Donde el río no olvida CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Fue Marcos quien lo vio primero.

Llevaban dos días encerrados en el hotel construyendo el reportaje, los tres juntos, con los documentos extendidos sobre la mesa y el portátil abierto y el café frío que nadie terminaba porque siempre había algo más urgente que hacer que beberlo.

Óscar había resultado ser metódico de una manera que a Sara le recordaba a ella misma: ordenaba información dispersa y encontraba el hilo que la conecta.

Entre los papeles, doblado aparte del resto, estaba el que le había dado Roberto.

Sara lo había puesto encima de la mesa el primer día sin más explicación que la fecha, la hora y el mensaje de Solana confirmando que Bernal había ido a Jaca en su lugar tres años antes de que muriera Castán.

Óscar lo había leído sin preguntar de dónde lo había sacado, que era una de las cosas que Sara empezaba a agradecerle sin decírselo.

Marcos sí había preguntado. Sara le había contado lo de Roberto en una sola conversación, corta, sin dramatismo, y Marcos había escuchado y al final solo había dicho de acuerdo, que era exactamente lo que Sara necesitaba que dijera.

El papel de Roberto no probaba nada por sí solo. Pero conectaba a Bernal con Jaca mucho antes de la muerte de Castán, y eso, sumado a lo demás, empezaba a tener la forma de algo sólido.

Óscar sacó el papel con el número de la caja, el que Esteban les había dado en Albarracín, y lo dejó encima de la mesa junto a los demás documentos.

Esto no lo vamos a poder verificar antes de publicar, dijo Marcos, mirándolo. Pedir un expediente a un registro provincial lleva días, si es que sigue existiendo siquiera. No hay tiempo para eso esta noche.

Entonces va como está, dijo Sara. El testimonio de Esteban, con el número tal como lo dio. Y en cuanto esto se publique, que sea la Guardia Civil quien pida el expediente, no nosotros. Va a pesar más viniendo de ellos que de un periódico.

Óscar guardó el papel en la carpeta, junto al resto de años de trabajo.

El reportaje estaba tomando forma.

Marcos encontró el auto al tercer día.

Estaba en el archivo digitalizado del Juzgado de Instrucción de Jaca, colgado hacía apenas dos años dentro de un plan de digitalización de fondos históricos que nadie había pensado en revisar hasta ahora.

Un auto de sobreseimiento, fechado en marzo de 1999, que cerraba definitivamente la instrucción penal por la riada del camping Las Nieves.

Se lo pasó a Sara sin decir nada.

Ella lo leyó de pie, con el abrigo todavía puesto.

Los hechos enjuiciados constituyen un fenómeno natural excepcional e imprevisible, ajeno a cualquier previsión técnica razonable, por lo que no cabe apreciar responsabilidad penal alguna en las personas investigadas.

Lo leyó dos veces.

Imprevisible.

Fue a la carpeta donde guardaba las fotocopias del informe del 93 y sacó la página siete, la que llevaba treinta años doblada por la misma esquina. La puso sobre la mesa del hotel, al lado del auto.

No apto.

Dos palabras firmadas por Fermín Castán tres años antes de que un juzgado escribiera la palabra contraria.

Esto lo confirmaron en apelación, dijo Marcos. Audiencia de Huesca en el año dos mil. Y el Supremo en 2001. Tres instancias. Nadie miró el informe del 93 porque nadie sabía que existía. Estaba clasificado, y la persona que podía decir dónde buscarlo llevaba siete años desaparecida.

Sara no dijo nada durante un momento.

No fue imprevisible, dijo por fin. Alguien lo previó por escrito, con nombre y firma, tres años antes. Lo que no fue es visible. Que es distinto.

Marcos la miró.

Eso va en el reportaje, dijo Sara. Con las dos palabras juntas.

Pero Marcos llevaba un día con algo en la cabeza que no terminaba de salir.

