CAPÍTULO 48
Francisco Bestué se enteró un martes.
No lo buscó. Lo encontró por casualidad, como encontraba casi todo lo que valía la pena en su vida, sin ir expresamente a buscarlo.
Estaba en el bar de la plaza tomando el café de media mañana cuando Paco, el dueño, le puso el periódico encima de la barra sin decir nada, su manera de hacer las cosas, como si las cosas se explicaran solas si las dejabas en el sitio correcto.
Era el Heraldo de Aragón.
La portada tenía una foto del valle del Gállego. El titular decía algo sobre una investigación y una negligencia y tres décadas de silencio. Francisco lo leyó de pie, con el café en la mano, sin sentarse.
¿Lo has visto?, dijo Paco desde detrás de la barra.
Lo estoy viendo, dijo Francisco.
Acabó el café, dobló el periódico y se lo llevó a casa.
Lo leyó entero en la cocina.
Tardó más de lo que tardaba en leer normalmente porque lo releía. Párrafos enteros que volvía a empezar desde el principio porque la primera vez no terminaba de entrar, no porque fueran difíciles sino porque pesaban demasiado para leerlos de corrido.
Leyó el nombre de Ramón Solana Vega. Leyó el informe de 1993 que decía no apto. Leyó la resolución de autorización firmada en 1994. Leyó la desaparición de Luis Ferrer Ara. Leyó los ochenta y siete muertos del 7 de agosto de 1996.
Ochenta y siete.
Francisco había sabido ese número desde siempre, o casi.
Los primeros días después de la riada se había hablado de setenta y dos, luego de ochenta, y solo con el tiempo el recuento se había cerrado del todo.
Vivía en Biescas. Todos en Biescas sabían ese número como se saben las cosas que forman parte del paisaje de un sitio, que están ahí aunque no las estés mirando.
Pero leerlo ahora, después de lo del collado, después de la chica, lo hizo de otra manera.
Siguió leyendo.
Leyó el nombre de Sara Villalba. Leyó que tenía treinta y seis años y que era periodista y que había sobrevivido a la riada de niña.
Leyó que tenía un hermano que también había sobrevivido y que habían pasado treinta años sin saberlo.
Leyó que habían sido los dos quienes habían sacado todo a la luz.
Leyó el nombre de Alicia Sánchez.
Se quedó quieto en la silla.
Alicia Sánchez, treinta y seis años, diseñadora gráfica de Valencia, superviviente de la riada del Arás.
Que había vuelto al valle treinta años después buscando algo que no sabía nombrar del todo.
Que había subido al collado del Telera un miércoles de octubre y que la habían matado creyendo que era otra persona.
Francisco miró por la ventana de la cocina.
Desde allí no se veía el collado. Pero él lo sabía en el paisaje como sabía todas las cumbres de esta sierra, con la intimidad de quien ha pasado cuarenta y tres años subiéndolas antes de que amaneciera.
Pensó en esa mañana de octubre.
El cielo limpio. Rayo parándose con las orejas levantadas. El silencio que no era el silencio de la montaña sino otro silencio. Y luego verla entre las rocas, joven, con las manos abiertas sobre el pedregal.
Había pensado en ella muchas veces desde entonces. No porque hubiera algo que lo obligara sino porque era así, porque uno no encuentra un cuerpo en el collado sin que eso se quede dentro de alguna manera. Se había preguntado quién era. De dónde venía. Qué había ido a buscar ahí arriba.
Ahora lo sabía.
Había ido a buscar lo mismo que todos los que pierden algo en un sitio concreto y que un día necesitan volver a ese sitio aunque no sepan muy bien para qué. No para recuperar lo que se fue. Sino para estar cerca de donde estuvo.
Francisco entendía eso perfectamente.
Su padre había muerto en estas montañas.
No en la riada, años antes, de un infarto mientras subía al pasto con las vacas.
Francisco tenía dieciséis años. Y desde entonces subía al mismo sitio todos los años, en la misma fecha, sin contárselo a nadie.
No porque esperara encontrar nada. Sino porque había cosas que necesitaban que alguien volviera a hacerlas.
Dobló el periódico.
Lo sostuvo un momento en las manos, sintiendo el peso del papel.
Luego lo dejó en la mesa y se quedó mirando la ventana y el trozo de cielo que se veía desde la cocina, ese azul de noviembre en el Pirineo que no se parece a ningún otro azul.
Pensó que a veces el mundo tardaba mucho en decir las cosas que tenía que decir. Que había verdades que esperaban décadas a que alguien las encontrara y las dijera en voz alta. Que eso era demasiado tiempo. Que siempre era demasiado tiempo.
Pero que mejor tarde que nunca.
Se levantó.
Cogió la chaqueta del perchero. Le silbó a Rayo, que estaba dormido junto a la estufa y que levantó la cabeza con la cara de perro que finge que no estaba dormido del todo.
Vamos, dijo Francisco.
Salieron a la calle.
El frío de noviembre en Biescas era limpio y directo, de ese tipo que no engaña a nadie sobre lo que es. Las montañas al fondo, siempre las montañas, con la nieve nueva en las cumbres quietas, de las cosas que llevan mucho tiempo ahí y van a seguir estando mucho tiempo más.
Francisco las miró un momento antes de echar a andar.
Luego siguió su camino.