Donde el río no olvida CAPÍTULO 45 #2
89%

CAPÍTULO 45 #2

Los dos, dijo. Cargando la misma caja entre los dos, como quien no quiere que nadie tarde más de lo necesario en meterla en el maletero.

Sara anotó.

¿Cuándo fue exactamente?

Agosto del 96. Unas semanas después de la riada. Me acuerdo bien porque todo el pueblo no hablaba de otra cosa esos días.

¿Está seguro de que eran los dos?

Esteban la miró.

Seguro, dijo. Tengo setenta y dos años pero no estoy senil. Eran Solana y Rozada.

Esteban levantó una mano, como pidiendo un momento.

Hay algo más, dijo. Se levantó despacio y fue hasta un aparador viejo en la esquina de la cocina. Abrió el cajón de abajo, apartó unos manteles doblados, y sacó un sobre amarillento, blando de tanto manosearlo.

La caja tenía un número, dijo. Pegado en una esquina, de esos adhesivos blancos que se ponen en los expedientes.

Yo lo vi de cerca, cuando la dejaron un momento en el suelo antes de meterla en el maletero.

No sé por qué lo memoricé. Supongo que la cabeza hace esas cosas cuando algo no va bien y no sabes qué otra cosa hacer con el miedo.

Sara se inclinó hacia delante.

Lo apuntó, dijo Óscar. No era una pregunta.

Esa misma noche, dijo Esteban. En un papel que guardé en la cartera durante meses y luego aquí, en este cajón, durante treinta años.

Abrió el sobre. Dentro había un papel doblado en cuatro, con una letra de otra época, más cuidada que la de ahora.

EXP-URB/96-1187, leyó Sara en voz alta.

Esteban asintió.

Uno de ellos dijo algo mientras cerraban el maletero, dijo. No sé cuál de los dos. No los estaba mirando a la cara, estaba mirando el número. Dijo esto no ha pasado nunca. Y el otro no contestó nada. Se subieron al coche y se fueron.

El silencio en la cocina duró un momento largo.

Con esto pueden pedir el expediente completo, dijo Óscar. Si ese número sigue en algún registro, en algún archivo municipal, conecta la caja directamente con lo que había dentro.

Sara ya estaba anotando el código, subrayándolo dos veces.

Sara cerró el cuaderno.

Le voy a pedir que repita todo esto ante el teniente Salas de la Guardia Civil de Jaca. ¿Puede hacerlo?

Puedo hacerlo, dijo Esteban. Llevo treinta años pudiendo hacerlo. Solo necesitaba que alguien me preguntara de verdad.

Volvieron a Jaca esa tarde.

Marcos había pasado el día al teléfono con los documentos bancarios que Óscar tenía, consultando con una fuente que conocía los registros mercantiles de Aragón de los años noventa.

A las seis de la tarde llamó desde el asiento trasero del coche con una voz que Sara reconoció inmediatamente porque era la voz que ponía cuando algo encajaba.

Los dos empresarios que financiaron a Rozada, dijo. Uno de ellos era socio minoritario de una empresa de servicios turísticos que en 2001 vendió su participación al Grupo Solana por una cantidad que triplica el valor de mercado.

Sara tardó un segundo en procesar eso.

Rozada les facilitó la autorización, dijo. Y ellos le financiaron la campaña. Y luego vendieron su participación a Solana a precio de favor.

Es una cadena limpia, dijo Marcos. Difícil de probar en sede judicial sin más documentación. Pero publicable.

¿Con los documentos de Esteban?

Con los documentos de Esteban, el testimonio de Esteban, el informe del 93, la resolución del 94, la desaparición de Ferrer Ara y las muertes de Castán y Alicia con la investigación de Salas abierta. Marcos hizo una pausa. Sí. Es publicable.

Óscar conducía mirando la carretera. Sara le miró de perfil otra vez. Seguía con la misma mandíbula tensa de antes, como si llevara toda la conversación conteniendo algo que todavía no había dicho.

¿Cuándo?, dijo Óscar.

El 7 de noviembre, dijo Sara.

Lo dijo sin dudarlo, como si llevara días con esa fecha decidida sin habérselo dicho a nadie todavía.

Treinta años y tres meses justos, dijo Óscar despacio. Día siete.

Sara asintió.

No quiero que salga un día cualquiera, dijo. Quiero que salga ese día. Que cuando alguien busque la fecha dentro de diez años entienda que no fue casualidad.

Marcos hizo un cálculo rápido con los dedos contra el volante imaginario, contando días que no tenía.

Eso son cinco días, dijo. No tres semanas. Cinco.

Lo sé, dijo Sara.

Y todavía no tenemos confirmado lo de Salas por escrito. Ni hemos terminado de verificar los documentos bancarios.

Lo sé, repitió Sara. Y aun así es esa fecha.

Marcos la miró un momento. Luego soltó el aire despacio, el gesto de quien deja de discutir algo no porque haya perdido el argumento sino porque entiende que hay batallas que no son suyas para ganar.

Vale, dijo. El siete. Pero entonces no dormimos hasta entonces.

Necesitaba el texto estructurado en dos días. Y que Salas confirmara por escrito que había una investigación abierta. Eso le daría al reportaje un paraguas legal que lo haría mucho más difícil de atacar.

Salas me llamó esta mañana, dijo Sara. Está dispuesto a confirmar la investigación off the record por ahora. Pero dijo que si publicamos con rigor no va a desmentir nada.

Es suficiente, dijo Marcos.

Los tres guardaron silencio durante un momento. La carretera bajaba hacia el valle del Gállego entre los pinos, con las montañas al fondo y el cielo de noviembre cerrándose despacio hacia el norte.

Hay una cosa más, dijo Sara.

Óscar la miró.

El reportaje va a hablar de la familia Villalba, dijo Sara. De Miguel y María. De lo que pasó. De por qué estaban allí. Hizo una pausa. Necesito que sepas eso antes de que se publique.

Óscar siguió mirando la carretera.

Lo sé, dijo.

¿Estás de acuerdo?

Tardó un momento.

Llevan treinta años sin nombre en esta historia, dijo. Ya es hora de que lo tengan.

Sara asintió.

Afuera los últimos chopos del valle perdían las hojas con ese abandono tranquilo del otoño que no discute con lo inevitable. El río abajo, siempre el río. Las montañas encima, siempre las montañas.

Papá estaría orgulloso, dijo Óscar en voz baja. No era para nadie en particular. O era para los dos.

Sara no contestó.

Pero algo en su pecho se movió de una manera que llevaba treinta años sin moverse.