Sara lo notó en cómo miraba el teléfono entre párrafo y párrafo. En cómo cada vez que el nombre de Salas aparecía en la conversación él asentía pero con un silencio de medio segundo de más. Lo conocía demasiado bien para no notarlo.

¿Qué pasa?, dijo cuando Óscar salió un momento al pasillo.

Marcos dejó el teléfono en la mesa.

La matrícula del coche del valle, dijo.

Salas dijo que la estaba investigando.

Lo dijo. Hace cuatro días. Marcos la miró. ¿Cuándo fue la última vez que te llamó con alguna novedad?

Sara pensó.

No me ha llamado desde entonces.

Exacto. Marcos giró el portátil hacia ella. Tenía abierta una página de registros públicos de la Guardia Civil. Salas fue destinado a Jaca en 2019. Traslado voluntario desde Zaragoza. Lo solicitó él mismo.

Eso no es inusual.

No lo es. Marcos hizo una pausa. Pero el Grupo Solana inauguró su cuarto hotel en el valle del Gállego en mayo de 2019. Dos meses antes de que Salas pidiera el traslado.

Sara miró la pantalla.

Puede ser una coincidencia.

Puede. Marcos cerró el portátil. Pero Salas sabe todo lo que tenemos. Sabe que vamos a publicar. Sabe dónde estamos. Y lleva cuatro días sin darnos ninguna novedad sobre la única prueba física que tenemos del intento contra vosotros en el río.

Sara se quedó quieta.

Pensó en todas las conversaciones con Salas.

En cómo siempre había llegado justo cuando necesitaban algo.

En cómo había confirmado la investigación justo lo suficiente para darles cobertura legal sin comprometerse demasiado.

En cómo cada vez que habían dado un paso importante él había estado al tanto.

Si Salas está en nómina de Solana, dijo despacio, entonces Solana sabe exactamente lo que tenemos. Sabe que vamos a publicar el siete. Sabe que le quedan cinco días. Y sabe que tenemos a Esteban Corral.

Sí.

Esteban Corral, dijo Sara.

Se levantó.

Tenemos que llamarle ahora mismo.

Marcó el número. Cuatro tonos. Cinco. Seis. El contestador.

Sara miró a Marcos.

Vamos a Albarracín, dijo.

Óscar cogió las llaves del coche antes de que Sara terminara la frase.

Salieron del hotel en diez minutos. La carretera hacia Albarracín a esas horas de la tarde estaba casi vacía, quieta, como se quedan los caminos de montaña cuando el día empieza a cerrar y la gente ya está en casa.

Óscar conducía deprisa pero sin perder el control, eficiente y tranquilo al mismo tiempo, su manera de conducir.

Sara intentó a Esteban dos veces más durante el camino.

Nada.

Puede que simplemente no coja el teléfono, dijo Óscar.

Puede, dijo Sara.

Ninguno de los dos lo creía del todo.

Llegaron a Albarracín cuando ya anochecía. Las calles empinadas vacías, las casas con las luces encendidas, el frío de noviembre en la sierra que era distinto al de los Pirineos, más seco, más antiguo.

La casa de Esteban tenía luz en la cocina.

Sara llamó a la puerta. Silencio. Llamó otra vez.

La puerta se abrió.

Esteban Corral estaba ahí, con el delantal puesto y cara de quien estaba haciendo la cena y no esperaba visita. Sano. Entero. Con el perro viejo asomando por entre sus piernas.

¿Ha pasado algo?, dijo mirándolos a los tres.

Sara soltó el aire que llevaba diez minutos sin soltar del todo.

No cogía el teléfono, dijo.

Lo tengo en silencio cuando cocino. Esteban los miró. ¿Entráis o me lo contáis desde ahí?

Les contaron lo de Salas en la cocina de Esteban mientras el caldo hervía en el fuego.

Esteban los escuchó sin interrumpir. Cuando Sara terminó se quedó mirando el fuego un momento.

¿Y qué queréis hacer?, dijo.

Publicar mañana, dijo Sara. Antes de que Salas pueda hacer desaparecer algo o alertar a Solana de que estamos a punto.

