CAPÍTULO 49
Pasaron cuatro días.
Cuatro días en los que el reportaje dejó de ser una mañana de titulares para convertirse en otra cosa, más lenta y más sorda: un expediente, una orden judicial que tardaba en firmarse, una fiscalía que pedía tiempo aunque medio país tuviera ya la historia en la pantalla del móvil.
El segundo día, el capitán Castillo confirmó que habían identificado al conductor del vehículo registrado en el camino del Arás.
Se llamaba Javier Bernal. Tenía antecedentes.
Eso, junto con el incidente del río, fue suficiente para detenerle cautelarmente esa misma tarde.
La nota encontrada junto al cuerpo de Castán con el nombre de Sara era compatible con una máquina de escribir hallada en su domicilio, dijo Castillo, pero compatible no es lo mismo que concluyente, y el papel por sí solo no habría bastado para sostener nada ante un juez.
Lo que de verdad cerró el caso fue Eusebio.
Esa misma tarde un guardia civil de Jaca llamó a la puerta de Eusebio Bernal en la calle del Mercado.
Cuando le dijeron que su hermano había sido detenido, Eusebio no preguntó nada.
Solo asintió, como quien lleva treinta años esperando esa frase exacta.
Dijo que él también quería declarar, que llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo y que ya solo le faltaba que alguien viniera a buscarle en lugar de tener que ir él.
Habló esa misma tarde. No protegió a su hermano.
Contó lo que había visto la noche de la riada, lo que había callado durante treinta años, y lo del micrófono que Javier le había instalado tres años antes, sin pedirle permiso, en el rincón donde el techo se junta con la pared de la cocina, para saber siempre, dijo, si algún día yo dejaba de callarme.
Fue su declaración, no el papel de la máquina de escribir, lo que convirtió una detención cautelar en algo que iba a sostenerse.
Roberto Díaz llamó por su cuenta al capitán Castillo ese mismo segundo día y se ofreció a declarar todo lo que sabía, sin que nadie le hubiera buscado todavía.
El reportaje ya mencionaba su nombre como empleado de Solana durante veintiocho años y como la persona que había intentado, tarde, frenar lo que él mismo había puesto en marcha.
No pidió que lo protegieran. Solo pidió que constara que había llamado él.
Ignacio Rozada aguantó tres días sin contestar a nadie.
Al tercero presentó su renuncia al consejo de administración del Grupo Solana con efectos inmediatos.
Al cuarto, la Fiscalía Anticorrupción de Aragón confirmó la apertura de diligencias contra él por cohecho y prevaricación.
En medio de esos días, una mujer que se identificó como Elena Ferrer llamó a la redacción de El Pirineo Digital.
Hija de Luis Ferrer Ara. Había leído el reportaje. Solo quería decir que gracias.
La investigación interna sobre Salas avanzó más rápido de lo que nadie esperaba.
En su cuenta aparecieron ingresos pequeños, disfrazados de reembolsos de una empresa de consultoría turística que no existía más que en el papel.
Y en los registros de dos hoteles del Grupo Solana en el Pirineo, semanas enteras a nombre de su mujer y sus hijos, siempre en temporada alta, siempre sin factura de por medio.
No era una fortuna. Era, exactamente, lo suficiente para no hacer preguntas durante siete años.
Solana llevaba esos cuatro días encerrado en el despacho del Paseo de la Independencia, viendo desde la ventana cómo el mundo que había construido se deshacía sin necesidad de que nadie entrara todavía a deshacerlo: la fundación pidiendo explicaciones que él no contestaba, dos reuniones canceladas por la otra parte sin excusa, una llamada de un ministro con el que se había fotografiado dos veces que no llegó a coger.
Nadie le había llamado Don Ramón en cuatro días.
Esa mañana del cuarto día el teléfono llevaba dos horas sonando.
No el fijo del despacho, que tenía la secretaria para filtrarlo. El móvil. El número que Ramón Solana daba a muy poca gente y que esa mañana había recibido diecinueve llamadas de once números distintos antes de las diez.
Lo había apagado a las nueve y cuarenta y cinco.
Estaba de pie junto a la ventana con el Ebro abajo y la Basílica al fondo y el despacho en silencio detrás de él, ese silencio que no era paz sino ausencia de algo que hasta hacía cuatro días había sido su vida.
