Tocaba algo que no debía romperse, y lo sabía. El relleno blanco salió un poco. Y dentro, envuelto en un trozo de tela de algodón atado con un hilo rojo, había algo plano y rectangular.

Sara deshizo el nudo.

Era una foto.

Pequeña, de carrete, de esas que se revelaban en sobre y que tenían ese color ligeramente amarillento del papel fotográfico de los años noventa.

Cuatro personas en un puente de piedra. Un hombre con la mano en el hombro de una mujer.

Una niña delante, más pequeña que los demás, mirando a la cámara con una seriedad de seis años que no era tristeza sino concentración.

Y un niño de diez años con el brazo rodeando a la niña, sonriendo de esa manera que solo tienen los hermanos mayores cuando están orgullosos de serlo.

Al dorso, con la misma letra redonda y cuidadosa que Sara había visto una sola vez en su vida, en un papel doblado con las reglas de la escoba escrito con bolígrafo azul, había cuatro palabras.

Para cuando seas mayor.

Sara se sentó en el suelo de la cocina.

No supo cuánto tiempo estuvo así. Con la foto entre las manos y Pipo en el regazo y las tijeras en el suelo y la costura abierta derramando un poco de relleno blanco. El piso en silencio. El patio interior con su ventana encendida en el tercero como siempre.

Ángela había sabido. Había sabido que la foto existía, que se había perdido en el caos de la riada, que alguien la había recogido y la había entregado en el hospital sin saber muy bien a quién dársela. Y la había guardado en el único sitio que estaba segura de que Sara nunca iba a abandonar.

Treinta años esperando en el costado izquierdo de un conejo de peluche con la oreja torcida.

Sara miró la foto.

Su padre. Su madre. Óscar. Ella.

El puente de Santa Elena, agosto de 1996, con las hayas verdes detrás y el Gállego brillando abajo y el mundo entero por delante todavía.

Para cuando seas mayor.

Ya era mayor.

Se levantó. Fue a la puerta. Óscar seguía en el rellano, apoyado en la pared con los brazos cruzados, paciente, de quien ha aprendido a esperar.

La miró.

Sara le dio la foto sin decir nada.

Óscar la cogió. La miró durante un momento largo. Luego la dio la vuelta y leyó las cuatro palabras del dorso y algo en su cara se rompió de una manera que no intentó disimular.

¿De quién es la letra?, dijo con la voz un poco menos entera de lo habitual.

De Ángela, dijo Sara. La trabajadora social que me cuidó en el hospital.

Óscar asintió.

Siguieron así un momento en el rellano, los dos juntos, con la foto entre ellos y el silencio de un edificio de Zaragoza a su alrededor que no sabía nada de lo que estaba pasando en ese cuarto piso.

¿Vamos a Biescas?, dijo Óscar.

Sara le miró.

¿Ahora?

Ahora.

Llegaron al valle cuando el sol bajaba hacia las crestas del oeste.

La luz de noviembre en el Pirineo aragonés era de otro mundo.

No la luz suave del verano, que todo lo dora y lo embellece, sino esta otra, más honesta, que alarga las sombras hasta hacerlas casi tan largas como las cosas que las proyectan y que deja la piedra y el agua y los árboles con ese aspecto de haber sido siempre lo que son.

Los chopos habían perdido casi todas las hojas.

Las ramas desnudas se cruzaban contra el cielo pálido con una geometría sin pretensiones, la de los árboles en invierno.

El Arás bajaba oscuro entre las orillas vacías, más silencioso que en verano, como si también él supiera que no era el momento de hacer ruido.

Las cumbres al norte estaban blancas. No la nieve permanente de agosto, que en el Pirineo se queda en las sombras y a lo lejos parece suciedad en la roca, sino la nieve nueva de noviembre, fresca, que cubre todo de la misma manera democrática y hace que las crestas del Telera y el Tendeñera y el Balaitús parezcan recién nacidas, como si el invierno las hubiera devuelto limpias al mundo.

Óscar miró las montañas desde el coche antes de apagar el motor.

Sara también las miró.

No dijeron nada. No hacía falta decir nada.

Aparcaron.

No fueron al río.

Aparcaron junto a la carretera y caminaron hasta el Parque Memorial del Camping Las Nieves.

Estaba junto al barranco del Arás, en el lugar exacto donde treinta años antes había estado el camping.

Una escultura de piedra presidía el espacio, tres piezas verticales que dejaban entre ellas un hueco, un vacío que no era vacío sino presencia, la presencia de los que ya no estaban.

Alrededor, tres monolitos de piedra con los nombres grabados.

Ochenta y siete nombres.

Sara y Óscar se pararon delante.

No dijeron nada durante un momento. Solo miraron los nombres.

Todos esos nombres. Familias enteras que habían llegado a ese camping en agosto del 96 con los coches cargados y los hijos dormidos en el asiento trasero y sus vidas enteras por delante.