¿Está listo el reportaje?

Casi. Sara miró a Marcos. Nos faltan dos horas de trabajo.

Entonces id a trabajar, dijo Esteban. Yo estoy aquí. Nadie me ha llamado, nadie ha venido. Y mañana temprano cojo el coche y me planto en la comandancia de Jaca a declarar. Pero no ante Salas.

¿Ante quién?, dijo Óscar.

Hay un capitán en Jaca, dijo Esteban. Castillo. Lo conozco de hace años. Es de los de verdad.

Sara le miró.

¿Está seguro?

Tan seguro como de que eran Solana y Rozada los que sacaban esa caja de archivos, dijo Esteban.

Volvieron al coche.

De camino a Jaca Marcos trabajó el reportaje desde el asiento trasero con el portátil encima de las rodillas, escribiendo deprisa, como escribía cuando algo le importaba de verdad. Sara miraba la carretera. Óscar conducía.

Unos faros aparecieron detrás de ellos a la altura de Sabiñánigo y ya no se fueron.

Óscar lo notó primero, en un par de curvas donde el otro coche se acercó más de lo que la carretera y la velocidad justificaban. Luego volvió a abrir distancia, como si se hubiera dado cuenta de que se había acercado demasiado. Luego se acercó otra vez.

Llevamos compañía, dijo Óscar, sin levantar la voz, mirando el retrovisor más de lo que miraba la carretera.

Sara se giró. Los faros, demasiado cerca, demasiado constantes para ser una coincidencia de tráfico nocturno en una carretera donde a esa hora casi no había nadie.

En la curva siguiente, una de esas curvas cerradas que el valle del Gállego encadena sin avisar, el coche de detrás aceleró de golpe y se puso casi pegado al parachoques.

Óscar no frenó. Aceleró él también, justo lo necesario para ganar los metros que el otro coche le había quitado, con la misma calma con que conducía siempre, aunque a Sara, agarrada al asiento, no le pareció tranquila en absoluto.

Marcos había dejado de escribir. Tenía el teléfono ya en la mano, buscando cobertura, listo para marcar.

Las luces de un cruce aparecieron al fondo, otro coche saliendo de una pista forestal con las largas puestas, y el coche de detrás frenó de golpe, abrió distancia, y en la siguiente recta giró hacia un desvío sin señalizar y desapareció.

Nadie habló durante casi un kilómetro.

A Alicia la habían matado sola en un collado, sin testigos, sin coche con tres personas dentro y una de ellas con el teléfono ya marcando.

A Sara nunca la habían tenido así de sola desde que todo había empezado, y Sara lo pensó en ese kilómetro de silencio con una claridad nueva: no era suerte lo que la mantenía viva.

Era que desde Jaca no había vuelto a estar verdaderamente sola ni una sola vez, y que quienquiera que estuviera detrás de esos faros lo sabía perfectamente y por eso había necesitado un cruce vacío y una curva cerrada y la oscuridad de las nueve de la noche para intentarlo, y aun así no le había bastado.

Anota la hora y el cruce, dijo Sara. Para Salas, o para quien sea que ocupe su sitio mañana.

Marcos lo anotó. Le temblaba un poco la mano, lo justo para que las letras salieran torcidas, y no le importó que se notara.

¿Y Salas?, dijo Óscar después de un rato.

Salas es problema de Castillo, dijo Sara. Nuestro problema es publicar antes de que amanezca.

Óscar asintió.

Las luces de Jaca aparecieron al fondo del valle como siempre, pequeñas y ordenadas entre las montañas. Sara las miró.

Pensó en Castán con su sobre sellado esperando años para mandarlo. En Ferrer Ara con el dibujo de Elena en el bolsillo. En Alicia subiendo al collado con su móvil haciendo fotos sin saber que alguien la seguía.

Pensó en su padre mirando el cielo la tarde del 7 de agosto sin decir nada.

Esta noche, dijo en voz baja.

No era para nadie en particular. O era para todos ellos.