El reportaje se había publicado a las siete y veintidós.
Lo había leído entero dos veces. La primera deprisa, buscando errores, buscando huecos, buscando algo que pudiera atacar.
No encontró nada. La segunda despacio, leyendo cada frase como lo que era: la verdad dicha en voz alta.
Su nombre. La resolución del 94. Los nombres de Luis Ferrer Ara y de Fermín Castán.
Los ochenta y siete muertos del camping Las Nieves.
Ochenta y siete.
Lo había sabido siempre. Había vivido con ese número durante treinta años, construyendo encima de él con la misma eficiencia con que los ingenieros construyen puentes sobre terrenos inestables: ignorando lo que hay debajo y esperando que aguante.
Pero leerlo ahora, en ese texto que había llegado ya a miles de pantallas, era diferente.
Era público. Era definitivo. Era la primera vez que alguien lo decía en voz alta con su nombre al lado.
Había llamado a su abogado.
Su abogado le había dicho que no hablara con nadie. Que no emitiera ninguna declaración. Que él se ocupaba del comunicado de prensa.
El comunicado de prensa decía que colaboraría con la justicia en todo lo que fuera necesario.
Era la frase más vacía que había leído en su vida. Y la había aprobado.
Miró el Ebro.
Hacía treinta años que tenía ese río delante y todavía no había aprendido nada de él.
Seguía siendo lo mismo con independencia de lo que pasara en ese despacho, con independencia de las firmas y los comunicados y los abogados y las fundaciones con su nombre.
Eso era lo que tenían los ríos. Que no necesitaban que nadie les explicara quiénes eran.
Abrió el cajón de arriba.
La foto seguía ahí. La misma que había mirado la última vez que había hablado con Bernal, antes de decirle que no. Un camping junto a un río. Verano. Tiendas de colores. Montañas al fondo. No se veía el Arás en la foto. Solo la orilla, verde y tranquila, con la calma de agosto que no avisa de nada.
La había recortado de un periódico en septiembre del 96. Un artículo sobre la riada con fotos del antes. El camping Las Nieves tal como era. Familias. Niños. Coches aparcados en fila con las matrículas de medio país.
No recordaba por qué la había guardado. Quizás porque guardarla era la única forma de no olvidar que había existido.
Que no había sido solo un expediente administrativo y una firma en un papel.
Que había sido un lugar real donde había ido gente real con sus hijos y sus perros y sus bocadillos y sus ganas de ver las montañas.
Ochenta y siete personas que confiaron en que alguien había comprobado que era seguro.
Lo había leído en el reportaje. Lo había leído y se había quedado con esa frase porque era la única que decía la verdad exacta. No que él era un criminal, no que había matado a nadie. Sino eso: que habían confiado. Que confiaron y él les falló.
Que él sabía que les falló y firmó de todas formas.
La cogió. La miró por última vez. Las tiendas de colores. La gente sonriendo. Las montañas al fondo. Un martes de agosto de 1996 que no sabía que iba a ser el último.
La dejó encima de la mesa, boca arriba, a la vista. No la guardó de nuevo en el cajón. Ya no había nada que ocultar.
Llamaron a la puerta.
Era su secretaria. Tenía esa expresión de quien tiene que decir algo que no quiere decir.
Han llegado dos personas de la Guardia Civil, dijo. Dicen que tienen una orden.
Ramón Solana miró la foto una vez más, boca arriba sobre la mesa.
Dígales que pasen, dijo.
Se quedó de pie junto a la ventana mientras esperaba. El Ebro abajo, moviéndose hacia el mar. La Basílica al fondo, su cúpula, que llevaba décadas sin darle nada parecido al consuelo pero que al menos seguía ahí, igual que siempre, sin pedir nada a nadie.
Setenta y un años.
Una decisión en 1994.
Todo lo que había construido encima.
Oyó la puerta abrirse.
No se giró todavía. Le quedaban dos o tres segundos mirando el río y los quería enteros, sin que nadie se los interrumpiera. El tiempo exacto para recordar, por última vez y sin disimulo, lo que había sido antes de convertirse en lo que era.
Luego se giró.