Que habían montado las tiendas y encendido los hornillos y escuchado el río y mirado las montañas y no habían tenido ninguna razón para no confiar en que alguien había comprobado que era seguro.

Sara buscó con los ojos.

Los encontró en el segundo monolito. Juntos, como habían estado siempre.

Miguel Villalba Serrano.

María Villalba Gracia.

Los leyó en voz baja. Una vez. Luego otra. Con esa lentitud de quien quiere que las palabras lleguen a todos los sitios donde hace falta que lleguen.

Luego se giró hacia Óscar.

María Villalba Gracia, dijo Sara.

Óscar la miró. Asintió despacio.

Miguel Villalba Serrano, dijo él.

Nadie más los oyó. Solo la piedra.

Óscar estaba a su lado. Tenía la moneda entre los nudillos, quieta por primera vez, sujetada entre el índice y el pulgar sin moverse.

Había flores junto al pie del monolito. Flores frescas que alguien había dejado esa misma mañana o el día anterior. Y junto a las flores, apoyado contra la piedra, un peluche pequeño, descolorido por el sol y la intemperie.

Sara lo miró durante un momento largo.

Luego sacó la foto del bolsillo.

La miró una vez más. Su padre con la mano en el hombro de su madre. La luz de agosto en el puente de Santa Elena. Los cuatro juntos, completos, en el único momento que quedaba de ellos.

La apoyó contra la piedra, junto a las flores, junto al peluche. En el lugar donde estaban sus nombres.

Y en ese momento, sin buscarlo, le llegó la voz de Alicia. Nítida, de seis años, seria, como era ella para los pactos.

Mañana seguimos.

Sara cerró los ojos un segundo. Luego los abrió.

Ya, dijo en voz baja. Ya seguimos.

No era un gesto para nadie. O era para todos. Para Miguel y María Villalba que merecían haber vuelto de ese viaje. Para los Sánchez de Valencia y la pareja mayor de Pamplona y el grupo de jóvenes con tiendas de colores y todas las familias que habían confiado en que alguien había hecho su trabajo.

Para Alicia, que había vuelto treinta años después buscando lo mismo que Sara y no había llegado a encontrarlo.

Para Fermín Castán y Luis Ferrer Ara, que lo supieron y pagaron por saberlo.

Para todos los que vendrían después. Porque habría más.

Siempre había más. Ríos con informes ignorados y zonas de riesgo convertidas en zonas de negocio y familias que confiaban en que alguien había leído el papel.

Y mientras eso no cambiara habría más nombres en más monolitos de piedra en más lugares de este país.

Por eso el reportaje. Por eso los nombres en voz alta. Por eso estar aquí.

¿Crees que lo sabían?, dijo Óscar en voz baja.

¿El qué?

Que iba a pasar algo. Esa noche. Papá mirando el cielo.

Sara pensó en Miguel sentado en la silla plegable delante de la tienda sin moverse en toda la tarde. En cómo había mirado a mamá y algo había pasado entre ellos que Óscar no supo leer pero sintió.

Creo que algo presentía, dijo. Pero creo que también eligió quedarse. Que cuando tuvo que elegir nos eligió a nosotros.

Óscar asintió despacio.

La moneda volvió a moverse entre sus nudillos.

Nos eligieron, dijo.

Sí, dijo Sara. Nos eligieron.

El Arás sonaba abajo, tranquilo. Las montañas quietas encima con la primera nieve del invierno en las cumbres. Y los ochenta y siete nombres grabados en la piedra bajo esa misma luz de noviembre que no le preguntaba permiso a nadie para estar ahí.

Sara no se movió durante un momento más.

Luego miró las cumbres.

Estaban ahí. Como siempre habían estado. Como estarían cuando ella ya no estuviera. Blancas ya con la nieve de noviembre, quietas, indiferentes al tiempo de las personas de esa manera que tienen las cosas muy antiguas, que no es crueldad sino simplemente otra escala.

Su padre lo había dicho una vez mirando estas mismas montañas desde un camping junto al río.

Las montañas siempre están aunque no las veas.

Ahora lo entendía del todo.

Este libro es una obra de ficción. Los personajes y los hechos narrados son imaginarios. Los responsables, los crímenes y las empresas que aparecen en estas páginas son enteramente ficticios y no guardan relación con ninguna persona ni entidad real.

Pero la riada del Arás ocurrió de verdad.

Tal como se cuenta al principio de este libro. Habían ido de vacaciones con sus familias. No tenían ninguna razón para no confiar en que estarían seguros.

Este libro está dedicado a ellas. A sus nombres, que están grabados en piedra junto al barranco del Arás. Y a todas las familias que siguen cargando con su ausencia.

También a todos los que alguna vez dijeron en voz alta que algo no estaba bien, y no fueron escuchados.

Si algún día vas al Pirineo aragonés, el Parque Memorial del Camping Las Nieves está junto al barranco del Arás, en Biescas. Puedes leer los nombres. Puedes dejar flores. Puedes quedarte un momento en silencio delante de la piedra. Merece la pena ir.

— Ángela